Día 129, del viaje a la maratón de Valencia.
¡¡¡Muy buenos días!!!
Cada día muere gente, “se” muere la gente. Lo tenemos asumido y no nos afecta especialmente. Ese “se” es impreciso, impersonal. La gente que “se muere” no la conocemos, no hemos tenido relación. Lo que nos afecta de la muerte es que también muere la gente que conocemos y amamos. Y con ella morimos también un poco nosotros. Muere una parte del proyecto que teníamos en nuestra vida, queda truncado.
Pocas cosas podemos encontrar en la vida tan difíciles como la muerte de
una persona que estimamos y de la que nunca nos habíamos planteado su pérdida,
una herida que con frecuencia no cicatriza con facilidad. Incluso con el
consuelo de la fe la huella de la herida no desaparece.
Hay una razón por la que esta herida es tan persistente, y no radica
tanto en una falta de fe, sino en cierta carencia en la propia naturaleza. La
naturaleza nos prepara para la mayoría de las situaciones, pero no nos prepara
para enterrar a una persona que tiene toda una larga vida aún por delante.
La muerte siempre es dura. Es definitiva e irrevocable y nos rompe el
corazón. Esto es cierto incluso si la persona que ha muerto era anciana y había
vivido una vida plena. En última instancia, nada nos prepara del todo para
aceptar la muerte de quienes amamos.
Pero la naturaleza sí nos prepara mejor para afrontar la muerte de
nuestros mayores. Estamos destinados a enterrar a nuestros abuelos y padres.
Así está dispuesto el orden natural de las cosas. Los padres están destinados a
morir antes que los hijos, y generalmente así ocurre. Esto trae su propio
dolor. No es fácil perder a los padres, a los abuelos o a los amigos. La muerte
siempre pasa factura. Sin embargo, la naturaleza nos ha dado recursos para
afrontar esas muertes.
Al final, la muerte de una persona mayor se limpia con el tiempo y la
normalidad regresa, porque es natural, es el modo de la naturaleza, que los
adultos mueran. Ese es el orden correcto de las cosas. Una de las tareas de la
vida es enterrar a nuestros mayores.
Pero no es natural que enterremos a personas con toda una vida aún por
vivir. Así no lo dispuso la naturaleza, y no nos ha equipado para esa tarea. En
este caso, a diferencia de la muerte de nuestros mayores, no se trata
simplemente de un proceso de duelo, paciencia y tiempo. Cuando muere una
persona joven a la que amamos, podemos llorar, ser pacientes, dejar pasar el
tiempo… y aun así descubrir que la herida no mejora, que el tiempo no cura y
que no podemos aceptar del todo lo sucedido.
Además, incluso entender que es profundamente antinatural tener que
enterrar a una persona joven no la devuelve, ni restablece la normalidad,
porque es anormal que se nos vaya tan pronto.
No obstante, esa comprensión puede darnos una idea de por qué el dolor
es tan profundo y persistente, por qué es natural sentir una pena tan intensa y
por qué ningún consuelo fácil o reto moral resulta realmente útil. Al final del
día, la muerte de esa persona no tiene respuesta.
Nos puede ayudar saber que nuestra fe en Dios, aunque fuerte e
importante, no elimina esa herida. No está hecha para hacerlo. Cuando se muere
una persona así, se ha roto algo de una manera antinatural, como si nos amputaran
un brazo. La fe en Dios nos va a ayudar a vivir con ese dolor y con lo
antinatural de ser ahora menos completos, pero no nos devolverá el brazo ni va
a restaurar completamente nuestro cuerpo.
En efecto, lo que la fe puede
hacer es enseñarnos a vivir sin el brazo, sin esa persona, a abrir esa rotura irreparable
de la naturaleza a algo y a Alguien más grande que nosotros, para que esta
perspectiva más amplia, nos dé el valor para volver a vivir con salud… con una
herida antinatural.
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