viernes, 2 de enero de 2026

Buenos días. Sueños pobres.

     Muy buenos días.



Llevo un par de días escuchando y leyendo proyectos e ilusiones que se quieren cumplir en este 2026 y una de las cosas que más me sorprende es lo bajo y limitado de esos sueños sobre todo en las personas más jóvenes.

Me recuerdo a mí mismo hace ya bastantes años cuando teníamos una especie de ilusión esperanzada que nos decía que un mundo mejor sí era posible y que estaba en nuestras manos. Tenía claro que había que aspirar a mucho para alcanzar un poco.

Me parece adivinar que se va imponiendo un recorte de sueños e ideales, tal vez estemos influenciados por una resignación que confunde el conformismo con la honestidad. La verdad es que van desapareciendo las ansias de vivir y mejorar. Lo que hace difícil vivir en serio nuestra visión moral de la vida.

La verdad es que en la vida no se trata solo de soñar, sino que tenemos que vivir en la realidad y no en otro lugar. Esto parece claro, pero lo que veo es que se abandonan muy rápido las ideas y convicciones que nos hacen aspirar a ver triunfar la verdad, el bien y la humanidad. Pocos veo que luchen por la justicia confiando en el poder de la bondad y del espíritu pacífico. Cada vez son menos los que son capaces de entusiasmarse ante la idea de conseguir un mundo mejor. 

En unos pocos años da la impresión de que se ha impuesto la idea de que para sobrevivir a los problemas de la vida hay que abandonar una cantidad elevada de virtudes que hasta hace poco nos resultaban imprescindibles. Virtudes que nos marcaban los horizontes que debíamos alcanzar. Es fácil que ahora se pise un camino más seguro, no digo que no, pero de nada sirve sin no encontramos un sentido y un lugar hacia el que caminar.

Nos hacemos mayores y eso supone empezar a relativizar o colocar en su lugar algunos de estos ideales. Pero si se hace demasiado pronto puede tomarse como una derrota personal que reduzca nuestra humanidad. Me encuentro con personas que son demasiado jóvenes para abandonar la idea de vivir con la verdad por delante, porque han descubierto que les resulta más rentable y útil para progresar vivir en la mentira. Resulta un poco triste darse cuenta cómo al primer problema y al primer desengaño se pierde la confianza en la bondad de las personas, y se blindan para evitar que se les haga daño.

Es interesante comprobar cómo se desconfía no solo de las personas, sino también de los grandes ideales, de modo que las grandes causas y las banderas que levantábamos hace años, son humilladas porque la demagogia es más útil que la verdad y detrás de una gran bandera suele haber un cretino más grande. Aquellos gritos motivados por la indignación que provocaba la defensa de la justicia se han ido callando a base de aceptar pactos con pequeñas injusticias. Son todas ellas pequeñas derrotas que han ido desgajando y pudriendo trozos del alma de las personas.

Con todo ello, estoy convencido de que la persona posee en su entraña un anhelo de ilusiones y grandes ideales. Simplemente, lo que sucede es que mi generación casi sin darse cuenta le ha ido apagando su entusiasmo a los jóvenes, a base de hacerles pensar que el éxito pasa por esconder con bienestar y dinero esos lugares del alma en los que antes vivían la fe y la esperanza.

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