Desde hace tiempo creo que, en muchos temas,
existe una mayoría silenciosa que es sensata, sufrida, y muy competente en analizar
muchas cuestiones que en el programa político están polarizadas.
Lo que me está sucediendo es que empiezo a ver
como tanta polémica está desgastando lentamente a esa mayoría silenciosa. Y es
que, poco a poco, muchas de esas personas, sometidas a discursos muy fuertes, a
situaciones apocalípticas y a planteamientos que nos reducen la realidad a una
oposición radical entre lo bueno y lo malo, terminan cayendo en el pozo de la
ira, de la violencia (verbal, al menos) y del enfrentamiento personal.
Y es que casi todas las discusiones se basan en
oponerse, y terminan en una excusa para repetir los enfrentamientos habituales
entre grupos perfectamente marcados y alineados.
Hay que defenderse de toda esa presión. Y yo,
solo veo dos opciones: o empezamos a dar nuestras opiniones en voz alta o dejamos
de oír y escuchar todos esos discursos tan alineados.
Pero claro, hablar en voz alta implica
atreverse a decir cosas que pueden provocar las rabietas de los que defienden
lo políticamente correcto. Realizar cambios en las ideas políticas las hay en
todas las ideologías, lo que sucede es que cada una defiende la suya. Empezar a
hablar implica que tenemos que reconocer que, sobre muchos temas, no existe una
única manera legítima de ver la realidad. Implica también dar la cara para
defender lo que creemos que es justo, pero estando fuera de la lógica, ahora de
moda de que hablar lleva consigo polemizar.
Por otro lado, dejar de escuchar implica
silenciar a los que, por exagerados o violentos nos producen una sensación
molestamente llamativa. No leer nada donde se denigre o se infama a alguien o
algo. Bloquear a todas las personas o todas las redes sociales y foros donde se
publican mensajes provocadores u ofensivos, buscando generar caos o reacciones
negativas. Y negarnos a hacer nuestro cualquier discurso que nos recuerde a los
dobles raseros habituales.
En fin, tenemos que pensar que hacemos.
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