Muchas de las cosas que nos están pasando no
las entiendo, intento comprenderlas, pero no llego nunca a quedarme satisfecho con
el resultado de mis pesquisas. La política internacional es para mí en estos
días incomprensible. Y es que todo son preguntas que me hago y que me son
imposibles de responder, por ejemplo: ¿A qué nivel de inmoralidad hemos llegado si los
daños que se están produciendo en los conflictos que tenemos abiertos, que son una
clara violación de los principios más elementales del derecho internacional, se
llegan a justificar con proyectos de restauración imperial o neocolonial, de
expansión o seguridad nacional, o incluso de nuevas ganancias reivindicadas
descaradamente?
Es más: ¿Y a qué nueva caída de la moralidad
hemos llegado si todo esto puede justificarse con la pretensión de tener una
moralidad que solo está limitada por mi moral personal, por lo que pienso?
Algo está funcionando muy mal, si miro un poco
las fechas y los lugares veo un empeoramiento continuo de la situación mundial,
veamos un poco por encima: en el año 2014 comienza la tragedia en Crimea y el
Donbás, que continuó luego en 2022 con el inicio de la guerra a gran escala en
Ucrania, se pasa después, no lo olvidemos a Oriente Medio con la matanza del 7
de octubre, y continuo de nuevo con Gaza, Tierra Santa y Cisjordania y,
obviamente, con Irán y el Líbano, desde junio del año pasado hasta hoy. Dejo
ahora aparte todas las guerras interiores que se están desarrollando en África.
Son desgracias en la que la persona no cuenta,
ni se busca una paz. Y es por eso por lo que se tiene que intervenir con
razonamientos, es nuestra responsabilidad como personas individuales que somos.
El problema que eso conlleva es precisamente definir qué somos como hombres y
eso concierne a toda la humanidad.
Por lo tanto, para hacerlo, en primer lugar,
tenemos que usar un lenguaje común y evitar usar las palabras para confundir o
engañar a los demás, cada palabra, cada término debe expresar la verdad. Cuando
se habla de paz, por ejemplo, debemos tener claro que no se trata simplemente
de una situación, siempre frágil, de falta de guerra, sino que debe ser una
situación que sea el resultado de la justicia, una justicia que no se puede
reducir a lo que deseen los más poderosos para mantener su dominio, sino que
debe de obedecer a algo que sea independiente de ellos. No se trata de
establecer un poder por encima de los Estados ni siquiera un poder alternativo,
sino una situación en el que el poder pueda ser juzgado por un criterio que no
controla. La dignidad del hombre.
Este sencillo limite del poder, pero a la vez
complicado de cumplir, es el que da valor a una auténtica democracia, y es que
la democracia no la debemos entender como un simple procedimiento para alcanzar
el poder, debe reconocer la dignidad de cada persona y así se mantendrá con
buena salud, una dignidad que debe estar arraigada en la ley moral y una
verdadera visión de la persona humana. Sin esto, existe el peligro de que se
convierta en una tiranía de la mayoría o en una careta detrás de la cual se
esconde el poder de la economía y la tecnología o, peor aún, en pensar que son
los más aptos los que tienen que mantenerse, y esto no es otra cosa que la
utilización de la fuerza en la diplomacia, utilizando las palabras para mentir
y dominar sin dejar lugar para la persona y su dignidad.
Y ahora, la pregunta no debe ser otra que: ¿Cómo
recuperamos esa imagen del hombre? Una imagen que tenga la capacidad de salir
de la tragedia por la que estamos pasando.
Se me ocurre que se podría empezar por uno
mismo, entender el poder que poseemos cada uno de nosotros, no el que pudiéramos
tener sobre los demás, sino el que tenemos sobre nosotros mismos, sobre
nuestras pasiones, nuestras fuerzas y nuestra capacidad para relacionarnos, no como
un fin en sí mismo, sino como un medio que nos lleve hacia el bien común.
Parece que hemos olvidado el concepto del bien
común, el bien común no es algo vaya a existir por sí solo, sino que involucra,
por el contrario, la utilización de virtudes que también han sido olvidadas,
como son la sabiduría y la templanza, que, a la vez que nos devuelven a un
plano siempre personal, deben a su vez llevarse a nuestra relación con el poder,
limitando en quienes lo poseen una autoexaltación excesiva y actuando como un obstáculo
contra el abuso de poder.
Tener consciencia de todo esto no debe
quedarse en nosotros, sino que implica que salga de nosotros para expandirse
como un modelo de vida y un ejemplo para toda la humanidad. No vivimos solos, y
lo que hacemos por simple y pequeño que sea nos cambia y cambia lo que nos
rodea y, recordarlo a los demás no es una intromisión en un ámbito ajeno.
Si lo pensamos un poco es fácil darse cuenta
de que lo principal de esa propuesta es la libertad del hombre, es mucho más
importante darse cuenta de ello cuanto más se ve amenazada en nuestra sociedad
y olvidada en muchas personas que curiosamente ya no saben qué hacer con ella y
prefieren quedar seducidos por lo que ofrecen los que ostentan el poder, que la
reducirán a las decisiones que ellos tomen.
Veamos, para que exista un orden internacional
que sea estable y justo no puede aparecer como un simple equilibrio de poder,
porque la concentración del poder en pocas manos siempre amenazará tanto la
participación democrática entre los pueblos como la concordia internacional.
Por lo tanto, necesitamos unas instituciones
que estén actualizadas y marcadas por el principio de subsidiaridad, donde la
persona no sea ignorada ni abandonada a su suerte, sino que sea ayudada a
mostrar su potencial, y donde se ayude a la libertad a ser responsable.
Solo en estas condiciones la paz puede hacerse
posible. Ya se que nuestra autentica esperanza no es de este mundo, pero pone
luz a este mundo, y allí donde ahora vemos el odio de agresores y agredidos o
la apatía de personas cansadas y sin rumbo por las diferentes luchas y
divisiones, hay que mostrar nuestra esperanza que se tiene que ver en la
misericordia y el perdón.









