Ya casi no tengo ninguna duda de que nos
encontramos en un cambio de ciclo. Cuando era joven las cosas eran muy
diferentes, no se empezaba cada dos por tres una guerra, no había presidentes capaces
de declarar una guerra o de invadir un país o de provocar un cambio de gobierno
en otro país o de no respetar sus propias leyes. Lo que veo cada día es una
manera diferente de ejercer el poder, una forma perturbadora y desorientadora.
O sea, el sistema por el que el mundo se regía
hace años y en el cual he vivido de joven da la impresión de que ha
desaparecido. La pregunta ahora es: ¿debería preocuparme? ¿por qué?
Lo que sucede en el mundo y aunque parezca que
este lejos tendría que comprenderlo, pues en caso contrario no voy a poder
comprenderme. Si analizo mi forma de actuar veo que no dista mucho de la de las
personas que toman esas decisiones y una de las pruebas es que ya casi no le
doy importancia a las consecuencias de esas decisiones.
La guerra y el uso de la violencia es para mí algo
que ya casi no interesa, ya no me llama la atención. Cómo me he podido habituar
a estas cosas cuando son hechos gravísimos, y si ya no me afectan es porque
esta nueva etapa ya me está influyendo. Decía Tucídides: “El mal no es solo de quienes lo
hacen. También es de aquellos que, pudiendo evitarlo, no hacen nada por
evitarlo”. Saber lo que me está sucediendo es una cuestión de realismo, pues no
va a tardar el día que me afecte.
Mi transformación se ha producido poco a poco,
sin darme cuenta y va reduciendo mi personalidad a la de mero espectador ante
una película en una cómoda sala de cine. Sin darme cuenta me he creado una
imagen de la vida que es igual a la que me muestran los telediarios y las
declaraciones de los políticos. Soy ya indiferente. Se que de alguna manera
todo lo que está sucediendo en el mundo, que es gravísimo, puede suceder en
parte debido a mi indiferencia. Es decir, estoy dejando que todos esos acontecimientos
me pasen por encima y ya ni siquiera me duelen, por la sencilla razón de que me
digo que el mundo es así.
Tengo que reflexionar sobre esto, porque tengo
la sensación de que mi indiferencia se basa en parte en que en mi interior creo
que yo no tomaría esas decisiones ni actuaría de esa manera. O sea, esas
decisiones son típicas de los que poseen el poder porque se han contagiado de
la corrupción del poder. Yo no, yo son diferente. Pero permitidme que os aclare
una cosa, esa corrupción del poder que pienso que no va conmigo no es diferente
a mi forma de actuar en mis relaciones cotidianas. Ya se que las consecuencias no
son las mismas, una decisión de un presidente de gobierno se amplifica por su carácter
público. Pero cómo soy y cómo decido es igual. Ya sea cual sea su relevancia
internacional o de un asunto familiar, o sea la dinámica es la misma.
La cuestión es que, si soy capaz de
comportarme de una manera injusta en una decisión en mi grupo de amigos, moralmente
es lo mismo que si fuera presidente de un país y tomase una decisión injusta
que afectase a cientos de personas.
En fin, al final, la persona que emprende una
guerra tiene la misma naturaleza que yo, tiene los mismos problemas morales. Si
hay una sensación de vacío, si lo intento llenar con mis propios medios y con
el poder que pueda tener, el efecto que producen mis decisiones siempre van a intentar
destruir todo lo que este a mi alrededor, ya sea un país o un grupo de amigos. La
actitud moral de robar un chupachup en un supermercado es la misma que robar un
millón de euros en un banco.









