lunes, 2 de febrero de 2026

Una “salida” o una “llegada”.

 


Ayer mientras leía las últimas noticas sobre los accidentes mortales que hemos sufrido en estas semanas y las comentaba mientras almorzaba me he dado cuenta de que mayoritariamente nuestra reflexión sobre nuestro final se ve más a la muerte como una “salida” en vez de una “llegada”. Por eso no me ha parecido mal preguntarme por lo segundo.

Oí en más de una ocasión esa expresión: “descanso”. De que vamos a descansar después de morir, y si bien me puede parecer acertada la expresión me encuentro con la necesidad de matizarla. Muchas personas ven ese descanso como un dormirse, como un sueño tan profundo en el que ni siquiera se sueña, y sin embargo yo lo encuentro como una auténtica plenitud, un “descanso eterno”.

Ahora para seguir tengo que matizar eso de la auténtica plenitud, debo sugerir algunas consideraciones que se deben tener sobre nuestro cuerpo y su normal desgaste.

Los clásicos griegos, mejor dicho, los platónicos, veían en el cuerpo una cárcel o más bien una prisión del alma. Ahora, en nuestros días, se desprecian esas ideas y se concibe el cuerpo no como una prisión sino como la expresión del alma. Y se repite constantemente que no tenemos un cuerpo, sino que “soy” un cuerpo.

Como suele suceder en muchos temas, lo que se debate son medias verdades que no resultan incompatibles. Y deberíamos darnos cuenta de que, ante la posibilidad de padecer una gran cantidad de enfermedades, afirmar que “somos” nuestro cuerpo es decir muy poco sobre el valor que le damos.

Pienso que lo que deberíamos hacer es sumar y no tanto contraponer. El problema lo veo en que nos resulta complicado hoy en día pensar y sentir basándonos en un diálogo bien argumentado para discutir estas cuestiones. Ahora se prefiere buscar siempre ideas claras y diferentes que suelen ser fragmentos de verdades más amplias, más complejas y globales.

La materia, nuestro cuerpo no es malo, puede ser expresión de lo que somos, pero es también prisión. Y es en este punto donde aparece la pregunta que produce la muerte como una liberación, o sea: si vemos la muerte como una liberación “de algo”, o si existe alguna posibilidad de ver la muerte como liberación “para algo”, en la sospecha de un más allá. Tanto afirmar una cosa como la otra nos lleva a objetar: ¿cómo se sabe?

Todos de alguna manera hemos sentido el enfrentamiento de esas dos experiencias: adivinamos una eternidad cuando amamos y experimentamos que nuestra vida cotidiana tendrá un final. 

Hay un ejemplo de esa sospecha tan tozuda en la costumbre tan nuestra como inconsistente como es el cuidado de las sepulturas y las visitas a los cementerios, que se merece que la estudiemos un poco. Ya seamos creyentes o no, aunque por motivos diferentes, debemos de reconocer que en la sepultura ya no queda nada real del difunto. Un ejemplo claro lo vivimos hace un tiempo en el Valle de los Caídos y Franco, podía ser ruin que hubiese sido sepultado allí, pero esa expresión de “sacar de allí a Franco” quedaba un poco palurda, aunque nos muestra esa obsesión inconsciente de que “algo queda”, tan opuesta a aquel: “eres polvo y volverás al polvo”.

 En nuestra cultura no les ponemos comida a los muertos como en otras, pero hay una seguridad de que allí no queda solo un recuerdo sino también algo de presencia. Y es esa curiosa seguridad la que nos lleva a aguantar 24 horas para “despedir” al que ya no está allí, pero que deseamos que esté, aunque sea “un poquito”. Quizá esa experiencia del amor y sorpresa nos lleve a unos derroteros donde es fácil que nos perdamos, pero que no por eso dejan de ser solo derroteros reales y no simples ausencias.

Lo que quiero decir es que la solución a ese enfrentamiento de experiencias no la vamos a encontrar intentando comprenderla en su totalidad. Para nosotros que nos podríamos denominar, occidentales, y que venimos de una filosofía que nos muestra un alma inmortal que es como “inculcada” por el Creador en el cuerpo y no naciendo del mismo cuerpo, implica una respuesta doble al admitir una “salida” y una llegada”, respuesta que no podemos dar ya que nuestra capacidad mental nos impide pensar de una manera supraracional, hay una frase de Blaise Pascal que lo explica bastante bien: "el corazón tiene sus razones que la razón no conoce".

Puede ser, entonces, que la verdadera respuesta a nuestra pregunta no vaya por la línea de la inmortalidad sino de la resurrección, al menos para los cristianos. La fe en la resurrección nos lleva a vivir nuestra vida como una especie de autogestación en donde todo lo que hacemos nos va haciendo y preparándonos para la “llegada”. Esto cambia el valor de la vida humana.

Podemos pensar y decir que nuestro interés por las personas es que no existe nada mejor, parece bastante lógico, pero para los que no creen. Desde nuestra fe puedo añadir algo de más peso: el motivo del amor a las personas es que la vida humana tiene un valor divino, ha recibido “una dignidad absoluta”. Y eso tiene después consecuencias prácticas que no siempre percibimos. 

Nuestros últimos años pueden llegar a ser un camino difícil y sabemos a dónde nos lleva. Por eso, si la vida es como una especie de embarazo consciente en el que uno termina dándose a luz a sí mismo, conviene prepararse conscientemente para ese final en el que uno se entrega deliberadamente. Y por si, dados los avatares de la vida y la medicina, la muerte nos sorprende de repente o inconscientes, acostumbrarse a repetir esa aceptación constantemente. Pero también tranquila y confiadamente.

Pero cabe decir, entonces, que aquello que se entrega, cuando efectivamente se entrega y no se nos arrebata a la fuerza, no lo perdemos nunca. Ese es el gran misterio del amor.

jueves, 29 de enero de 2026

El esfuerzo es imprescindible.

 


Ya estoy en medio de toda la preparación para intentar conseguir, si no todos, al menos alguno de mis objetivos para este 2026. Estoy repartiendo mi esfuerzo de momento en la Media Maratón de Catania y la casi totalidad de la vuelta a Sicilia en bicicleta, dos objetivos que se tienen que emparejar bien para hacerlos posibles. Esfuerzo que tengo que hacer para entrenar la carrera a pie y andar en bicicleta lo suficientemente cómodo para abordar tranquilamente lo montañosa que es la isla.

Hablar de esfuerzo en los últimos tiempos es hablar de algo positivo y necesario en una sociedad como en la que vivimos. Y es que pocas cosas que valgan la pena son las que vamos a conseguir sin esforzarnos. Es bueno para las personas tener el esfuerzo en su camino.

Esforzarse es imprescindible para cualquier cuestión. Estos dos proyectos van a necesitar un esfuerzo por mi parte para poderlos realizar, no solo físico sino también de logística para reunir todos los medios necesarios para llevar a cabo la organización de todo el viaje.

Sin ese trabajo, poco podré conseguir y difícilmente podré mejorar en cualquier aspecto de la vida. Ahora bien, esto tiene una parte negativa que hay que tener en cuenta, y no es otra que la de tener muy en cuenta el objetivo que pretendo conseguir con mi esfuerzo. Y es que lo podemos dirigir hacia diferentes direcciones y, en esta sociedad actual el esfuerzo se suele orientar a conseguir tener éxito en la vida. Que lo podría resumir en tres objetivos principales: salud, dinero y amor.

Si mi esfuerzo lo utilizo solamente hacia el éxito, lo que estoy haciendo es pensar que esforzándome lo suficiente, alcanzaré siempre mi objetivo. Si recordamos, muchas entrevistas a personas que han alcanzado el éxito insisten en que lo han conseguido gracias al esfuerzo que han realizado. El inconveniente de todo esto es que puedo llegar a la conclusión de quien no lo consigue es porque no ha realizado el suficiente esfuerzo. O sea, se sobrentiende que es el esfuerzo el único factor que me llevará a conseguir mis objetivos, que todo se encuentra en mis manos y por ello, quien no consigue alcanzar sus metas es porque no se ha esforzado lo suficiente. Esto no es verdad.

Solo con pensar un poco nos damos cuenta de que existen muchas variables fuera de nosotros que influyen en que consigamos o no alcanzar nuestras metas. Si además el éxito está reservado a pocas personas, porque es imposible que todos triunfen, parece que la mayoría es culpable de no haber alcanzado sus sueños. Cuando relacionamos el esfuerzo de una manera directa con el éxito, nos encontramos con muchas personas que se han esforzado mucho y no han logrado el éxito, hay más personas que no lo consiguen que aquellas que si lo hacen.

Esto se lee de varias maneras y una de ellas es que muchas personas llegan a la conclusión que siempre van a encontrarse en el grupo de los fracasados y, al darse cuenta de que no van a poder triunfar piensan que no vale la pena realizar el esfuerzo. Cuando crees que los primeros puestos son solo para unos pocos y no depende solamente de nuestro esfuerzo, ¿Para qué voy a esforzarme más si nunca lo voy a conseguir? Por eso, hacer mucho hincapié en que esforzarse es el único camino válido para lograr nuestros objetivos, tiene el efecto no deseado que son las personas que dejan de realizar esfuerzos ya que han llegado a la conclusión que nunca lo conseguirán.

Hay muchas personas que se sienten engañadas porque después de esforzarse, no han logrado el éxito deseado y, además, son sospechas de no haberse afanado lo suficiente.

Es fácil entonces que nos encontremos con muchas personas que se sienten desanimadas. Con una sociedad desanimada, porque el esfuerzo no nos lleva a triunfar, porque cuando estamos en el numeroso grupo de los que no triunfan se considera que no nos hemos esforzado lo suficiente. Si además nos hemos esforzado mucho y a pesar de eso, no hemos conseguido nuestros objetivos, les estamos diciendo a los demás que no lo hagan, que no se esfuercen, que no vale la pena. 

En fin, la realidad nos dice que son muchos los que no alcanzan sus metas y solo son unos pocos lo que lo consiguen. De todas maneras no tenemos más remedio que intentar ir a por nuestros sueños.

lunes, 26 de enero de 2026

Crecimiento y desarrollo.

 


Tenemos la costumbre de pensar que el crecimiento económico nos va a llevar a desarrollarnos como personas y como sociedad, pero no es así de simple. No debemos emparejar el desarrollo de la persona con el crecimiento económico.

Sin embargo, es el crecimiento económico el indicador que utilizan la mayoría de los países, da la impresión de que, si la renta per cápita es más alta, vamos a estar mejor y por ello este dato aparece como un indicador de que la sociedad en la que vivimos está progresando.

Pero esto no tiene porque ser así. Estar mejor no siempre equivale a tener más. Es más, cuando se tienen unas rentas muy altas, las esclavitudes que imponen esas riquezas llegan a provocar en estas personas un empeoramiento de su vida en vez de mejorarla.

Otra cosa para tener en cuenta es que el crecimiento continuo es imposible, sobre todo porque no es indefinido. Es muy difícil creer que la producción mundial va a seguir creciendo todos los años pues los recursos naturales no son infinitos.

Puede suceder que tengamos un elevado crecimiento económico, lo que no supone que todos tengamos más y por eso tenemos que ir más allá del crecimiento para buscar formas de desarrollos económicos que sean factibles a largo plazo, y que además mejoren realmente a todas las personas.

Es complicado, ya que todo a nuestro alrededor nos habla de economía: el tiempo es oro y no lo queremos malgastar. La teoría nos la sabemos: el dinero no da la felicidad. Y, aun así, a veces simplificamos nuestra vida a términos de beneficios, en quién y cómo invierto mi tiempo está condicionado por el aporte que obtengo y no por el bienestar que produzco.

Pero ¿y si invertimos el orden? ¿Y si ponemos a las personas en primer lugar? Que no se trata de negar la herramienta de cálculo para saber cómo se encuentra nuestra sociedad económicamente, que nos puede servir y mucho, sino de poner primero la gente.

domingo, 25 de enero de 2026

Camino hacia la Paz.

 


No son pocos los que dicen que nos encontramos en la década con más guerras activas en el mundo, y si esto es así nos deberíamos de preguntar que hace que sea tan complicado vivir en paz.  

Si lo recapacitamos un poco nos daremos cuenta de que buscar la paz va unido a la búsqueda de la felicidad. El camino para buscar la paz comienza con la felicidad. Las personas tenemos dentro un deseo de felicidad, no de cualquier clase, sino una que sea firme y duradera, una felicidad que siempre tiene que estar con nosotros y que no se pueda perder por muchas desgracias que nos sucedan. Si deseáramos una felicidad que fuese perecedera y que tuviera fecha de caducidad, estaría unida a un temor a perderla, a perder lo que se ama y, por tanto, no se podría ser feliz, porque con miedo no se puede conseguir la felicidad.  

Ese deseo de una felicidad verdadera y duradera nos lleva a emparejar esa búsqueda con la búsqueda de la paz, sobre todo de aquella paz que tampoco no se puede perder ni alterar.

Si aceptamos que la felicidad es en parte tener todos los bienes que deseamos de una forma estable y duradera, la paz entra en estos bienes, y es que incluso los que hacen la guerra quieren la paz, aunque es verdad que a su manera.

Desde aquí, desde este punto es desde donde tenemos que comenzar. Todos quieren vivir, disfrutar y controlar la felicidad que produce la paz. Por tanto, la paz es de todos o de nadie. Si una sola persona carece de paz está comprometiendo la paz de todos.  

Resulta que las personas necesitamos vivir juntos, en sociedad, tenemos una fuerte interdependencia y sin embargo no nos ponemos de acuerdo en tener un destino común que podamos desear y perseguir juntos. Entonces, no nos queda más remedio que comenzar con darle importancia a esa búsqueda de todos hacia una felicidad que sea verdadera y duradera. Estemos todos de acuerdo o no en cual debería ser nuestro destino común debemos respetar el anhelo de cada uno por la felicidad. Este es nuestro punto en común, de contacto con todos, incluidos aquellos de se encuentran más alejados de nuestras ideas. Nuestro deseo común de felicidad es el primer paso para ir en busca de la paz.

Por lo tanto, esto puede ser la piedra angular sobre la que construir un pensamiento que sea capaz de resistir esta costumbre que tenemos de buscar conflictos y que terminan en guerras. Ningún conflicto puede hacer desaparecer el deseo de todas las personas de una felicidad auténtica; por lo tanto, ninguna guerra puede hacer desaparecer todos esos puntos de contacto entre los contendientes. Y es precisamente ese deseo común de felicidad la base para reconocer los puntos de vista mutuos y que nos van a permitir un diálogo que nos lleve a la reconciliación y al perdón.

Al alentarnos a darnos cuenta del deseo universal de felicidad vemos un camino por el que vamos a poder construir la paz. Sin embargo, este camino exige una dosis de coraje, una valentía que consiste en no tener miedo de seguir ese camino que existe detrás de la actitud solidaria con el sufrimiento ajeno, un camino que nadie parece ver. Exige menos teorías y palabras, y más presencia y gestos concretos.

Tenemos que escuchar a los demás, en especial los sufrimientos que han roto su paz, dialoguemos y pongamos nuestra caridad al servicio de sus corazones. Se necesita tiempo y paciencia para que todo esto pueda tener lugar y no es fácil en una sociedad donde la rapidez y la inmediatez lo es todo. Con los años hemos aprendido que si queremos una paz auténtica tenemos que ver claramente la realidad, la realidad de las comunidades, de los territorios, etc. y escucharla. Y darnos cuenta de que esta paz se puede conseguir cuando las diferencias y los conflictos que conllevan no se eliminan, sino que se reconocen, se asumen y se superan.

Para recorrer ese camino se necesitan personas y corazones entrenados en la atención a los demás y capaces de reconocer el bien común en nuestra sociedad. No es un camino en solitario sino en compañía que necesita del valor y la solidaridad de todos.

martes, 20 de enero de 2026

¿Qué papel juega la persona, el yo, en esta situación?

 


Estamos leyendo a algunos comentaristas que están tratando de explicar lo que está ocurriendo con los últimos movimientos geopolíticos que se están dando en el mundo con varias teorías como las “esferas de influencia”, o sea dividir el mundo en tres zonas de influencia.

Más o menos vienen a decir que toda américa para los Estados Unidos, Europa para Rusia y Asia para China.  

En la teoría de las “esferas de influencia” se encuentra una explicación de la invasión de Putin en Ucrania, el hecho bastante claro de la fuerte influencia que tiene China en la mayor parte de Asia y el último movimiento de Trump en Venezuela. Visto lo que estamos viendo con el tema de Groenlandia ya no parece imposible esa teoría.

También podemos leer a comentaristas que dicen que estamos volviendo a las ideas colonialistas del siglo XIX donde las guerras comerciales y los grandes imperios controlaban a países pequeños a modo de protectorados. Aunque es más complicado pues asistimos además a nuevas formas de control sobre zonas geográficas que se han vuelto decisivas por las fuentes de energía y minería que poseen.

Razonar y analizar estas teorías está bien, sin embargo, veo una cuestión que considero de vital importancia al mirar lo que está sucediendo, y no es otra cosa que la falta de estima y de respeto por la libertad.

Todos estos análisis geoestratégicos son útiles. Pero la cuestión decisiva que me llama la atención como elemento principal de lo que está sucediendo es la falta de estima y de respeto por la libertad. El ejemplo de Trump, después de capturar a Maduro, al decir que estaba seguro de que los venezolanos no están preparados para decidir su futuro, puede servir.

Cualquiera de las explicaciones anteriores para entender todo lo que está sucediendo en el mundo relativiza o suprime la soberanía nacional y popular. Sí es verdad que cualquiera de esas teorías se está poniendo en práctica, la soberanía sufre, ya que deja de estar en manos de pueblo. La soberanía popular garantiza el derecho a la libertad: una libertad ante al Estado, libertad para reconocer un proyecto que estamos llevando a cabo, libertad para indagar, examinar y admitir lo que se considera verdadero y justo.

Y ahora, toda esa libertad sin hacer demasiado alboroto se va suprimiendo. Es verdad que toda la maquinaria del Estado supone una amenaza para la libertad y que no ha desaparecido, pero lo que ahora empieza a aparecer son unos poderes supraestatales que socavan el derecho a elegir nuestro destino.

Se está usando para ello una excesiva presión desde fuera, y desde dentro se nos está poniendo en duda y reduciendo nuestra capacidad para elegir. Esta presión que actúa desde dentro, en nuestro alrededor, intenta convencernos de que no estamos preparados: no somos suficientemente maduros para buscar, descubrir y elegir.

Y ante esto, ¿qué papel juega la persona, el yo, en esta situación? A primera vista se puede ver como esa fuerza de la persona, de ese yo que a finales del siglo XVIII alcanzó una gran libertad ha sido derrotada. Entonces era evidente que la justicia y la verdad no podían alcanzarse sin la libertad. Y ahora tenemos que recuperar esa certeza. Todas las presiones y fuerzas no van a sobrevivir en el tiempo sin el visto bueno de nuestra conciencia. El reto no puede consistir sólo y principalmente en responder a las “esfera de influencia” con las mismas tácticas de presión. Nuestra batalla más importante tiene que consistir en no aceptar la narrativa de los generadores de los nuevos poderes que pretenden que rebajemos nuestra soberanía del yo.

Habremos perdido en el momento que aceptemos que “no estamos preparados” para decidir o también cuando renunciemos a esa libertad pensando que apartándola de nosotros nos traerá una recompensa más valiosa. No hay vida, verdad y justicia sin la libertad que permite reconocerlas.

Ahora no podemos ya recuperar la certeza que tenía el valor de nuestra libertad como hace 275 años. Ya no sirve ni vale la pena volver a precisar los derechos que eso conlleva. Lo hemos explicado y expuesto sobradamente. Ahora para volver a querer y reconquistar la libertad debemos buscar la energía necesaria en esa sencilla experiencia que notamos cuando se nos niega. 

No nos podemos conformar con una vida cuyo destino haya sido descubierto y decidido por otros. La sociedad, la vida en común, las personas que nos rodean pueden ayudar en esta lucha para que el yo de cada uno vuelva a ser tenido en cuenta o anestesiarlo con palabras de un alivio cómplice y muy poco humano.

sábado, 17 de enero de 2026

Creer o no en las instituciones.

 


No creo que esta mañana esté exagerando si digo que la gente hoy en día cree cada vez menos en las instituciones. No me refiero a que cada vez, que también, se duda más de una institución como la familia o de los partidos políticos, sino que también se empieza a desconfiar del Estado, de las empresas y hasta de las ONGs.

Es fácil que el motivo sea una consecuencia del individualismo y de una forma de vivir y pensar que solo busca la independencia y el placer, y no tanto buscar el compromiso. O más fácil aún, darse cuenta de que los ideales que se buscan nunca se podrán cumplir.

Por el contrario, la personas para vivir y sobrevivir van a necesitar a la sociedad, y cada vez lo hacen con más intensidad buscando estar bajo el amparo de las ideologías y las corrientes que les prometen la solución a todas sus preocupaciones y de paso de esa manera se ahorran el pensar y el esfuerzo de participar en alguna actividad. O sea, que muchas personas prefieren sentirse parte de algo que ensuciarse un poco las manos.

Esta manera de enfrentarse a la vida cambia el modo de vivir y de comprometerse y vemos cómo nos movemos más en las ofertas puntuales que nos llevan a escoger todo a nuestro gusto, en función de lo que nos viene bien, cuando nos viene bien y, por supuesto, si nos entra por el ojo. En definitiva, un pequeño mercado donde nos movemos entre lo guay, lo que nos interesa, lo que nos reafirma y lo que nos hace sentirnos mejor. Y siempre con derecho a no comprometerse demasiado, no vaya a ser que nos perdamos un buen plan.

Por desgracia, en este navegar por la vida se nos puede olvidar una razón fundamental, vivir nuestras creencias. Es decir, no se trata de creer o no en una institución, dejarse llevar por el interés particular o por la identidad de grupo, que también cuenta, o hacer alguna buena acción de vez en cuando. Más bien tiene que ver con un querer vivir a la manera de nuestra forma de entender la vida, dando a nuestra creencia un lugar importante en la vida, pero también a la esperanza, a la alegría y a un deseo de justicia y de comunidad. Tanto en actos como en palabras. Porque el centro de nuestro credo no son las instituciones ni las identidades ni por supuesto las ideologías, es preguntarse cada día qué papel le damos en nuestra vida a nuestra fe.

jueves, 15 de enero de 2026

Hablar de política.

 


Venimos de unos días en los que hemos acudido a muchas cenas y reuniones, en las que hemos hablado de innumerables temas, y en las cuales existe la convicción de que no es conveniente hablar de religión ni de política pues son temas que no deben discutirse en público. El resultado es que muchas veces las conversaciones se reducen a temas banales y en el peor de los casos a chismes.

La cuestión es que debatir sobre religión y política es crucial para el transcurrir de la vida en una sociedad que realmente sea libre, ya sea en un bar, paseando por la calle o en una cena. Es fácil que el motivo para ese silencio sea el miedo a la descortesía, pero el resultado no deja de ser una represión de un debate libre sobre dos de las áreas más importantes de nuestra vida.

Si enfoco el tema desde el punto de vista cristiano me encuentro con que la religión y la política son inseparables debido a la unión de los dos grandes mandamientos: amar a Dios y amar al prójimo. Por lo tanto, el objetivo de separar la religión de la política no es simplemente un problema, sino una manera de separarnos de la vida pública. Pero esto no es nada nuevo.

La política ha sido, desde que se acuñara en la Antigua Grecia, el arte de velar por los asuntos de la sociedad, de que nuestro prójimo se sienta y viva mejor. El “politikós” griego era el hombre social, el hombre que vivía integrado en la comunidad y participaba de ella, ayudando a todos a tener una buena vida. O sea, amar al prójimo.

Me resulta complicado pensar que mi fe pertenece solamente a mi vida privada, siento que es innegable que tiene una dimensión social y política, que tiene valores que aportar al debate político. Si la silencio, pienso que todos vamos a perder. También es verdad que tenemos que hacer un poco de autocrítica sobre cómo participamos en mejorar nuestra sociedad, que es cada vez más plural.

 Debemos ser escuchados porque proponemos soluciones sin imponerlas y hacerlo con un discurso que este pegado a la realidad. Nuestra voz se debe oír con la humildad del que se sabe uno más en esta sociedad tan diversa, pero sin olvidarnos de la fuerza que nos da el saber que lo hacemos desde una fe, desde una posición que da sentido a muchas personas.

martes, 13 de enero de 2026

Mayoría silenciosa.

 


Desde hace tiempo creo que, en muchos temas, existe una mayoría silenciosa que es sensata, sufrida, y muy competente en analizar muchas cuestiones que en el programa político están polarizadas.

Lo que me está sucediendo es que empiezo a ver como tanta polémica está desgastando lentamente a esa mayoría silenciosa. Y es que, poco a poco, muchas de esas personas, sometidas a discursos muy fuertes, a situaciones apocalípticas y a planteamientos que nos reducen la realidad a una oposición radical entre lo bueno y lo malo, terminan cayendo en el pozo de la ira, de la violencia (verbal, al menos) y del enfrentamiento personal.

Y es que casi todas las discusiones se basan en oponerse, y terminan en una excusa para repetir los enfrentamientos habituales entre grupos perfectamente marcados y alineados.

Hay que defenderse de toda esa presión. Y yo, solo veo dos opciones: o empezamos a dar nuestras opiniones en voz alta o dejamos de oír y escuchar todos esos discursos tan alineados.

Pero claro, hablar en voz alta implica atreverse a decir cosas que pueden provocar las rabietas de los que defienden lo políticamente correcto. Realizar cambios en las ideas políticas las hay en todas las ideologías, lo que sucede es que cada una defiende la suya. Empezar a hablar implica que tenemos que reconocer que, sobre muchos temas, no existe una única manera legítima de ver la realidad. Implica también dar la cara para defender lo que creemos que es justo, pero estando fuera de la lógica, ahora de moda de que hablar lleva consigo polemizar.

Por otro lado, dejar de escuchar implica silenciar a los que, por exagerados o violentos nos producen una sensación molestamente llamativa. No leer nada donde se denigre o se infama a alguien o algo. Bloquear a todas las personas o todas las redes sociales y foros donde se publican mensajes provocadores u ofensivos, buscando generar caos o reacciones negativas. Y negarnos a hacer nuestro cualquier discurso que nos recuerde a los dobles raseros habituales.

En fin, tenemos que pensar que hacemos.

lunes, 12 de enero de 2026

La experiencia nunca engaña.

 


Siguiendo con la última entrada, donde me quede en la importancia que tiene nuestra experiencia para ver claramente la realidad y no ser controlados por ninguna narrativa. Tengo que añadir que la realidad que nos rodea se nos hace clara y transparente no en las narraciones que nos machacan, ni en las charlas banales de la barra de bar, ni en una reflexión abstracta, sino en la experiencia.

El primer paso por tanto para analizar la realidad y no dejarnos guiar por las “narrativas” es la experiencia. Decía John Henry Newman que: “Si sentimos calor o frío, nadie nos convencerá de lo contrario insistiendo en que el termómetro marca 15 grados. Es la mente la que razona y da su asentimiento, no un diagrama en un trozo de papel”.

Parece evidente que la realidad se nos hará transparente no en nuestros pensamientos sino en la experiencia, nos podrán convencer con cantidad de datos e información que 15 grados no es ni calor ni frío, pero lo evidente es que nosotros tenemos frío con 15 grados.

Hay que partir de la experiencia, tenemos que comenzar por ella, sobre todo ahora que prevalece en nuestra sociedad la desconfianza sobre la capacidad de la experiencia misma para destapar las narrativas.

Cuando la realidad entra en contacto con nuestra experiencia va a limpiar nuestra mirada sobre el tema, en un instante, la imagen que uno tiene queda trastocada. ¿Cuántas veces hemos estado junto a la persona que más queremos y la hemos sentido lejos? Nos vemos alejados de esa persona que más ha despertado amor y pasión en nosotros. Estamos físicamente a su lado, pero la notamos lejos porque algo se interpone entre nosotros. Imaginad ahora que a esa persona que tanto nos encantó y que ahora sentimos tan lejos le diera un infarto en este momento; toda distancia entre nosotros desaparecería en un instante.

La realidad del infarto al entrar en contacto con nuestra experiencia lo cambia todo, esto dice mucho del valor de la experiencia.

C. S. Lewis escribió: “Lo que me gusta de la experiencia es que es algo muy honesto. Puedes tomar un montón de caminos equivocados, pero si mantienes los ojos abiertos no irás demasiado lejos antes de que aparezcan las señales de aviso. Puedes haberte engañado a ti mismo, pero la experiencia no engaña. El universo responde con la verdad cuando interrogas honestamente”.

Resulta interesante lo que dijo Lewis, vale la pena pensarlo un poco. La experiencia nunca engaña. Y es que no tenemos poder sobre ella. Principalmente porque no tenemos el poder de no sorprendernos. Primero nos sorprendemos y después nos damos cuenta de que nos hemos sorprendido.

Podemos hacerle caso o no, negando lo que es evidente, pero la experiencia no nos engaña. Y lo sabemos, sabemos cuándo la dejamos y miramos hacia otro lado en lugar de seguir la experiencia de lo que hemos vivido.

Cada uno de nosotros podemos comprobar la decisión que hemos tomado. Es igual que cuando no queremos ver los síntomas de una enfermedad, podemos no hacerles caso, pero sin duda volverán a aparecer. Y nosotros debemos comprobar qué pasa cuándo escondemos los síntomas que no queremos ver. La experiencia es clara. Tenemos que decidir: ¿Es mejor un problema con síntomas o un problema sin síntomas, que aparece cuando ya no hay nada que hacer?

viernes, 9 de enero de 2026

"¿Sabes qué? No lo sé, qué más da”

     Después de haber asistido en estas Navidades a muchos encuentros y reuniones con amigos y familiares me ha llamado la atención que muchas personas aceptan el hecho de que no se puede conocer verdaderamente la realidad por culpa de la cantidad de “narrativas” y “relatos” que nos bombardean continuamente. Y ante mi pregunta: ¿Por qué? La contestación más común era que hoy en día “el relato lo es todo”. Que hemos sucumbido a la fuerza de las “narrativas”.



Empecé a darme cuenta de que el dominio de estas “narrativas” es tal que parece imposible no sucumbir a ellas, no caer presa de los relatos. Me di cuenta cuando empecé a analizar hechos que he visto y he conocido de primera mano y que se les daban una cantidad de interpretaciones y de versiones que me costaba entender que se trataban de los mismos hechos.

El poder de las narrativas es tal que nos sentimos indefensos ante ellas y poco a poco vamos aceptando como ciertos esos relatos. Nos acostumbramos y empezamos a decir con un poco de escepticismo: “quién sabe, ¿sabes qué? No lo sé, qué más da”, atarantados por el enorme ruido y la confusión que terminan generando tanto la verdad como mentira al encontrase. Me preocupa que demasiadas personas, a falta de referencias, decidan, en el mejor de los casos dejar de buscar.

Si sucumbimos a esta “indiferencia”, estaremos a merced de cualquier ideología, de cualquier narrativa. Entonces, ¿qué debemos hacer para no vernos sobre pasados y obligados por lo tanto a estar confundidos? Tal vez, comprender bien la realidad que nos rodea sea una opción, y no delegando nuestra opinión a otros.

Hay que recordar que nuestra libertad es siempre nueva y, que en cada ocasión que se presente tiene que tomar de nuevo sus decisiones. No deben ser tomadas por otros en nuestro lugar, si fuera así, entonces, ya no nos podríamos considerar libres. Pues la libertad se entiende en las decisiones fundamentales y cada persona, cada generación tiene que plantearse cada vez un nuevo punto de partida, una respuesta.

Si no nos comprometemos en ello, vamos a quedar a merced del poder de las narrativas. Y como ahora, que sufrimos la presión de una sociedad que llega a cuestionar la utilidad de razonar, y cuando una cultura social tiende a adentrarse en nuestro interior para anularlo, es que ha llegado el momento de la persona.

¿La persona? ¿Cómo puede enfrentarse a toda esta presión? ¿Dónde se encuentra su fuerza? Y es que, es esta la pregunta definitiva. En estos días para que la persona sea, para que el hombre tenga fuerza en esta situación, en la que todo nos lleva a ser ovejas en medio del rebaño, es la autoconciencia con una visión clara de uno mismo, llena del conocimiento de nuestro propio destino y, por tanto, conocedor de un afecto verdadero por uno mismo, pero liberado del error inconsciente del amor propio lo que nos debe de ayudar a manejarnos dentro de las narrativas. Si perdemos esto, no habrá nada que nos ayude.

Porque vivimos en una sociedad como la actual, la única barrera que podemos ofrecer a ese poder de las narrativas es tener un “yo” cuya autoconciencia le consienta vivir en esta situación sin doblegarse a la erótica del poder.

Con esto no quiero decir que nos debemos de olvidar de desear sistemas “perfectos” donde no existan las narrativas. Los relatos son inevitables porque la realidad son hechos, y la libertad se juega en la interpretación del hecho. ¿Pero significa eso que todas las interpretaciones son igualmente verdaderas? ¡Ah! Pero solo podemos descubrirlo por medio de la autoconciencia o cuando alcanzamos la parte más íntima de nosotros.

Al final, es una cuestión de procedimiento. Uno de los puntos principales de la claridad de pensamiento se encuentra en que la respuesta a muchos problemas no se produce al afrontarlos directamente, sino analizando la naturaleza de la persona que los afronta. Teniendo cada vez más conciencia del sujeto que los padece.

¿Y cómo hacemos eso? ¿Cómo se profundiza en la naturaleza de la persona, que al final somos nosotros, de nuestro yo, para alcanzar esa claridad de pensamiento? ¿Cómo aumenta la conciencia de nosotros mismos? No se hace a través de la introspección, que al final siempre se trata de uno mismo, sino mirándonos en nuestras actuaciones.  

En fin, esto ya es otra parte de la respuesta.