viernes, 6 de marzo de 2026

Un deseo y su realidad.

 


El entrenamiento de ayer estuvo bien, como dije hace unos días es hora de empezar a moverse para ir en busca de nuestros objetivos, que no dejan de ser nuestros deseos. La Media Maratón de Catania necesita un poco de preparación, tal vez estaría mejor entrenar más y con más empeño, tal vez, pero el cuerpo es una cosa y nuestra ilusión es otra. Nuestro deseo nos pide que lleguemos en el mejor estado de forma posible y nuestro cuerpo nos suplica que lo llevemos a la meta con el menor desgaste posible.

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Un deseo y su realidad. Tengo la seguridad de que todos tenemos algún deseo. Y, tal vez, no uno, sino muchísimos. Solamente con mirar dentro de nosotros nos daremos cuenta de que, estamos llenos de deseos. Y esta muy bien, sin embargo, ¿qué pasa si se cumplen?

Lo normal sería pensar que si mis deseos llegan a cumplirse me voy a sentir bien y feliz. Esto es lo que no cesan de prometernos, es lo que nos hacen creer cada vez que adquirimos algo que deseamos, que cumplirá nuestros deseos. Es más, podría llegar a la conclusión de que mi vida va a consistir en ir cumpliendo deseos.

Estoy seguro, pues ya me ha sucedido otras veces, que cuando se termine la Media Maratón de Catania, la vuelta en bicicleta de Sicilia y la Maratón de Valencia, rápidamente voy a empezar a buscar otros y es que tras un momento de euforia voy a estar como antes. Estos son una clase de deseos, de esos que se alían con mi imagen, mis éxitos o sea que se trata de deseos egoístas. Pero hay otros deseos, quizá menos llamativos, que no hacen ruido y sin llamar mucho la atención me dejan más tranquilo, en paz conmigo mismo y que me van llenando de felicidad.

Lo que hace interesantes estos deseos es que no soy yo el protagonista, sino que son deseos que se dirigen a otras personas, y que me obligan a salir y darme a los demás. Es verdad que no puedo controlar cómo me gustaría mis deseos ya que se me van presentando sin más. Pero lo que si que puedo hacer es ir dándome cuenta de los que son de una clase y de otra. Qué deseos me satisfacen solo a mí y cuáles los que van dirigidos a otras personas.

La cuestión es ir aprendiendo a diferenciarlos para no caer en la costumbre de solo desear los egoístas, sino que podamos cumplir también los que nos acercan a los demás. Pienso que tener esta clase de buenos deseos hacia los demás y cumplirlos es una de las cosas más auténticas que tiene el ser humano.

jueves, 5 de marzo de 2026

“No lloréis”, “¡Tú, no llores!”

 


Estamos recibiendo constantemente noticias en las que se hace hincapié en el número de muertes. La muerte es la tarifa que hay que pagar en muchos problemas que vivimos cada día. Se trata del precio de querer el poder, de la necesidad de alcanzar una ganancia, de la irresponsabilidad, de la ira, de los celos, de la violencia, del miedo, de la desesperación, y sin embargo lo es también de la búsqueda de la libertad y de la defensa de nuestros derechos. Tampoco quiero olvidarme de la muerte que tiene un carácter más familiar y normal en una enfermedad, en la vejez o causada por la casualidad de un accidente.

Incluso en todas las ocasiones en que la muerte hace su aparición sin violencia, sin ninguna injusticia, sin brutalidad, cuando no podemos reclamar por una invasión o un acto machista, incluso en el caso de que no se pueden encontrar culpables, cuando, en definitiva, da la impresión de que no hay nadie a quien culpar, incluso en estas ocasiones la muerte continúa siendo un desgarro. Algo se nos ha roto. Incluso podemos ver, como, quienes reclaman un derecho a la muerte no lo hacen en nombre de algo bueno que conseguir, sino de un mal que quieren evitar.

La pregunta que nos aparece ante estas muertes, este dolor, estas lágrimas, no sería otra que: ¿Qué reclaman? ¿Qué necesitan? Ante una muerte existe una legítima e imprescindible necesidad de justicia a la que toda sociedad civil y todo sistema democrático debe intentar dar respuesta.

Sin embargo, en el caso de que consiguiéramos terminar con las guerras en Oriente Medio, con la guerra entre Rusia y Ucrania, si parásemos las guerras que siguen cobrándose victimas en tantos lugares del mundo, si los culpables recibieran un justo castigo, ¿Sería esto suficiente para eliminar el dolor de los que han sufrido esas muertes en Ucrania, Rusia, Israel, Gaza y de todos los lugares donde unas personas matan a otras?

A esas personas que han tenido la desgracia de perder a un ser querido porque la rabia y la violencia de una persona la ha hecho apretar un botón o empuñar un cuchillo, ¿Tendrán suficiente con que se identifique a los culpables y se les aplique un justo castigo?

Ante estas personas que sufren la pérdida de sus seres queridos, ante sus lágrimas, no es de extrañar que tengamos unos momentos de compasión, y con ternura, les digamos: “No lloréis”, “¡Tú, no llores!” Por qué la vida tiene significado a pesar de las muertes sin sentido que vemos cada día. La muerte no tiene sentido, la vida sí.

miércoles, 4 de marzo de 2026

¿Qué nos hace humanos?

 

El otro día me planteaba la cuestión de ¿qué nos hace humanos? Y mirando algunos artículos la mayoría llegaban a la conclusión de que son “el humor”, “la imaginación”, “las emociones”. No estando conforme del todo me atreví a buscar en una aplicación de IA, y su respuesta: “una combinación única de habilidades cognitivas, sociales y biológicas, destacando el lenguaje complejo, el pensamiento abstracto, la autoconciencia y la cultura”. 



Si bien se trata de una buena respuesta me resulta algo ingenua y pienso que hay que analizarlas con tranquilidad. Pues mirando todas esas características no nos resultaría complicado llegar a la conclusión de que la IA puede ser considerada como humana.

Creo que es la consciencia la característica que más hay que remarcar y la que más nos define como humanos. De ahí que, en principio, la llamada “inteligencia artificial” no puede ser tan inteligente como nosotros ya que no va a ser consciente de sí misma. Tengo claro, que esta afirmación hay que matizarla, para no caer en la trampa de un pensamiento anticientífico y de una arrogancia humanista.

Tal vez la primera cuestión a la que me enfrento cuando miro la IA es como sé que es una máquina inteligente. ¿Es posible que esa máquina sea más lista o creativa que su creador, que es el hombre? Y ¿Quién tiene la autoridad para decidirlo?

Podemos ver como la visión de alguna ciencia ficción de hace unos años es ya una realidad y que no va a parar de realizarse casi todo lo que vemos en las películas. Si le pregunto a esa misma IA que es me responde lo siguiente: “La Inteligencia Artificial (IA) es un campo de la informática que desarrolla sistemas capaces de simular la inteligencia humana para realizar tareas como aprender, razonar, percibir y resolver problemas”

Y añade: “Los tres tipos principales de inteligencia artificial, clasificados por sus capacidades, son: la IA Estrecha (ANI), especializada en tareas únicas (como Siri o chatbots); la IA General (AGI), con habilidades cognitivas humanas para cualquier tarea intelectual; y la Superinteligencia Artificial (ASI), un nivel hipotético superior a la inteligencia humana, capaz de automejorarse”.

La definición es sencilla y fácil de demostrar, pero es un poco inadecuada. Si el ChatGPT es muy hábil planificando un recorrido turístico por una ciudad, entonces, sólo porque la máquina haga mejor un determinado trabajo de valor práctico, ¿puede considerarse realmente más inteligente que yo? O, como afirman algunos, ¿son también conscientes de sí mismas? La respuesta es, por supuesto, una materia de interpretación: depende de lo que yo entienda por «inteligencia» y «consciència» (o «autoconsciencia»). Como nunca me he planteado en serio el significado de estos términos, debo adentrarme un poco más de lo que concierne a la ciencia, debo entrar en lo que es el territorio de la filosofía y también en el de la teología.

Voy a ver si en los próximos días me puedo aclarar un poco sobre lo que se puede entender como inteligencia y consciencia.

martes, 3 de marzo de 2026

Empezamos otra vez.

 


He llegado a marzo, es hora de ir empezando a poner en movimiento, con orden, los planes que he estado preparando en la tranquilidad de mi sala de estar a la que me ha obligado este invierno, tan lluvioso, frío y ventoso, al que no estoy acostumbrado y que me ha permitido y, según veo va a seguir permitiendo, al menos durante es semana, no poder salir a entrenar como me gustaría.

Y lo primero que debería de empezar a hacer esta semana es entrenar para la Media Maratón de Catania ya que los recorridos que voy a realizar por Sicilia en bicicleta no necesitan tanta preparación.

Desde hace unos pocos años los entrenamientos para la carrera a pie han dejado de serlo en lo que se refiere a lo que se entiende por entrenar. Podría decir que se trata más bien de salir a correr para tener la resistencia y los músculos lo suficientemente preparados para llegar a meta. Lo hice hace unos meses con la maratón de Valencia y ahora, un poco más fácil, con la Media Maratón de Catania.

https://www.strava.com/activities/17585196649  

Si miramos el entrenamiento de hoy vemos que ha sido una media hora de calentamiento, pues el ritmo ha sido suave y por debajo de lo que se puede denominar aeróbico. Tenía de completarlo con un recorrido en bicicleta pera las condiciones meteorológicas no han sido las idóneas.

En fin, un primer día de una larga serie hacia nuestro primer reto.  

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jueves, 26 de febrero de 2026

¿Quién me enseñará?

 


Pensaba el otro día que nuestra vida, la de cada uno de nosotros está continuamente en construcción, la tenemos que ir desarrollando según nuestra manera de ser, es una cuestión que vamos decidiendo cada día, sabiendo que muchas veces nos vamos a equivocar en nuestras decisiones.

Yo sé, mi experiencia me dice que me equivoco muchas veces y también que he vivido la toma de malas decisiones; o sea, que una decisión mía me puede hacer un gran bien o, puedo equivocarme y destruirme interiormente. Por lo tanto, cada decisión que vaya a tomar para seguir construyendo mi vida cada día, está aún por decidir. Debo pues, saber y tener la máxima certeza de dónde voy a elegir y cómo decidir, sabiendo y estando convencido de que és lo que tengo que elegir y que esa decisión es buena.

Y llegado este momento surge una buena pregunta: ¿Quién me enseñará? ¿Quién me enseñará a dirigir mi vida? ¿cómo saber a quién escuchar? Puedo escuchar fácilmente muchas teorías, muchas voces, pero el itinerario fundamental de mi vida, el que me tiene que llevar a mi objetivo, o a lo que se dice a una vida buena, a conseguir el bien; si queréis, más coloquialmente: ¿Quién me enseñará el camino que me conduce a la felicidad? Y cuando digo “felicidad” lo que quiero decir es una vida plena, una vida alcanzada, feliz.

Antes tengo que hacerme algunas preguntas. Tengo que repasar en mi experiencia, ver lo que sé y lo que quiero. Averiguar: ¿Qué deseo conseguir? ¿Para quién estoy viviendo? ¿Qué me pasa? ¿O qué quiero cambiar de mi vida? ¿0 qué debería de haber hecho y no hice? Preguntas que me deben de situar en el punto de partida, en el principio de mi camino.

Si miro profundamente en todo lo que soy y quiero, veo que estoy lleno de límites, tal vez no necesitaría reflexionar mucho para ver que cada día me encuentro con limitaciones, que son muchas las ocasiones en las que no puedo conseguir aquello que quiero. Mi vida tiene limitaciones. El sufrimiento puede ser una de ellas, mi incapacidad para hacer algunas cosas, una enfermedad. Infinidad de limitaciones. Y eso lo puedo constatar cada día, solamente mirando en mi experiencia, en lo que vivo y se.

Pero también estoy obligado a decir que si bien mis limitaciones son muchas no lo son menos mis deseos. Y es que por muchas cosas que yo consiga, siempre voy a desear más; y por mucho que alcance, nunca lograré la satisfacción de mi deseo último, que en el fondo es un deseo de infinito. Esta es mi contradicción, o diría, mi propia realidad: múltiples limitaciones, ilimitados deseos.

Hay además otro aspecto, la persona siempre desea el bien, siempre me gusta lo que está bien, quiero hacer el bien, pero no sé lo que me pasa que cuando lo voy a realizar en muchas ocasiones me sale mal, aparece el mal.

A mí, cuando quiero hacer el bien no tengo claro que lo pueda llevar a cabo. Tengo que combatir cada vez, es una pelea continua cada vez que necesito hacer una cosa bien. No se trata sólo de decidir que esto lo quiero hacer bien, porque si resulta que en realidad no se trata del bien, he decidido mal y el mal me puede destruir, es un combate espiritual.

Puedo ver que muchas personas no tienen este tipo de preocupaciones, no ven nada en su interior que les cuestione si lo que hacen está bien o no. Donde yo tengo interrogantes en ellos encuentro el vacío. ¿Qué quiero decir? Que consideran que la vida no tiene un sentido, que lo que les pasa y pasa a su alrededor es casual, tiene su origen en el propio desarrollo de las cosas.  

Sin embargo, la mayoría de las personas estamos llenas de interrogantes, pues todos hemos experimentado situaciones en las que nos hemos preguntado, ¿qué sentido tiene vivir y más cuando he llegado a un cierto nivel de sufrimiento? ¿Qué sentido tiene sufrir? ¿Qué sentido tiene la enfermedad y por qué tengo que sufrir la enfermedad? ¿Y por qué tantos pueblos tienen que pasar situaciones verdaderamente precarias? ¿Y por qué he de morir, cuando lo que deseo es vivir?

Creo que estas experiencias nos pasan a todas las personas en un momento u otro, sean creyentes o no, ahora bien, la pregunta es: ¿Cómo comprender esto que nos pasa? ¿Cómo ayudarme a ver el por qué siento esas preocupaciones? ¿Por qué no me conformo con las cosas que tengo y no deseo más? ¿Y por qué me resisto cuando aparecen esos límites de la enfermedad, del sufrimiento y de la muerte?

Muchas preguntas, y tres factores que deberemos tener en cuenta cuando nos detengamos a descifrar todo lo esto que nos pasa. Pero, por hoy ya hay bastante.

viernes, 20 de febrero de 2026

Ni un totalitario ni un individualista.

 


En algunas ocasiones nos podemos encontrar con ideas que ponen a las cosas colectivas, el grupo, la sociedad, la clase, etc. por delante de las personas. Que debe existir una igualdad entre las personas que forman un grupo y que las diferencias que puedan existir entre las personas no importan, que lo importante es el conjunto.

En realidad, si lo pensamos, veremos que esas dos cosas son opuestas. Nos podemos encontrar con cosas que son parte de un mismo organismo y que son muy diferentes unas de otras y con cosas que no son parte de la misma cosa y son muy parecidas. Por ejemplo, cuatro monedas de un euro son cosas separadas y son muy parecidas por no decir iguales, en cambio mis ojos y mis orejas son muy diferentes, pero sólo están vivas porque forman parte de mi cuerpo y comparten su vida en común.

Con todo esto lo que quiero decir es que las personas no somos como simples miembros de un grupo, sino que somos como órganos de un cuerpo, diferentes unos de otros y que contribuimos cada uno de una manera distinta.

Si alguna vez nos encontramos en una situación en la que estamos intentando convertir a una persona en alguien exactamente igual a nosotros, debemos tener en cuenta que tal vez nos estamos equivocando y que ese “como a ti mismo” no pretende conseguirlo. Yo y las demás personas somos órganos diferentes, y nuestra función es hacer cosas diferentes. Además, cuando nos pase lo contrario, cuando estemos tentados a no permitir que las dificultades de otra persona nos afecten, ya sea porque pensemos que no es “asunto nuestro”, no tenemos más remedio que darnos cuenta de que, aunque esa persona es diferente a nosotros, forma parte del mismo organismo.

¿Qué está sucediendo? Si olvido que esa persona forma parte del mismo organismo al que yo pertenezco, me estoy convirtiendo en un individualista. Si olvido que es un órgano diferente a mí, si quiero eliminar nuestras diferencias y hacer que toda la gente sea igual, me estoy convirtiendo en un totalitario. Pero nosotros no debemos ser ni un totalitario ni un individualista.

Ahora, siento que debería de deciros cuál de esos dos errores es el peor. Y este deseo sí que es realmente un gran error. Esta tentación de aclarar este tipo de cuestiones es una de las mayores trampas en las que caemos las personas. Cuando los errores nos aparecen por parejas, es más por parejas que son opuestas. Y sentimos o a veces nos animan a que dediquemos una parte importante de nuestro tiempo a reflexionar cuál es peor, entonces, estamos cayendo en una enorme trampa. ¿Tenéis claro por qué? Corremos el peligro de que el mayor enfado que nos cause uno de los dos supuestos nos lleve poco a poco hacia el otro.

Pero no nos dejemos engañar. Tenemos que mantener nuestra mirada en fija en nuestro objetivo y pasar por en medio de los dos errores. No nos importa nada más que eso en lo que respecta a cualquiera de los dos. En este caso en particular no olvidarnos de que somos como órganos de un cuerpo, diferentes unos de otros y que contribuimos cada uno de una manera distinta a su perfecto funcionamiento.

martes, 17 de febrero de 2026

Crecimiento electoral.

 


Esta mañana me he encontrado con el tema de Vox y su crecimiento en las últimas elecciones autonómicas en Aragón y creo que merece la pena hacer un esfuerzo por comprender qué está sucediendo, al menos desde mi punto de vista.

Cada partido tiene sus ideales, sus proyectos y objetivos para mejorar la sociedad, tiene por lo tanto un programa que se ha pensado y meditado para conseguirlo, y mostrándolo se quieren obtener unos votos para poderlo hacer posible. Con ello, lo que quiero decir es que al igual que todos los partidos políticos tienen una base electoral que cree en lo positivo de ese programa. En este caso creo que el aumento de votos no se debe a un aumento de personas que encuentran bueno ese programa, al menos no en su mayoría, sino a unos votos que provienen de personas que no encuentran solución a sus problemas en los partidos tradicionales.

Ese aumento de votos se está produciendo cuando su perfil se está haciendo, podría decir, que más anti institucional. Por ejemplo: no acudieron a los actos del día de la Constitución, ni lo hicieron en el desfile de la Fiesta Nacional, tampoco pensaban acudir al funeral de Estado que se tenía que celebrar por las víctimas de Adamuz.

Qué está sucediendo en una parte del electorado para elegir a Vox. No pienso que buscar la solución recurriendo a la amenaza del fascismo o con descalificar a sus votantes sea el camino.  

Hay que recordar que una democracia como la española se basa en un principio simple: se le da legitimidad sin que sea necesario hacer un esfuerzo de reflexión. La legitimidad se basa en que los votos que se depositan en las urnas cuentan; en que la actividad legislativa y la actividad de los jueces, están dentro de unos márgenes que en su mayoría deben ser compartidos y que van a servir para organizar la sociedad; en que la actividad administrativa y de los diferentes niveles de gobierno sirve para que el país funcione. 

Es todo esto lo que algunos partidos políticos cuestionan. No creen en que una alternancia pueda servir para corregir las equivocaciones de los que han gobernado antes. Empiezan a pensar que el sistema de las mayorías no les sirve, que las instituciones que tenemos no son ya respetables pues han llegado a la conclusión que están controladas por partidos políticos. Esa era la base del movimiento del 15 M, ese fue el argumento de aquel Podemos que creía poder sustituir al PSOE y ese fue, en parte, el argumento muy suavizado de Ciudadanos.

El aumento de votos de Vox se debe a esas personas que son en parte antisistema y que han ido votando al partido que en cada momento mas les representa. No creo que Vox sea el partido de los agricultores contrarios a Mercosur, o del nacionalismo español, o de los militantes contra las teorías de género… es simplemente el partido de los que se consideran fuera del sistema.

No tiene mucha importancia que los argumentos de Vox no tengan una base sólida. Con agitar un poco el malestar de muchas personas les basta y por eso, más allá de las evidencias, gana votos con su discurso antiinmigración. El partido avanza en un espacio electoral que ha quedado vacío, en el que ni PP ni PSOE dan razones de nada.

Muchos de los votos de Vox no se basan en su ideología. Una parte de esos votos, en especial entre los más jóvenes, no lo son por su programa político, sino por un deseo de hacer una protesta contra el sistema en el que se asienta nuestra sociedad. Ese voto muestra el cansancio hacia los partidos tradicionales, las instituciones y el marco cultural que predomina, junto con la configuración actual de la esfera pública en España.

Como resulta que existe mucha parte del censo que piensa así, nos encontramos con un reto democrático muy importante: los líderes de VOX se posicionan muy hábilmente como personas ajenas a la vida política, se resisten a formar parte de gobierno. 

Para entender esta situación, no hace falta recurrir a la descalificación del voto o intentar sacar tajada electoral de su frustración. La respuesta debe ser el análisis profundo de sus raíces. Hay una desconexión sistémica. Muchas personas no creen ya en la alternancia entre izquierda y derecha. Existe cada vez más la creencia de que los partidos tradicionales solo miran por sus propios intereses, alejándose del bien común. Los nuevos votantes de Vox se sienten excluidos culturalmente. Sienten que los medios de comunicación y los marcos de opinión mayoritarios ignoran sus preocupaciones y emociones, haciéndoles sentir como extraños en su propio país.

Puede suceder que ese descontento y de hecho sucede que se oriente de una manera poco constructiva y que no tenga el criterio necesario para comprender las limitaciones de la política, pero ignorar estas quejas o intentar anularlas mediante la censura y la descalificación solo va hacer más honda la brecha.

sábado, 14 de febrero de 2026

Ante el avance digital. ¿Qué hacer?



El otro día descargue un documento en PDF y al abrirlo me llamó la atención un mensaje que me informaba que, al ser un documento largo, podía ahorrar tiempo si dejaba que me hiciese un resumen. O sea, que mi ordenador me podía hacer un resumen de todo el documento, un resumen donde yo no iba a intervenir en nada; todo el trabajo hubiera sido el de una máquina que por supuesto alguna persona ya programó. Esa máquina es capaz de sustituirme así que ya no tengo que ni leer el documento, ni estudiarlo y ya no tengo que pensar mucho para sacar una conclusión sobre él. Esto tiene sus ventajas, pero también sus desventajas.

Si ese trabajo lo puede hacer mi ordenador, cuánto puede hacer un equipo electrónico en el campo de la medicina, en las comunicaciones, en la economía, en política, entretenimiento, etc., etc. Ya lo vemos en el GPS que nos dice con sus indicaciones como tenemos que llegar a una dirección sin tener que andar mirando mapas ni preguntando.

Esto tiene sus pros y sus contras. Y los tiene porque esta maravillosa herramienta se puede utilizar para bien, pero también puede ser para fines perversos y para que otros piensen y decidan por nosotros. Lo malo no es el avance científico y tecnológico que esto implica, sino el uso que se haga. Nos puede ayudar mucho y de hecho lo hace, pero también nos puede deshumanizar. Ya no soy yo quién lee el documento y decido que es lo más interesante, sino una máquina.

Doy por sentado que controlo la forma y la manera en que utilizó la tecnología digital, pero estoy corriendo el riesgo de estar dejando de que invada mis relaciones y decisiones más personales, la forma como me comunico y mis relaciones con las personas.

El reto que se me presenta, por tanto, no es tecnológico sino como me va a afectar en la forma con que me voy a relacionar conmigo mismo y con la sociedad. Aceptar sin miedo, con determinación y sensatez todas las oportunidades que nos muestra la tecnología digital y la inteligencia artificial no quieren decir que nos tengamos que ocultar los puntos críticos, las sombras, los peligros.

Nuestra confianza inocentemente sin crítica en la inteligencia artificial como una amiga sabia, repartidora de toda información, archivo de toda memoria, lugar donde buscar de todo consejo, puede desgastar aún más nuestra capacidad de pensar de un modo ordenado y creativo, de comprender los significados, de distinguir entre cómo es una cosa y lo que significa. 

La cuestión que nos importa, sin embargo, no esta en lo que logra o logrará hacer una máquina, sino qué podemos o podremos hacer nosotros, para crecer en humanidad y conocimiento, con un uso inteligente de todas esas herramientas tan poderosas que tenemos a nuestro servicio.

Las personas siempre hemos sentido la necesidad de apropiarnos del saber que han desarrollado otras personas sin el esfuerzo que conlleva toda la investigación, ni el trabajo de estudiarlo y sacar conclusiones. Sin embargo, abandonar el proceso creativo y dar a las máquinas nuestras funciones mentales y nuestra imaginación significa tirar todo lo que hemos aprendido y hemos recibido para crecer como personas. Significa escondernos y silenciar nuestra voz.

El peligro es grande. El poder que tiene la inteligencia artificial para simular situaciones es tal que puede engañarnos creando unas realidades paralelas. Podemos llegar a sentir que cuando nos comunicamos con la inteligencia artificial lo estamos haciendo con una persona. Estamos inmersos en un mundo tecnológico, donde cada vez es más difícil distinguir la realidad de la ficción.

¿Qué hacer? Nuestro reto no es detener el avance digital sino guiarlo, y ser conscientes de sus diferentes efectos sobre nuestra personalidad. Tenemos que defender cada vez que sea necesario a las personas humanas para que toda esta tecnología pueda realmente integrase en nuestras vidas como un aliado; para que aumente nuestra capacidad personal de hacer reflexiones críticas; para que nos ayude a evaluar la credibilidad de los orígenes de su información y los posibles intereses que puedan estar detrás de la selección de la información que nos da; para que nos permita elaborar unos criterios sencillos para que nos podamos comunicar responsablemente y de una forma más sana.

Podemos y debemos aportar cada uno nuestra contribución para que las personas adquieran la capacidad de pensar críticamente y crezcan en la libertad del espíritu.

jueves, 12 de febrero de 2026

Aguantar

   


 

    Hay ocasiones en que las personas por culpa de los problemas que se nos van acumulando, al no poder encontrarles ninguna solución, nos cansamos de luchar y bajamos los brazos.

Ejemplos los encontramos, desgraciadamente, por todas partes. Oímos exclamaciones del tipo: ¡no aguanto más! Conociendo muchas veces las dificultades por las que está pasando esa persona, nos entristecemos, porque, como bien sabemos, algunos problemas no tienen solución y, quizá no de una manera violenta, pero sí realmente, aunque sea poco a poco, nos vamos consumiendo.

Estas situaciones encierran muchas veces la imposibilidad de poderlas analizar correctamente, pues, aunque lo sentimos sinceramente, de alguna manera estamos siendo engañados, nos engañamos al aceptar como verdades cosas que no lo son, ya que no vemos toda la verdad del asunto, o sea vemos medias verdades.  

En algunas ocasiones cuando llegamos a pronunciar el ¡no aguanto más! Estamos diciendo además que nuestra situación, que nuestro problema es único, que se trata de algo extraordinario, que no es normal, que nadie lo está padeciendo como yo y, por tanto, nadie puede aguantar lo que yo estoy aguantando y lo único que me queda por hacer es abandonar. Esto tiene parte de verdad en el sentido de que yo lo siento así, porque es muy humano que mis sufrimientos me parezcan mayores y más importantes que los de los demás.

Es necesario, sin embargo, ser consciente de que es una parte solo de la historia. Las personas nos parecemos mucho unos a otros y lo que me parece que me hace la vida imposible lo han sufrido ya cientos de personas antes que yo. Es algo normal y, en ese sentido, hay que procurar desmitificarlo en lugar de agobiarse por ello, como si fuera una catástrofe inaudita. Sí, duele y se sufre, a veces muchísimo, pero es que lo normal es que la vida duela y se sufra, y uno se agote. A fin de cuentas, si la vida es llevar a cuestas una cruz, nuestros problemas pueden ser esa cruz.

Es muy fácil que sea cierto que nuestras fuerzas no son suficientes para aguantar ese tipo de situaciones, pero es que nadie nos obliga a soportarlo solos. Cuando ya no nos queden fuerzas, a veces se tiene la posibilidad de apoyarse en alguien, en alguna persona muy cercana, familia, amigos, sin embargo, si esto no fuera posible por ser ellos parte del problema, siempre es posible, como cristianos, apoyarnos en Dios.

La vida es un don que se nos ha otorgado, que pierde una gran parte de su sentido si nos olvidamos de Dios. Si nos empeñamos en sobrellevar los problemas de la vida solamente con nuestras fuerzas, es casi seguro que lleguemos a un punto en que no podamos más, que nuestras fuerzas nos fallen y que nos desesperemos. En cambio, al darnos la vida, Dios se comprometió a ayudarnos y no creo que nos falle.

Otro aspecto que me viene ahora a la cabeza ante estas situaciones de agotamiento y de rendición es esa sensación de que todo va a seguir así durante meses o durante toda la vida. Como resulta normal, si tenemos esa sensación nuestra desesperanza aumentara exponencialmente. Sabemos que podríamos soportar una situación así durante un tiempo, pero no toda la vida.

¿Dónde está aquí nuestro error? Es lógico que no vayamos a soportar ese pensamiento de sufrir toda la vida, es normal, pues aún no se nos ha dado el amor que vamos a necesitar durante todos los días de nuestra vida. Se nos ha dado el amor que necesitamos para soportar nuestros sufrimientos para el día de hoy, para ahora. Por lo tanto, cuando miramos hacia el futuro, nos desesperamos, porque lo vemos sin ese amor que aún no tenemos y, es verdad, sin ese amor, sería algo insoportable.

Y ahora, me acuerdo de pasaje del maná que no se podía conservar para el día siguiente, sino que era necesario recogerlo cada mañana. Cada día había que recoger la comida, no había comida para una semana ni para un mes ni para toda la vida. Cada día recibimos el amor que necesitamos y que nos ayuda a soportar lo insoportable. Los cristianos lo recordamos cada vez que pedimos en el padrenuestro danos hoy nuestro pan de cada día, lo que estamos pidiendo, entre otras muchas cosas, es la gracia que necesitamos en el día para poder cumplir con nuestros deberes. El futuro lo dejamos en manos de Dios.

Todo lo anterior está muy bien, sin embargo, parece dar a entender que debemos soportar ese problema o ese dolor. Soportando y aguantando a los que nos lo producen, pero en verdad no es del todo cierto que así sea, porque si lo pensamos un poco nos daremos cuenta de que nadie nos dice que debemos soportar, sino amar. Y este matiz es muy importante pues nos hace ver la situación desde otro punto de vista.

A primera vista podéis pensar que según vais leyendo, las cosas se complican cada vez más, que estoy complicando y poniendo el tema más difícil. Y sí, tenéis razón, pero esta es la base de nuestra creencia: “amaras a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”.

Si nuestro objetivo fuese simplemente “aguantar” cada problema que no pudiésemos solucionar con los demás, aunque lo consiguiésemos el resultado sería triste y penoso. En cambio, si amamos a través de los problemas, sufrimientos y las dificultades, encontraremos en ese amor la alegría de la vida.

En fin, ese “no aguanto más” no tiene porque ser angustia y una gran desesperanza. No lo es.

martes, 10 de febrero de 2026

Un poco más allá de la cultura del esfuerzo.

 


El otro día comentaba el desánimo que surge en muchas personas que ven que todo el esfuerzo que están realizado para mejorar su vida no les cunde. Y tal vez por eso debería ir un poco más allá y superar esa cultura del esfuerzo y buscar una solución en el agradecimiento.

La primera impresión al buscar en el agradecimiento una solución a muchos de nuestros problemas es que no entendemos muy bien de que estamos hablando, no vemos por donde empezar. Tal vez nos esté pasando esto porque no sabemos reconocer todo lo que hemos recibido desde el día de nuestro nacimiento y que no nos ha costado nada, por ejemplo: el amor de nuestros padres, los adelantos que se van acumulando con los siglos que nos permiten hoy en día tener luz eléctrica, una vivienda, un coche, etc. Una sociedad que nos permite vivir con relativa tranquilidad, en fin, de todo lo que tenemos.

Si ahora pensamos un poco en todo eso veremos que tenemos tantas cosas buenas que no hemos hecho nada para merecerlas que va a ser prácticamente imposible dar a los demás y a la sociedad tanto como estamos recibiendo y hemos ya recibido. Esta podría ser la base, darnos cuenta de que recibimos mucho más de lo que damos, que estamos rodeados de tantas cosas que nos permiten llevar una buena vida. Sin todo eso en lo que no hemos colaborado ni para construirlo ni crearlo, cualquier esfuerzo que hiciésemos sería estéril.  

A la vez, ese agradecer nos hace vernos como insignificantes ya que lo que yo pueda aportar a mi sociedad es, realmente, muy poco. También nos damos cuenta de que todo lo que recibimos es por la unión de mucha gente que se esfuerza para mejorar nuestra sociedad y también por el regalo de una creación que esta por encima de todo trabajo personal, ya que viene de algo que se encuentra por encima de nuestras posibilidades.

Y es que darnos cuenta de que nosotros nunca vamos a dar tanto como lo que estamos recibiendo es fundamental para entender la importancia para nuestra vida del agradecimiento. Darnos cuenta de esto hace que nos pongamos en nuestro lugar y que reconozcamos la grandeza de nuestra sociedad.

El agradecimiento comienza por estos dos elementos, el reconocimiento de todo lo que recibimos y la conciencia de que nunca vamos a devolver a la sociedad y a la naturaleza tanto como lo que ellas nos dan y nos han dado.

Todo esto hace añicos la idea de la correspondencia que domina nuestra economía, o sea, con la idea de que lo damos tiene que ser igual a lo que vamos a recibir, por lo que cuando realizamos un intercambio vamos a comprobar cuál es la contrapartida para saber qué es lo que estoy dispuesto a dar.

En fin, tendríamos mucho de qué hablar sobre basar nuestra vida en el agradecimiento, tanto es así que voy a seguir en unos días con el mismo tema.