Cuantas veces me he encontrado con que una mejoría
en mi situación ya sea económica, sentimental o casi de cualquier otro tipo, me
ha llevado a pensar: “Ahora sí que sí”. Y durante un tiempo me he sentido
encantado de la vida.
Es un tiempo durante el cual me vengo arriba.
Todo me parece maravilloso. Pero el tiempo pasa, y lo que sin duda parecía una
gran mejoría termina siendo lo normal, mi día a día.
Eso, que ya me ha sucedido varias veces, es
una adaptación a lo bueno y que me devuelve a un nivel normal de felicidad. Cuando
esto sucede, te das cuenta de que tenemos una facilidad para convertir lo
extraordinario en cotidiano.
Después de estar un tiempo buscando y deseando
esa cosa que me va a dar un placer inmenso, al cabo de un tiempo me doy cuenta de
que he vuelto a un punto casi idéntico al de antes. Es como si la vida me
dijera: “Perfecto, disfruta, pero no te emociones mucho que esto dura un plis
plas”
A veces he pensado, que, aunque no me guste
demasiado, esa adaptación tiene bastante sentido. Las personas hemos sido
creadas para adaptarnos. Si no consiguiéramos adaptarnos a la situación en la
que nos encontramos nuestra vida estaría llena de altibajos constantes. El
problema aparece cuando esos momentos iniciales de una gran felicidad los
confundimos, pensando que van a ser una felicidad permanente, y los buscamos
continuamente pensando que va a ser el definitivo.
Lo que quiero decir es que: la persona se
acostumbra. Para bien y para mal. Si miramos un poco nuestra vida, estoy
seguro, de que lo podemos comprobar fácilmente. Con el coche, el teléfono o el
piso que acabamos de comprar, y que a los pocos meses ya estamos mirando otro que
nos parece mejor.
Aquí aparece en nuestra sociedad el consumismo.
Ya que al ser consciente de que la ilusión se nos va apagando, buscamos otra
dosis: otra compra, otro cambio, otro objetivo. Y así vamos empalmando deseos.
Y al sistema económico, de hecho, le gusta mucho esta forma de afrontar la vida,
pues siempre nos pondrá delante algo nuevo que ofrecernos para que tengamos la
sensación de que ahora sí, con eso que nos falta ya vamos a ser completamente
felices.
Lo que en realidad sucede es que todos los objetivos
y las metas que sean puramente materialistas nos van a dar una satisfacción a
corto plazo y no a largo plazo. En cambio, lo que suele dejarnos de verdad una
felicidad con más solidez son cosas y asuntos que tengan que ver más con las
relaciones personales. Lo que no quiere decir que desear vivir en un piso mejor
esté mal. Ni mucho menos. Resulta bastante obvio que el dinero nos dará
seguridad, algo de comodidad y un margen para vivir mejor, pero estamos
hablando de felicidad.
Aquí de lo que se trata es de no creer que esas
cosas nos van a dar algo que no pueden ofrecer. Ganar más dinero nos puede
ayudar mucho, pero no va a resolver por sí solo nuestra vida interior ni nos
puede dar paz mental. Así que lo que tenemos que intentar hacer es prestar más atención
a lo que sí alimenta el bienestar de forma más estable.
En el fondo, la cuestión es bastante sencilla,
está bien disfrutar de lo material, pero no resulta interesante apoyarse mucho en
ello para ser feliz. Porque lo nuevo se pasa. Lo que permanecerá más es cómo vivo,
con quién comparto mi vida, a quien se la ofrezco y dónde pongo cada día la
atención.







