miércoles, 18 de marzo de 2026

No hay vidas “más dignas”

    


    De toda la entrada de ayer hay que destacar que la dignidad de la persona es uno de los pilares más profundos sobre los que se construye cualquier sociedad verdaderamente justa. Como quería expresar ayer ese “yo” que nos iguala no se trata de un concepto abstracto ni una forma jurídica, sino que se trata más bien de un convencimiento ético que se da cuenta del valor intrínseco que hay en cada ser humano, independientemente de su utilidad, de su salud, de su edad o de sus circunstancias vitales.

Cuando esa convicción se siente de manera coherente, se muestra en actitudes concretas de respeto, solidaridad y atención, en especial hacia quienes lo están pasando mal.

Dicho esto, quiero hacer hincapié en esa dimensión solidaria que tenemos los españoles, la hemos visto aparecer con fuerza en la reciente desgracia ferroviaria y en el episodio de la Dana, revelando una sensibilidad social que debe ser analizada y profundizar un poco en ella.  

La sociedad española ha dado muestras reiteradas de una capacidad extraordinaria para unirse ante el dolor ajeno. Catástrofes naturales, atentados terroristas, accidentes colectivos o crisis sanitarias han despertado una respuesta espontánea de ayuda mutua, donaciones, voluntariado y acompañamiento.

En cada uno de esos momentos hemos visto cómo las diferencias y la polarización que a veces padecemos parece que se diluye, y aparece una conciencia de grupo, y es que la vida humana nos importa y el sufrimiento del otro nos hace reaccionar. La solidaridad que comprobamos es consecuencia de una intuición moral que se encuentra muy arraigada en nuestra cultura y no se trata de ninguna estrategia ni cálculo, ya sea político o económico  

Si nos detenemos ante este hecho, veremos que nos muestra algo muy importante, vemos que existe un reconocimiento sobreentendido de la dignidad de la persona que sufre. Y es que cuando una sociedad o una comunidad se moviliza para ayudar a las víctimas de un desastre está diciendo y afirmando que ninguna vida le es indiferente, que cada persona merece ser protegida y cuidada. La dignidad de la persona se nos hace aparece precisamente en la vulnerabilidad, cuando el ser humano necesita de otros para seguir adelante. En esas situaciones, la fragilidad no disminuye el valor de la persona; al contrario, lo pone de relieve.

Lo curioso, lo que también me llama la atención, es que esta seguridad, tan patente en situaciones de desgracia, parece que flojea cuando ese sufrimiento no es mediático ni por sorpresa, sino silencioso y habitual. Hay personas que son vulnerables y que no ocupan minutos en las noticias ni provoca manifestaciones masivas, pero esto no quiere decir que no posean una dignidad menor. En una sociedad la coherencia ética se mide, principalmente, por su capacidad para ampliar esa misma mirada de compasión y protección a todas las etapas y condiciones de la vida humana.

 No hay una medida, la dignidad de la vida de las personas no es ni condicional ni gradual, no depende de la autonomía, de la productividad ni de la conciencia plena. Es inseparable al hecho mismo de ser humano. Desde esta perspectiva, no hay vidas “más dignas” que otras, ni personas cuya existencia pueda ser evaluada en función de criterios externos. Esta idea corre el riesgo de vaciarse de contenido cuando se acepta que ciertas vidas pueden ser descartadas porque resultan incómodas, costosas o carentes de expectativas según parámetros sociales dominantes.

martes, 17 de marzo de 2026

Sociedad multiétnica

 


Hay un hecho evidente, que me parece claro, lo veo cada día incluso en mi pueblo cuando recorro sus calles. Para verlo solo basta observar a las personas con las que me cruzo, personas que, tienen rasgos físicos diferentes a los míos, con un color de piel diferente al mío y que practican religiones diferentes a la mía.

Es simple, con un poco de realismo tenemos que reconocer que nuestro entorno es multiétnico. Y, sin embargo, cuando veo discutir sobre cuestiones que tienen que ver con esta realidad multiétnica, tengo la impresión de que no se tiene en cuenta un sano realismo, sino más bien cualquier clase de prejuicio no tan sano.  

Ante esto, encuentro normal que me surjan algunas preguntas: ¿Esta diversidad que veo es solo pasajera? Si nuestra política de migración hubiera sido diferente, ¿se podría haber evitado? Es más, ¿Puedo resignarme por realismo a esta convivencia multiétnica, tratando quizás de contenerla buscando políticas migratorias más estrictas, o existe algo detrás de todo esto que pueda descubrir? ¿Somos realmente tan diferentes en todo o hay algo que está por encima de las diferencias y que todos tenemos en común?

Puedo ahora echar mano de algunos ejemplos que me vienen a la cabeza: Una mujer india acaba de tener un hijo, otra mujer en un rincón del mundo hace lo mismo, una madre da a luz en el hospital de ahí al lado, todas dan a luz a seres humanos que todos reconocen como tales, lo son por sus características externas como por su impronta interior. Así, cuando esos niños se definan mostrarán muchos elementos derivados de diferentes circunstancias, tradiciones e historias, pero sin duda, cuando lo estén haciendo, cuando digan “yo”, estarán indicando un mundo interior, un “corazón”, que es igual en todos nosotros, aunque lo interpretemos de manera diferente.

Si esta marca, ese “corazón”, es lo que distingue a la persona, entonces es precisamente este factor, que es real y que se encuentra presente en cada uno de nosotros, independientemente de la etnia a la que pertenezca o de la latitud en la que haya nacido el que debemos poner en primer lugar. Por eso vale la pena preguntarnos si el reconocimiento de este elemento que llevamos dentro nos puede servir para tener una mirada más verdadera ante las dificultades que nos plantea muchas veces la cuestión multiétnica.  

Este es sin duda el punto clave, porque escondido en esos rasgos físicos tan diferentes, en esos idiomas tan raros, en esas costumbres y en esas culturas tan diferentes, hay un “yo”, un alma desconcertadamente igual a la nuestra. Y la simpatía hacia un corazón tan parecido al nuestro nos puede hacer creativos en el momento en el que tengamos que responder a las muchas preguntas y contradicciones que esta sociedad multiétnica conlleva.

sábado, 14 de marzo de 2026

Falta de coherencia

 


Llevo unos cuantos años viendo como una parte de nuestra sociedad se ha adueñado del relato, de lo políticamente correcto, de la cultura, de lo qué es aceptable, qué es moderno y qué es respetable. Un sector de la sociedad que se ha apoderado de la bandera de la tolerancia, del respeto y de la inclusión, y se consideran especialistas en todo eso.  

Digo todo esto por unas declaraciones que escuche en la entrega de los premios Goya y que me hicieron repasar un poco la manera de ser de una parte de nuestra sociedad que es muy aplaudida por una opinión pública bien adiestrada que no cesa de mostrar esas banderas  constantemente. Pero, cuando se trata de lo cristiano, esos diplomas y esas banderas que tanto se ondean en la opinión pública, se esfuman. La burla les parece bien si se dirige a lo católico. Se legitima la degradación, se ridiculiza a la vez que se sigue defendiendo el respeto.

Si esa parte de la sociedad, todo lo que dicen defender se defendiera no se necesitaría humillar a los que no pensamos igual. Si fuese cierto que se entiende lo que es el respeto, se tendría en cuenta las ideas de la persona que está delante. Si en realidad se fuera inclusivo, no se prescindiría continuamente a quien no comparte las mismas ideas.

Ya sé que esos grupos son lo que dominan la cultura. Los que aparecen en los medios. Los que ponen nombre a todo lo que sucede. Los que toman las decisiones de quién interesa y quién no. Han sido ellos mismos los que se han puesto esas etiquetas, los que se auto publicitan. Nadie les ha obligado a decir unas cosas y hacer lo contrario.

Nos han dicho que son los referentes a los que mirar, que su moral es la que hay que seguir. Que defienden a los que son vulnerables. Que están en contra del odio. Y, cuando se tiene que criticar lo católico, la vara de medir cambia. Ahora sí que pueden ridiculizar. Ahora sí se puede despreciar. Ahora, respetar a las personas ya deja de ser obligatorio.

Eso es una falta de coherencia. Eso es tener dos discursos, varios relatos.

Yo no estoy diciendo que sea un “dechado de virtudes”. No digo que cumplo mis ideas a la perfección. Digo que intento seguirlas. Que peleo. Que muchas veces me sale mal y vuelvo a comenzar. Hay una diferencia abismal.

Y es que si miro a todas esas personas que proclaman tolerancia, respeto, inclusión y después veo como tratan públicamente a lo que es católico, detecto una incoherencia. Encuentro que existe una distancia entre lo que afirman y lo que realmente hacen o practican.

Ya sé que van a continuar dominando la opinión pública, que van a ocupar la mayor parte de los escenarios, que van a continuar repitiendo que son los auténticos defensores del respeto. Pero la mayoría de la sociedad ya ve que ese discurso solo se aplica con quien les aplauden y eso no es tener un discurso, es haberlo leído sin comprenderlo y mucho menos aprendido.

La verdad es que nuestra sociedad lo tiene fácil, se trata de escuchar el relato y ver cómo se aplica o se cumple. Y sacar conclusiones.

viernes, 13 de marzo de 2026

Salud.

 


Cuando hablamos de la salud lo normal suele ser, como suele decirse, que hablamos de su falta. Eso la convierte en algo siempre misterioso, ya que no nos resulta sencillo averiguar el por qué unas personas viven con una buena salud y otras sufren por su falta.

Ello nos puede llevar a la conclusión de que se trata de alguna clase de suerte o de fortuna. De que unos tienen la suerte de que les tocará el premio de la buena salud, mientras que a otros les tocó vivir rodeados de enfermedades.

Podemos mirarlo también desde otra forma, tal vez más completa, en la que la salud nos la encontramos como un regalo, no como una suerte que hemos tenido, sino como un don que hemos recibido sin haber participado en ninguna clase de sorteo, lo que, por cierto, nos debería de llenar de gratitud y de un deseo sincero por emplearla bien.

Ver la salud de la manera anterior, puede también entenderse como tarea, como un trabajo que nos obliga a esforzarnos para cuidarla, promoverla y, procurar restablecerla en aquellos que no la tienen.

Si ahora yo he llegado a la conclusión de que debo tomarme la salud como una tarea, me estoy obligando a asumir una serie de responsabilidades, ya sea para mi o para otros. Para mi implica evitar comportamientos que me pongan en el peligro de ponerme enfermo, y aceptar terapias que me curen si estoy enfermo. Para con los demás implica que debo evitar acciones que puedan contagiarlos, o provocar en ellos daños físicos, además de hacer lo que me sea posible para que puedan curarse cuando sea posible.

Por lo tanto, si todo lo anterior lo aceptamos, vemos que la cuestión de la salud nos interpela a todos y de muchas maneras, ya que nos lleva a tener una sana alimentación, descansar lo necesario, cuidar nuestra higiene y como no realizar algo de ejercicio físico.

Vemos así que la salud, recibida como don, merece ser protegida, conservada, incluso mejorada. No siempre conservaremos la salud que desearíamos, pero sí podremos alejarnos de ciertas enfermedades, evitar comportamientos que nos dañen o que dañen a otros, y emprender tempestivamente terapias que nos curen o, al menos, eviten dolores que invalidan.

En fin, si disfrutamos de buena salud, demos las gracias y aprovechémosla para bien. Si no nos encontramos bien, o si una enfermedad nos persigue pidamos tener paciencia y anchura de miras para ver qué cosas buenas, aunque sean pocas y pequeñas, puede realizar en esos momentos de sufrimiento.

miércoles, 11 de marzo de 2026

Imaginar

 


Cuando hemos realizado un viaje y lo vemos reflejado en las imágenes que hemos capturado o lo recordamos en nuestras conversaciones parece que hemos cerrado un círculo que empezó cuando lo imaginábamos. La realidad es que lo conocíamos mucho antes de que existiera, y entonces lo llamamos para que se hiciera realidad. Después, lo que hacemos es comparar, comparamos el viaje ya realizado con el que imaginamos y decidimos si es como debe ser.

El proceso que va del primer estímulo inicial cuando lo imaginamos a su puesta en práctica es complejo y puede adoptar formas muy diferentes. Puedo tener primero una idea y luego buscar la forma de llevarla a cabo. Pero también puede ocurrir, como en esta ocasión con el viaje a Sicilia, que lo primero que viene a mente es otra cosa, la oportunidad de acudir al campeonato de Europa de Media Maratón para veteranos en Catania, y que me lleva a pensar que se podría hacer con ella. En este caso puedo tener dudas de que recorrer Sicilia en bicicleta salga de mí. Es la Media Maratón de Catania la que provoca el recorrer Sicilia en bicicleta.

Sin duda lo que más caracteriza ese largo proceso al que muy bien podríamos llamar madurar el viaje, es la toma de decisiones, tener que optar. Pasan los días y las decisiones van creciendo en importancia: día de salida, cómo llegar, cuándo volver, que hacer, que ver…

Y van surgiendo los dilemas, las decisiones que tome estos días están destinadas a dejarme tranquilo. Elegir, optar, no es sencillo, pero, o me anticipo, o voy a la aventura. O tomo ahora unas decisiones y asumo las consecuencias, o me dejo llevar por llevar por las situaciones, y aunque me queda el consuelo de que siempre podré echar la culpa a las circunstancias, la verdad es que no viviré la experiencia que significa actuar con libertad.

domingo, 8 de marzo de 2026

¿Què estoy dispuesto a tolerar?

 


 Cada mañana al poner en marcha el ordenador repaso las páginas web de los principales periódicos y casi me sorprende no ver un nuevo caso de fraude, enchufismo, malversación, escándalos de abusos de poder, abuso sexual, ineficacia, etc.…. Lo curioso de este tema no es la cantidad de escándalos sino mi normalidad al leerlos. Estoy preocupadamente acostumbrado. Eso es lo peligroso: me he acostumbrado y cuando me doy cuenta de ello me sonrojo.

Mientras yo me ruborizo las personas implicadas ensayan sus sonrisas porque saben que pase lo que pase, aquí no pasa nada. Nadie asume una responsabilidad política real. Se encuentran tranquilos, serenos y sin vergüenza alguna, porque lo que saben es que siempre hay alguien que actuó sin su permiso, realizó un informe que se interpretó mal, se firmaron permisos en un momento de despiste, sin saber. Los que ostentan el poder siguen gestionando como si el escándalo que les salpica fuese un mal menor, sin preocuparse, una lluvia fina que apenas les obliga a sacar el paraguas, no les moja. Y la verdad es que lo consiguen.

Pase lo que pase en sus departamentos, en su jurisdicción, en lo que sucede bajo su mandato, el lema es resistir. Dejar pasar el tiempo. Negarlo casi todo. Pues saben al igual que lo sabemos nosotros que a pesar de que hoy estén en boca de todos, mañana aparecerá otro escándalo y se olvidará.

Es verdad que la justicia funciona, pero lo hace tan lentamente que en muchas ocasiones da la impresión de que da vueltas sobre sí misma, como pidiendo permiso para trabajar. La elaboración de las causas se alarga. Los casos se dividen y se separan. Las condenas cuando al final llegan nos dan la impresión de ser meros trámites al ver el daño que produjeron. Y muchas veces no tenemos más remedio que preguntarnos si en realidad todos somos iguales ante la ley.

Si lo pensamos nos daremos cuenta de que no hace falta que exista una impunidad escandalosa para que perdamos la confianza en la ley. Basta con tener la sensación cada mañana de que las consecuencias que van a tener esos escándalos en sus protagonistas no van a estar a la altura. Que las sanciones, las penas o los castigos, cuando llegan, no disuaden. Que de alguna manera la sociedad protege mejor a los que se encuentran en su administración y control que a quienes nos encontramos fuera.

Puedo entretenerme viendo los debates en televisión u oyéndolos en la radio. Emisiones que parece que están preparadas para provocar una satisfacción fácil, con polémicas absurdas para que se conviertan en máxima audiencia, en resumen, pan y circo como los romanos. La intención es que pensemos que los medios de información son libres y que no tienen miedo a dar información incomoda, cuando saben que pueden ocultarla fácilmente detrás del ruido que rápidamente empiezan a hacer del siguiente escándalo. El nuevo escándalo político va a competir con el último escándalo televisivo. Y, casi siempre, la segunda gana en audiencia. Haciéndonos confundir la realidad con el ruido mediático.

El otro día me preguntaba ante tantos escándalos diferentes en las portadas de las webs si todo no forma parte de un plan. No quiero decir de una conspiración ni nada parecido, sino de algo mucho más sencillo: si las personas estamos distraídos, cansados y hartos de tantos escándalos, vamos a dejar de pedir responsabilidades y entonces el poder se encontrará más tranquilo y arrogante.

 Lo que más me duele, aunque sea grave, no es en sí la corrupción, es que la encuentre normal. Se trata de que te digan “es que son todos iguales” y darles la razón. Se trata de esa sensación de que mis quejas no van a cambiar nada. Se trata de ver como la sociedad se resigna ante los casos de corrupción y los convierte en un elemento más del paisaje. Y, sin embargo, no deberían de ser una parte del paisaje.

Un Estado no tiene como misión aguantar los casos de corrupción como el que aguanta una mala época. Está para asumir sus responsabilidades, incluso cuando no exista un juicio ante un escándalo.

Si percibimos que quienes se encuentran a cargo de las administraciones tienen como misión mantenerse en ellas suceda lo que suceda, el mensaje que recibimos es claro: el poder que ostentan les importa más que la confianza que nos deben ofrecer.

Y, ya no solo nos debemos de preguntar qué es lo que hacen. Es què estoy dispuesto a tolerar. No se trata por tanto de gritarles. Es algo más simple: dejar de ver como normal lo que no lo es. No acostumbrarnos. Porque la mañana que vea un escándalo en las noticias y ya no me parezca una noticia, ese día, habré perdido mi capacidad de reaccionar y eso sí que es un problema.

viernes, 6 de marzo de 2026

Un deseo y su realidad.

 


El entrenamiento de ayer estuvo bien, como dije hace unos días es hora de empezar a moverse para ir en busca de nuestros objetivos, que no dejan de ser nuestros deseos. La Media Maratón de Catania necesita un poco de preparación, tal vez estaría mejor entrenar más y con más empeño, tal vez, pero el cuerpo es una cosa y nuestra ilusión es otra. Nuestro deseo nos pide que lleguemos en el mejor estado de forma posible y nuestro cuerpo nos suplica que lo llevemos a la meta con el menor desgaste posible.

https://connect.garmin.com/app/activity/22071424807

Un deseo y su realidad. Tengo la seguridad de que todos tenemos algún deseo. Y, tal vez, no uno, sino muchísimos. Solamente con mirar dentro de nosotros nos daremos cuenta de que, estamos llenos de deseos. Y esta muy bien, sin embargo, ¿qué pasa si se cumplen?

Lo normal sería pensar que si mis deseos llegan a cumplirse me voy a sentir bien y feliz. Esto es lo que no cesan de prometernos, es lo que nos hacen creer cada vez que adquirimos algo que deseamos, que cumplirá nuestros deseos. Es más, podría llegar a la conclusión de que mi vida va a consistir en ir cumpliendo deseos.

Estoy seguro, pues ya me ha sucedido otras veces, que cuando se termine la Media Maratón de Catania, la vuelta en bicicleta de Sicilia y la Maratón de Valencia, rápidamente voy a empezar a buscar otros y es que tras un momento de euforia voy a estar como antes. Estos son una clase de deseos, de esos que se alían con mi imagen, mis éxitos o sea que se trata de deseos egoístas. Pero hay otros deseos, quizá menos llamativos, que no hacen ruido y sin llamar mucho la atención me dejan más tranquilo, en paz conmigo mismo y que me van llenando de felicidad.

Lo que hace interesantes estos deseos es que no soy yo el protagonista, sino que son deseos que se dirigen a otras personas, y que me obligan a salir y darme a los demás. Es verdad que no puedo controlar cómo me gustaría mis deseos ya que se me van presentando sin más. Pero lo que si que puedo hacer es ir dándome cuenta de los que son de una clase y de otra. Qué deseos me satisfacen solo a mí y cuáles los que van dirigidos a otras personas.

La cuestión es ir aprendiendo a diferenciarlos para no caer en la costumbre de solo desear los egoístas, sino que podamos cumplir también los que nos acercan a los demás. Pienso que tener esta clase de buenos deseos hacia los demás y cumplirlos es una de las cosas más auténticas que tiene el ser humano.

jueves, 5 de marzo de 2026

“No lloréis”, “¡Tú, no llores!”

 


Estamos recibiendo constantemente noticias en las que se hace hincapié en el número de muertes. La muerte es la tarifa que hay que pagar en muchos problemas que vivimos cada día. Se trata del precio de querer el poder, de la necesidad de alcanzar una ganancia, de la irresponsabilidad, de la ira, de los celos, de la violencia, del miedo, de la desesperación, y sin embargo lo es también de la búsqueda de la libertad y de la defensa de nuestros derechos. Tampoco quiero olvidarme de la muerte que tiene un carácter más familiar y normal en una enfermedad, en la vejez o causada por la casualidad de un accidente.

Incluso en todas las ocasiones en que la muerte hace su aparición sin violencia, sin ninguna injusticia, sin brutalidad, cuando no podemos reclamar por una invasión o un acto machista, incluso en el caso de que no se pueden encontrar culpables, cuando, en definitiva, da la impresión de que no hay nadie a quien culpar, incluso en estas ocasiones la muerte continúa siendo un desgarro. Algo se nos ha roto. Incluso podemos ver, como, quienes reclaman un derecho a la muerte no lo hacen en nombre de algo bueno que conseguir, sino de un mal que quieren evitar.

La pregunta que nos aparece ante estas muertes, este dolor, estas lágrimas, no sería otra que: ¿Qué reclaman? ¿Qué necesitan? Ante una muerte existe una legítima e imprescindible necesidad de justicia a la que toda sociedad civil y todo sistema democrático debe intentar dar respuesta.

Sin embargo, en el caso de que consiguiéramos terminar con las guerras en Oriente Medio, con la guerra entre Rusia y Ucrania, si parásemos las guerras que siguen cobrándose victimas en tantos lugares del mundo, si los culpables recibieran un justo castigo, ¿Sería esto suficiente para eliminar el dolor de los que han sufrido esas muertes en Ucrania, Rusia, Israel, Gaza y de todos los lugares donde unas personas matan a otras?

A esas personas que han tenido la desgracia de perder a un ser querido porque la rabia y la violencia de una persona la ha hecho apretar un botón o empuñar un cuchillo, ¿Tendrán suficiente con que se identifique a los culpables y se les aplique un justo castigo?

Ante estas personas que sufren la pérdida de sus seres queridos, ante sus lágrimas, no es de extrañar que tengamos unos momentos de compasión, y con ternura, les digamos: “No lloréis”, “¡Tú, no llores!” Por qué la vida tiene significado a pesar de las muertes sin sentido que vemos cada día. La muerte no tiene sentido, la vida sí.

miércoles, 4 de marzo de 2026

¿Qué nos hace humanos?

 

El otro día me planteaba la cuestión de ¿qué nos hace humanos? Y mirando algunos artículos la mayoría llegaban a la conclusión de que son “el humor”, “la imaginación”, “las emociones”. No estando conforme del todo me atreví a buscar en una aplicación de IA, y su respuesta: “una combinación única de habilidades cognitivas, sociales y biológicas, destacando el lenguaje complejo, el pensamiento abstracto, la autoconciencia y la cultura”. 



Si bien se trata de una buena respuesta me resulta algo ingenua y pienso que hay que analizarlas con tranquilidad. Pues mirando todas esas características no nos resultaría complicado llegar a la conclusión de que la IA puede ser considerada como humana.

Creo que es la consciencia la característica que más hay que remarcar y la que más nos define como humanos. De ahí que, en principio, la llamada “inteligencia artificial” no puede ser tan inteligente como nosotros ya que no va a ser consciente de sí misma. Tengo claro, que esta afirmación hay que matizarla, para no caer en la trampa de un pensamiento anticientífico y de una arrogancia humanista.

Tal vez la primera cuestión a la que me enfrento cuando miro la IA es como sé que es una máquina inteligente. ¿Es posible que esa máquina sea más lista o creativa que su creador, que es el hombre? Y ¿Quién tiene la autoridad para decidirlo?

Podemos ver como la visión de alguna ciencia ficción de hace unos años es ya una realidad y que no va a parar de realizarse casi todo lo que vemos en las películas. Si le pregunto a esa misma IA que es me responde lo siguiente: “La Inteligencia Artificial (IA) es un campo de la informática que desarrolla sistemas capaces de simular la inteligencia humana para realizar tareas como aprender, razonar, percibir y resolver problemas”

Y añade: “Los tres tipos principales de inteligencia artificial, clasificados por sus capacidades, son: la IA Estrecha (ANI), especializada en tareas únicas (como Siri o chatbots); la IA General (AGI), con habilidades cognitivas humanas para cualquier tarea intelectual; y la Superinteligencia Artificial (ASI), un nivel hipotético superior a la inteligencia humana, capaz de automejorarse”.

La definición es sencilla y fácil de demostrar, pero es un poco inadecuada. Si el ChatGPT es muy hábil planificando un recorrido turístico por una ciudad, entonces, sólo porque la máquina haga mejor un determinado trabajo de valor práctico, ¿puede considerarse realmente más inteligente que yo? O, como afirman algunos, ¿son también conscientes de sí mismas? La respuesta es, por supuesto, una materia de interpretación: depende de lo que yo entienda por «inteligencia» y «consciència» (o «autoconsciencia»). Como nunca me he planteado en serio el significado de estos términos, debo adentrarme un poco más de lo que concierne a la ciencia, debo entrar en lo que es el territorio de la filosofía y también en el de la teología.

Voy a ver si en los próximos días me puedo aclarar un poco sobre lo que se puede entender como inteligencia y consciencia.

martes, 3 de marzo de 2026

Empezamos otra vez.

 


He llegado a marzo, es hora de ir empezando a poner en movimiento, con orden, los planes que he estado preparando en la tranquilidad de mi sala de estar a la que me ha obligado este invierno, tan lluvioso, frío y ventoso, al que no estoy acostumbrado y que me ha permitido y, según veo va a seguir permitiendo, al menos durante es semana, no poder salir a entrenar como me gustaría.

Y lo primero que debería de empezar a hacer esta semana es entrenar para la Media Maratón de Catania ya que los recorridos que voy a realizar por Sicilia en bicicleta no necesitan tanta preparación.

Desde hace unos pocos años los entrenamientos para la carrera a pie han dejado de serlo en lo que se refiere a lo que se entiende por entrenar. Podría decir que se trata más bien de salir a correr para tener la resistencia y los músculos lo suficientemente preparados para llegar a meta. Lo hice hace unos meses con la maratón de Valencia y ahora, un poco más fácil, con la Media Maratón de Catania.

https://www.strava.com/activities/17585196649  

Si miramos el entrenamiento de hoy vemos que ha sido una media hora de calentamiento, pues el ritmo ha sido suave y por debajo de lo que se puede denominar aeróbico. Tenía de completarlo con un recorrido en bicicleta pera las condiciones meteorológicas no han sido las idóneas.

En fin, un primer día de una larga serie hacia nuestro primer reto.  

https://www.instagram.com/vicent1956/?hl=esv