Ayer mientras leía las últimas
noticas sobre los accidentes mortales que hemos sufrido en estas semanas y las
comentaba mientras almorzaba me he dado cuenta de que mayoritariamente nuestra
reflexión sobre nuestro final se ve más a la muerte como una “salida” en vez de
una “llegada”. Por eso no me ha parecido mal preguntarme por lo segundo.
Oí en más de una ocasión esa
expresión: “descanso”. De que vamos a descansar después de morir, y si bien me
puede parecer acertada la expresión me encuentro con la necesidad de matizarla.
Muchas personas ven ese descanso como un dormirse, como un sueño tan profundo
en el que ni siquiera se sueña, y sin embargo yo lo encuentro como una
auténtica plenitud, un “descanso eterno”.
Ahora para seguir tengo que
matizar eso de la auténtica plenitud, debo sugerir algunas consideraciones que
se deben tener sobre nuestro cuerpo y su normal desgaste.
Los clásicos griegos, mejor dicho,
los platónicos, veían en el cuerpo una cárcel o más bien una prisión del alma.
Ahora, en nuestros días, se desprecian esas ideas y se concibe el cuerpo no
como una prisión sino como la expresión del alma. Y se repite constantemente
que no tenemos un cuerpo, sino que “soy” un cuerpo.
Como suele suceder en muchos
temas, lo que se debate son medias verdades que no resultan incompatibles. Y
deberíamos darnos cuenta de que, ante la posibilidad de padecer una gran
cantidad de enfermedades, afirmar que “somos” nuestro cuerpo es decir muy poco
sobre el valor que le damos.
Pienso que lo que deberíamos hacer
es sumar y no tanto contraponer. El problema lo veo en que nos resulta
complicado hoy en día pensar y sentir basándonos en un diálogo bien argumentado
para discutir estas cuestiones. Ahora se prefiere buscar siempre ideas claras y
diferentes que suelen ser fragmentos de verdades más amplias, más complejas y
globales.
La materia, nuestro cuerpo no es
malo, puede ser expresión de lo que somos, pero es también prisión. Y es en
este punto donde aparece la pregunta que produce la muerte como una liberación,
o sea: si vemos la muerte como una liberación “de algo”, o si existe alguna
posibilidad de ver la muerte como liberación “para algo”, en la sospecha de un
más allá. Tanto afirmar una cosa como la otra nos lleva a objetar: ¿cómo se
sabe?
Todos de alguna manera hemos
sentido el enfrentamiento de esas dos experiencias: adivinamos una eternidad
cuando amamos y experimentamos que nuestra vida cotidiana tendrá un final.
Hay un ejemplo de esa sospecha tan
tozuda en la costumbre tan nuestra como inconsistente como es el cuidado de las
sepulturas y las visitas a los cementerios, que se merece que la estudiemos un
poco. Ya seamos creyentes o no, aunque por motivos diferentes, debemos de
reconocer que en la sepultura ya no queda nada real del difunto. Un ejemplo
claro lo vivimos hace un tiempo en el Valle de los Caídos y Franco, podía ser
ruin que hubiese sido sepultado allí, pero esa expresión de “sacar de allí a
Franco” quedaba un poco palurda, aunque nos muestra esa obsesión inconsciente
de que “algo queda”, tan opuesta a aquel: “eres polvo y volverás al polvo”.
En nuestra cultura no les ponemos comida a los
muertos como en otras, pero hay una seguridad de que allí no queda solo un
recuerdo sino también algo de presencia. Y es esa curiosa seguridad la que nos
lleva a aguantar 24 horas para “despedir” al que ya no está allí, pero que
deseamos que esté, aunque sea “un poquito”. Quizá esa experiencia del amor y
sorpresa nos lleve a unos derroteros donde es fácil que nos perdamos, pero que
no por eso dejan de ser solo derroteros reales y no simples ausencias.
Lo que quiero decir es que la
solución a ese enfrentamiento de experiencias no la vamos a encontrar
intentando comprenderla en su totalidad. Para nosotros que nos podríamos
denominar, occidentales, y que venimos de una filosofía que nos muestra un alma
inmortal que es como “inculcada” por el Creador en el cuerpo y no naciendo del
mismo cuerpo, implica una respuesta doble al admitir una “salida” y una
llegada”, respuesta que no podemos dar ya que nuestra capacidad mental nos
impide pensar de una manera supraracional, hay una frase de Blaise Pascal que
lo explica bastante bien: "el corazón tiene sus razones que la razón no
conoce".
Puede ser, entonces, que la
verdadera respuesta a nuestra pregunta no vaya por la línea de la inmortalidad
sino de la resurrección, al menos para los cristianos. La fe en la resurrección
nos lleva a vivir nuestra vida como una especie de autogestación en donde todo
lo que hacemos nos va haciendo y preparándonos para la “llegada”. Esto cambia
el valor de la vida humana.
Podemos pensar y decir que nuestro
interés por las personas es que no existe nada mejor, parece bastante lógico,
pero para los que no creen. Desde nuestra fe puedo añadir algo de más peso: el
motivo del amor a las personas es que la vida humana tiene un valor divino, ha
recibido “una dignidad absoluta”. Y eso tiene después consecuencias prácticas
que no siempre percibimos.
Nuestros últimos años pueden
llegar a ser un camino difícil y sabemos a dónde nos lleva. Por eso, si la vida
es como una especie de embarazo consciente en el que uno termina dándose a luz
a sí mismo, conviene prepararse conscientemente para ese final en el que uno se
entrega deliberadamente. Y por si, dados los avatares de la vida y la medicina,
la muerte nos sorprende de repente o inconscientes, acostumbrarse a repetir esa
aceptación constantemente. Pero también tranquila y confiadamente.
Pero cabe decir, entonces, que
aquello que se entrega, cuando efectivamente se entrega y no se nos arrebata a
la fuerza, no lo perdemos nunca. Ese es el gran misterio del amor.