Existe y deberíamos de saber que hay una diferencia entre tener el poder y tener autoridad. Cada día que pasa me voy dando cuenta de que existen muchas personas que no la ven, ya que al ser cada día más grande esa diferencia, no las relacionan, y entender la diferencia entre el poder formal y la legitimidad moral y comprender bien esta diferencia es un requisito fundamental para estudiar nuestra estabilidad social, la justicia y la eficacia de los liderazgos.
Vemos con frecuencia como existen tensiones entre poder y autoridad en el ambiente político, empresarial y cultural. Podemos pensar que estos roces son simplemente superficiales, pero en realidad no lo son. Ver la diferencia entre el poder formal y la legitimidad moral es clave para comprender por qué algunos líderes consiguen respeto y colaboración, mientras que otros imponen su voluntad sin conseguir lealtad ni reconocimiento.
Suele decirse que una verdadera autoridad, es aquella a la que puedo someterme libremente sin sentir ninguna clase de humillación. Según esto la verdadera autoridad no se impone por la fuerza, sino que se basa en el respeto y el consentimiento de quien la reconoce. En la vieja Roma se entendía la autoridad de una manera parecida: la autoridad no residía en el poder legal ni en la coacción, sino en la legitimidad moral. Era la capacidad de inducir obediencia no solo por deber, sino por la confianza que inspiraba quien ejercía el mando.
Los romanos apoyaban el concepto de autoridad en el derecho, la tradición y el prestigio de la persona, se aplicaba no solo en la vida política sino también en la familiar y militar. La autoridad implicaba influencia moral, unida a la reputación, la integridad y la prudencia, y de echo era reconocida por quienes se encontraban en un escalón superior. Por lo tanto, el poder representaba la autoridad formal, legal y administrativa que un gobernante o un magistrado podía ejercer, mientras que la autoridad la legitimaba y reforzaba, pudiendo influir en decisiones políticas aun sin disponer de poder ejecutivo.
Estas diferencias ya vemos que vienen de lejos, pues los romanos ya nos insinúan que el poder que no tiene autoridad no suele percibirse como auténtico y tiende a anular a quien posee autoridad reconocida, incluso llegando a considerarlo como su mayor amenaza.
Por lo tanto, un gobernante que por serlo tiene poder pero carece de autoridad, por naturaleza, restringirá la libertad ya que se le obedecerá por obligación. Neutralizará esa falta de autoridad mediante artimañas, agresiones o campañas de desprestigio. Esto se viene repitiendo a lo largo de la historia, la condena en Atenas de Sócrates o como el estalinismo en la URSS purgo a los intelectuales nos pueden servir de ejemplos. Y continua hoy en día, lo podemos experimentar nosotros mismos con solo observar las noticias.
Sin ir más lejos en el mundo de la empresa nos encontramos con directivos que ponen por delante la obediencia ciega y el control sobre el talento y la iniciativa, por lo que limitan la creatividad y penalizan a los que cuestionan actuaciones injustas o ineficaces, creando lugares de trabajo que rayan lo opresivo.
En la política también lo vemos, con demasiada frecuencia nos encontramos con personas que ascienden a cargos de responsabilidad carentes de virtud o experiencia. Naturalmente sin nada de autoridad reconocida, pueden acabar más centradas en conservar el poder que en promover el bien común. Su poder, frágil de base, suele sostenerse mediante coacción, populismo o maniobras mediáticas, generando desconfianza y fragmentación social.
El mundo de la cultura también posee en algunos lugares esa fragmentación. La mediocridad, promovida por estructuras jerárquicas o tendencias de popularidad, tiende a eclipsar y devaluar lo genuinamente innovador o sobresaliente. La crítica se convierte en censura tácita, y la libertad creativa se ve restringida por la presión social o por modelos que favorecen lo anodino o políticamente correcto, frente a lo valioso y arriesgado.
En ocasiones, no es la gente más educada o cultivada quien marcan el tono social, sino otra menos exigente que termina imponiendo sus gustos. Lo mediocre por lo general tiende despreciar lo que es sobresaliente, tal vez el motivo sea porque no conoce el trabajo que cuesta alcanzarlo o porque se ha conformado con una visión desesperanzada de la realidad.
Por eso hoy parece imponerse a veces una estética empobrecida y cierta tendencia a la nivelación por abajo. Lo ordinario puede mirar con recelo lo valioso y tratar de someterlo, dificultando que quienes poseen autoridad real ocupen el lugar que les correspondería por su mérito y valía.
No tenemos que ser pesimistas ante este panorama, hay que aspirar a que un modelo basado en el merito termine por establecerse, en el que una autoridad verdadera se corresponda al lugar que ocupa y no se ponga por encima de lo excelente lo mediocre. Solo así podrán consolidarse en nuestra sociedad acciones políticas y entornos corporativos en los que los objetivos de bien común y justicia queden efectivamente respetados.