martes, 24 de marzo de 2026

¡Buenos días! Viajar hacia adentro.

 


Nos suele suceder a muchas personas que la vida se desarrolla, muchas veces, en un círculo pequeño o más bien reducido. Repasamos nuestras costumbres, nuestras opiniones cuando conversamos, nuestras emociones y los ambientes en los que nos movemos y nos damos cuenta de que hace tiempo que se mueven dentro del mismo perímetro. Ese espacio nos ofrece tranquilidad y seguridad, nuestro “yo” se siente a gusto, y sin embargo puede convertirse en una prisión de la que sin darnos cuenta nos hemos encerrado. Salir de ese encierro no es otra cosa que abrir puertas y ventanas para ventilar, para que entre el aire fresco. Es hacer algo que nos dé un poco más de libertad.   

En esta ocasión no me estoy refiriendo a viajar, a irse de viaje en el sentido de hacer turismo y conocer nuevos lugares. Aunque la verdad si que se trata de realizar un viaje, pero de un viaje interior. Ese entrar en nuestro interior no es un encierro, sino que se trata de una apertura. Al entrar en nuestro “yo” más profundo podemos descubrir que no coincide con esa forma de ser y de actuar que solemos manifestar dentro de nuestro circulo cotidiano y que tanta seguridad nos da. Salir de uno mismo implica también romper nuestra forma de ser habitual para ver si encontramos algo nuevo que nos muestre nuevos horizontes.

No sería de extrañar que nuestro yo más auténtico se presentara cuando dejáramos de repetir automáticamente nuestra vida cotidiana y nos atreviéramos a investigar si hay algo más. Salir de uno mismo es, por lo tanto, un acto de valentía.

Salir no implica necesariamente coger el coche y marcharse. Podemos emprender un viaje sin movernos. Un viaje hacia nuestro interior no es buscar un refugio en el que esconderse, es descubrir y darse cuenta de que nuestro yo más profundo es más grande que el yo que creemos ser.

No hay duda de que es complicado salir de nuestras ideas, lo es muchas veces porque nos encontramos encerrados en auténticas prisiones, esto nos exige tener la capacidad para pararnos por un momento y examinarlas, no de repetirlas constantemente. Salir de nuestras ideas conlleva someterlas a la prueba de la discusión y el dialogo, a dudar y a probar. Es bueno cuestionarse, intentar comprender.

lunes, 23 de marzo de 2026

Un infierno real.

 


He estado mirando las imágenes que nos muestran los medios de comunicación de Irán, Ucrania, Líbano, Israel, Nigeria y podría seguir un poco más con imágenes de otras partes del mundo y, he pensado que todas esas imágenes me muestran lugares o situaciones donde existe un gran sufrimiento y que deben de ser lugares muy parecidos a lo que debe ser el infierno.

No hace falta ser creyente ni tener alguna clase de fe para decir que el infierno existe, estamos ante unos hechos y una evidencia que nos lo muestran. Y digo que no hace falta tener ninguna clase de fe porque estos infiernos son una creación de las personas.

Hoy más que nunca nos encontramos con que la política es muy complicada y llena de muchos matices difíciles de entender. Nos encontramos en situaciones donde podemos estar en desacuerdo con el gobierno, lo que no nos debe impedir hacer nuestra vida con normalidad, solo hay que esperar las elecciones y comprobar hasta dónde llega y si es mayoritario o minoritario. Sin embargo, hay gobiernos que en ese espacio de tiempo pueden llevar a sus países a la ruina, que no aceptan el desacuerdo ni la crítica y que oprimen a sus ciudadanos. O sea, gobiernos corrompidos que impiden que muchas personas puedan vivir su vida con normalidad.

Teniendo claro que entender la política nacional e internacional es muy difícil y complicada, debemos tener claro que hay acciones que no son de ninguna manera compatibles con nuestra forma de pensar, al menos con la mía. Y la guerra es una de ellas.

Hoy en día ya no hay ninguna guerra que sea justa, esa guerra que en la edad media los teólogos hablaban y que en primer lugar era para defenderse de injustas agresiones hoy en día ya no se puede dar. Las condiciones actuales nada tienen que ver con aquellas. Entonces morían los soldados. Hoy lo hacen personas inocentes. Antes se luchaba con piedras y espadas. Hoy nos encontramos con armas de destrucción masivas. Ya no se dan las condiciones para poder hablar de guerra justa. La guerra siempre debería de ser evitable.

Estos infiernos que vemos cada día, que hemos creado nosotros, nos deben de ayudar a entender de que si hay infierno después de la muerte será de alguna manera también una creación nuestra. En mi humilde opinión existen muchas posibilidades de que en ese infierno no haya nadie, pero esto es solo una posibilidad que tengo que mantener ya que creo que la salvación solo depende de la bondad de Dios y de alguna manera de nuestra aceptación de Dios. Esta es una cuestión un poco complicada y que debería de ser analizada con más detenimiento, pero creyendo que Dios solo sabe hacer cielos y que de él solo sale lo bueno, solo nuestro libre albedrio, rachándolo nos podría llevar al infierno. Me parece difícil que una persona diga “no” a todo lo bueno y por tanto diga “no” a Dios sabiendo lo que hace. Sin embargo, ya no veo tan difícil que se diga “no” a la persona como imagen de Dios, donde Dios mismo se hace presente. Es aquí donde desgraciadamente la persona sí que sabe lo que hace.

De todas maneras, no se puede juzgar lo que ocurre en el fondo del corazón de las personas. De ahí que no sepa con exactitud si hay alguien en el infierno, pero haya alguien o no, hay que mantener abierta esa posibilidad ya que existe una libertad humana que es real. Entonces, si no es posible decir “no”, tampoco el “si” tiene sentido. Y si existe la posibilidad de decir “no” y  “si”, no queda más remedio que asumir las responsabilidades de nuestra decisión.

domingo, 22 de marzo de 2026

Odios ilógicos.

 




Una de las cosas más curiosas y tristes que aún nos suceden a las personas es que nos aparecen odios que se basan en supuestos equivocados y a la vez injustos. Odios que no tienen ninguna base lógica.

Veamos, hay quien odia a las personas de un país de un modo indiscriminado solamente por las atrocidades que han cometido algunos ciudadanos de ese mismo país, es triste, pero eso lo vemos continuamente. También vemos como se desprecia a toda una familia de un asesino cuando el acto criminal fue realizado solo por el culpable, no por su familia. O cuando se estigmatiza a toda una religión por las injusticias cometidas por algún miembro de esa creencia.

Incluso en política vemos como se tilda de corruptos a todos los miembros de un partido político porque hay afiliados en ese partido que son acusados de corrupción, cuando es muy fácil que los otros sean honestos y justos.

Podría extenderme durante unas cuantas líneas más. Pero supongo que queda claro. Vemos que la irracionalidad de ciertos odios se convierte en condenas sumarias e incluso en agresiones contra personas que nada tienen que ver con los hechos.

Ya sé que incluso el odio "justificado" hacia quien sí es culpable es malo y puede llegar a provocar daños desproporcionados. Pero el odio contra quien nada ha hecho es tan peligroso que ha llevado, a lo largo de la historia, a masacres absurdas y a lágrimas de víctimas que nada tenían que ver con los delitos de otros.

Tenemos delante de nosotros odios sin fundamento, y también nos encontramos ante odios excesivos, por lo que es necesario que nos preocupemos en tener un fuerte sentido común, de apertura de mente, y de amor sincero a la justicia, para condenar cualquier agresión sobre inocentes y para curar a quienes incurren en odios dañinos.

La historia humana se encuentra llena de miles de páginas negras, que fueron producidas por odios irracionales y malignos. Frente al dolor de esas víctimas, y frente a la necesidad de justicia, vale la pena empezar con seriedad a buscar acuerdos y compromisos eficaces para arrinconar esos odios, para promover a personas con mentes y corazones que sepan respetar a los inocentes, y para buscar medios que lleven a castigos adecuados para los culpables, y solo para ellos.

viernes, 20 de marzo de 2026

"Discurso de odio"

 


Hay una palabra que últimamente se está situando en boca de personas que la usan sin haber reflexionado lo que quiere decir ni lo que quieren expresar cuando la usan. La palabra en cuestión es: odio. Y sobre todo adquiere un significado más incomprensible cuando se asocia con la palabra: discurso.

Ya se que no es complicado entender la expresión “discurso de odio”, lo complicado es cuando se usa con un objetivo equivocado. Según lo veo yo, el odio es lo que alimenta a la gran mayoría de las ideologías modernas. Una ideología desde siempre se ha entendido como una filosofía política simple y vulgar. Sin embargo, a las modernas se le añaden una serie de consignas con las que se pretende “instruir” a sus seguidores con la intención de crear reacciones automáticas que se encuentran lejos de cualquier reflexión. Una ideología moderna lo que necesita y hace es estimular a sus seguidores hacia un instinto de conservación que necesita poner cara a un enemigo al que tiene que oponerse, al que necesita descalificar, denigrar, difamar y si es posible destruir.

Y, todo lo anterior ¿cómo se hace? Pues utilizando el odio como herramienta. Esa herramienta hay que saberla usar, y se sabe usar. Un síntoma de que se esta usando es cuando nos damos cuenta de que aparece en muchas situaciones esa forma de opresión que es la “cultura de la cancelación”. Un abono imprescindible para el odio. Esas ideologías han convertido esa semilla de odio en el motor de sus ideas, se odia todo y a todos los que no comulgan con esa ideología.

Por eso, las asociaciones democráticas que se basan en la confrontación de ideologías se convierten en espacios donde no existen otros vínculos entre sus seguidores que los que odian las mismas cosas. Y como hay que ponerle cara al enemigo se termina odiando a la persona.

Se entiende así ese odio que se intuye detrás de los insultos que hallamos en las redes sociales, unas redes sociales a las que se alienta a acudir para que puedan servir para mostrar su rabia, propagar mentiras y liberar los instintos más bajos de la persona.

Pero esta clase de odio, que alimenta a nuestras ideologías modernas, no preocupa al gobernante que las promueve, en todo caso acepta con gusto las consecuencias indeseables que puedan causar, es un precio que paga con gusto, ya que las redes sociales son su instrumento preferido para ejercer un control social. Esta clase de gobernante no desea combatir el odio, sino los “discursos de odio”.

¿Qué se oculta detrás de esa frase? No se oculta combatir al que considera a un “migrante” como un delincuente, o al que se burla de una “persona trans”. Lo que sucede es que detrás de ese “discurso de odio” se coloca también cualquier argumentación que muestre cualquier clase de relación entre una inmigración sin control y el aumento de la delincuencia, o peor aún, que se considere “discurso de odio” cualquier información periodística que revele la nacionalidad o los orígenes de un delincuente. Y, por supuesto, se considera “discurso de odio” no sólo el acto de burlarse de una 'persona trans', sino en general cualquier toma de postura que no acepte lo que me parece que se llama teoría “queer” en todos sus puntos, se mete en el mismo saco de “discurso de odio” afirmar o sugerir que el sexo es una realidad biológica.

O sea, el “discurso de odio” que nos quieren mostrar no es el insulto más dañino y brutal, sino la explicación razonada de una evidencia, en el caso de que esa evidencia se oponga a la ideología que nos esté gobernando o a los modelos culturales de moda, sin importar que esa ideología sea desastrosa o esa moda completamente loca.

De ahí que para conseguir que todos piensen igual, no es suficiente con imponer o inducir conductas, no basta con atribuir un nuevo significado a las palabras, sino que además y más importante hay que penetrar en el interior de la persona, de manera que sea una autocensura la que convierta a nuestro cerebro en una cárcel para nuestros pensamientos. Se trata de igualar nuestras conciencias, transformando a cada persona de única y diferente en una oveja en medio de un rebaño que sigue sin rechistar a su pastor.

jueves, 19 de marzo de 2026

Experiencia solidaria.

     


    Después de la entrada de ayer no queda más remedio que hacer un esfuerzo más y reflexionar, y analizar la solidaridad en su sentido más profundo. Si así lo hacemos nos daremos cuenta de que no se trata simplemente de un acto reflejo ante una desgracia, sino de que se trata de un compromiso que hemos adquirido con los demás. Supone aceptar que estamos entrelazados, que la suerte del más débil de nosotros nos afecta y que el valor de una sociedad se ve en cómo trata a los que no pueden defenderse por sí mismo. En este sentido, la experiencia solidaria de los españoles ante la desgracia podría ser una escuela moral para afrontar otros desafíos éticos que nos interpelan todos los días.

En esta situación nos resulta casi inevitable que nos pongamos ante una pregunta incómoda pero necesaria: ¿por qué esa compasión y solidaridad, tan real ante la desgracia visible, no abarca de la misma manera al ser humano no nacido, al enfermo terminal, al discapacitado o al anciano frágil? ¿Por qué algunas vidas parecen merecer protección incondicional mientras otras quedan sometidas a debates sobre su “calidad” o su “utilidad”? Si ponemos excepciones a la dignidad humana la estamos debilitando.

Defender la dignidad del ser humano no nacido, del enfermo terminal o del anciano no quiere decir que no se reconozca el sufrimiento ni las dificultades reales que acompañan estas situaciones. Significa, sobre todo, afirmar que la respuesta ética al dolor no puede ser la eliminación de quien sufre, sino el acompañamiento, el cuidado y la protección.

En fin, nos encontramos en una sociedad donde existe una fuerte exaltación de la autonomía individual y de la eficiencia. Esto, que es legítimo en muchos aspectos, se vuelve problemático cuando se  obstaculizan y se aplican al valor de la vida humana. El riesgo es claro: los que no encajan en el ideal de independencia o rendimiento como puede ser el caso del enfermo grave, del discapacitado, del anciano dependiente, pueden ser vistos como una carga más que como personas con una dignidad inviolable. Frente a esta lógica, la solidaridad auténtica nos debe recordar que la interdependencia es una característica esencial de la condición humana.

España, tiene una tradición de apoyo familiar y comunitario, posee un capital humano y cultural valioso para resistir esta deriva. La atención a los mayores, el cuidado de los enfermos y la sensibilidad ante la exclusión social han sido históricamente signos de una ética del cuidado que no debería perderse. Reafirmar la dignidad de la vida humana implica fortalecer estas prácticas, dotarlas de recursos y, sobre todo, sostenerlas con una visión de la realidad humana que sea coherente.

Cuánta riqueza moral y humana nos daría una sociedad que aplicará la misma mirada solidaria que muestra ante la desgracia colectiva a cada ser humano, independientemente de su circunstancia y condición. Una mirada que no descarte, que no seleccione, que no mida el valor de la vida, sino que la acoja y proteja siempre como un bien digno de ser defendido.

miércoles, 18 de marzo de 2026

No hay vidas “más dignas”

    


    De toda la entrada de ayer hay que destacar que la dignidad de la persona es uno de los pilares más profundos sobre los que se construye cualquier sociedad verdaderamente justa. Como quería expresar ayer ese “yo” que nos iguala no se trata de un concepto abstracto ni una forma jurídica, sino que se trata más bien de un convencimiento ético que se da cuenta del valor intrínseco que hay en cada ser humano, independientemente de su utilidad, de su salud, de su edad o de sus circunstancias vitales.

Cuando esa convicción se siente de manera coherente, se muestra en actitudes concretas de respeto, solidaridad y atención, en especial hacia quienes lo están pasando mal.

Dicho esto, quiero hacer hincapié en esa dimensión solidaria que tenemos los españoles, la hemos visto aparecer con fuerza en la reciente desgracia ferroviaria y en el episodio de la Dana, revelando una sensibilidad social que debe ser analizada y profundizar un poco en ella.  

La sociedad española ha dado muestras reiteradas de una capacidad extraordinaria para unirse ante el dolor ajeno. Catástrofes naturales, atentados terroristas, accidentes colectivos o crisis sanitarias han despertado una respuesta espontánea de ayuda mutua, donaciones, voluntariado y acompañamiento.

En cada uno de esos momentos hemos visto cómo las diferencias y la polarización que a veces padecemos parece que se diluye, y aparece una conciencia de grupo, y es que la vida humana nos importa y el sufrimiento del otro nos hace reaccionar. La solidaridad que comprobamos es consecuencia de una intuición moral que se encuentra muy arraigada en nuestra cultura y no se trata de ninguna estrategia ni cálculo, ya sea político o económico  

Si nos detenemos ante este hecho, veremos que nos muestra algo muy importante, vemos que existe un reconocimiento sobreentendido de la dignidad de la persona que sufre. Y es que cuando una sociedad o una comunidad se moviliza para ayudar a las víctimas de un desastre está diciendo y afirmando que ninguna vida le es indiferente, que cada persona merece ser protegida y cuidada. La dignidad de la persona se nos hace aparece precisamente en la vulnerabilidad, cuando el ser humano necesita de otros para seguir adelante. En esas situaciones, la fragilidad no disminuye el valor de la persona; al contrario, lo pone de relieve.

Lo curioso, lo que también me llama la atención, es que esta seguridad, tan patente en situaciones de desgracia, parece que flojea cuando ese sufrimiento no es mediático ni por sorpresa, sino silencioso y habitual. Hay personas que son vulnerables y que no ocupan minutos en las noticias ni provoca manifestaciones masivas, pero esto no quiere decir que no posean una dignidad menor. En una sociedad la coherencia ética se mide, principalmente, por su capacidad para ampliar esa misma mirada de compasión y protección a todas las etapas y condiciones de la vida humana.

 No hay una medida, la dignidad de la vida de las personas no es ni condicional ni gradual, no depende de la autonomía, de la productividad ni de la conciencia plena. Es inseparable al hecho mismo de ser humano. Desde esta perspectiva, no hay vidas “más dignas” que otras, ni personas cuya existencia pueda ser evaluada en función de criterios externos. Esta idea corre el riesgo de vaciarse de contenido cuando se acepta que ciertas vidas pueden ser descartadas porque resultan incómodas, costosas o carentes de expectativas según parámetros sociales dominantes.

martes, 17 de marzo de 2026

Sociedad multiétnica

 


Hay un hecho evidente, que me parece claro, lo veo cada día incluso en mi pueblo cuando recorro sus calles. Para verlo solo basta observar a las personas con las que me cruzo, personas que, tienen rasgos físicos diferentes a los míos, con un color de piel diferente al mío y que practican religiones diferentes a la mía.

Es simple, con un poco de realismo tenemos que reconocer que nuestro entorno es multiétnico. Y, sin embargo, cuando veo discutir sobre cuestiones que tienen que ver con esta realidad multiétnica, tengo la impresión de que no se tiene en cuenta un sano realismo, sino más bien cualquier clase de prejuicio no tan sano.  

Ante esto, encuentro normal que me surjan algunas preguntas: ¿Esta diversidad que veo es solo pasajera? Si nuestra política de migración hubiera sido diferente, ¿se podría haber evitado? Es más, ¿Puedo resignarme por realismo a esta convivencia multiétnica, tratando quizás de contenerla buscando políticas migratorias más estrictas, o existe algo detrás de todo esto que pueda descubrir? ¿Somos realmente tan diferentes en todo o hay algo que está por encima de las diferencias y que todos tenemos en común?

Puedo ahora echar mano de algunos ejemplos que me vienen a la cabeza: Una mujer india acaba de tener un hijo, otra mujer en un rincón del mundo hace lo mismo, una madre da a luz en el hospital de ahí al lado, todas dan a luz a seres humanos que todos reconocen como tales, lo son por sus características externas como por su impronta interior. Así, cuando esos niños se definan mostrarán muchos elementos derivados de diferentes circunstancias, tradiciones e historias, pero sin duda, cuando lo estén haciendo, cuando digan “yo”, estarán indicando un mundo interior, un “corazón”, que es igual en todos nosotros, aunque lo interpretemos de manera diferente.

Si esta marca, ese “corazón”, es lo que distingue a la persona, entonces es precisamente este factor, que es real y que se encuentra presente en cada uno de nosotros, independientemente de la etnia a la que pertenezca o de la latitud en la que haya nacido el que debemos poner en primer lugar. Por eso vale la pena preguntarnos si el reconocimiento de este elemento que llevamos dentro nos puede servir para tener una mirada más verdadera ante las dificultades que nos plantea muchas veces la cuestión multiétnica.  

Este es sin duda el punto clave, porque escondido en esos rasgos físicos tan diferentes, en esos idiomas tan raros, en esas costumbres y en esas culturas tan diferentes, hay un “yo”, un alma desconcertadamente igual a la nuestra. Y la simpatía hacia un corazón tan parecido al nuestro nos puede hacer creativos en el momento en el que tengamos que responder a las muchas preguntas y contradicciones que esta sociedad multiétnica conlleva.

sábado, 14 de marzo de 2026

Falta de coherencia

 


Llevo unos cuantos años viendo como una parte de nuestra sociedad se ha adueñado del relato, de lo políticamente correcto, de la cultura, de lo qué es aceptable, qué es moderno y qué es respetable. Un sector de la sociedad que se ha apoderado de la bandera de la tolerancia, del respeto y de la inclusión, y se consideran especialistas en todo eso.  

Digo todo esto por unas declaraciones que escuche en la entrega de los premios Goya y que me hicieron repasar un poco la manera de ser de una parte de nuestra sociedad que es muy aplaudida por una opinión pública bien adiestrada que no cesa de mostrar esas banderas  constantemente. Pero, cuando se trata de lo cristiano, esos diplomas y esas banderas que tanto se ondean en la opinión pública, se esfuman. La burla les parece bien si se dirige a lo católico. Se legitima la degradación, se ridiculiza a la vez que se sigue defendiendo el respeto.

Si esa parte de la sociedad, todo lo que dicen defender se defendiera no se necesitaría humillar a los que no pensamos igual. Si fuese cierto que se entiende lo que es el respeto, se tendría en cuenta las ideas de la persona que está delante. Si en realidad se fuera inclusivo, no se prescindiría continuamente a quien no comparte las mismas ideas.

Ya sé que esos grupos son lo que dominan la cultura. Los que aparecen en los medios. Los que ponen nombre a todo lo que sucede. Los que toman las decisiones de quién interesa y quién no. Han sido ellos mismos los que se han puesto esas etiquetas, los que se auto publicitan. Nadie les ha obligado a decir unas cosas y hacer lo contrario.

Nos han dicho que son los referentes a los que mirar, que su moral es la que hay que seguir. Que defienden a los que son vulnerables. Que están en contra del odio. Y, cuando se tiene que criticar lo católico, la vara de medir cambia. Ahora sí que pueden ridiculizar. Ahora sí se puede despreciar. Ahora, respetar a las personas ya deja de ser obligatorio.

Eso es una falta de coherencia. Eso es tener dos discursos, varios relatos.

Yo no estoy diciendo que sea un “dechado de virtudes”. No digo que cumplo mis ideas a la perfección. Digo que intento seguirlas. Que peleo. Que muchas veces me sale mal y vuelvo a comenzar. Hay una diferencia abismal.

Y es que si miro a todas esas personas que proclaman tolerancia, respeto, inclusión y después veo como tratan públicamente a lo que es católico, detecto una incoherencia. Encuentro que existe una distancia entre lo que afirman y lo que realmente hacen o practican.

Ya sé que van a continuar dominando la opinión pública, que van a ocupar la mayor parte de los escenarios, que van a continuar repitiendo que son los auténticos defensores del respeto. Pero la mayoría de la sociedad ya ve que ese discurso solo se aplica con quien les aplauden y eso no es tener un discurso, es haberlo leído sin comprenderlo y mucho menos aprendido.

La verdad es que nuestra sociedad lo tiene fácil, se trata de escuchar el relato y ver cómo se aplica o se cumple. Y sacar conclusiones.

viernes, 13 de marzo de 2026

Salud.

 


Cuando hablamos de la salud lo normal suele ser, como suele decirse, que hablamos de su falta. Eso la convierte en algo siempre misterioso, ya que no nos resulta sencillo averiguar el por qué unas personas viven con una buena salud y otras sufren por su falta.

Ello nos puede llevar a la conclusión de que se trata de alguna clase de suerte o de fortuna. De que unos tienen la suerte de que les tocará el premio de la buena salud, mientras que a otros les tocó vivir rodeados de enfermedades.

Podemos mirarlo también desde otra forma, tal vez más completa, en la que la salud nos la encontramos como un regalo, no como una suerte que hemos tenido, sino como un don que hemos recibido sin haber participado en ninguna clase de sorteo, lo que, por cierto, nos debería de llenar de gratitud y de un deseo sincero por emplearla bien.

Ver la salud de la manera anterior, puede también entenderse como tarea, como un trabajo que nos obliga a esforzarnos para cuidarla, promoverla y, procurar restablecerla en aquellos que no la tienen.

Si ahora yo he llegado a la conclusión de que debo tomarme la salud como una tarea, me estoy obligando a asumir una serie de responsabilidades, ya sea para mi o para otros. Para mi implica evitar comportamientos que me pongan en el peligro de ponerme enfermo, y aceptar terapias que me curen si estoy enfermo. Para con los demás implica que debo evitar acciones que puedan contagiarlos, o provocar en ellos daños físicos, además de hacer lo que me sea posible para que puedan curarse cuando sea posible.

Por lo tanto, si todo lo anterior lo aceptamos, vemos que la cuestión de la salud nos interpela a todos y de muchas maneras, ya que nos lleva a tener una sana alimentación, descansar lo necesario, cuidar nuestra higiene y como no realizar algo de ejercicio físico.

Vemos así que la salud, recibida como don, merece ser protegida, conservada, incluso mejorada. No siempre conservaremos la salud que desearíamos, pero sí podremos alejarnos de ciertas enfermedades, evitar comportamientos que nos dañen o que dañen a otros, y emprender tempestivamente terapias que nos curen o, al menos, eviten dolores que invalidan.

En fin, si disfrutamos de buena salud, demos las gracias y aprovechémosla para bien. Si no nos encontramos bien, o si una enfermedad nos persigue pidamos tener paciencia y anchura de miras para ver qué cosas buenas, aunque sean pocas y pequeñas, puede realizar en esos momentos de sufrimiento.

miércoles, 11 de marzo de 2026

Imaginar

 


Cuando hemos realizado un viaje y lo vemos reflejado en las imágenes que hemos capturado o lo recordamos en nuestras conversaciones parece que hemos cerrado un círculo que empezó cuando lo imaginábamos. La realidad es que lo conocíamos mucho antes de que existiera, y entonces lo llamamos para que se hiciera realidad. Después, lo que hacemos es comparar, comparamos el viaje ya realizado con el que imaginamos y decidimos si es como debe ser.

El proceso que va del primer estímulo inicial cuando lo imaginamos a su puesta en práctica es complejo y puede adoptar formas muy diferentes. Puedo tener primero una idea y luego buscar la forma de llevarla a cabo. Pero también puede ocurrir, como en esta ocasión con el viaje a Sicilia, que lo primero que viene a mente es otra cosa, la oportunidad de acudir al campeonato de Europa de Media Maratón para veteranos en Catania, y que me lleva a pensar que se podría hacer con ella. En este caso puedo tener dudas de que recorrer Sicilia en bicicleta salga de mí. Es la Media Maratón de Catania la que provoca el recorrer Sicilia en bicicleta.

Sin duda lo que más caracteriza ese largo proceso al que muy bien podríamos llamar madurar el viaje, es la toma de decisiones, tener que optar. Pasan los días y las decisiones van creciendo en importancia: día de salida, cómo llegar, cuándo volver, que hacer, que ver…

Y van surgiendo los dilemas, las decisiones que tome estos días están destinadas a dejarme tranquilo. Elegir, optar, no es sencillo, pero, o me anticipo, o voy a la aventura. O tomo ahora unas decisiones y asumo las consecuencias, o me dejo llevar por llevar por las situaciones, y aunque me queda el consuelo de que siempre podré echar la culpa a las circunstancias, la verdad es que no viviré la experiencia que significa actuar con libertad.