De toda la entrada de ayer hay que destacar que la dignidad de la persona es uno de los pilares más profundos sobre los que se construye cualquier sociedad verdaderamente justa. Como quería expresar ayer ese “yo” que nos iguala no se trata de un concepto abstracto ni una forma jurídica, sino que se trata más bien de un convencimiento ético que se da cuenta del valor intrínseco que hay en cada ser humano, independientemente de su utilidad, de su salud, de su edad o de sus circunstancias vitales.
Cuando esa convicción se siente de manera coherente, se muestra en
actitudes concretas de respeto, solidaridad y atención, en especial hacia
quienes lo están pasando mal.
Dicho esto, quiero hacer hincapié en esa dimensión solidaria que
tenemos los españoles, la hemos visto aparecer con fuerza en la reciente
desgracia ferroviaria y en el episodio de la Dana, revelando una sensibilidad
social que debe ser analizada y profundizar un poco en ella.
La sociedad española ha dado muestras reiteradas de una capacidad
extraordinaria para unirse ante el dolor ajeno. Catástrofes naturales,
atentados terroristas, accidentes colectivos o crisis sanitarias han despertado
una respuesta espontánea de ayuda mutua, donaciones, voluntariado y
acompañamiento.
En cada uno de esos momentos hemos visto cómo las diferencias y la
polarización que a veces padecemos parece que se diluye, y aparece una
conciencia de grupo, y es que la vida humana nos importa y el sufrimiento del
otro nos hace reaccionar. La solidaridad que comprobamos es consecuencia de una
intuición moral que se encuentra muy arraigada en nuestra cultura y no se trata
de ninguna estrategia ni cálculo, ya sea político o económico
Si nos detenemos ante este hecho, veremos que nos muestra algo muy
importante, vemos que existe un reconocimiento sobreentendido de la dignidad de
la persona que sufre. Y es que cuando una sociedad o una comunidad se moviliza
para ayudar a las víctimas de un desastre está diciendo y afirmando que ninguna
vida le es indiferente, que cada persona merece ser protegida y cuidada. La
dignidad de la persona se nos hace aparece precisamente en la vulnerabilidad,
cuando el ser humano necesita de otros para seguir adelante. En esas
situaciones, la fragilidad no disminuye el valor de la persona; al
contrario, lo pone de relieve.
Lo curioso, lo que también me llama la atención, es que esta seguridad,
tan patente en situaciones de desgracia, parece que flojea cuando ese
sufrimiento no es mediático ni por sorpresa, sino silencioso y habitual. Hay
personas que son vulnerables y que no ocupan minutos en las noticias ni provoca
manifestaciones masivas, pero esto no quiere decir que no posean una dignidad
menor. En una sociedad la coherencia ética se mide, principalmente, por su
capacidad para ampliar esa misma mirada de compasión y protección a todas las
etapas y condiciones de la vida humana.
No hay una medida, la dignidad de la vida de las personas no es
ni condicional ni gradual, no depende de la autonomía, de la productividad ni
de la conciencia plena. Es inseparable al hecho mismo de ser humano. Desde
esta perspectiva, no hay vidas “más dignas” que otras, ni personas cuya
existencia pueda ser evaluada en función de criterios externos. Esta idea corre
el riesgo de vaciarse de contenido cuando se acepta que ciertas vidas pueden
ser descartadas porque resultan incómodas, costosas o carentes de expectativas
según parámetros sociales dominantes.

