viernes, 3 de abril de 2026

¡Buenos días! El hombre un ser responsable.

    


 Tenemos la idea de que el hombre debería de ser mayormente responsable, y así debe ser, y si ahora miramos un momento el diccionario veremos que nos dice que responsable es alguien que esta obligado a responder de algo o por alguien. O sea, un ser que responde. 

    Se dice muchas veces que ser hombre es estar siempre delante de alguna pregunta y que vivir es dar respuesta. Y tanto es así que nuestra actual sociedad, consiente de nuestra necesidad de respuestas, se esfuerza continuamente en darnos respuestas fáciles y nos hace pensar que con ellas vamos a tener suficientes.

     Si de algo se caracteriza nuestra época es la de dar un conjunto de respuestas que le permite al hombre estar controlando siempre la situación. Este control llega hasta tal punto que para esa persona la realidad que le rodea se reduce a aquello que está bajo su dominio: para él todo se convierte en un problema, en algo que él puede solucionar, en algo que él puede dominar. Lo que no controla se queda fuera. Lo que sucede es que en algún momento se da cuenta de que su realidad es muy pequeña, que hay mucho más. 

    Ese momento en el cual nos damos cuenta de que nuestra realidad es muy reducida coincide con el instante en que empezamos a pensar. Los problemas que nos da el pensar es que percibimos lo estrecha que hemos convertido nuestra vida, y que empezamos a ver todas aquellas cosas que existen fuera. Y es que pensar nos lleva a abrirnos a un mundo más grande, desconocido y cuyos enigmas nos pueden dar un poco de miedo. En este sentido, pensar, es más bien algo necesario para vivir, se trata de las respuestas o las teóricas soluciones que consigue dar cada persona a su vida. Ver las cosas desde el punto de vista de la verdad, de la belleza, del bien, implica también la forma en que la persona se sitúa ante su vida.

    ¿Qué sucede? Qué las personas se contentan, muchas veces, con las respuestas más sencillas y fáciles, como dedicarse a ganar dinero, a disfrutar e instalarse en la comodidad, y ven muy complicado comprometerse, profundizar en las relaciones, conocer realmente la realidad, etc. Existe una especie de temor a encontrarse con lo desconocido, tal vez por el riesgo que puedan correr, por el miedo a no tenerlo todo controlado.  

    Quizás en nuestra época exista un exceso de racionalización, y en vez de hacer un mundo realista y encantador, ha hecho un mundo idealista y frenético: con el objetivo de conseguir una zona más amplia de confort en la que sentirse seguro materialmente. Sin embargo, si se intenta encuadrar la belleza de la propia vida y de la realidad en todo lo que cada uno puede poseer se puede convertir en algo enfermizo. Esto hace que muchas personas terminen amargadas. En algún momento se dará cuenta que ante la inmensa realidad que existe, más que seguridad material lo que necesita es seguridad existencial, o sea: alguien en quien confiar. 

    Tener buenas relaciones con las otras personas, ese tener en cuenta a los demás, hace que el temor a salir al exterior desaparezca. No es que los demás nos van a resolver todos los problemas, que me resuelvan la vida, sino que unidos cooperemos y encontremos un modo saludable de enfrentarnos a la realidad. 

    En esta situación el pensar no reduce la realidad a lo que pueda comprar o controlar, sino que me pone delante de toda riqueza que existe y en ella puedo profundizar, buscar las respuestas que den un verdadero sentido y valor a mi existencia. 

    El problema de pensar es que nos pone también delante del mito de la caverna donde un grupo de hombres viven atados a unas cadenas, viendo solo los sombras de lo que sucede en el exterior proyectado en una pared. Y cuando uno que ha conseguido salir al exterior vuelve y les dice: “hay más”, ellos deciden hacerlo callar: “aquí estamos muy cómodos, déjanos en paz”.


miércoles, 1 de abril de 2026

¡Buenos días! El populismo: una visión parcial de la verdad.

 


Uno de los detalles que nos pueden indicar por donde se encuentra nuestra posición sobre si somos o no populistas la podemos encontrar en averiguar si vemos diferencias entre los pobres. Aunque nos pueda resultar desconcertante, todos los populismos se preocupan por la pobreza, así como en el sufrimiento de algún colectivo. Siendo esto bueno, la dificultad aparece cuando nos damos cuenta de que estamos centrando nuestra atención en un solo colectivo por encima de otros, justamente en ese colectivo que utilizamos como nuestra bandera.

Así que, esta manera de actuar nos puede ayudar a comprender uno de los pilares del populismo, que no es otro que su visión parcial de la verdad, algo que por supuesto nos puede ocurrir a todos. Pero, la diferencia se encuentra en pensar que ahí está toda la verdad, cuando en realidad solo hay una parte, ignorando todo lo que se salga de ahí. Desde este punto de vista, no es difícil caer en actuaciones que utilizan ciertos colectivos para reafirmar identidades.

En nuestro caso, esta dinámica la podemos encontrar en el modo de ver la moral. Puede ser que corramos el peligro de poner nuestra atención sólo en la moral social o solo en la moral de la persona. O sea, plantear una necesaria defensa de la vida y olvidarnos, por otra parte, de lo que esto significa con respecto a la acogida de refugiados o a la desigualdad social, por ejemplo. En sentido contrario, también podemos poner toda nuestra atención en la imprescindible justicia social, en el problema ecológico o en un sinfín de problemas sociales, y olvidaros de la moral de la persona y la exigencia de la defensa de la vida en todas sus etapas.

Evidentemente, cada personalidad y cada generación, como es normal, según su sensibilidad pondrá su atención en aspectos diferentes, algo que es muy necesario. Sin embargo, nuestra posición requiere aspirar a tener un punto de vista lo más amplio posible sobre los problemas que arruinan el mundo y al conjunto de la humanidad, y no utilizar los padecimientos de unos pocos para hacer una bandera de ellos.

Resumiendo, tenemos que recordad que en este mundo todo está conectado, que necesitamos estar pendientes de la complejidad de la realidad. Defender la dignidad humana es un buen punto de unión entre la moral social y la moral de la persona. Los intereses partidistas, por el contrario, no lo son nunca.

martes, 31 de marzo de 2026

¡Buenos días! ¿Soy populista?

 


En esto de preguntarnos si somos populistas o no, debemos tener en cuenta que necesitamos usar bien el concepto de “pueblo”.

La dificultad de la idea de pueblo aparece cuando hablamos sin conocerlo, o sea cuando lo conocemos a base de encuestas o cuando a base de análisis ideológicos se exaltan unos grupos que nos impiden comprender lo que la gente realmente piensa y experimenta, mientras se olvida que en cada grupo humano hay buenos y malos.

Por eso, más que hablar del pueblo, como si se tratase de una categoría mítica que alcanza y unifica misteriosamente a una gran cantidad de personas, nos conviene fijarnos en las personas concretas. Escuchar sus puntos de vista, percibir sus preocupaciones y sus esperanzas.

Entonces podremos acercarnos a la realidad de los grupos humanos en su riqueza inagotable, en sus cambios, en sus aspiraciones y sus esfuerzos individuales y colectivos hacia objetivos más o menos concretos.

Desde estas premisas, no olvidemos que la respuesta a nuestra pregunta no puede caer en la tentación de decidir quién es y quién no es populista. O de señalar qué grupos tienen el deshonor o para otros el honor de llevar este curioso apellido.

No, la pregunta debe ser más audaz y realista y adentrarse en el seno de nuestras actitudes y modos de hacer, que es donde realmente cristaliza la calidad y la pobreza de nuestro pensamiento. Por tanto, el reto no está en clasificar a los distintos miembros, grupos y situarnos en uno de ellos, sino en identificar una serie de elementos que pueden tener puntos en común con el populismo en su versión política y que, como en todo grupo humano, también emergen en nuestro modo de ser.

En cualquier caso, cada uno de nosotros no vamos a poder quedarnos al margen de cada una de las malas dinámicas que existen hoy en día. Nadie está a salvo ni libre de caer en esos errores, por desgracia, estoy seguro de que ya habremos cometido alguno de ellos. Entonces, ¿cuáles son los síntomas de esta curiosa enfermedad que es el populismo?

lunes, 30 de marzo de 2026

Buenos días. ¿El populismo, está influyendo en mis decisiones?

 



Si miro la prensa veo que tenemos mucho populismo, no me refiero al populismo que tiene como objetivo acercarse al pueblo sino al populismo político que busca el apoyo popular dividiendo a la sociedad en dos bandos incompatibles, no se trata de una ideología, sino más bien de una estrategia que ofrece soluciones simples a problemas complicados, apoyándose en las emociones y los sentimientos de las personas.

Al tratarse de una estrategia la podemos encontrar en cualquier opción política. Tanto en grupos de izquierda como de derecha, auspiciado por progresistas, por nacionalistas y por conservadores, bajo causas aparentemente nobles y justas, y en otros casos canalizando hastío, sed de venganza y malestar crónico. Presente en todos los lugares, incluso en nuestras tertulias y en nuestras sobremesas junto a un café.

Esta forma de actuar que divide y polariza, no solo se ha quedado en la política, sino que cada vez más está entrando en nuestra vida y por desgracia nos está llevando a elegir soluciones fáciles a problemas que no lo son. Está penetrando en nuestra forma de ser no porque los políticos lo utilizan en demasía, sino por nuestra pobreza de pensamiento que nos impide comprender la realidad que nos rodea en toda su complejidad.

Si lo anterior puede ser verdad, la pregunta es necesaria: ¿el populismo está realmente presente en nosotros? Es decir, hacernos la pregunta de cómo este fenómeno, que tiene una fuerte relación con la verdad, está influyendo en nuestra vida. Dicho de otra manera: ¿hay sospechas de populismo en nuestras decisiones? ¿Estoy a salvo de este fenómeno?

Preguntas, todas ellas, que se merecen un poco de reflexión y que voy a tener que pensar mis respuestas.

domingo, 29 de marzo de 2026

¡Buenos días! Demos la paz.

 


Recordaba ayer haber leído en la novela 1984 que escribió George Orwell algo parecido a que un líder debe mantener a su gente en un estado de miedo constante, haciéndole pensar que en cualquier momento puede ser atacado y así renunciará a su libertad para vivir. Me parece adivinar algo parecido en lo que están sintiendo los estadounidenses desde hace unos años.

Y es que el miedo es otro de los motivos por los cuales se empiezan las guerras, así como lo puede ser también el sentido del honor, son muchos los motivos por los cuales vemos que se pueden comenzar las guerras, de ahí lo complicado que es evitarlas. Alguien dijo y con razón que es bastante más sencillo hacer la guerra que la paz. Tal vez sea porque los que comienzan una guerra vean en ella una solución fácil para solucionar sus problemas y alcanzar unos beneficios rápidos: sin embargo, siempre resulta después imprevisible, con enormes costos, ante todo – pero no sólo – en términos de vidas humanas. Pocas veces se piensan en los problemas que habrá que solucionar cuando se termine.

Todo son, como ya sabéis, problemas e inconvenientes que nos encontramos en una guerra y a pesar de ello, las guerras siguen produciéndose con demasiada facilidad. Lo que nos viene a demostrar que la paz es más difícil y complicada de proponer, y lo es, tal vez, porque es más respetuosa con la verdad de las cosas, y con la verdad de nosotros mismos, ya que el problema que causa una guerra surge primero dentro de nosotros mismos. Son muchos los problemas que el hombre tiene y no son fáciles de resolver.

Creo que podemos ir cambiando las cosas, no será fácil sin duda, ya que venimos de una larga tradición. Si vemos como se entiende en la antigua Grecia y en la antigua Roma la palabra paz veremos que en nuestra cultura paz significa básicamente ausencia de guerra.

La palabra griega para paz es, “eiréne”, que significa literalmente la pausa entre una guerra y otra; la palabra latina “pax” significa el acuerdo de no beligerancia temporal. Ambos términos nos dejan el mensaje de que la paz es un estado de cosas excepcional y de corta duración y que la guerra es la norma.

Si además de todo esto vemos que resulta demasiado fácil incitar al odio y la destrucción en las escuelas, en la política, en los libros e incluso en lugares de oración. Nos damos cuenta de que tal vez sea una pobreza cultural la que se encuentra en el origen de muchas decisiones que se toman en nuestra sociedad, más atenta a los intereses partidistas que a una paz que acabe beneficiando a todos a largo plazo.

Por todo ello, el camino de la paz, aunque deseado y apreciado como un bien evidente, si de verdad queremos llevarlo a cabo, será necesario un gran esfuerzo y sacrificio a todos los niveles. Por parte de todos.

En fin, demos fraternalmente la paz a todos.

sábado, 28 de marzo de 2026

¡Buenos días! Hemos cometido un error.

 


Me encuentro algunas veces ante acontecimientos que me hacen daño, no un dolor físico sino moral, hechos que me descomponen por dentro y de los que huyo, me aparto, se me revuelve el estómago y los evito. Me autocensuro, los esquivo en las conversaciones y con solo leer el titular de la noticia lo soslayo. Se trata simplemente de ese refrán tan sencillo y claro de: “ojos que no ven, corazón que no llora”. Me refiero a cada caso de eutanasia y en especial a este último.

Y es que mi generación algo ha hecho mal, la sociedad que he ayudado a crear es derrotada en cada ocasión que no puede garantizar el cuidado y el bienestar de los que son más vulnerables, consiguiendo además que lleguen a la conclusión de que la muerte es su mejor solución. Mi forma de ver la eutanasia parece claro que contrasta con la idea de muchos políticos y de mucha gente que, no tengo dudas, con buena intención se olvidan de que en cada vida hay algo que es único, que tiene el valor sagrado de un regalo que se nos ha hecho y que como sociedad tenemos el deber de defender, cueste lo que cueste, y es que cada persona posee una dignidad infinita.

En este caso al igual que con la guerra siempre he sido del parecer que algo malo no se soluciona con más cantidad mal, un fuego no se apaga con más fuego, y la muerte no puede ser la solución a una vida desafortunada, por desgraciada que sea. La compasión, la auténtica compasión no puede contraponerse con la bioética que intenta resolver conflictos éticos en la medicina, ni los derechos de las personas pueden estar a favor de la muerte.

En la sociedad que mi generación debería de haber ayudado a crear, una Ley debería de estar hecha para defender a los más débiles, y en este caso, Noelia claramente lo es. Y la vida de esta persona merece ser vivida, valorada y apreciada, y no hemos estado a la altura como sociedad, y honestamente, la mayoría de nosotros sabemos que hubiera tenido posibilidades de salir adelante bien tratada o acompañada como merece. Otra cosa es que, en mi sociedad, de tan empáticos que nos creemos, hemos quitado las vallas que separan del abismo de la muerte a los más frágiles y vulnerables. Por desgracia, creo que aun veré cosas peores. Y en esta ocasión nos hemos equivocado, hemos cometido un error, tal vez el único error que no se puede ya solucionar.  

viernes, 27 de marzo de 2026

Buenos días. ¡Guerras por ideología!

 


Si anteayer daba a la supervivencia como uno de los motivos por los cuales se producen las guerras, hoy, he encontrado otro motivo que no se queda atrás, se trata de las ideas. Son guerras que se libran en nombre de la religión, de la nación, de la raza, de la sociedad perfecta, de una identidad colectiva, siempre que se piense que toda persona que demuestre una idea o un pensamiento diferente es un mal que no queda más remedio que eliminar.

Son guerras que por lo general son mucho más crueles que las económicas ya que los conflictos por una idea política o religiosa justifican todo lo que se hace en su nombre. La base de este motivo se encuentra en que quien no sigue mi ideología es como una enfermedad que hay que curar y erradicar, por lo que merece morir, y en algunos casos se ven a esas personas como un sacrificio que es necesario para alcanzar nuestro ideal, ya que este beneficiará a toda la sociedad.

El aspecto cultural en lugares donde una ideología va cogiendo fuerza es también muy importante, la educación muchas veces se basa y ve con buenos ojos al hombre “espartano”, que demuestra su valía luchando. La literatura da muestras continuamente de guerras que son necesarias para el progreso. Incluso en épocas donde la paz parecía gozar de buena salud, hemos visto como las ideas nacionalistas mostraban su militarismo en forma de desfiles y fuerza militar.

Nuestras dos guerras mundiales se pueden considerar de esta manera, se comprobó incluso en el mundo de la ciencia. Se rechazan los descubrimientos y escritos por venir de un lugar que se considera hostil. Un ejemplo lo vimos con la teoría de la relatividad general de Einstein, que fue fuertemente rechazada en Oxford porque su autor era considerado un enemigo de Inglaterra.

En nuestros días podemos ver cómo en nombre de una ideología o del nacionalismo han sido motivos más que suficientes para empezar una guerra. Recordemos en cómo la política y la demagogia han desempeñado un papel clave en guerras de no hace mucho como la de la antigua Yugoslavia o la de Ruanda donde se envenenaron los lazos de amistad y de familia de tal manera que propiciaron una serie de venganzas y ajustes de cuentas causando innumerables muertes.

Y es que los clichés culturales son uno de los factores más poderosos en la decisión de hacer la guerra, porque recurren a la sugestión y a las emociones, que tienen fuertes vínculos con el inconsciente. Y es significativo que cuando se enfrentan al pensamiento crítico, demuestran no tener justificación.

Ejemplos los encontramos en muchos lugares de la antigua Yugoslavia, donde vivían sin problemas aparentes serbios y croatas, y que se convirtieron de un día para otro en escenarios de un odio mortal. La mayoría de las personas se conocían, fueron juntos a la escuela. Antes de empezar el conflicto, algunos trabajaban en el mismo lugar, salían de fiesta juntos y de repente empiezan a intercambiarse insultos y pasan a matarse entre ellos. Y sus motivos vistos ahora con tranquilidad nos parecen absurdos.

Lo que sorprende es la vaguedad de estos motivos cuando se repasan con tranquilidad, tal vez sea el uso que hacen de esos motivos los políticos y demagogos en beneficio propio, sea la causa de que décadas de vida pacífica en común se rompa de una manera tan rápida y cruenta.

Una consecuencia de una propaganda mal intencionada lleva a producir miedo en la gente y de ahí a provocar una guerra defensiva solamente hay un paso, pero la guerra por miedo la dejaremos para otro día.

miércoles, 25 de marzo de 2026

¡Buenos días! ¿Por qué las guerras?

 


A pesar de todo lo que hemos aprendido y experimentado, los hombres no dejamos de emprender guerras, cuando sabemos que es un acto completamente irracional. Ya casi nadie tiene dudas de que una guerra hoy en día es esencialmente devastadora, todos los que comienzan una guerra saben que van a poner en riesgo lo más grande que tiene, la vida. Saben que van a causar heridas y traumas a personas y naciones que van a permanecer incluso muchos años de haber terminado. Y, sin embargo, guerras hemos tenido desde el principio de la historia. Es sintomático que la propia historia, tanto la sagrada como la profana, comience con el fratricidio.

Leí el otro día que siempre podemos encontrar, si queremos, un motivo para discutir y pelearnos. Es fácil. La dificultad la encontramos en entender por qué buscamos esas razones para empezar las discrepancias. Uno de los motivos, aunque más bien podría decir que una combinación de codicia y agresividad es uno de los más repetidos.

Pensemos un poco, ya Plauto en su obra Asinaria, con esa expresión de “el hombre es un lobo para el hombre” o en latín “homo homini lupus”, ya nos quería mostrar que la guerra y la agresión violenta desde siempre ha sido uno de los sistemas que más se ha utilizado para la propia supervivencia, aunque en la mayoría de las ocasiones haya tenido como resultado una ruina para una parte. Esta frase lo que intenta resumir es la opinión de que las personas para poder llegar a un acuerdo y respetarlo, sólo lo harán cuando se encuentren bajo la amenaza de un poder superior, fuerte y absoluto que sea capaz de protegerlos.  

Esto lo podemos comprobar sencillamente mirando a nuestra vieja Europa y sus dos guerras mundiales o a nuestra guerra civil, que se dieron en el siglo pasado cuando se consideraba que se vivía en una sociedad civilizada y culta. En unos años dónde el progreso era imparable y los adelantos de la ciencia presagiaban un futuro optimista. Y, sin embargo, curiosamente, fue ese progreso y esa ciencia las que crearon nuevas y mortíferas armas que contribuyeron a una destrucción sin precedentes.

Lo que estoy tratando de explicar es que la guerra y la agresión violenta se encuentra presente en toda persona y que la cultura y la civilización hasta ahora no han podido eliminar. Pero claro, esto esta bien cuando quiero explicar una agresión que se realiza bajo un acto instintivo o reflejo, pero cuando tengo que explicar esa agresión que se va repitiendo continuamente, siglo tras siglo, sabiendo que es perjudicial no hay más remedio que profundizar un poco más.

Podemos leer mucho sobre el tema, pero el sentido común nos dice que una guerra no es un acto reflejo, no se trata de un instinto básico de supervivencia, sino que se trata de una acción que aparece cuando el hombre es incapaz de dar sentido a la situación por la que esta pasando y agrede para superar un problema o las dificultades para conseguir un bien para el mismo o para su sociedad.

De ahí que por ejemplo la codicia, así como la acumulación de bienes y recursos se encuentre en el origen de muchas guerras. Podemos por lo tanto añadir, que la economía como motor de una sociedad puede lanzar a una sociedad a una agresión, ya sea para mejorarla o para que no se deteriore.  

En fin, se pueden añadir fácilmente varios motivos más como la ideología, el miedo y el sentido del honor para explicar el porque de las guerras, pero esos motivos los dejaremos para otro día

martes, 24 de marzo de 2026

¡Buenos días! Viajar hacia adentro.

 


Nos suele suceder a muchas personas que la vida se desarrolla, muchas veces, en un círculo pequeño o más bien reducido. Repasamos nuestras costumbres, nuestras opiniones cuando conversamos, nuestras emociones y los ambientes en los que nos movemos y nos damos cuenta de que hace tiempo que se mueven dentro del mismo perímetro. Ese espacio nos ofrece tranquilidad y seguridad, nuestro “yo” se siente a gusto, y sin embargo puede convertirse en una prisión de la que sin darnos cuenta nos hemos encerrado. Salir de ese encierro no es otra cosa que abrir puertas y ventanas para ventilar, para que entre el aire fresco. Es hacer algo que nos dé un poco más de libertad.   

En esta ocasión no me estoy refiriendo a viajar, a irse de viaje en el sentido de hacer turismo y conocer nuevos lugares. Aunque la verdad si que se trata de realizar un viaje, pero de un viaje interior. Ese entrar en nuestro interior no es un encierro, sino que se trata de una apertura. Al entrar en nuestro “yo” más profundo podemos descubrir que no coincide con esa forma de ser y de actuar que solemos manifestar dentro de nuestro circulo cotidiano y que tanta seguridad nos da. Salir de uno mismo implica también romper nuestra forma de ser habitual para ver si encontramos algo nuevo que nos muestre nuevos horizontes.

No sería de extrañar que nuestro yo más auténtico se presentara cuando dejáramos de repetir automáticamente nuestra vida cotidiana y nos atreviéramos a investigar si hay algo más. Salir de uno mismo es, por lo tanto, un acto de valentía.

Salir no implica necesariamente coger el coche y marcharse. Podemos emprender un viaje sin movernos. Un viaje hacia nuestro interior no es buscar un refugio en el que esconderse, es descubrir y darse cuenta de que nuestro yo más profundo es más grande que el yo que creemos ser.

No hay duda de que es complicado salir de nuestras ideas, lo es muchas veces porque nos encontramos encerrados en auténticas prisiones, esto nos exige tener la capacidad para pararnos por un momento y examinarlas, no de repetirlas constantemente. Salir de nuestras ideas conlleva someterlas a la prueba de la discusión y el dialogo, a dudar y a probar. Es bueno cuestionarse, intentar comprender.

lunes, 23 de marzo de 2026

Un infierno real.

 


He estado mirando las imágenes que nos muestran los medios de comunicación de Irán, Ucrania, Líbano, Israel, Nigeria y podría seguir un poco más con imágenes de otras partes del mundo y, he pensado que todas esas imágenes me muestran lugares o situaciones donde existe un gran sufrimiento y que deben de ser lugares muy parecidos a lo que debe ser el infierno.

No hace falta ser creyente ni tener alguna clase de fe para decir que el infierno existe, estamos ante unos hechos y una evidencia que nos lo muestran. Y digo que no hace falta tener ninguna clase de fe porque estos infiernos son una creación de las personas.

Hoy más que nunca nos encontramos con que la política es muy complicada y llena de muchos matices difíciles de entender. Nos encontramos en situaciones donde podemos estar en desacuerdo con el gobierno, lo que no nos debe impedir hacer nuestra vida con normalidad, solo hay que esperar las elecciones y comprobar hasta dónde llega y si es mayoritario o minoritario. Sin embargo, hay gobiernos que en ese espacio de tiempo pueden llevar a sus países a la ruina, que no aceptan el desacuerdo ni la crítica y que oprimen a sus ciudadanos. O sea, gobiernos corrompidos que impiden que muchas personas puedan vivir su vida con normalidad.

Teniendo claro que entender la política nacional e internacional es muy difícil y complicada, debemos tener claro que hay acciones que no son de ninguna manera compatibles con nuestra forma de pensar, al menos con la mía. Y la guerra es una de ellas.

Hoy en día ya no hay ninguna guerra que sea justa, esa guerra que en la edad media los teólogos hablaban y que en primer lugar era para defenderse de injustas agresiones hoy en día ya no se puede dar. Las condiciones actuales nada tienen que ver con aquellas. Entonces morían los soldados. Hoy lo hacen personas inocentes. Antes se luchaba con piedras y espadas. Hoy nos encontramos con armas de destrucción masivas. Ya no se dan las condiciones para poder hablar de guerra justa. La guerra siempre debería de ser evitable.

Estos infiernos que vemos cada día, que hemos creado nosotros, nos deben de ayudar a entender de que si hay infierno después de la muerte será de alguna manera también una creación nuestra. En mi humilde opinión existen muchas posibilidades de que en ese infierno no haya nadie, pero esto es solo una posibilidad que tengo que mantener ya que creo que la salvación solo depende de la bondad de Dios y de alguna manera de nuestra aceptación de Dios. Esta es una cuestión un poco complicada y que debería de ser analizada con más detenimiento, pero creyendo que Dios solo sabe hacer cielos y que de él solo sale lo bueno, solo nuestro libre albedrio, rachándolo nos podría llevar al infierno. Me parece difícil que una persona diga “no” a todo lo bueno y por tanto diga “no” a Dios sabiendo lo que hace. Sin embargo, ya no veo tan difícil que se diga “no” a la persona como imagen de Dios, donde Dios mismo se hace presente. Es aquí donde desgraciadamente la persona sí que sabe lo que hace.

De todas maneras, no se puede juzgar lo que ocurre en el fondo del corazón de las personas. De ahí que no sepa con exactitud si hay alguien en el infierno, pero haya alguien o no, hay que mantener abierta esa posibilidad ya que existe una libertad humana que es real. Entonces, si no es posible decir “no”, tampoco el “si” tiene sentido. Y si existe la posibilidad de decir “no” y  “si”, no queda más remedio que asumir las responsabilidades de nuestra decisión.