martes, 12 de mayo de 2026

¡Buenos días! "Al César lo que es del César"

 


Si hay algo destacable que mencionar entre todos los temas que me han surgido en las conversaciones de estos últimos días, destacaría especialmente dos: de que el poder en estos días defiende y pertenece una ideología muy concreta, y que debemos tener cuidado con la deriva que esto está llevando a nuestra democracia, con el riesgo de transformarse en un sistema político que no acepta según que verdades.

Según lo veo, en estos momentos nuestro poder político está atribuyéndose la labor de decirnos lo qué es bueno o aceptable y lo qué es verdadero. Por lo que ha dejado de ser un regulador o árbitro para convertirse en parte. Y esto, que empieza a parecernos normal, pues lo vemos como la libertad de cada persona o partido político para defender sus ideas y llevarlas a cabo tiene consecuencias, y es que entonces la ley ya no reconoce la realidad, sino que la elabora, por lo que el desacuerdo ya no es legítimo, sino que se convierte en un problema, nuestra libertad se convierte un apego a un entorno que nos han marcado previamente.

No estoy diciendo de que esto se trate de una discusión ideológica, sino que se me presenta más como una cuestión estructural. En el cristianismo siempre se ha defendido una diferencia clara en la vida pública, ese famoso: dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Aquí no hay que buscar una separación hostil, hay que buscar un equilibrio que favorezca a las dos partes. Veo y entiendo que el poder político tiene su propio marco de actuación, necesario y legítimo, pero esto no quiere decir que sea absoluto. En las personas existe un orden moral que se encuentra antes y más arriba, que está situado por encima del ente político, que no tiene que crear el poder, sino que lo orienta y en cierta manera lo limita y lo juzga. Hoy en día no veo que exista ese equilibrio.

Durante siglos hemos observado que la distinción entre lo que es del César y lo que es de Dios ha actuado como un límite al poder. Hoy ese equilibrio no lo veo: el Estado no solo administra lo suyo, sino que pretende definir aquello que no le corresponde. El poder del Estado ya no esta limitado y vemos como comienza a justificarse a sí mismo. Y ahí es donde toda democracia empieza a debilitarse.

Estamos asistiendo en los últimos años como el Estado no solo legisla y gobierna, lo que considero normal, sino que cada vez con más asiduidad nos define qué es moralmente aceptable, establece qué visión del hombre debe prevalecer y determina qué posiciones pueden expresarse sin ser estigmatizadas.

Cuando esto ocurre, desaparece el contrapeso moral. Ya no hay una instancia que limite el poder desde fuera de sí mismo. El Estado deja de reconocerse sometido a un orden moral superior y pasa a convertirse en su fuente.

Y entonces ocurre lo evidente: el Estado pasa a definir la verdad, el bien y el mal. Y en ese proceso, toda creencia que mantenga una idea diferente sobre la dignidad de la persona y el derecho a la vida debe ser desplazada, silenciada y si es posible deslegitimada.

En este contexto se entiende bien, por ejemplo, la beligerancia selectiva en la exigencia de verdad y reparación de las víctimas de abusos sexuales, concentrada únicamente en la Iglesia con un porcentaje mínimo de víctimas, mientras el resto de los espacios sociales, que acumulan más del 99%, quedan al margen de un análisis comparable. Cabe la pregunta de si realmente se busca la reparación de todas las víctimas o más bien la deslegitimación moral de la Iglesia y si es posible su ruina económica.

Como resultado de esta manera de entender la vida pública sin tener ninguna referencia moral objetiva, es que el Estado ya no se siente limitado por nada que se encuentre por encima de él, ya que considera que no existe nada por encima de él.

Conviene decirlo: esta tentación ha existido siempre y en todos los sistemas políticos. Pero también es justo reconocer que hay ideologías que, por su propia lógica interna, son más proclives a este escenario que otras.

lunes, 11 de mayo de 2026

¡Buenos días! Exceso de decibelios.

 


Después de aproximadamente dos semanas volvemos a dar los buenos días, han sido unos días en los que hemos intentado con éxito aislarnos del “mundanal ruido”. No ha sido un aislamiento completo, sino que me atrevería a decir un alejamiento, como el que realizamos cuando nos apartamos de un escenario por culpa del volumen tan alto de los altavoces y no por lo que se oye a través de ellos.

Me he apartado por el exceso de decibelios de todo lo que está pasando y no por su importancia. Pienso que hemos aceptado que la estridencia entre en nuestras vidas y que este interrumpiendo la comunicación entre las personas. Tal vez sea el precio que estamos pagando por aceptar el volumen exagerado de la música en los conciertos, en los cines o en cualquier acto donde se está comunicando algo.

Si miramos a nuestro alrededor veremos que el volumen ha subido en nuestras vidas. Vemos cómo la estridencia se asume como algo normal. Cómo cada vez más gritamos para que nos escuchen, para debatir y mostrar nuestros puntos de vista. Y, cómo, casi sin darnos cuenta estamos intentando convencer a los demás a base de aumentar el volumen y no con más argumentos. Preferimos esconder la calidad de nuestro mensaje en el ruido que producimos al comunicarlo. Vivimos más deprisa y además lo estamos haciendo más ruidosamente.

Resulta normal que estemos rodeados de sonidos, muchos de ellos producidos por nosotros, nuestros pueblos están llenos de ellos: coches que pasan, el mormullo de la gente al pasar, las voces o la música de una televisión o una radio lejana. También existen otros a los que hay que prestar un poco más de atención: el trino de algunos pájaros, el viento ululando en las ventanas, el sonido de la lluvia… basta con tener los oídos abiertos.  

En muchas ocasiones ya no oímos esos sonidos, nos aislamos escuchando nuestra música preferida o cualquier contenido audiovisual o un pódcast que sea de nuestra preferencia, lo preferimos a escuchar el latido del ambiente que nos rodea. Si lo analizamos un poco, vivir en nuestro pueblo ensimismados atendiendo solo a lo que nos agrada levanta una valla entre todo lo que hay fuera y lo que elijo escuchar en mi propio entorno auditivo. Ya sé que así nos evitamos escuchar una serie de tonterías sonoras, pero por ahí se nos mete la mala opción del aislamiento, de construir nuestro mundo, un mundo hecho para y solo para mi comodidad.

Si el sonido está demasiado alto o bajamos el volumen o nos distanciamos lo suficiente para seguir escuchando, tenemos que estar abiertos a todo lo que nos rodea, abrir los oídos para escuchar al mundo aunque no nos guste lo que nos dice, es nuestro mundo y mientras no consigamos que suenen nuestras canciones tenemos que seguir prestando atención.

jueves, 23 de abril de 2026

¡Buenos días! Partidocracia.

  


   

        Ayer cayo en mis manos una palabra que no había oído desde hace mucho tiempo: partidocracia. Solamente con ver la terminación “cracia” ya entendí su significado, a pesar de lo cual la busqué en el diccionario y me encontré con la siguiente definición: f. Situación política en la que se produce un abuso del poder de los partidos.

Y la pregunta que aparece es: ¿existe en nuestra democracia? La respuesta no la puedo tener clara al no pertenecer a ningún partido político y no saber desde dentro cual es en realidad su funcionamiento y su objetivo. Sin embargo, si que me doy cuenta de que los líderes de cada partido se han formado y han basado su estrategia para llegar a lo más alto en derribar al enemigo político, sin tener en consideración que, por delante de sus ideas, se encuentra la sociedad a la que pretenden servir, a la que deberían tener como lo más principal y prioritario.

Repasando, veo algunas formas de actuar que me llevan a pensar en que algo de partidocracia tenemos. Existen algunas consignas que se repiten durante décadas y que me parece que son síntomas de una enfermedad llamada partidocracia.

Tal vez la más usada sea la del cambio, buscar un cambio sin cambiar, aunque lo único que no cambia con las décadas es el enemigo político que se debe combatir, que no es otro que el que les quito el poder en las anteriores elecciones. O sea, llegar al poder por el poder, y a ser posible no dejarlo para así llevar a la sociedad a las ideas estrictas del programa interno de cada partido.

Otra consigna muy manoseada es la del progreso, que exhiben los que según en cada ocasión se suelen llamar progresistas o reformistas, y que haciendo un pequeño resumen consiste básicamente en ir destruyendo poco a poco toda la tradición filosófica y religiosa que se mantiene desde hace siglos para reemplazarla por otras esclavitudes filosóficas basadas en la igualdad, la libertad y la fraternidad entre los afines a cada ideología.

Otra reacción que me pone en alerta es el deseo desmedido de poder, la voluntad de poder en los partidos políticos los puede llevar a la partidocracia, y esto es nihilista, lo que los lleva a negar todo principio religioso, político y social.

En estos días podemos ver a nuestro alrededor ejemplos lo suficientemente claros para ponernos en alerta: la dictadura política de los medios de comunicación en la corrupción política y social, la tiranía de la degradación cultural y espiritual, debido al desprecio de los bienes morales dados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) y que son un reflejo de la Doctrina Social de la Iglesia Católica.

En fin, es interesante que estemos alerta.

miércoles, 22 de abril de 2026

Buenos días. ¿Por qué a mí sí?

 


Hay días que al acercarse a las noticias aparecen preguntas que se encuentran escondidas en unos privilegios que nos pasan desapercibidos: ¿por qué yo vivo en una sociedad en paz mientras hay personas que padecen las tragedias de una guerra? Cuando aparecen estas preguntas, no queda más remedio que reconocer una realidad tan clara y verdadera como necesaria: mucho de lo que tengo no es mío, tengo la suerte de que me ha tocado.

Con esto no estoy diciendo que mi esfuerzo personal por mejorar no ha servido para nada, lo que quiero es mirar la situación desde otro punto de vista. Tengo que reconocer que todo lo que me he encontrado, las oportunidades que se me han dado tienen mucho más que ver con el lugar donde he nacido que por mis méritos personales. No puedo negarlo, si lo hiciera estaría siendo soberbio y me equivocaría al pensar que todo lo que tengo y he conseguido se debe solamente a mi trabajo y esfuerzo. No sería verdad, y me serviría para llegar a la conclusión que debo pensar solo en mí y hacerlo para buscar mejoras solo para mí. La realidad de mi situación actual tiene más que ver con haber tenido las oportunidades para poderla alcanzar que de mis esfuerzos por conseguirla.

Si soy consciente de que casi nada de lo que soy es mío por derecho propio, la única salida sensata es reconocer que todo es de todos y eso cambia por completo la visión que tenemos de los demás.

martes, 21 de abril de 2026

Buenos días. ¿Ahora sí que sí?

 


Cuantas veces me he encontrado con que una mejoría en mi situación ya sea económica, sentimental o casi de cualquier otro tipo, me ha llevado a pensar: “Ahora sí que sí”. Y durante un tiempo me he sentido encantado de la vida.

Es un tiempo durante el cual me vengo arriba. Todo me parece maravilloso. Pero el tiempo pasa, y lo que sin duda parecía una gran mejoría termina siendo lo normal, mi día a día.

Eso, que ya me ha sucedido varias veces, es una adaptación a lo bueno y que me devuelve a un nivel normal de felicidad. Cuando esto sucede, te das cuenta de que tenemos una facilidad para convertir lo extraordinario en cotidiano.

Después de estar un tiempo buscando y deseando esa cosa que me va a dar un placer inmenso, al cabo de un tiempo me doy cuenta de que he vuelto a un punto casi idéntico al de antes. Es como si la vida me dijera: “Perfecto, disfruta, pero no te emociones mucho que esto dura un plis plas”

A veces he pensado, que, aunque no me guste demasiado, esa adaptación tiene bastante sentido. Las personas hemos sido creadas para adaptarnos. Si no consiguiéramos adaptarnos a la situación en la que nos encontramos nuestra vida estaría llena de altibajos constantes. El problema aparece cuando esos momentos iniciales de una gran felicidad los confundimos, pensando que van a ser una felicidad permanente, y los buscamos continuamente pensando que va a ser el definitivo.

Lo que quiero decir es que: la persona se acostumbra. Para bien y para mal. Si miramos un poco nuestra vida, estoy seguro, de que lo podemos comprobar fácilmente. Con el coche, el teléfono o el piso que acabamos de comprar, y que a los pocos meses ya estamos mirando otro que nos parece mejor.

Aquí aparece en nuestra sociedad el consumismo. Ya que al ser consciente de que la ilusión se nos va apagando, buscamos otra dosis: otra compra, otro cambio, otro objetivo. Y así vamos empalmando deseos. Y al sistema económico, de hecho, le gusta mucho esta forma de afrontar la vida, pues siempre nos pondrá delante algo nuevo que ofrecernos para que tengamos la sensación de que ahora sí, con eso que nos falta ya vamos a ser completamente felices.

Lo que en realidad sucede es que todos los objetivos y las metas que sean puramente materialistas nos van a dar una satisfacción a corto plazo y no a largo plazo. En cambio, lo que suele dejarnos de verdad una felicidad con más solidez son cosas y asuntos que tengan que ver más con las relaciones personales. Lo que no quiere decir que desear vivir en un piso mejor esté mal. Ni mucho menos. Resulta bastante obvio que el dinero nos dará seguridad, algo de comodidad y un margen para vivir mejor, pero estamos hablando de felicidad.

Aquí de lo que se trata es de no creer que esas cosas nos van a dar algo que no pueden ofrecer. Ganar más dinero nos puede ayudar mucho, pero no va a resolver por sí solo nuestra vida interior ni nos puede dar paz mental. Así que lo que tenemos que intentar hacer es prestar más atención a lo que sí alimenta el bienestar de forma más estable.

En el fondo, la cuestión es bastante sencilla, está bien disfrutar de lo material, pero no resulta interesante apoyarse mucho en ello para ser feliz. Porque lo nuevo se pasa. Lo que permanecerá más es cómo vivo, con quién comparto mi vida, a quien se la ofrezco y dónde pongo cada día la atención.

domingo, 19 de abril de 2026

¡Buenos días! ¿Débil?

      



  En una sociedad como la nuestra donde se alaba el control, la dureza e imponer las cosas, cuando se le llama a alguien “débil”, lo primero que nos viene a la cabeza es que se le está menospreciando y es posible que lo podamos interpretar como un insulto. 

        Sin embargo, desde mi humilde punto de vista, si se llama “débil” a una persona cuando pone por delante el amor a las personas, esa posible debilidad adquiere un concepto diferente. La debilidad que se puede mostrar cuando se elige no aplastar, sino que se elige abrazar o cuando esa supuesta debilidad aparece al responder a la violencia con misericordia, eso es una señal de uno de los más grandes signos de amor. 

        Si observamos la debilidad desde ese punto de vista, entonces veremos que no se trata de no tener fuerza, sino tenerla y elegir no utilizarla para destruir. Se trata de tener la posibilidad de imponerse y se elige servir. Se trata de defender la verdad sin necesidad de aplastar a los demás. 

        Sin embargo, somos débiles y limitados, ya que tropezamos muchas veces, nos equivocamos, nos dan miedo nuestros temores, tenemos nuestros miedos, nuestras depresiones y tristezas. Caemos y en muchas ocasiones no deseamos levantarnos sino más bien quedarnos tranquilamente en el triste consuelo de la autocompasión, o quedarnos dormidos en la dura cama de la huida. 

        ¿Qué hacer entonces? Tal vez nuestra mayor debilidad se encuentre en no saber qué hacer con ella o, es más desesperar. Si somos conscientes de que todos podemos tener esas debilidades ¿Por qué no aprovecharnos? Es por lo tanto ese “todos somos débiles” la ocasión para ver el camino a seguir. Sí, mi debilidad puede ser un lugar donde encontrarme con los demás: es saber de mis debilidades lo que lleva a perdonar, lo que me ayuda a comprender a otros. Pero eso no se hace automáticamente. Se necesita antes un trabajo para ver donde se encuentran nuestros límites y recorrer un largo camino que estará lleno de sudores, ampollas y heridas.  

        Compartir esa debilidad nuestra es también algo que nos hace fuertes. El tener la experiencia de un tropiezo y tomar la decisión de comunicárselo a algún amigo puede ser el motivo de un encuentro maravilloso, un encuentro de debilidades que puede ser capaz de mover montañas. 

sábado, 18 de abril de 2026

¡Buenos días! ¿Hacer política con la IA?


       

 Siguiendo con el tema del otro día, tenemos que mirar bien esa leyenda que dice que existe una neutralidad en los algoritmos. Decíamos que existe la posibilidad de que los algoritmos tomen decisiones políticas y que esto presentaría un problema para la democracia. En una democracia debe de existir un debate ante un conflicto, no soluciones basadas en anticiparse al futuro a partir de patrones y estadísticas que siempre son sobre hechos pasados, olvidándose y negando la opción no siempre predecible de la libertad humana. Cómo decía ayer: el dialogo sería desplazado por la predicción. 

        Una democracia no es solo una forma de detectar las preferencias de las personas, sino que se trata también de un lugar donde esas preferencias pueden acomodarse o transformarse. Si existen desigualdades ya establecidas en el tiempo y la decisión de cómo solucionarlas la basamos en predicciones y estadísticas, vamos a correr el riesgo de que afectaran de manera desigual a los sectores más vulnerables, bajo la apariencia de una neutralidad técnica. 

        Muchas personas afirman que los algoritmos están libres de prejuicios y que son objetivos. Pero unos datos por sí solos no dicen nada. Tienen que ser seleccionados, organizados y analizados según criterios que siempre responden a intereses, a prioridades y a unas normas que ya se han establecido. Es más, el aprendizaje informático se hace dentro de unas reglas diseñadas por alguien. Esa supuesta neutralidad no es otra cosa que una forma elegante de tener tomada ya una decisión. 

        Da la casualidad de que cuanto más complicados y complejos se convierten estos sistemas informáticos, más difícil nos resulta saber desde donde se ejerce el poder. La dominación ya no tiene que darse a conocer mediante ir dando órdenes y dictar prohibiciones, sino que se puede dar mediante una discreta forma de recomendaciones, y de optimizaciones. Ya no hace falta que se nos obligue, sino que se nos oriente. Y es precisamente esa orientación, por su carácter técnico, tiende a parecernos natural como si fuese una decisión política.  

        Ante el problema anterior, se puede decir, y de hecho se nos dice, que con un buen nivel de transparencia ese problema estaría resuelto. Pero esto no es suficiente ya que no toda transparencia es políticamente relevante, ni toda opacidad es antidemocrática. Que conozca el código de un sistema no me garantiza que comprenda su impacto social ni posibilita un control democrático efectivo.  

        La cuestión no es que hacer para regular el poder de la inteligencia artificial, sino que hacer para añadirla en la cadena de legitimidad democrática. Cuando ponemos en acción sistemas que aprenden y se adaptan, ¿quién asume la representación? ¿Cómo se mantiene la  igualdad cuando las decisiones son personalizadas?  ¿Qué ocurre con la deliberación cuando las preferencias son moldeadas antes de que lleguen a expresarse públicamente? 

        La IA en el momento en que se utiliza para crear normas, organizar comportamientos y condicionar expectativas no puede ser pensada como algo fuera de la política. Para regularla no hay que imponer límites técnicos, sino preparar a las instituciones para que sean capaces de integrar toda esa tecnología sin tener que renunciar al autogobierno.

        Es posible que el peligro más grande de la IA no sea que nos domine, sino algo más sutil: que vayamos poco a poco renunciando a decidir. Automatizar una administración no es solo delegar tareas; es aceptar sin darnos cuenta de que ciertas decisiones ya no merecen deliberación humana porque  el sistema “lo hace mejor”.  Esta lógica puede ser razonable en ámbitos técnicos específicos, pero se vuelve problemática cuando se extiende a decisiones que involucran valores y derechos humanos. Si nadie decide, nadie responde. 

        Tal vez nuestro problema con la IA y su relación con la democracia no se encuentra en que deleguemos tareas en las maquinas, sino que ya no nos preguntemos por los motivos por los que hemos elegido unos fines determinados. Y es que cuando la optimización sustituye al juicio, la política se va debilitando sin que necesariamente lo notemos y esa debilidad no es un problema técnico, es una forma de renuncia. Renunciar a pensar y decidir. 


jueves, 16 de abril de 2026

¡Buenos días! ¿Una democracia con IA?

 


Pensaba en la tarde de ayer: ¿Qué pasaría con la democracia si una parte de las decisiones que se deben tomar después de una deliberación pasan a estar automatizadas por sistemas algorítmicos?

Hasta ahora la tecnología la estamos mirando como algo apartado de la política, solamente se usa para fines muy definidos. Sin embargo, con la fuerte irrupción de la inteligencia artificial, esos fines se pueden ampliar. Si repasamos lo que hacen los algoritmos veremos que no se usan solo para cumplir órdenes, sino que en unos determinados entornos es posible que puedan tomar decisiones, clasificando, precediendo y haciendo recomendaciones. De hecho, ya eligen qué opciones vas a ver primero, qué ideas se vuelven invisibles y que riesgos son aceptables. Lo que están haciendo de momento no es sustituir la decisión humana, sino que rediseñan la situación para que podamos decidir con más sentido.

Pero dar un paso adelante y permitir que los algoritmos tomen decisiones es muy sencillo. Esa mutación si se llega a dar en la política nos plantea un serio problema y es que no debemos olvidar que la democracia moderna se apoya en la opción de atribuir decisiones y poder discutirlas públicamente. Sin embargo, ¿Cómo mantener esa idea democrática cuando los procesos de una decisión se vuelvan opacos y estadísticos? ¿Quién es responsable cuando nadie decide en un sentido estricto?

Este tipo de preguntas ya nos las hemos planteado en alguna ocasión, pero no recuerdo haberlo hecho en el contexto democrático y político. No quiero ahora meterme en los problemas del poder de una superinteligencia y alimentar ideas sobre el control total de las maquinas, lo que me interesa es pensar sobre cómo puede cambiar una decisión democrática en un espacio cada vez más automatizado.  

Todavía no sé cómo afectara a una democracia si las decisiones importantes son delegadas a sistemas informáticos que suelen ser opacos y por supuesto adaptarse a unas ideas concretas.

Para ir entendiendo el problema primero debo tener claro los dos tipos de inteligencia que tengo delante. La IA (Inteligencia Artificial) que ahora tenemos está basada en una gran capacidad de procesar datos, detectar patrones y optimizar funciones a lo que tenemos que añadir en un buen aprendizaje automático y en un lenguaje cada día más perfecto y comprensible. Pero toda esa potencia de trabajo no equivale a tener una comprensión de los temas. Un sistema informático aprende a partir de estadísticas que va recibiendo, o sea de hechos y datos que ya han sucedido. No comprenden las situaciones y no generan sentido pues no se enfrentan a lo nuevo como tal.

En cambio, nuestra inteligencia, que no llama la atención por su eficacia en procesar datos, incluye juicio, imaginación, comprensión contextual y una capacidad para deliberar en condiciones de incertidumbre, incluso a partir de un solo caso en concreto. Nuestra inteligencia está claro que no tiene más velocidad ni es capaz de acumular tanta información, sin embargo, tiene la posibilidad de rediseñar fines, introducir desvíos y hacerse cargo de lo indeterminado que pueda surgir.  

Lo que quiero aclarar ahora no es el orden de preferencia entre una máquina y nosotros. La cuestión es otra: y es que si confundimos lo que es juicio con calculo, vamos a terminar organizando nuestra vida pública como si toda dificultad pudiera resolverse mediante la elección de lo más rentable. Y es aquí donde la política dejaría de ser una deliberación sobre fines para terminar convirtiéndose en una simple gestión de probabilidades en manos de algoritmos. La dificultad que se me presenta no es que una máquina piense demasiado, sino que seamos nosotros los que pensemos cada vez menos en términos políticos y dejemos ese trabajo a un ordenador.

La deliberación puede ser desplazada por la predicción si aceptamos una neutralidad algorítmica, cosa por otra parte muy discutible, que intentaré aclarar otro día.

martes, 14 de abril de 2026

¡Buenos días! La Verdad Velada.

 


Una de las conversaciones que aparecen muchas veces en nuestros cafés suele ser el tema de la Verdad. Escuche el otro día que no se encuentran plazas que tengan una estatua que este dedicada a la Verdad, a la Libertad sí que las hay. Aunque en Nápoles si que podemos encontrar una escultura de mármol de la Verdad Velada en una capilla, esculpida por Antonio Corradini, 1751.

La cuestión es que la Libertad se publicita más que la Verdad. Y es que tenemos a una parte importante de la sociedad que piensa que poseer una libertad ilimitada es fundamental para conseguir una felicidad plena y verdadera. Según estas personas, una persona no debería de aceptar ninguna regla que le venga impuesta desde fuera, sino que debe ser la misma persona quien determine libre y autónomamente lo que crea justo, verdadero y válido.

Y, lo que yo digo, si no hay una Verdad objetiva, si podemos cambiar el bien con el mal, si resulta que somos incapaces de conseguir la Verdad o ésta está completamente subordinada a uno mismo, entonces resultará que cada persona es su autoridad máxima, con lo que nos encontramos con que no existen reglas generales que sean universalmente válidas, por lo tanto, no es de extrañar que, al no haber un orden moral objetivo, se pueda caer en toda clase de aberraciones. Si soy yo quien decido, si depende de mí, si puedo hacer lo que quiero, entonces, lo bueno o lo malo, lo justo o lo injusto, quién puede vivir o a quién se pueda dar muerte, porque es un ser humano de categoría inferior, será mi decisión.

Resumiendo, haré lo que crea más conveniente para mí, si tengo que utilizar la ley del más fuerte, pues lo haré, si necesito fastidiar a los demás pues que se fastidien.

Tengo pocas dudas de que existe un movimiento en apoyo del relativismo que niega la existencia de una Verdad objetiva, esto es fácil de comprobar actualmente en España, cuando no existe forma de averiguar quien dice la Verdad, cuando se utiliza la mentira como recurso político, y lo que lo hace especialmente doloroso y dañino es cuando son los medios de comunicación social los que se unen a esta forma de actuar.

Qué sabemos sobre la Verdad: sabemos que no debemos falsear la verdad en nuestras relaciones. Se nos dice que: “La virtud de la veracidad da justamente al prójimo lo que le es debido; observa un justo medio entre lo que debe ser expresado y el secreto que debe ser guardado: implica la honradez y la discreción” Y es que decir una mentira es faltar a nuestro deber de fidelidad. O sea, yo no miento cuando no digo la verdad a quien me hace una pregunta indiscreta sobre algo que no tiene derecho a saber. Pero debo tener en cuenta que con la mentira puedo cometer graves faltas, como son el perjurio, el falso testimonio y la calumnia.

Como sé ve, hay que pensar un momento antes de decir alguna que otra verdad ya que debemos evitar estropear la reputación de las personas con mis juicios temerarios, ya que es muy complicado después arreglar esas reputaciones, lo que nos debe llevar a ser prudentes en el momento de hablar. Una cosa es conocer la Verdad y otra como propagarla.

lunes, 13 de abril de 2026

Buenos días. Pensamientos.

 


Nos suele ocurrir que en muchas ocasiones no pensamos lo suficiente las cosas que hacemos, pero esto no quiere decir que no tengamos pensamientos. Cada mañana cuando me despierto, lo primero que advierto es que mis pensamientos ya están ahí, forman parte de mí, me van a acompañar todo el día, me van a aconsejar, me van a alterar y también me van a desanimar. Es así, creo que los controlo, aunque en realidad lo hago pocas veces, hay ocasiones en las que soy incapaz de deshacerme de ellos y me impiden llevar un día tranquilo.

Ciertamente, esto no me sucede desde hace poco tiempo, me lleva sucediendo desde que era joven, un adolescente. Esa diferencia entre ellos, entre los que me ponen triste y los que me alegran es lo que últimamente me está preocupando más. Sobre todo, naturalmente, los tristes, los que me quitan la energía y me impiden expresar lo mejor que puedo mostrar.

No es fácil, o al menos no lo es para mí, deshacerme de esos pensamientos tristes, a veces ese intento es frustrante porque me tocan partes muy sensibles y centrales de mi forma de ser. Y con el tiempo, acabo por dejar de evitarlos y que pasen lo más rápidamente posible.  

De ahí, que últimamente intente conocer esos pensamientos y su relación con mi bienestar o en el caso contrario con mi malestar, con la intención de que me pueda resultar útil para mantenerlos o alejarlos según cada caso.

Me he dando cuenta de que estos intentos que estoy realizando contra esos pensamientos, diría que obsesivos y que por tanto malos pensamientos que me entristecen los está haciendo más fuertes y resistentes. Por el contrario, si me limito a verlos y dejarlos tranquilos sin juzgarlos los debilita, siguen estando presentes, pero poco a poco van perdiendo su capacidad de influencia.  

Veo que no es posible eliminarlos, en mi caso no puedo, tal vez porque se encuentran en algún lugar antes de que pueda actuar mi voluntad y por eso me dedico a protegerme de ellos, dejando más espacio para los que me alegran. Con mis pensamientos alegres sucede lo mismo que con los tristes, permanecen si los estudio, y más si los puedo convertir en acciones.

Lo que estoy haciendo últimamente es; nada más despertarme buscar los pensamientos saludables, con el propósito de establecer un buen estado de ánimo para el resto del día. Una cosa tengo clara, si esos pensamientos positivos los mantengo mientras voy al lavabo, si consigo que sigan conmigo mientras desayuno convirtiéndolos en palabras y traduciéndolos en acciones, me duran prácticamente todo el día.

Parece claro que esos pensamientos a los que les dedico más tiempo, repitiéndolos en mi interior, dialogando o discutiendo con ellos, dándoles nombre y convirtiéndolos en comportamientos y acciones, son los que más se mantienen.