Llevo unos cuantos años viendo como una parte de nuestra sociedad se ha
adueñado del relato, de lo políticamente correcto, de la cultura, de lo qué es
aceptable, qué es moderno y qué es respetable. Un sector de la sociedad que se
ha apoderado de la bandera de la tolerancia, del respeto y de la inclusión, y se
consideran especialistas en todo eso.
Digo todo esto por unas declaraciones que escuche en la entrega de los premios Goya y que me hicieron repasar un poco la manera de ser de una parte de nuestra sociedad que es muy aplaudida por una opinión pública bien adiestrada que no cesa de mostrar esas banderas constantemente. Pero, cuando se trata de lo cristiano, esos diplomas y esas banderas que tanto se ondean en la opinión pública, se esfuman. La burla les parece bien si se dirige a lo católico. Se legitima la degradación, se ridiculiza a la vez que se sigue defendiendo el respeto.
Si esa parte de la sociedad, todo lo que dicen defender se defendiera
no se necesitaría humillar a los que no pensamos igual. Si fuese cierto que se
entiende lo que es el respeto, se tendría en cuenta las ideas de la persona que
está delante. Si en realidad se fuera inclusivo, no se prescindiría continuamente
a quien no comparte las mismas ideas.
Ya sé que esos grupos son lo que dominan la cultura. Los que aparecen
en los medios. Los que ponen nombre a todo lo que sucede. Los que toman las
decisiones de quién interesa y quién no. Han sido ellos mismos los que se han puesto
esas etiquetas, los que se auto publicitan. Nadie les ha obligado a decir unas
cosas y hacer lo contrario.
Nos han dicho que son los referentes a los que mirar, que su moral es
la que hay que seguir. Que defienden a los que son vulnerables. Que están en
contra del odio. Y, cuando se tiene que criticar lo católico, la vara de medir
cambia. Ahora sí que pueden ridiculizar. Ahora sí se puede despreciar. Ahora,
respetar a las personas ya deja de ser obligatorio.
Eso es una falta de coherencia. Eso es tener dos discursos, varios
relatos.
Yo no estoy diciendo que sea un “dechado de virtudes”. No digo que cumplo
mis ideas a la perfección. Digo que intento seguirlas. Que peleo. Que muchas
veces me sale mal y vuelvo a comenzar. Hay una diferencia abismal.
Y es que si miro a todas esas personas que proclaman tolerancia,
respeto, inclusión y después veo como tratan públicamente a lo que es católico,
detecto una incoherencia. Encuentro que existe una distancia entre lo que
afirman y lo que realmente hacen o practican.
Ya sé que van a continuar dominando la opinión pública, que van a ocupar
la mayor parte de los escenarios, que van a continuar repitiendo que son los auténticos
defensores del respeto. Pero la mayoría de la sociedad ya ve que ese discurso
solo se aplica con quien les aplauden y eso no es tener un discurso, es haberlo
leído sin comprenderlo y mucho menos aprendido.
La verdad es que nuestra sociedad lo tiene fácil, se trata de escuchar
el relato y ver cómo se aplica o se cumple. Y sacar conclusiones.

