Me encuentro algunas veces ante acontecimientos que me hacen daño, no
un dolor físico sino moral, hechos que me descomponen por dentro y de los que huyo,
me aparto, se me revuelve el estómago y los evito. Me autocensuro, los esquivo
en las conversaciones y con solo leer el titular de la noticia lo soslayo. Se
trata simplemente de ese refrán tan sencillo y claro de: “ojos que no ven, corazón
que no llora”. Me refiero a cada caso de eutanasia y en especial a este último.
Y es que mi generación algo ha hecho mal, la sociedad que he ayudado a
crear es derrotada en cada ocasión que no puede garantizar el cuidado y el
bienestar de los que son más vulnerables, consiguiendo además que lleguen a la conclusión de que la
muerte es su mejor solución. Mi forma de ver la eutanasia parece claro que
contrasta con la idea de muchos políticos y de mucha gente que, no tengo
dudas, con buena intención se olvidan de que en cada vida hay algo que es único,
que tiene el valor sagrado de un regalo que se nos ha hecho y que como sociedad
tenemos el deber de defender, cueste lo que cueste, y es que cada persona posee
una dignidad infinita.
En este caso al igual que con la guerra siempre he sido del parecer que
algo malo no se soluciona con más cantidad mal, un fuego no se apaga con más
fuego, y la muerte no puede ser la solución a una vida desafortunada, por
desgraciada que sea. La compasión, la auténtica compasión no puede
contraponerse con la bioética que intenta resolver conflictos éticos en la
medicina, ni los derechos de las personas pueden estar a favor de la muerte.
En la sociedad que mi generación debería de haber ayudado a crear, una Ley
debería de estar hecha para defender a los más débiles, y en este caso, Noelia
claramente lo es. Y la vida de esta persona merece ser vivida, valorada y
apreciada, y no hemos estado a la altura como sociedad, y honestamente, la mayoría
de nosotros sabemos que hubiera tenido posibilidades de salir adelante bien
tratada o acompañada como merece. Otra cosa es que, en mi sociedad, de tan
empáticos que nos creemos, hemos quitado las vallas que separan del abismo de la
muerte a los más frágiles y vulnerables. Por desgracia, creo que aun veré cosas
peores. Y en esta ocasión nos hemos equivocado, hemos cometido un error, tal
vez el único error que no se puede ya solucionar.



