martes, 21 de abril de 2026

Buenos días. ¿Ahora sí que sí?

 


Cuantas veces me he encontrado con que una mejoría en mi situación ya sea económica, sentimental o casi de cualquier otro tipo, me ha llevado a pensar: “Ahora sí que sí”. Y durante un tiempo me he sentido encantado de la vida.

Es un tiempo durante el cual me vengo arriba. Todo me parece maravilloso. Pero el tiempo pasa, y lo que sin duda parecía una gran mejoría termina siendo lo normal, mi día a día.

Eso, que ya me ha sucedido varias veces, es una adaptación a lo bueno y que me devuelve a un nivel normal de felicidad. Cuando esto sucede, te das cuenta de que tenemos una facilidad para convertir lo extraordinario en cotidiano.

Después de estar un tiempo buscando y deseando esa cosa que me va a dar un placer inmenso, al cabo de un tiempo me doy cuenta de que he vuelto a un punto casi idéntico al de antes. Es como si la vida me dijera: “Perfecto, disfruta, pero no te emociones mucho que esto dura un plis plas”

A veces he pensado, que, aunque no me guste demasiado, esa adaptación tiene bastante sentido. Las personas hemos sido creadas para adaptarnos. Si no consiguiéramos adaptarnos a la situación en la que nos encontramos nuestra vida estaría llena de altibajos constantes. El problema aparece cuando esos momentos iniciales de una gran felicidad los confundimos, pensando que van a ser una felicidad permanente, y los buscamos continuamente pensando que va a ser el definitivo.

Lo que quiero decir es que: la persona se acostumbra. Para bien y para mal. Si miramos un poco nuestra vida, estoy seguro, de que lo podemos comprobar fácilmente. Con el coche, el teléfono o el piso que acabamos de comprar, y que a los pocos meses ya estamos mirando otro que nos parece mejor.

Aquí aparece en nuestra sociedad el consumismo. Ya que al ser consciente de que la ilusión se nos va apagando, buscamos otra dosis: otra compra, otro cambio, otro objetivo. Y así vamos empalmando deseos. Y al sistema económico, de hecho, le gusta mucho esta forma de afrontar la vida, pues siempre nos pondrá delante algo nuevo que ofrecernos para que tengamos la sensación de que ahora sí, con eso que nos falta ya vamos a ser completamente felices.

Lo que en realidad sucede es que todos los objetivos y las metas que sean puramente materialistas nos van a dar una satisfacción a corto plazo y no a largo plazo. En cambio, lo que suele dejarnos de verdad una felicidad con más solidez son cosas y asuntos que tengan que ver más con las relaciones personales. Lo que no quiere decir que desear vivir en un piso mejor esté mal. Ni mucho menos. Resulta bastante obvio que el dinero nos dará seguridad, algo de comodidad y un margen para vivir mejor, pero estamos hablando de felicidad.

Aquí de lo que se trata es de no creer que esas cosas nos van a dar algo que no pueden ofrecer. Ganar más dinero nos puede ayudar mucho, pero no va a resolver por sí solo nuestra vida interior ni nos puede dar paz mental. Así que lo que tenemos que intentar hacer es prestar más atención a lo que sí alimenta el bienestar de forma más estable.

En el fondo, la cuestión es bastante sencilla, está bien disfrutar de lo material, pero no resulta interesante apoyarse mucho en ello para ser feliz. Porque lo nuevo se pasa. Lo que permanecerá más es cómo vivo, con quién comparto mi vida, a quien se la ofrezco y dónde pongo cada día la atención.

domingo, 19 de abril de 2026

¡Buenos días! ¿Débil?

      



  En una sociedad como la nuestra donde se alaba el control, la dureza e imponer las cosas, cuando se le llama a alguien “débil”, lo primero que nos viene a la cabeza es que se le está menospreciando y es posible que lo podamos interpretar como un insulto. 

        Sin embargo, desde mi humilde punto de vista, si se llama “débil” a una persona cuando pone por delante el amor a las personas, esa posible debilidad adquiere un concepto diferente. La debilidad que se puede mostrar cuando se elige no aplastar, sino que se elige abrazar o cuando esa supuesta debilidad aparece al responder a la violencia con misericordia, eso es una señal de uno de los más grandes signos de amor. 

        Si observamos la debilidad desde ese punto de vista, entonces veremos que no se trata de no tener fuerza, sino tenerla y elegir no utilizarla para destruir. Se trata de tener la posibilidad de imponerse y se elige servir. Se trata de defender la verdad sin necesidad de aplastar a los demás. 

        Sin embargo, somos débiles y limitados, ya que tropezamos muchas veces, nos equivocamos, nos dan miedo nuestros temores, tenemos nuestros miedos, nuestras depresiones y tristezas. Caemos y en muchas ocasiones no deseamos levantarnos sino más bien quedarnos tranquilamente en el triste consuelo de la autocompasión, o quedarnos dormidos en la dura cama de la huida. 

        ¿Qué hacer entonces? Tal vez nuestra mayor debilidad se encuentre en no saber qué hacer con ella o, es más desesperar. Si somos conscientes de que todos podemos tener esas debilidades ¿Por qué no aprovecharnos? Es por lo tanto ese “todos somos débiles” la ocasión para ver el camino a seguir. Sí, mi debilidad puede ser un lugar donde encontrarme con los demás: es saber de mis debilidades lo que lleva a perdonar, lo que me ayuda a comprender a otros. Pero eso no se hace automáticamente. Se necesita antes un trabajo para ver donde se encuentran nuestros límites y recorrer un largo camino que estará lleno de sudores, ampollas y heridas.  

        Compartir esa debilidad nuestra es también algo que nos hace fuertes. El tener la experiencia de un tropiezo y tomar la decisión de comunicárselo a algún amigo puede ser el motivo de un encuentro maravilloso, un encuentro de debilidades que puede ser capaz de mover montañas. 

sábado, 18 de abril de 2026

¡Buenos días! ¿Hacer política con la IA?


       

 Siguiendo con el tema del otro día, tenemos que mirar bien esa leyenda que dice que existe una neutralidad en los algoritmos. Decíamos que existe la posibilidad de que los algoritmos tomen decisiones políticas y que esto presentaría un problema para la democracia. En una democracia debe de existir un debate ante un conflicto, no soluciones basadas en anticiparse al futuro a partir de patrones y estadísticas que siempre son sobre hechos pasados, olvidándose y negando la opción no siempre predecible de la libertad humana. Cómo decía ayer: el dialogo sería desplazado por la predicción. 

        Una democracia no es solo una forma de detectar las preferencias de las personas, sino que se trata también de un lugar donde esas preferencias pueden acomodarse o transformarse. Si existen desigualdades ya establecidas en el tiempo y la decisión de cómo solucionarlas la basamos en predicciones y estadísticas, vamos a correr el riesgo de que afectaran de manera desigual a los sectores más vulnerables, bajo la apariencia de una neutralidad técnica. 

        Muchas personas afirman que los algoritmos están libres de prejuicios y que son objetivos. Pero unos datos por sí solos no dicen nada. Tienen que ser seleccionados, organizados y analizados según criterios que siempre responden a intereses, a prioridades y a unas normas que ya se han establecido. Es más, el aprendizaje informático se hace dentro de unas reglas diseñadas por alguien. Esa supuesta neutralidad no es otra cosa que una forma elegante de tener tomada ya una decisión. 

        Da la casualidad de que cuanto más complicados y complejos se convierten estos sistemas informáticos, más difícil nos resulta saber desde donde se ejerce el poder. La dominación ya no tiene que darse a conocer mediante ir dando órdenes y dictar prohibiciones, sino que se puede dar mediante una discreta forma de recomendaciones, y de optimizaciones. Ya no hace falta que se nos obligue, sino que se nos oriente. Y es precisamente esa orientación, por su carácter técnico, tiende a parecernos natural como si fuese una decisión política.  

        Ante el problema anterior, se puede decir, y de hecho se nos dice, que con un buen nivel de transparencia ese problema estaría resuelto. Pero esto no es suficiente ya que no toda transparencia es políticamente relevante, ni toda opacidad es antidemocrática. Que conozca el código de un sistema no me garantiza que comprenda su impacto social ni posibilita un control democrático efectivo.  

        La cuestión no es que hacer para regular el poder de la inteligencia artificial, sino que hacer para añadirla en la cadena de legitimidad democrática. Cuando ponemos en acción sistemas que aprenden y se adaptan, ¿quién asume la representación? ¿Cómo se mantiene la  igualdad cuando las decisiones son personalizadas?  ¿Qué ocurre con la deliberación cuando las preferencias son moldeadas antes de que lleguen a expresarse públicamente? 

        La IA en el momento en que se utiliza para crear normas, organizar comportamientos y condicionar expectativas no puede ser pensada como algo fuera de la política. Para regularla no hay que imponer límites técnicos, sino preparar a las instituciones para que sean capaces de integrar toda esa tecnología sin tener que renunciar al autogobierno.

        Es posible que el peligro más grande de la IA no sea que nos domine, sino algo más sutil: que vayamos poco a poco renunciando a decidir. Automatizar una administración no es solo delegar tareas; es aceptar sin darnos cuenta de que ciertas decisiones ya no merecen deliberación humana porque  el sistema “lo hace mejor”.  Esta lógica puede ser razonable en ámbitos técnicos específicos, pero se vuelve problemática cuando se extiende a decisiones que involucran valores y derechos humanos. Si nadie decide, nadie responde. 

        Tal vez nuestro problema con la IA y su relación con la democracia no se encuentra en que deleguemos tareas en las maquinas, sino que ya no nos preguntemos por los motivos por los que hemos elegido unos fines determinados. Y es que cuando la optimización sustituye al juicio, la política se va debilitando sin que necesariamente lo notemos y esa debilidad no es un problema técnico, es una forma de renuncia. Renunciar a pensar y decidir. 


jueves, 16 de abril de 2026

¡Buenos días! ¿Una democracia con IA?

 


Pensaba en la tarde de ayer: ¿Qué pasaría con la democracia si una parte de las decisiones que se deben tomar después de una deliberación pasan a estar automatizadas por sistemas algorítmicos?

Hasta ahora la tecnología la estamos mirando como algo apartado de la política, solamente se usa para fines muy definidos. Sin embargo, con la fuerte irrupción de la inteligencia artificial, esos fines se pueden ampliar. Si repasamos lo que hacen los algoritmos veremos que no se usan solo para cumplir órdenes, sino que en unos determinados entornos es posible que puedan tomar decisiones, clasificando, precediendo y haciendo recomendaciones. De hecho, ya eligen qué opciones vas a ver primero, qué ideas se vuelven invisibles y que riesgos son aceptables. Lo que están haciendo de momento no es sustituir la decisión humana, sino que rediseñan la situación para que podamos decidir con más sentido.

Pero dar un paso adelante y permitir que los algoritmos tomen decisiones es muy sencillo. Esa mutación si se llega a dar en la política nos plantea un serio problema y es que no debemos olvidar que la democracia moderna se apoya en la opción de atribuir decisiones y poder discutirlas públicamente. Sin embargo, ¿Cómo mantener esa idea democrática cuando los procesos de una decisión se vuelvan opacos y estadísticos? ¿Quién es responsable cuando nadie decide en un sentido estricto?

Este tipo de preguntas ya nos las hemos planteado en alguna ocasión, pero no recuerdo haberlo hecho en el contexto democrático y político. No quiero ahora meterme en los problemas del poder de una superinteligencia y alimentar ideas sobre el control total de las maquinas, lo que me interesa es pensar sobre cómo puede cambiar una decisión democrática en un espacio cada vez más automatizado.  

Todavía no sé cómo afectara a una democracia si las decisiones importantes son delegadas a sistemas informáticos que suelen ser opacos y por supuesto adaptarse a unas ideas concretas.

Para ir entendiendo el problema primero debo tener claro los dos tipos de inteligencia que tengo delante. La IA (Inteligencia Artificial) que ahora tenemos está basada en una gran capacidad de procesar datos, detectar patrones y optimizar funciones a lo que tenemos que añadir en un buen aprendizaje automático y en un lenguaje cada día más perfecto y comprensible. Pero toda esa potencia de trabajo no equivale a tener una comprensión de los temas. Un sistema informático aprende a partir de estadísticas que va recibiendo, o sea de hechos y datos que ya han sucedido. No comprenden las situaciones y no generan sentido pues no se enfrentan a lo nuevo como tal.

En cambio, nuestra inteligencia, que no llama la atención por su eficacia en procesar datos, incluye juicio, imaginación, comprensión contextual y una capacidad para deliberar en condiciones de incertidumbre, incluso a partir de un solo caso en concreto. Nuestra inteligencia está claro que no tiene más velocidad ni es capaz de acumular tanta información, sin embargo, tiene la posibilidad de rediseñar fines, introducir desvíos y hacerse cargo de lo indeterminado que pueda surgir.  

Lo que quiero aclarar ahora no es el orden de preferencia entre una máquina y nosotros. La cuestión es otra: y es que si confundimos lo que es juicio con calculo, vamos a terminar organizando nuestra vida pública como si toda dificultad pudiera resolverse mediante la elección de lo más rentable. Y es aquí donde la política dejaría de ser una deliberación sobre fines para terminar convirtiéndose en una simple gestión de probabilidades en manos de algoritmos. La dificultad que se me presenta no es que una máquina piense demasiado, sino que seamos nosotros los que pensemos cada vez menos en términos políticos y dejemos ese trabajo a un ordenador.

La deliberación puede ser desplazada por la predicción si aceptamos una neutralidad algorítmica, cosa por otra parte muy discutible, que intentaré aclarar otro día.

martes, 14 de abril de 2026

¡Buenos días! La Verdad Velada.

 


Una de las conversaciones que aparecen muchas veces en nuestros cafés suele ser el tema de la Verdad. Escuche el otro día que no se encuentran plazas que tengan una estatua que este dedicada a la Verdad, a la Libertad sí que las hay. Aunque en Nápoles si que podemos encontrar una escultura de mármol de la Verdad Velada en una capilla, esculpida por Antonio Corradini, 1751.

La cuestión es que la Libertad se publicita más que la Verdad. Y es que tenemos a una parte importante de la sociedad que piensa que poseer una libertad ilimitada es fundamental para conseguir una felicidad plena y verdadera. Según estas personas, una persona no debería de aceptar ninguna regla que le venga impuesta desde fuera, sino que debe ser la misma persona quien determine libre y autónomamente lo que crea justo, verdadero y válido.

Y, lo que yo digo, si no hay una Verdad objetiva, si podemos cambiar el bien con el mal, si resulta que somos incapaces de conseguir la Verdad o ésta está completamente subordinada a uno mismo, entonces resultará que cada persona es su autoridad máxima, con lo que nos encontramos con que no existen reglas generales que sean universalmente válidas, por lo tanto, no es de extrañar que, al no haber un orden moral objetivo, se pueda caer en toda clase de aberraciones. Si soy yo quien decido, si depende de mí, si puedo hacer lo que quiero, entonces, lo bueno o lo malo, lo justo o lo injusto, quién puede vivir o a quién se pueda dar muerte, porque es un ser humano de categoría inferior, será mi decisión.

Resumiendo, haré lo que crea más conveniente para mí, si tengo que utilizar la ley del más fuerte, pues lo haré, si necesito fastidiar a los demás pues que se fastidien.

Tengo pocas dudas de que existe un movimiento en apoyo del relativismo que niega la existencia de una Verdad objetiva, esto es fácil de comprobar actualmente en España, cuando no existe forma de averiguar quien dice la Verdad, cuando se utiliza la mentira como recurso político, y lo que lo hace especialmente doloroso y dañino es cuando son los medios de comunicación social los que se unen a esta forma de actuar.

Qué sabemos sobre la Verdad: sabemos que no debemos falsear la verdad en nuestras relaciones. Se nos dice que: “La virtud de la veracidad da justamente al prójimo lo que le es debido; observa un justo medio entre lo que debe ser expresado y el secreto que debe ser guardado: implica la honradez y la discreción” Y es que decir una mentira es faltar a nuestro deber de fidelidad. O sea, yo no miento cuando no digo la verdad a quien me hace una pregunta indiscreta sobre algo que no tiene derecho a saber. Pero debo tener en cuenta que con la mentira puedo cometer graves faltas, como son el perjurio, el falso testimonio y la calumnia.

Como sé ve, hay que pensar un momento antes de decir alguna que otra verdad ya que debemos evitar estropear la reputación de las personas con mis juicios temerarios, ya que es muy complicado después arreglar esas reputaciones, lo que nos debe llevar a ser prudentes en el momento de hablar. Una cosa es conocer la Verdad y otra como propagarla.

lunes, 13 de abril de 2026

Buenos días. Pensamientos.

 


Nos suele ocurrir que en muchas ocasiones no pensamos lo suficiente las cosas que hacemos, pero esto no quiere decir que no tengamos pensamientos. Cada mañana cuando me despierto, lo primero que advierto es que mis pensamientos ya están ahí, forman parte de mí, me van a acompañar todo el día, me van a aconsejar, me van a alterar y también me van a desanimar. Es así, creo que los controlo, aunque en realidad lo hago pocas veces, hay ocasiones en las que soy incapaz de deshacerme de ellos y me impiden llevar un día tranquilo.

Ciertamente, esto no me sucede desde hace poco tiempo, me lleva sucediendo desde que era joven, un adolescente. Esa diferencia entre ellos, entre los que me ponen triste y los que me alegran es lo que últimamente me está preocupando más. Sobre todo, naturalmente, los tristes, los que me quitan la energía y me impiden expresar lo mejor que puedo mostrar.

No es fácil, o al menos no lo es para mí, deshacerme de esos pensamientos tristes, a veces ese intento es frustrante porque me tocan partes muy sensibles y centrales de mi forma de ser. Y con el tiempo, acabo por dejar de evitarlos y que pasen lo más rápidamente posible.  

De ahí, que últimamente intente conocer esos pensamientos y su relación con mi bienestar o en el caso contrario con mi malestar, con la intención de que me pueda resultar útil para mantenerlos o alejarlos según cada caso.

Me he dando cuenta de que estos intentos que estoy realizando contra esos pensamientos, diría que obsesivos y que por tanto malos pensamientos que me entristecen los está haciendo más fuertes y resistentes. Por el contrario, si me limito a verlos y dejarlos tranquilos sin juzgarlos los debilita, siguen estando presentes, pero poco a poco van perdiendo su capacidad de influencia.  

Veo que no es posible eliminarlos, en mi caso no puedo, tal vez porque se encuentran en algún lugar antes de que pueda actuar mi voluntad y por eso me dedico a protegerme de ellos, dejando más espacio para los que me alegran. Con mis pensamientos alegres sucede lo mismo que con los tristes, permanecen si los estudio, y más si los puedo convertir en acciones.

Lo que estoy haciendo últimamente es; nada más despertarme buscar los pensamientos saludables, con el propósito de establecer un buen estado de ánimo para el resto del día. Una cosa tengo clara, si esos pensamientos positivos los mantengo mientras voy al lavabo, si consigo que sigan conmigo mientras desayuno convirtiéndolos en palabras y traduciéndolos en acciones, me duran prácticamente todo el día.

Parece claro que esos pensamientos a los que les dedico más tiempo, repitiéndolos en mi interior, dialogando o discutiendo con ellos, dándoles nombre y convirtiéndolos en comportamientos y acciones, son los que más se mantienen.

viernes, 10 de abril de 2026

¡Buenos días! ¿Condiciones para desear vivir?

       


         Me ha sorprendido esta mañana que se pueda considerar como un avance social la decisión de morir de una persona que había dejado de sentir el cuidado y el afecto de los que la rodeaban, me parece que celebrar este hecho encierra cierta miopía moral. Porque la pregunta que me surge al recordar el caso de Noelia, no es solamente si una persona tiene derecho a morir, sino si nuestra sociedad y nuestro Estado han actuado como debían, y si han hecho todo lo posible para que esa persona deseara vivir. 

        No quiero simplificar el tema. Pues la eutanasia nos sitúa delante cuestiones profundas. Pero está mañana me pregunto si apelar a la libertad de la persona no esconde una forma de resignación o tal vez de rendición de nuestra sociedad.  

        La cuestión es que Noelia solicitó la eutanasia y su petición fue atendida. Encuentro muy complicado no sentir una profunda tristeza y preocupación. Ante esto me encuentro, por una parte, con el dolor de Noelia que llega hasta el punto de desear la muerte como una liberación a todo su sufrimiento. Por otra parte, me encuentro con que existe un marco legal que nos presenta esta decisión como un signo de progreso y un respeto a la libertad. Estos dos aspectos es lo que explica mi desconcierto. Porque una cosa es entender y comprender el sufrimiento de esa persona que desea morir y otra cosa muy diferente es celebrar ese final como un progreso moral. 

        He visto que en este caso el argumento principal para defender la eutanasia es la libertad. Se me muestra como una expresión de la autonomía de la persona. Pero, mi pregunta principal no es otra qué: ¿es realmente un acto de libertad desear mi propia muerte? ¿O se trata de la expresión de una libertad herida por el sufrimiento? La libertad, en su sentido más profundo, busca y ama la vida. No a una vida cualquiera, sino plenamente humana. Y esa plenitud depende mucho de la calidad de las relaciones humanas que me permiten amar y ser amado, de unas condiciones mínimas de bienestar, de la presencia de personas que me acompañen incondicionalmente, y cuando todo esto falla, la libertad tiene poco de donde elegir. 

        Nietzsche dijo que: “Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”. Mi sufrimiento puedo vivirlo de una manera distinta si he encontrado un sentido, afecto y alguna razón para continuar viviendo. Cuando todo esto desaparece, mi vida puede convertirse en un peso muy difícil de soportar.  

        Desde este punto de vista, la muerte de Noelia la encuentro especialmente significativa. Sus ganas de morir no aparecen sin más, sino después de años de falta de afecto, violencia, debilidad psicológica y dolor físico. ¿Se puede comprender que una persona en esa situación llegue a desear la muerte? A mi juicio, sí. Pero precisamente por eso, me es muy complicado considerar esa decisión como un acto realmente libre. Más bien parece la consecuencia de una libertad debilitada por la ausencia de condiciones que hacen posible una vida verdaderamente humana.

        Creo que este caso es extremo. Es verdad que en su vida pasó por experiencias particularmente difíciles, con violencia sexual incluida. Pero, otros aspectos de su vida no son tan excepcionales. Son muchos los jóvenes que hoy en día pasan por heridas afectivas, ansiedad, soledad o pérdida del sentido de la vida. De ahí que no me extrañe que muchos jóvenes se hayan podido reconocer, al menos un poco, en la historia de Noelia. 

        Y es aquí donde me surge una inquietud que considero legitima, y es que cuando la sociedad en la que vivo me presenta como un avance la posibilidad de poner fin a la propia vida en situaciones de fuertes dolores y sufrimiento, veo que esta abriendo un precedente delicado, en especial en una generación que se nos presenta muy vulnerable emocionalmente, solamente hay que mirar la tasa de suicidios. 

        Existe, además, otra cosa que aumenta mi preocupación. Me resulta complicado entender como un adelanto social una ley que ayuda a poner fin a la propia vida cuando el Estado no está dispuesto a gastar lo necesario para acompañar a las personas que necesiten atención psicológica o cuidados paliativos. Y es que la libertad no se puede reducir a elegir la muerte cuando faltan las condiciones para querer vivir. La sociedad si en verdad quiere ser humana debería esforzarse en primer lugar a garantizar el cuidado y el acompañamiento. Ya que, en caso contrario, la posibilidad de que la libertad se convierta en expresión de un abandono es muy grande y peligroso. 

        Si faltan el cuidado y el afecto a las personas más necesitadas, si no existe a donde dirigirse cuando se tienen ese tipo de problemas, la libertad se convierte en desesperación, y las actuaciones que nacen de la desesperación es muy complicado entender las como una expresión de una verdadera libertad. 

        La sociedad y el Estado deberían hacerse no solamente la pregunta de si respetan la libertad de quien desea morir, sino si han sabido dar las condiciones que hacen posible desear vivir.  


jueves, 9 de abril de 2026

¡Buenos días! Cuanto menos se comparte, menos se puede compartir.

         

         Me he encontrado esta mañana una frase de Aristóteles que me ha hecho pensar: “la amistad profunda requiere unidad de visión del mundo. Cuanto más vivo, más descubro cuán cierto es este principio, aunque a veces también resulte desgarrador”.

        Como vemos no pertenece a nuestra generación solamente la necesidad de buscar relaciones que estén por encima de profundas diferencias, todos deseamos amar, convivir y relacionarnos con personas, aunque sean muy diferentes a nosotros. Esto lo considero normal y bueno, en la medida en que sea posible.

        Es a partir de este punto donde resulta interesante ver la diferencia entre un cierto nivel de relación a pesar de una gran diversidad y otro nivel en el que aparece una amistad profunda. Debo, ahora, hacer hincapié en una cuestión: no se trata de que yo rechace o evite a quien tenga una visión de la vida diferente. Sin embargo, una cosa es de sentido común: cuanto menos se comparte, menos se puede compartir. 

        Veamos un poco esta cuestión, tenemos que reconocer que todas las personas compartimos el mismo grado de humanidad o sea poseemos la misma dignidad. Por lo tanto, nuestra caridad debe alcanzar a todos, pero una amistad profunda solo se puede dar a unos pocos. Más allá del respeto que hay que tener con todos, e incluso de la caridad cristiana, que va mucho más allá del respeto, también pueden existir buenas relaciones entre personas con diferentes visiones del mundo. Estas relaciones son muy importantes, a pesar de que puedan ser limitadas. Reconocer y respetar esos límites no resulta un impedimento para esas relaciones; al contrario, permite su verdadera realización. Hay un refrán interesante para esto: “nunca actúes como si tuvieras más en común de lo que realmente tienes”.  Y es que, cómo bien sabemos, la clave para cualquier relación es la verdad.

        Cuando pensamos que podemos tener una amistad profunda a pesar de tener visiones fundamentalmente diferentes del mundo, se nos aparece por una incomprensión, no tanto por lo que entendemos por amistad sino de como consideramos la vida humana misma. Si la amistad es una forma de vivir una vida juntos, entonces su calidad y características están determinadas por lo que significa vivir una vida humana.

        Ahora bien, el convencimiento y la convicción que tengamos sobre verdades fundamentales no van a ser un aspecto secundario en nuestra vida, se tratan de los fundamentos que le dan forma en todos sus aspectos. Tal vez por esta razón Sócrates en uno de sus Diálogos se pregunta: ¿Qué son lo justo y lo injusto, lo bueno y lo malo, lo honorable y lo deshonroso? ¿Acaso no son estos los temas de controversia sobre los que, cuando no logramos llegar a una decisión satisfactoria, tú, yo y los demás discutimos?

        Entiendo que Sócrates no está diciendo que los amigos nunca discuten. Sino que la discusión a la se refiere es algo más profundo, algo que va a impedir un verdadero entendimiento mutuo. 

        En estos días que estamos viviendo, es necesario respetar siempre a los demás y hacer un esfuerzo para llevarnos bien. Una de nuestras vocaciones más profundas es la de dar una caridad cristiana a todos. Además, en nuestra vida nos vamos a cruzar con personas muy diferentes con las que tendremos relaciones maravillosamente significativas a la vez que desafiantes. Nada de esto cambia la naturaleza ni la exigencia única de una amistad profunda. Es más, nuestra vida puede y debe ser una especie de conjunto en armonía de diferentes clases de relaciones. 

        Darse cuenta y reconocer la verdad sobre las grandes exigencias de la amistad no solo conseguirá que estas relaciones sean más profundas, sino que a la vez enriquecerá todas las demás. 

miércoles, 8 de abril de 2026

¡Buenos días! Dar libertad.



        Cuantas veces al estar con una persona nos hemos dado cuenta de que nos oprime, de que nos encoge y que  nos sentimos menos libres y en cambio con otras sentimos que nos ensanchan, que podemos sentir toda nuestra libertad. Y la pregunta que ahora yo me hago no es como aprovecho esa sensación de libertad que se me presenta o cómo me tengo que comportar ante esa incomodidad que me provocan, sino qué la pregunta debe ser: que les sucede a los demás cuando se encuentran conmigo. Y es que hay relaciones que nos liberan y otras que nos atan. Hay ambientes que nos provocan proyectos, sueños, creatividad y ganas de hacer las cosas bien, y por el contrario nos encontramos a veces en otros que nos generan desconfianza, sumisión o cinismo. 

        Todas las personas tenemos un extraño poder, un poder silencioso con el que trasmitimos sensaciones. La forma y el tono con el que hablamos, nuestros ojos que miran de una manera especial, la expectativa que colocamos sobre alguien, lo que decimos o lo que nos callamos, todo esto son cosas que abren o cierran expectativas en los demás. Mostrar nuestra forma de ser, sentirnos libres y poder mostrar nuestros miedos, nuestras necesidades o mis proyectos a los demás no debe ser nunca una manera de colonizar la vida del otro, sino la de darle libertad, que se sienta más libre con nosotros.  

        Estaría bien que nuestra presencia, la sensación que proyectásemos fuera la de que los que nos rodean se sientan más libres. Vivir nuestra vida de manera que los otros vivan. 

        Una de nuestras tareas debe ser la de ayudar a que cada persona encuentre su yo más original. Nuestras necesidades, nuestras preferencias, ideas o prejuicios nos pueden llevar a poner etiquetas, a decidir de ante mano quién puede hacer y quién no, o dar casos cerrados antes de tiempo. Nuestra manera de ser debe comenzar por dar confianza y establecer un entorno donde los demás puedan aprender a hacerse responsables de su propia libertad. Nosotros debemos intentar dar libertad. 


martes, 7 de abril de 2026

¡Buenos días! El futuro definitivo.

 


Todos los días realizamos acciones que miran al futuro, lo hacemos ya casi sin darnos cuenta. Algunas veces nuestra mirada se encuentra fija en un futuro inmediato: pongo a calentar el horno para dentro de nada preparar una pizza. Otras veces miramos a un futuro que se encuentra más lejos: cuando hacemos una reserva de un hotel para nuestras vacaciones.

En alguna ocasión, ese futuro no se cumple. La reserva del hotel quedo en nada, ya que cogimos un fuerte resfriado justo el día antes. Pero, gracias a Dios, son muchas las veces que ese futuro se cumple y hemos disfrutado de esa reserva de hotel.

Lo que parece claro es que muchos de esos futuros de basan en acciones que realizamos en el presente. Y, esos actos son, muchas veces, la consecuencia de nuestras decisiones. También lo son, en buena parte, con el cruce de las acciones que realizan otros: una huelga en el transporte nos impide disfrutar de esa reserva de hotel. Si lo pensamos, nos debería de sorprender ver que el futuro se cumple tal como habíamos previsto. También, debería ser normal que nos preparásemos ante los imprevistos que sin duda van a aparecer en ese futuro y que nos obligan a cambiar todos los planes.

Nuestra vida es así, realizamos muchas acciones con la esperanza de que las cosas van a ir bien, pero con la incertidumbre de que no vamos a poder controlar todas las variables que aparecerán en los diferentes proyectos que planeemos. En ese esfuerzo que hacemos día a día por tomar buenas decisiones, mirando a un futuro que esperamos bueno, vale la pena mirar y pensar en el futuro definitivo, ese futuro que da sentido a nuestra vida: el que comenzará tras la muerte, cuando nos encontremos frente a frente con la vida eterna.