martes, 7 de abril de 2026

¡Buenos días! El futuro definitivo.

 


Todos los días realizamos acciones que miran al futuro, lo hacemos ya casi sin darnos cuenta. Algunas veces nuestra mirada se encuentra fija en un futuro inmediato: pongo a calentar el horno para dentro de nada preparar una pizza. Otras veces miramos a un futuro que se encuentra más lejos: cuando hacemos una reserva de un hotel para nuestras vacaciones.

En alguna ocasión, ese futuro no se cumple. La reserva del hotel quedo en nada, ya que cogimos un fuerte resfriado justo el día antes. Pero, gracias a Dios, son muchas las veces que ese futuro se cumple y hemos disfrutado de esa reserva de hotel.

Lo que parece claro es que muchos de esos futuros de basan en acciones que realizamos en el presente. Y, esos actos son, muchas veces, la consecuencia de nuestras decisiones. También lo son, en buena parte, con el cruce de las acciones que realizan otros: una huelga en el transporte nos impide disfrutar de esa reserva de hotel. Si lo pensamos, nos debería de sorprender ver que el futuro se cumple tal como habíamos previsto. También, debería ser normal que nos preparásemos ante los imprevistos que sin duda van a aparecer en ese futuro y que nos obligan a cambiar todos los planes.

Nuestra vida es así, realizamos muchas acciones con la esperanza de que las cosas van a ir bien, pero con la incertidumbre de que no vamos a poder controlar todas las variables que aparecerán en los diferentes proyectos que planeemos. En ese esfuerzo que hacemos día a día por tomar buenas decisiones, mirando a un futuro que esperamos bueno, vale la pena mirar y pensar en el futuro definitivo, ese futuro que da sentido a nuestra vida: el que comenzará tras la muerte, cuando nos encontremos frente a frente con la vida eterna.

lunes, 6 de abril de 2026

¡Buenos días! Domingo de Resurrección.



Ayer fue el Domingo de Resurrección, y esta mañana recordaba la importancia que tiene este día, pues nos viene a decir que la historia de una persona no termina en un fracaso ni en la muerte. Me recordaron que la vida vencerá definitivamente.

Pero claro, para esto hay que creer en la resurrección, lo que significa que no solo hay que decir que Jesús resucitó hace dos mil y pico años. Se trata por lo tanto de vivir con la seguridad de que el amor es más fuerte que la muerte y que el destino final del hombre es la vida eterna. Con la seguridad de que esto es así, nuestra forma de mirar el día a día cambia y se nos abre delante de nosotros una esperanza que no termina.  

Las personas creemos muchas cosas en nuestro día a día: confiamos en el GPS que nos guía, en el pronóstico del tiempo o en descubrimientos científicos que generalmente no comprendemos del todo. Pero no todas las verdades necesitan apoyarse en la misma clase de creencia. Las hay que solo se necesita aceptar un dato, mientras que hay otras que implican un compromiso mucho más hondo. Y la resurrección pertenece a esta última clase.

Conocer ciertas verdades exige algo de quien las conoce. Hay verdades que basta con tener mucha información y aceptarla, pero existen otras que es la misma persona la que tiene que transformarse para comprenderlas. Hay también conocimientos que vamos acumulando, donde cada cosa nueva que averiguamos se apoya en las anteriores. Pero existe otra clase de conocimiento, que cada persona debe de acoger personalmente. El camino de la sabiduría nadie lo puede caminar por nosotros.

Para comprender el misterio de la resurrección se debe tener una disposición de ánimo hacia la esperanza. La esperanza es mirar al futuro con confianza. Para un cristiano la esperanza no es ser un optimista ingenuo, sino tener la seguridad de que su destino final se encuentra en Dios. Si una persona consigue vivir con esa esperanza, su forma de ver el mundo va a cambiar. Las dificultades que se va a encontrar en su vida no van a desaparecer, pero se verán desde otro punto de vista.

Creer que la vida no se termina en la muerte, sino que se transforma, nos permitirá vivir con mayor libertad, generosidad y valentía. Esto no nos aleja de la realidad, sino que esta esperanza nos lleva a comprometernos más con ella.

Si yo creo que mi vida tiene un destino eterno no voy a despreciar el mundo, todo lo contrario, lo valorare más profundamente. Cada persona con la que me cruce, cada acción que realice, cada acto de amor y justicia adquirirán un significado que irá más allá del tiempo.

Las personas muchas veces tenemos deseos que no son demasiado grandes, incluso en este caso me atrevería a decir, demasiado pequeños, nos conformamos con una vida que termina con la muerte cuando estamos llamados a la vida eterna. Nos conformamos con satisfacciones pasajeras cuando podemos conseguir una alegría mucho mayor.  

Ayer recordamos justamente que creer en la resurrección, entonces, no es solo afirmar que Jesús resucitó hace dos mil años. Es vivir con la certeza de que el amor es más fuerte que la muerte y que el destino último del ser humano es la vida eterna. Esa certeza cambia la forma de mirar el presente y nos abre el corazón a una esperanza que no termina.

domingo, 5 de abril de 2026

¡Buenos días! Tener el poder y tener autoridad.



        Existe y deberíamos de saber que hay una diferencia entre tener el poder y tener autoridad. Cada día que pasa me voy dando cuenta de que existen muchas personas que no la ven, ya que al ser cada día más grande esa diferencia, no las relacionan, y entender la diferencia entre el poder formal y la legitimidad moral y comprender bien esta diferencia es un requisito fundamental para estudiar nuestra estabilidad social, la justicia y la eficacia de los liderazgos. 

        Vemos con frecuencia como existen tensiones entre poder y autoridad en el ambiente político, empresarial y cultural. Podemos pensar que estos roces son simplemente superficiales, pero en realidad no lo son. Ver la diferencia entre el poder formal y la legitimidad moral es clave para comprender por qué algunos líderes consiguen respeto y colaboración, mientras que otros imponen su voluntad sin conseguir lealtad ni reconocimiento. 

        Suele decirse que una verdadera autoridad, es aquella a la que puedo someterme libremente sin sentir ninguna clase de humillación. Según esto la verdadera autoridad no se impone por la fuerza, sino que se basa en el respeto y el consentimiento de quien la reconoce. En la vieja Roma se entendía la autoridad de una manera parecida: la autoridad no residía en el poder legal ni en la coacción, sino en la legitimidad moral. Era la capacidad de inducir obediencia no solo por deber, sino por la confianza que inspiraba quien ejercía el mando.

        Los romanos apoyaban el concepto de autoridad en el derecho, la tradición y el prestigio de la persona, se aplicaba no solo en la vida política sino también en la familiar y militar. La autoridad implicaba influencia moral, unida a la reputación, la integridad y la prudencia, y de echo era reconocida por quienes se encontraban en un escalón superior. Por lo tanto, el poder representaba la autoridad formal, legal y administrativa que un gobernante o un magistrado podía ejercer, mientras que la autoridad la legitimaba y reforzaba, pudiendo influir en decisiones políticas aun sin disponer de poder ejecutivo. 

        Estas diferencias ya vemos que vienen de lejos, pues los romanos ya nos insinúan que el poder que no tiene autoridad no suele percibirse como auténtico y tiende a anular a quien posee autoridad reconocida, incluso llegando a considerarlo como su mayor amenaza. 

        Por lo tanto, un gobernante que por serlo tiene poder pero carece de autoridad, por naturaleza, restringirá la libertad ya que se le obedecerá por obligación. Neutralizará esa falta de autoridad mediante artimañas, agresiones o campañas de desprestigio. Esto se viene repitiendo a lo largo de la historia, la condena en Atenas de Sócrates o como el estalinismo en la URSS purgo a los intelectuales nos pueden servir de ejemplos. Y continua hoy en día, lo podemos experimentar nosotros mismos con solo observar las noticias. 

        Sin ir más lejos en el mundo de la empresa nos encontramos con directivos que ponen por delante la obediencia ciega y el control sobre el talento y la iniciativa, por lo que limitan la creatividad y penalizan a los que cuestionan actuaciones injustas o ineficaces, creando lugares de trabajo que rayan lo opresivo. 

        En la política también lo vemos, con demasiada frecuencia nos encontramos con personas que ascienden a cargos de responsabilidad carentes de virtud o experiencia. Naturalmente sin nada de autoridad reconocida, pueden acabar más centradas en conservar el poder que en promover el bien común.  Su poder, frágil de base, suele sostenerse mediante coacción, populismo o maniobras mediáticas, generando desconfianza y fragmentación social.  

        El mundo de la cultura también posee en algunos lugares esa fragmentación. La mediocridad, promovida por estructuras jerárquicas o tendencias de popularidad, tiende a eclipsar y devaluar lo genuinamente innovador o sobresaliente. La crítica se convierte en censura tácita, y la libertad creativa se ve restringida por la presión social o por modelos que favorecen lo anodino o políticamente correcto, frente a lo valioso y arriesgado.

        En ocasiones, no es la gente más educada o cultivada quien marcan el tono social, sino otra menos exigente que termina imponiendo sus gustos. Lo mediocre por lo general tiende despreciar lo que es sobresaliente, tal vez el motivo sea porque no conoce el trabajo que cuesta alcanzarlo o porque se ha conformado con una visión desesperanzada de la realidad.

        Por eso hoy parece imponerse a veces una estética empobrecida y cierta tendencia a la nivelación por abajo.  Lo ordinario puede mirar con recelo lo valioso y tratar de someterlo, dificultando que quienes poseen autoridad real ocupen el lugar que les correspondería por su mérito y valía.

        No tenemos que ser pesimistas ante este panorama, hay que aspirar a que un modelo basado en el merito termine por establecerse, en el que una autoridad verdadera se corresponda al lugar que ocupa y no se ponga por encima de lo excelente lo mediocre. Solo así podrán consolidarse en nuestra sociedad acciones políticas y entornos corporativos en los que los objetivos de bien común y justicia queden efectivamente respetados.


sábado, 4 de abril de 2026

¡Buenos días! Cada decisión cuenta.

   


   

      Se planteaba el otro día en una de esas conversaciones de café la paradoja del tranvía y me di cuenta al repasarla que no existe ninguna solución que no nos cause dolor, no hay respuesta sin dolor, ya que cada respuesta que pueda dar causara una víctima. Ese el kit de la cuestión en este dilema: la discusión entre nuestros razonamientos que hacen cálculos y nuestro corazón que siente.

        Repasemos lo que plantea la paradoja del tranvía. Wikipedia nos dice: "El dilema del tranvía es un experimento mental ético donde un tren sin frenos matará a cinco personas a menos que actives una palanca para desviarlo, lo que causaría la muerte de una persona en la otra vía". 

        Resulta curioso como en esa paradoja ficticia se encuentra una de las verdades más profundas sobre nuestra vida. Cada uno de nuestros días tomamos decisiones que afectan a personas, a relaciones y a esperanzas. Continuamente elegimos, en unos casos entre el deber y la compasión, en otros entre la comodidad y la justicia. No siempre vamos a encontrar una respuesta satisfactoria, pero siempre existe una voz en nuestro interior que nos hace elegir con conciencia y con amor. 

        En este caso hay que elegir con amor, no se elige entre las víctimas, el amor no elige se entrega a todas. Entonces, no resuelve el dilema moral con lógica, sino con compasión. Es una solución que no evita el dolor, sino que lo abraza para transformarlo.

        Tal vez, yo no este capacitado para aclarar estos dilemas morales, pero quizás el fin último de esa paradoja no se encuentre en que yo tenga que elegir entre quien debe vivir y quien debe morir, sino en aprender a vivir con conciencia el peso de mis decisiones. Cada decisión, cada palabra que diga, puede ser un camino hacia la vida o hacia una muerte. 

        Es fácil, que al final, la pregunta que verdaderamente hay que hacer en ese dilema no sea qué haría yo si tuviera que elegir, sino cuánto amor voy a poner en esa decisión. Y es que sólo el amor, que no hace cálculos, puede redimir lo que la razón no logra solucionar.


viernes, 3 de abril de 2026

¡Buenos días! El hombre un ser responsable.

    


 Tenemos la idea de que el hombre debería de ser mayormente responsable, y así debe ser, y si ahora miramos un momento el diccionario veremos que nos dice que responsable es alguien que esta obligado a responder de algo o por alguien. O sea, un ser que responde. 

    Se dice muchas veces que ser hombre es estar siempre delante de alguna pregunta y que vivir es dar respuesta. Y tanto es así que nuestra actual sociedad, consiente de nuestra necesidad de respuestas, se esfuerza continuamente en darnos respuestas fáciles y nos hace pensar que con ellas vamos a tener suficientes.

     Si de algo se caracteriza nuestra época es la de dar un conjunto de respuestas que le permite al hombre estar controlando siempre la situación. Este control llega hasta tal punto que para esa persona la realidad que le rodea se reduce a aquello que está bajo su dominio: para él todo se convierte en un problema, en algo que él puede solucionar, en algo que él puede dominar. Lo que no controla se queda fuera. Lo que sucede es que en algún momento se da cuenta de que su realidad es muy pequeña, que hay mucho más. 

    Ese momento en el cual nos damos cuenta de que nuestra realidad es muy reducida coincide con el instante en que empezamos a pensar. Los problemas que nos da el pensar es que percibimos lo estrecha que hemos convertido nuestra vida, y que empezamos a ver todas aquellas cosas que existen fuera. Y es que pensar nos lleva a abrirnos a un mundo más grande, desconocido y cuyos enigmas nos pueden dar un poco de miedo. En este sentido, pensar, es más bien algo necesario para vivir, se trata de las respuestas o las teóricas soluciones que consigue dar cada persona a su vida. Ver las cosas desde el punto de vista de la verdad, de la belleza, del bien, implica también la forma en que la persona se sitúa ante su vida.

    ¿Qué sucede? Qué las personas se contentan, muchas veces, con las respuestas más sencillas y fáciles, como dedicarse a ganar dinero, a disfrutar e instalarse en la comodidad, y ven muy complicado comprometerse, profundizar en las relaciones, conocer realmente la realidad, etc. Existe una especie de temor a encontrarse con lo desconocido, tal vez por el riesgo que puedan correr, por el miedo a no tenerlo todo controlado.  

    Quizás en nuestra época exista un exceso de racionalización, y en vez de hacer un mundo realista y encantador, ha hecho un mundo idealista y frenético: con el objetivo de conseguir una zona más amplia de confort en la que sentirse seguro materialmente. Sin embargo, si se intenta encuadrar la belleza de la propia vida y de la realidad en todo lo que cada uno puede poseer se puede convertir en algo enfermizo. Esto hace que muchas personas terminen amargadas. En algún momento se dará cuenta que ante la inmensa realidad que existe, más que seguridad material lo que necesita es seguridad existencial, o sea: alguien en quien confiar. 

    Tener buenas relaciones con las otras personas, ese tener en cuenta a los demás, hace que el temor a salir al exterior desaparezca. No es que los demás nos van a resolver todos los problemas, que me resuelvan la vida, sino que unidos cooperemos y encontremos un modo saludable de enfrentarnos a la realidad. 

    En esta situación el pensar no reduce la realidad a lo que pueda comprar o controlar, sino que me pone delante de toda riqueza que existe y en ella puedo profundizar, buscar las respuestas que den un verdadero sentido y valor a mi existencia. 

    El problema de pensar es que nos pone también delante del mito de la caverna donde un grupo de hombres viven atados a unas cadenas, viendo solo los sombras de lo que sucede en el exterior proyectado en una pared. Y cuando uno que ha conseguido salir al exterior vuelve y les dice: “hay más”, ellos deciden hacerlo callar: “aquí estamos muy cómodos, déjanos en paz”.


miércoles, 1 de abril de 2026

¡Buenos días! El populismo: una visión parcial de la verdad.

 


Uno de los detalles que nos pueden indicar por donde se encuentra nuestra posición sobre si somos o no populistas la podemos encontrar en averiguar si vemos diferencias entre los pobres. Aunque nos pueda resultar desconcertante, todos los populismos se preocupan por la pobreza, así como en el sufrimiento de algún colectivo. Siendo esto bueno, la dificultad aparece cuando nos damos cuenta de que estamos centrando nuestra atención en un solo colectivo por encima de otros, justamente en ese colectivo que utilizamos como nuestra bandera.

Así que, esta manera de actuar nos puede ayudar a comprender uno de los pilares del populismo, que no es otro que su visión parcial de la verdad, algo que por supuesto nos puede ocurrir a todos. Pero, la diferencia se encuentra en pensar que ahí está toda la verdad, cuando en realidad solo hay una parte, ignorando todo lo que se salga de ahí. Desde este punto de vista, no es difícil caer en actuaciones que utilizan ciertos colectivos para reafirmar identidades.

En nuestro caso, esta dinámica la podemos encontrar en el modo de ver la moral. Puede ser que corramos el peligro de poner nuestra atención sólo en la moral social o solo en la moral de la persona. O sea, plantear una necesaria defensa de la vida y olvidarnos, por otra parte, de lo que esto significa con respecto a la acogida de refugiados o a la desigualdad social, por ejemplo. En sentido contrario, también podemos poner toda nuestra atención en la imprescindible justicia social, en el problema ecológico o en un sinfín de problemas sociales, y olvidaros de la moral de la persona y la exigencia de la defensa de la vida en todas sus etapas.

Evidentemente, cada personalidad y cada generación, como es normal, según su sensibilidad pondrá su atención en aspectos diferentes, algo que es muy necesario. Sin embargo, nuestra posición requiere aspirar a tener un punto de vista lo más amplio posible sobre los problemas que arruinan el mundo y al conjunto de la humanidad, y no utilizar los padecimientos de unos pocos para hacer una bandera de ellos.

Resumiendo, tenemos que recordad que en este mundo todo está conectado, que necesitamos estar pendientes de la complejidad de la realidad. Defender la dignidad humana es un buen punto de unión entre la moral social y la moral de la persona. Los intereses partidistas, por el contrario, no lo son nunca.

martes, 31 de marzo de 2026

¡Buenos días! ¿Soy populista?

 


En esto de preguntarnos si somos populistas o no, debemos tener en cuenta que necesitamos usar bien el concepto de “pueblo”.

La dificultad de la idea de pueblo aparece cuando hablamos sin conocerlo, o sea cuando lo conocemos a base de encuestas o cuando a base de análisis ideológicos se exaltan unos grupos que nos impiden comprender lo que la gente realmente piensa y experimenta, mientras se olvida que en cada grupo humano hay buenos y malos.

Por eso, más que hablar del pueblo, como si se tratase de una categoría mítica que alcanza y unifica misteriosamente a una gran cantidad de personas, nos conviene fijarnos en las personas concretas. Escuchar sus puntos de vista, percibir sus preocupaciones y sus esperanzas.

Entonces podremos acercarnos a la realidad de los grupos humanos en su riqueza inagotable, en sus cambios, en sus aspiraciones y sus esfuerzos individuales y colectivos hacia objetivos más o menos concretos.

Desde estas premisas, no olvidemos que la respuesta a nuestra pregunta no puede caer en la tentación de decidir quién es y quién no es populista. O de señalar qué grupos tienen el deshonor o para otros el honor de llevar este curioso apellido.

No, la pregunta debe ser más audaz y realista y adentrarse en el seno de nuestras actitudes y modos de hacer, que es donde realmente cristaliza la calidad y la pobreza de nuestro pensamiento. Por tanto, el reto no está en clasificar a los distintos miembros, grupos y situarnos en uno de ellos, sino en identificar una serie de elementos que pueden tener puntos en común con el populismo en su versión política y que, como en todo grupo humano, también emergen en nuestro modo de ser.

En cualquier caso, cada uno de nosotros no vamos a poder quedarnos al margen de cada una de las malas dinámicas que existen hoy en día. Nadie está a salvo ni libre de caer en esos errores, por desgracia, estoy seguro de que ya habremos cometido alguno de ellos. Entonces, ¿cuáles son los síntomas de esta curiosa enfermedad que es el populismo?

lunes, 30 de marzo de 2026

Buenos días. ¿El populismo, está influyendo en mis decisiones?

 



Si miro la prensa veo que tenemos mucho populismo, no me refiero al populismo que tiene como objetivo acercarse al pueblo sino al populismo político que busca el apoyo popular dividiendo a la sociedad en dos bandos incompatibles, no se trata de una ideología, sino más bien de una estrategia que ofrece soluciones simples a problemas complicados, apoyándose en las emociones y los sentimientos de las personas.

Al tratarse de una estrategia la podemos encontrar en cualquier opción política. Tanto en grupos de izquierda como de derecha, auspiciado por progresistas, por nacionalistas y por conservadores, bajo causas aparentemente nobles y justas, y en otros casos canalizando hastío, sed de venganza y malestar crónico. Presente en todos los lugares, incluso en nuestras tertulias y en nuestras sobremesas junto a un café.

Esta forma de actuar que divide y polariza, no solo se ha quedado en la política, sino que cada vez más está entrando en nuestra vida y por desgracia nos está llevando a elegir soluciones fáciles a problemas que no lo son. Está penetrando en nuestra forma de ser no porque los políticos lo utilizan en demasía, sino por nuestra pobreza de pensamiento que nos impide comprender la realidad que nos rodea en toda su complejidad.

Si lo anterior puede ser verdad, la pregunta es necesaria: ¿el populismo está realmente presente en nosotros? Es decir, hacernos la pregunta de cómo este fenómeno, que tiene una fuerte relación con la verdad, está influyendo en nuestra vida. Dicho de otra manera: ¿hay sospechas de populismo en nuestras decisiones? ¿Estoy a salvo de este fenómeno?

Preguntas, todas ellas, que se merecen un poco de reflexión y que voy a tener que pensar mis respuestas.

domingo, 29 de marzo de 2026

¡Buenos días! Demos la paz.

 


Recordaba ayer haber leído en la novela 1984 que escribió George Orwell algo parecido a que un líder debe mantener a su gente en un estado de miedo constante, haciéndole pensar que en cualquier momento puede ser atacado y así renunciará a su libertad para vivir. Me parece adivinar algo parecido en lo que están sintiendo los estadounidenses desde hace unos años.

Y es que el miedo es otro de los motivos por los cuales se empiezan las guerras, así como lo puede ser también el sentido del honor, son muchos los motivos por los cuales vemos que se pueden comenzar las guerras, de ahí lo complicado que es evitarlas. Alguien dijo y con razón que es bastante más sencillo hacer la guerra que la paz. Tal vez sea porque los que comienzan una guerra vean en ella una solución fácil para solucionar sus problemas y alcanzar unos beneficios rápidos: sin embargo, siempre resulta después imprevisible, con enormes costos, ante todo – pero no sólo – en términos de vidas humanas. Pocas veces se piensan en los problemas que habrá que solucionar cuando se termine.

Todo son, como ya sabéis, problemas e inconvenientes que nos encontramos en una guerra y a pesar de ello, las guerras siguen produciéndose con demasiada facilidad. Lo que nos viene a demostrar que la paz es más difícil y complicada de proponer, y lo es, tal vez, porque es más respetuosa con la verdad de las cosas, y con la verdad de nosotros mismos, ya que el problema que causa una guerra surge primero dentro de nosotros mismos. Son muchos los problemas que el hombre tiene y no son fáciles de resolver.

Creo que podemos ir cambiando las cosas, no será fácil sin duda, ya que venimos de una larga tradición. Si vemos como se entiende en la antigua Grecia y en la antigua Roma la palabra paz veremos que en nuestra cultura paz significa básicamente ausencia de guerra.

La palabra griega para paz es, “eiréne”, que significa literalmente la pausa entre una guerra y otra; la palabra latina “pax” significa el acuerdo de no beligerancia temporal. Ambos términos nos dejan el mensaje de que la paz es un estado de cosas excepcional y de corta duración y que la guerra es la norma.

Si además de todo esto vemos que resulta demasiado fácil incitar al odio y la destrucción en las escuelas, en la política, en los libros e incluso en lugares de oración. Nos damos cuenta de que tal vez sea una pobreza cultural la que se encuentra en el origen de muchas decisiones que se toman en nuestra sociedad, más atenta a los intereses partidistas que a una paz que acabe beneficiando a todos a largo plazo.

Por todo ello, el camino de la paz, aunque deseado y apreciado como un bien evidente, si de verdad queremos llevarlo a cabo, será necesario un gran esfuerzo y sacrificio a todos los niveles. Por parte de todos.

En fin, demos fraternalmente la paz a todos.

sábado, 28 de marzo de 2026

¡Buenos días! Hemos cometido un error.

 


Me encuentro algunas veces ante acontecimientos que me hacen daño, no un dolor físico sino moral, hechos que me descomponen por dentro y de los que huyo, me aparto, se me revuelve el estómago y los evito. Me autocensuro, los esquivo en las conversaciones y con solo leer el titular de la noticia lo soslayo. Se trata simplemente de ese refrán tan sencillo y claro de: “ojos que no ven, corazón que no llora”. Me refiero a cada caso de eutanasia y en especial a este último.

Y es que mi generación algo ha hecho mal, la sociedad que he ayudado a crear es derrotada en cada ocasión que no puede garantizar el cuidado y el bienestar de los que son más vulnerables, consiguiendo además que lleguen a la conclusión de que la muerte es su mejor solución. Mi forma de ver la eutanasia parece claro que contrasta con la idea de muchos políticos y de mucha gente que, no tengo dudas, con buena intención se olvidan de que en cada vida hay algo que es único, que tiene el valor sagrado de un regalo que se nos ha hecho y que como sociedad tenemos el deber de defender, cueste lo que cueste, y es que cada persona posee una dignidad infinita.

En este caso al igual que con la guerra siempre he sido del parecer que algo malo no se soluciona con más cantidad mal, un fuego no se apaga con más fuego, y la muerte no puede ser la solución a una vida desafortunada, por desgraciada que sea. La compasión, la auténtica compasión no puede contraponerse con la bioética que intenta resolver conflictos éticos en la medicina, ni los derechos de las personas pueden estar a favor de la muerte.

En la sociedad que mi generación debería de haber ayudado a crear, una Ley debería de estar hecha para defender a los más débiles, y en este caso, Noelia claramente lo es. Y la vida de esta persona merece ser vivida, valorada y apreciada, y no hemos estado a la altura como sociedad, y honestamente, la mayoría de nosotros sabemos que hubiera tenido posibilidades de salir adelante bien tratada o acompañada como merece. Otra cosa es que, en mi sociedad, de tan empáticos que nos creemos, hemos quitado las vallas que separan del abismo de la muerte a los más frágiles y vulnerables. Por desgracia, creo que aun veré cosas peores. Y en esta ocasión nos hemos equivocado, hemos cometido un error, tal vez el único error que no se puede ya solucionar.