Me ha sorprendido esta mañana que se pueda considerar como un avance social la decisión de morir de una persona que había dejado de sentir el cuidado y el afecto de los que la rodeaban, me parece que celebrar este hecho encierra cierta miopía moral. Porque la pregunta que me surge al recordar el caso de Noelia, no es solamente si una persona tiene derecho a morir, sino si nuestra sociedad y nuestro Estado han actuado como debían, y si han hecho todo lo posible para que esa persona deseara vivir.
No quiero simplificar el tema. Pues la eutanasia nos sitúa delante cuestiones profundas. Pero está mañana me pregunto si apelar a la libertad de la persona no esconde una forma de resignación o tal vez de rendición de nuestra sociedad.
La cuestión es que Noelia solicitó la eutanasia y su petición fue atendida. Encuentro muy complicado no sentir una profunda tristeza y preocupación. Ante esto me encuentro, por una parte, con el dolor de Noelia que llega hasta el punto de desear la muerte como una liberación a todo su sufrimiento. Por otra parte, me encuentro con que existe un marco legal que nos presenta esta decisión como un signo de progreso y un respeto a la libertad. Estos dos aspectos es lo que explica mi desconcierto. Porque una cosa es entender y comprender el sufrimiento de esa persona que desea morir y otra cosa muy diferente es celebrar ese final como un progreso moral.
He visto que en este caso el argumento principal para defender la eutanasia es la libertad. Se me muestra como una expresión de la autonomía de la persona. Pero, mi pregunta principal no es otra qué: ¿es realmente un acto de libertad desear mi propia muerte? ¿O se trata de la expresión de una libertad herida por el sufrimiento? La libertad, en su sentido más profundo, busca y ama la vida. No a una vida cualquiera, sino plenamente humana. Y esa plenitud depende mucho de la calidad de las relaciones humanas que me permiten amar y ser amado, de unas condiciones mínimas de bienestar, de la presencia de personas que me acompañen incondicionalmente, y cuando todo esto falla, la libertad tiene poco de donde elegir.
Nietzsche dijo que: “Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”. Mi sufrimiento puedo vivirlo de una manera distinta si he encontrado un sentido, afecto y alguna razón para continuar viviendo. Cuando todo esto desaparece, mi vida puede convertirse en un peso muy difícil de soportar.
Desde este punto de vista, la muerte de Noelia la encuentro especialmente significativa. Sus ganas de morir no aparecen sin más, sino después de años de falta de afecto, violencia, debilidad psicológica y dolor físico. ¿Se puede comprender que una persona en esa situación llegue a desear la muerte? A mi juicio, sí. Pero precisamente por eso, me es muy complicado considerar esa decisión como un acto realmente libre. Más bien parece la consecuencia de una libertad debilitada por la ausencia de condiciones que hacen posible una vida verdaderamente humana.
Creo que este caso es extremo. Es verdad que en su vida pasó por experiencias particularmente difíciles, con violencia sexual incluida. Pero, otros aspectos de su vida no son tan excepcionales. Son muchos los jóvenes que hoy en día pasan por heridas afectivas, ansiedad, soledad o pérdida del sentido de la vida. De ahí que no me extrañe que muchos jóvenes se hayan podido reconocer, al menos un poco, en la historia de Noelia.
Y es aquí donde me surge una inquietud que considero legitima, y es que cuando la sociedad en la que vivo me presenta como un avance la posibilidad de poner fin a la propia vida en situaciones de fuertes dolores y sufrimiento, veo que esta abriendo un precedente delicado, en especial en una generación que se nos presenta muy vulnerable emocionalmente, solamente hay que mirar la tasa de suicidios.
Existe, además, otra cosa que aumenta mi preocupación. Me resulta complicado entender como un adelanto social una ley que ayuda a poner fin a la propia vida cuando el Estado no está dispuesto a gastar lo necesario para acompañar a las personas que necesiten atención psicológica o cuidados paliativos. Y es que la libertad no se puede reducir a elegir la muerte cuando faltan las condiciones para querer vivir. La sociedad si en verdad quiere ser humana debería esforzarse en primer lugar a garantizar el cuidado y el acompañamiento. Ya que, en caso contrario, la posibilidad de que la libertad se convierta en expresión de un abandono es muy grande y peligroso.
Si faltan el cuidado y el afecto a las personas más necesitadas, si no existe a donde dirigirse cuando se tienen ese tipo de problemas, la libertad se convierte en desesperación, y las actuaciones que nacen de la desesperación es muy complicado entender las como una expresión de una verdadera libertad.
La sociedad y el Estado deberían hacerse no solamente la pregunta de si respetan la libertad de quien desea morir, sino si han sabido dar las condiciones que hacen posible desear vivir.




