En algunas ocasiones nos podemos encontrar con ideas que ponen a las
cosas colectivas, el grupo, la sociedad, la clase, etc. por delante de las personas.
Que debe existir una igualdad entre las personas que forman un grupo y que las
diferencias que puedan existir entre las personas no importan, que lo
importante es el conjunto.
En realidad, si lo pensamos, veremos que esas dos cosas son opuestas. Nos
podemos encontrar con cosas que son parte de un mismo organismo y que son muy
diferentes unas de otras y con cosas que no son parte de la misma cosa y son
muy parecidas. Por ejemplo, cuatro monedas de un euro son cosas separadas y son
muy parecidas por no decir iguales, en cambio mis ojos y mis orejas son muy
diferentes, pero sólo están vivas porque forman parte de mi cuerpo y comparten
su vida en común.
Con todo esto lo que quiero decir es que las personas no somos como
simples miembros de un grupo, sino que somos como órganos de un cuerpo,
diferentes unos de otros y que contribuimos cada uno de una manera distinta.
Si alguna vez nos encontramos en una situación en la que estamos intentando
convertir a una persona en alguien exactamente igual a nosotros, debemos tener
en cuenta que tal vez nos estamos equivocando y que ese “como a ti mismo” no
pretende conseguirlo. Yo y las demás personas somos órganos diferentes, y
nuestra función es hacer cosas diferentes. Además, cuando nos pase lo
contrario, cuando estemos tentados a no permitir que las dificultades de otra
persona nos afecten, ya sea porque pensemos que no es “asunto nuestro”, no
tenemos más remedio que darnos cuenta de que, aunque esa persona es diferente a
nosotros, forma parte del mismo organismo.
¿Qué está sucediendo? Si olvido que esa persona forma parte del mismo
organismo al que yo pertenezco, me estoy convirtiendo en un individualista. Si
olvido que es un órgano diferente a mí, si quiero eliminar nuestras diferencias
y hacer que toda la gente sea igual, me estoy convirtiendo en un totalitario.
Pero nosotros no debemos ser ni un totalitario ni un individualista.
Ahora, siento que debería de deciros cuál de esos dos errores es el peor.
Y este deseo sí que es realmente un gran error. Esta tentación de aclarar este
tipo de cuestiones es una de las mayores trampas en las que caemos las personas.
Cuando los errores nos aparecen por parejas, es más por parejas que son opuestas.
Y sentimos o a veces nos animan a que dediquemos una parte importante de
nuestro tiempo a reflexionar cuál es peor, entonces, estamos cayendo en una enorme
trampa. ¿Tenéis claro por qué? Corremos el peligro de que el mayor enfado que
nos cause uno de los dos supuestos nos lleve poco a poco hacia el otro.
Pero no nos dejemos engañar. Tenemos que mantener nuestra mirada en
fija en nuestro objetivo y pasar por en medio de los dos errores. No nos
importa nada más que eso en lo que respecta a cualquiera de los dos. En este
caso en particular no olvidarnos de que somos como órganos de un cuerpo,
diferentes unos de otros y que contribuimos cada uno de una manera distinta a
su perfecto funcionamiento.