domingo, 31 de mayo de 2026

¡Buenos días! ¿Todas las opiniones son respetables?

 


Hay una frase que se utiliza mucho cuando se habla de la tolerancia y el respeto a la opinión, y que hoy es un principio indiscutible: "no estaré de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta con la vida tu derecho a decirlo".

La verdad es que no está mal, pero el problema aparece cuando se abusa de los términos para defender todo lo que sea distorsionando lo que significa el respeto y la tolerancia. Según mi parecer hay una frase muy popular que para mi no es aceptable y que surge al abusar de esa distorsión: “todas las opiniones son respetables”. Y es que no es verdad, no todas las opiniones son respetables, lo que es digno de respeto es solamente el derecho a opinar.

Si ahora a mí me da por decir que a las personas mayores de 80 años no hay que cargar con ellas y hay que eliminarlas, mi opinión es indigna y no merece ningún respeto. Si alguien opina que hay razas humanas que son inferiores, que son incapaces de razonar, se trata de una opinión que tampoco merece respeto. Después de todo lo anterior, podemos decir que, en principio, todas las generalizaciones despectivas sobre la gente son opiniones indignas de respeto.

Si se apoya el terrorismo, la guerra o tomarse la justicia por su mano, cosas que por cierto muchas personas defienden, ¿se puede decir que son opiniones respetables?, pues para mí no lo son. No, insisto: no todas las opiniones son respetables.

Con la libertad de expresión sucede algo también llamativo. Del respeto a la libertad de expresión, se pasa a un concepto no claro de tolerancia. Lo vemos muchas veces: cuando alguien muestra su opinión en contra de los valores humanos, esos valores que a través de los siglos las personas han sabido reconocer, como es el derecho a la vida, y exige "tolerancia" a su opinión. Lo que nos exige es que toleremos lo que es intolerable, que se tolere una opinión que es indigna de respeto. Lo que estamos viendo continuamente es que quienes exigen respeto y tolerancia hacia sus ideas desviadas o deshumanizadas son incapaces de ser ellos mismos tolerantes con quienes opinan diferente.

Ejemplos tenemos muchos, nos encontramos con movimientos y personas que cualquier punto de vista que sea diferente al que ellos defienden, aunque esté fundado en la dignidad de la persona, es motivo no de la tolerancia que nos exigen, sino objeto de burla, desprecio y agresión verbal. Me refiero a aquellos cuyas opiniones son rechazadas por ser contrarias a la moral o a los derechos humanos. No, los intolerantes no toleran a quienes defienden lo contrario, exigen respeto y lo niegan en los hechos y en las palabras para los demás. Pero lo peor es que intencionalmente confunden tolerancia con aceptación: si no aceptas lo que digo, aunque vaya contra tus principios morales, entonces eres intolerante.

Estamos sufriendo un aumento considerable de posiciones en contra de la vida y de la moral. Es el caso de los partidarios de eliminar a los no nacidos, es decir del abordo provocado; desean que se les respete el poder clamar a los cuatro vientos y como sea ese supuesto derecho. Exigen tolerancia para ellos, pero no están dispuestos a tolerar a los defensores del derecho a la vida.

Otro ejemplo, vemos como en nuestra querida Europa el racismo y la xenofobia están en alza. Estas posiciones ideológicas contra razas no europeas y los nacidos en otros países y aún contra sus descendientes, no son respetables, no pueden serlo, puesto que en sí mismas son irrespetuosas de la dignidad del hombre. Lo mismo sucede en Estados Unidos, en el odio promovido contra los extranjeros indocumentados, no el simple rechazo a su situación ilegal; son opiniones vergonzosas, que nada tienen de respetable.

Los conceptos de tolerancia y respeto a la opinión de los demás no son los únicos que son objeto de abusos. El mismo derecho a opinar es objeto de abuso. Se puede gritar a los cuatro vientos que a los niños se les debe enseñar que la homosexualidad "está bien", pero cuando alguien reclama que se debe respetar la naturaleza biológica, anatómica, fisiológica y psicológica de los dos sexos de las personas, entonces la tolerancia no existe; al moralista no le conceden derecho a expresarlo.

No se debe ser tolerante, o falso prudente, sobre lo que sustancialmente es intolerable; tolerar la infamia, el ataque a la vida o a la familia no es razonable ni prudente, por someterse a una torcida interpretación de lo que es la tolerancia. También el derecho a la réplica y la denuncia es indiscutible. Es legítimo denunciar las opiniones indignas, intolerables.

No se puede confundir el derecho a la libre expresión, con el abuso de este derecho, como tampoco se puede, por ejemplo, confundir el derecho a la educación de los hijos con el supuesto derecho a golpearlos "porque son mis hijos". No es aceptable el sofisma de que todas las opiniones son respetables; eso va contra el mismo concepto de lo que es el respeto en las relaciones entre las personas.

jueves, 28 de mayo de 2026

¡Buenos días! ¿Dónde se encuentra la coherencia y la honestidad?

 


Llevo unos días siguiendo las noticias y estando atento a todas las informaciones que aparecen sobre la gran cantidad de escándalos que están inundando todo el mundo político y, quizá la mejor conclusión que saco es que tristemente me he acostumbrado.

Si es cierto que me sigo indignando por la actitud de algunos de nuestros líderes políticos, lo que más me exaspera y preocupa es esa defensa a ultranza de esos errores probados de los políticos que hacen sus votantes y los militantes de sus partidos. Y es que, aunque sea difícil de entender cada vez que surge un escándalo judicial que tiene en el centro a un político, aparecen personas que en lugar de asumir esos errores políticos lo que hacen es intentar taparlos, suavizarlos y puede que también exculparlos. Ante esto, me surge la pregunta de dónde se encuentra la coherencia y la honestidad, en que lugar se halla la vergüenza y esa actitud lógica y consecuente con los principios que se profesan que debería de existir en las personas. Y además si se nos ha olvidado el sentido crítico o donde se encuentra el nivel de exigencia hacia nuestros políticos.

Y, no encuentro otro camino que el de pensar sobre la importancia que tiene en nuestra vida la honestidad, la coherencia y la humildad. O sea, creo que ahora es necesario que aparezcan personas íntegras que nos ayuden a recobrar nuestra confianza en las instituciones y que anulen esa idea tan de moda en estos días de que todos tenemos un precio.

Ya sé que poseer una coherencia total es una tarea muy complicada, la propia experiencia nos lo demuestra, pues en demasiadas ocasiones nuestros actos se encuentran lejos de nuestras palabras. A pesar el ello, creo que esto nos debería de enseñar a que debemos ser más honestos y humildes. O sea, a que nuestras ideas se deberían de centrar no tanto en descalificar a los demás sino en poner más énfasis en la fuerza de nuestros actos más sinceros. Aunque lo deseable sería no fallar en nuestros principios y convicciones, si por alguna razón fallásemos o nos equivocamos, es mejor asumir la culpa que intentar taparlo como sea.

Y, tampoco estaría demás que nos ayudase a aprender que, aunque el ideal es no fallar en nuestras convicciones y principios, si alguna vez caemos o nos equivocamos, es mucho mejor asumir el error que intentar taparlo a cualquier precio.

martes, 19 de mayo de 2026

¡Buenos días! La memoria y el olvido.

 


Recordar lo que yo sé y vivo es un aspecto interesante de la vida. Sé que la memoria se debilita con la edad y la dificultad para recordar es uno de los problemas a los que me voy a tener que enfrentar. La pregunta que me surge estos días no es otra que la de: ¿Es siempre malo olvidar?

Por supuesto que si perdiera la memoria no sería nada bueno, pero a veces no solemos pensar en la importancia del olvido para nuestra salud mental. La cuestión es que la memoria y el olvido no son procesos que se oponen, el olvido no lo considero como un defecto en sí mismo de la memoria, más bien lo veo como una necesidad que nos sienta bien.

Pensándolo, me doy cuenta de que un recuerdo no es una simple anotación que tengo en mi cabeza como si fuera una cita en la agenda. Para que un recuerdo se convierta en algo “mío”, necesita del paso del tiempo para después sacarlo de la memoria y traerlo al presente. Sin ese distanciamiento, perdería la consciencia del paso del tiempo.

Lo normal es que mi memoria vuelva a reconstruir y narrar lo que me sucedió ya que no se trata de una simple anotación de lo que me sucedió. Lo que hago es describir la impresión que sentí en ese momento y además expresarlo, lo que lo convierte, me atrevería a decir, en un acto artístico.

Si observo ahora mis recuerdos de mi último viaje a Sicilia veo que mi memoria ha sido selectiva y afectiva, ha moldeado lo que paso y además le ha dado color, ha resaltado algunas cosas y ha dejado otras. Y es que olvidar es, pues, la condición para recordar, el olvido y el recuerdo son indispensables para conocer como fue mi viaje. Es simple: para poner algo en primer plano hay que dejar otra cosa en segundo plano; ver algo implica no ver otra cosa.  

El motivo por el que suelo hacer alguna foto, ahora con el móvil, es intentar atrapar ese momento, de guardar ese instante que suele ser maravilloso para recordarlo después, y compartirlo con todo detalle. Me gusta, ya de vuelta, que esa imagen me lleve allá de nuevo. Sin querer, esa imagen ya no es algo que se encuentra en el móvil, porque vuelve a ser el Etna o el templo de la Concordia, que vuelven a tocar mi sensibilidad y a regalárseme otra vez. Una foto puede contar muchas cosas; reflejar alegría, amor o ilusión, ya que inevitablemente la cara de uno se ilumina con ellas, yo diría que una foto podría reflejarlo prácticamente todo, y que casi todo podría quedar dicho en forma de foto. Sin embargo, encuentro que dentro de mí también hay muchas cosas que decir y con muchos matices.

Y es que en un viaje hay momentos donde ninguna foto me habla de ellos porque nunca encontré el momento adecuado para hacerla o no era el momento de sacar el móvil. A pesar de mi mala memoria existen recuerdos que se van a mantener vivos mucho tiempo, como si no pasase el tiempo. Puede que, si tuviera una foto de ellos, los hubiese medio olvidado confiado en que tenía dónde mirarlos una vez más; como no es así, he de llevarlos siempre intactos, conmigo.

jueves, 14 de mayo de 2026

¡Buenos días! ¿Cómo recuperamos esa imagen del hombre?

 


Muchas de las cosas que nos están pasando no las entiendo, intento comprenderlas, pero no llego nunca a quedarme satisfecho con el resultado de mis pesquisas. La política internacional es para mí en estos días incomprensible. Y es que todo son preguntas que me hago y que me son imposibles de responder, por ejemplo: ¿A qué nivel de inmoralidad hemos llegado si los daños que se están produciendo en los conflictos que tenemos abiertos, que son una clara violación de los principios más elementales del derecho internacional, se llegan a justificar con proyectos de restauración imperial o neocolonial, de expansión o seguridad nacional, o incluso de nuevas ganancias reivindicadas descaradamente?  

Es más: ¿Y a qué nueva caída de la moralidad hemos llegado si todo esto puede justificarse con la pretensión de tener una moralidad que solo está limitada por mi moral personal, por lo que pienso?

Algo está funcionando muy mal, si miro un poco las fechas y los lugares veo un empeoramiento continuo de la situación mundial, veamos un poco por encima: en el año 2014 comienza la tragedia en Crimea y el Donbás, que continuó luego en 2022 con el inicio de la guerra a gran escala en Ucrania, se pasa después, no lo olvidemos a Oriente Medio con la matanza del 7 de octubre, y continuo de nuevo con Gaza, Tierra Santa y Cisjordania y, obviamente, con Irán y el Líbano, desde junio del año pasado hasta hoy. Dejo ahora aparte todas las guerras interiores que se están desarrollando en África.  

Son desgracias en la que la persona no cuenta, ni se busca una paz. Y es por eso por lo que se tiene que intervenir con razonamientos, es nuestra responsabilidad como personas individuales que somos. El problema que eso conlleva es precisamente definir qué somos como hombres y eso concierne a toda la humanidad.

Por lo tanto, para hacerlo, en primer lugar, tenemos que usar un lenguaje común y evitar usar las palabras para confundir o engañar a los demás, cada palabra, cada término debe expresar la verdad. Cuando se habla de paz, por ejemplo, debemos tener claro que no se trata simplemente de una situación, siempre frágil, de falta de guerra, sino que debe ser una situación que sea el resultado de la justicia, una justicia que no se puede reducir a lo que deseen los más poderosos para mantener su dominio, sino que debe de obedecer a algo que sea independiente de ellos. No se trata de establecer un poder por encima de los Estados ni siquiera un poder alternativo, sino una situación en el que el poder pueda ser juzgado por un criterio que no controla. La dignidad del hombre.

Este sencillo limite del poder, pero a la vez complicado de cumplir, es el que da valor a una auténtica democracia, y es que la democracia no la debemos entender como un simple procedimiento para alcanzar el poder, debe reconocer la dignidad de cada persona y así se mantendrá con buena salud, una dignidad que debe estar arraigada en la ley moral y una verdadera visión de la persona humana. Sin esto, existe el peligro de que se convierta en una tiranía de la mayoría o en una careta detrás de la cual se esconde el poder de la economía y la tecnología o, peor aún, en pensar que son los más aptos los que tienen que mantenerse, y esto no es otra cosa que la utilización de la fuerza en la diplomacia, utilizando las palabras para mentir y dominar sin dejar lugar para la persona y su dignidad.

Y ahora, la pregunta no debe ser otra que: ¿Cómo recuperamos esa imagen del hombre? Una imagen que tenga la capacidad de salir de la tragedia por la que estamos pasando.

Se me ocurre que se podría empezar por uno mismo, entender el poder que poseemos cada uno de nosotros, no el que pudiéramos tener sobre los demás, sino el que tenemos sobre nosotros mismos, sobre nuestras pasiones, nuestras fuerzas y nuestra capacidad para relacionarnos, no como un fin en sí mismo, sino como un medio que nos lleve hacia el bien común.

Parece que hemos olvidado el concepto del bien común, el bien común no es algo vaya a existir por sí solo, sino que involucra, por el contrario, la utilización de virtudes que también han sido olvidadas, como son la sabiduría y la templanza, que, a la vez que nos devuelven a un plano siempre personal, deben a su vez llevarse a nuestra relación con el poder, limitando en quienes lo poseen una autoexaltación excesiva y actuando como un obstáculo contra el abuso de poder.

Tener consciencia de todo esto no debe quedarse en nosotros, sino que implica que salga de nosotros para expandirse como un modelo de vida y un ejemplo para toda la humanidad. No vivimos solos, y lo que hacemos por simple y pequeño que sea nos cambia y cambia lo que nos rodea y, recordarlo a los demás no es una intromisión en un ámbito ajeno.  

Si lo pensamos un poco es fácil darse cuenta de que lo principal de esa propuesta es la libertad del hombre, es mucho más importante darse cuenta de ello cuanto más se ve amenazada en nuestra sociedad y olvidada en muchas personas que curiosamente ya no saben qué hacer con ella y prefieren quedar seducidos por lo que ofrecen los que ostentan el poder, que la reducirán a las decisiones que ellos tomen.

Veamos, para que exista un orden internacional que sea estable y justo no puede aparecer como un simple equilibrio de poder, porque la concentración del poder en pocas manos siempre amenazará tanto la participación democrática entre los pueblos como la concordia internacional.

Por lo tanto, necesitamos unas instituciones que estén actualizadas y marcadas por el principio de subsidiaridad, donde la persona no sea ignorada ni abandonada a su suerte, sino que sea ayudada a mostrar su potencial, y donde se ayude a la libertad a ser responsable.

Solo en estas condiciones la paz puede hacerse posible. Ya se que nuestra autentica esperanza no es de este mundo, pero pone luz a este mundo, y allí donde ahora vemos el odio de agresores y agredidos o la apatía de personas cansadas y sin rumbo por las diferentes luchas y divisiones, hay que mostrar nuestra esperanza que se tiene que ver en la misericordia y el perdón.

martes, 12 de mayo de 2026

¡Buenos días! "Al César lo que es del César"

 


Si hay algo destacable que mencionar entre todos los temas que me han surgido en las conversaciones de estos últimos días, destacaría especialmente dos: de que el poder en estos días defiende y pertenece una ideología muy concreta, y que debemos tener cuidado con la deriva que esto está llevando a nuestra democracia, con el riesgo de transformarse en un sistema político que no acepta según que verdades.

Según lo veo, en estos momentos nuestro poder político está atribuyéndose la labor de decirnos lo qué es bueno o aceptable y lo qué es verdadero. Por lo que ha dejado de ser un regulador o árbitro para convertirse en parte. Y esto, que empieza a parecernos normal, pues lo vemos como la libertad de cada persona o partido político para defender sus ideas y llevarlas a cabo tiene consecuencias, y es que entonces la ley ya no reconoce la realidad, sino que la elabora, por lo que el desacuerdo ya no es legítimo, sino que se convierte en un problema, nuestra libertad se convierte un apego a un entorno que nos han marcado previamente.

No estoy diciendo de que esto se trate de una discusión ideológica, sino que se me presenta más como una cuestión estructural. En el cristianismo siempre se ha defendido una diferencia clara en la vida pública, ese famoso: dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Aquí no hay que buscar una separación hostil, hay que buscar un equilibrio que favorezca a las dos partes. Veo y entiendo que el poder político tiene su propio marco de actuación, necesario y legítimo, pero esto no quiere decir que sea absoluto. En las personas existe un orden moral que se encuentra antes y más arriba, que está situado por encima del ente político, que no tiene que crear el poder, sino que lo orienta y en cierta manera lo limita y lo juzga. Hoy en día no veo que exista ese equilibrio.

Durante siglos hemos observado que la distinción entre lo que es del César y lo que es de Dios ha actuado como un límite al poder. Hoy ese equilibrio no lo veo: el Estado no solo administra lo suyo, sino que pretende definir aquello que no le corresponde. El poder del Estado ya no esta limitado y vemos como comienza a justificarse a sí mismo. Y ahí es donde toda democracia empieza a debilitarse.

Estamos asistiendo en los últimos años como el Estado no solo legisla y gobierna, lo que considero normal, sino que cada vez con más asiduidad nos define qué es moralmente aceptable, establece qué visión del hombre debe prevalecer y determina qué posiciones pueden expresarse sin ser estigmatizadas.

Cuando esto ocurre, desaparece el contrapeso moral. Ya no hay una instancia que limite el poder desde fuera de sí mismo. El Estado deja de reconocerse sometido a un orden moral superior y pasa a convertirse en su fuente.

Y entonces ocurre lo evidente: el Estado pasa a definir la verdad, el bien y el mal. Y en ese proceso, toda creencia que mantenga una idea diferente sobre la dignidad de la persona y el derecho a la vida debe ser desplazada, silenciada y si es posible deslegitimada.

En este contexto se entiende bien, por ejemplo, la beligerancia selectiva en la exigencia de verdad y reparación de las víctimas de abusos sexuales, concentrada únicamente en la Iglesia con un porcentaje mínimo de víctimas, mientras el resto de los espacios sociales, que acumulan más del 99%, quedan al margen de un análisis comparable. Cabe la pregunta de si realmente se busca la reparación de todas las víctimas o más bien la deslegitimación moral de la Iglesia y si es posible su ruina económica.

Como resultado de esta manera de entender la vida pública sin tener ninguna referencia moral objetiva, es que el Estado ya no se siente limitado por nada que se encuentre por encima de él, ya que considera que no existe nada por encima de él.

Conviene decirlo: esta tentación ha existido siempre y en todos los sistemas políticos. Pero también es justo reconocer que hay ideologías que, por su propia lógica interna, son más proclives a este escenario que otras.

lunes, 11 de mayo de 2026

¡Buenos días! Exceso de decibelios.

 


Después de aproximadamente dos semanas volvemos a dar los buenos días, han sido unos días en los que hemos intentado con éxito aislarnos del “mundanal ruido”. No ha sido un aislamiento completo, sino que me atrevería a decir un alejamiento, como el que realizamos cuando nos apartamos de un escenario por culpa del volumen tan alto de los altavoces y no por lo que se oye a través de ellos.

Me he apartado por el exceso de decibelios de todo lo que está pasando y no por su importancia. Pienso que hemos aceptado que la estridencia entre en nuestras vidas y que este interrumpiendo la comunicación entre las personas. Tal vez sea el precio que estamos pagando por aceptar el volumen exagerado de la música en los conciertos, en los cines o en cualquier acto donde se está comunicando algo.

Si miramos a nuestro alrededor veremos que el volumen ha subido en nuestras vidas. Vemos cómo la estridencia se asume como algo normal. Cómo cada vez más gritamos para que nos escuchen, para debatir y mostrar nuestros puntos de vista. Y, cómo, casi sin darnos cuenta estamos intentando convencer a los demás a base de aumentar el volumen y no con más argumentos. Preferimos esconder la calidad de nuestro mensaje en el ruido que producimos al comunicarlo. Vivimos más deprisa y además lo estamos haciendo más ruidosamente.

Resulta normal que estemos rodeados de sonidos, muchos de ellos producidos por nosotros, nuestros pueblos están llenos de ellos: coches que pasan, el mormullo de la gente al pasar, las voces o la música de una televisión o una radio lejana. También existen otros a los que hay que prestar un poco más de atención: el trino de algunos pájaros, el viento ululando en las ventanas, el sonido de la lluvia… basta con tener los oídos abiertos.  

En muchas ocasiones ya no oímos esos sonidos, nos aislamos escuchando nuestra música preferida o cualquier contenido audiovisual o un pódcast que sea de nuestra preferencia, lo preferimos a escuchar el latido del ambiente que nos rodea. Si lo analizamos un poco, vivir en nuestro pueblo ensimismados atendiendo solo a lo que nos agrada levanta una valla entre todo lo que hay fuera y lo que elijo escuchar en mi propio entorno auditivo. Ya sé que así nos evitamos escuchar una serie de tonterías sonoras, pero por ahí se nos mete la mala opción del aislamiento, de construir nuestro mundo, un mundo hecho para y solo para mi comodidad.

Si el sonido está demasiado alto o bajamos el volumen o nos distanciamos lo suficiente para seguir escuchando, tenemos que estar abiertos a todo lo que nos rodea, abrir los oídos para escuchar al mundo aunque no nos guste lo que nos dice, es nuestro mundo y mientras no consigamos que suenen nuestras canciones tenemos que seguir prestando atención.

jueves, 23 de abril de 2026

¡Buenos días! Partidocracia.

  


   

        Ayer cayo en mis manos una palabra que no había oído desde hace mucho tiempo: partidocracia. Solamente con ver la terminación “cracia” ya entendí su significado, a pesar de lo cual la busqué en el diccionario y me encontré con la siguiente definición: f. Situación política en la que se produce un abuso del poder de los partidos.

Y la pregunta que aparece es: ¿existe en nuestra democracia? La respuesta no la puedo tener clara al no pertenecer a ningún partido político y no saber desde dentro cual es en realidad su funcionamiento y su objetivo. Sin embargo, si que me doy cuenta de que los líderes de cada partido se han formado y han basado su estrategia para llegar a lo más alto en derribar al enemigo político, sin tener en consideración que, por delante de sus ideas, se encuentra la sociedad a la que pretenden servir, a la que deberían tener como lo más principal y prioritario.

Repasando, veo algunas formas de actuar que me llevan a pensar en que algo de partidocracia tenemos. Existen algunas consignas que se repiten durante décadas y que me parece que son síntomas de una enfermedad llamada partidocracia.

Tal vez la más usada sea la del cambio, buscar un cambio sin cambiar, aunque lo único que no cambia con las décadas es el enemigo político que se debe combatir, que no es otro que el que les quito el poder en las anteriores elecciones. O sea, llegar al poder por el poder, y a ser posible no dejarlo para así llevar a la sociedad a las ideas estrictas del programa interno de cada partido.

Otra consigna muy manoseada es la del progreso, que exhiben los que según en cada ocasión se suelen llamar progresistas o reformistas, y que haciendo un pequeño resumen consiste básicamente en ir destruyendo poco a poco toda la tradición filosófica y religiosa que se mantiene desde hace siglos para reemplazarla por otras esclavitudes filosóficas basadas en la igualdad, la libertad y la fraternidad entre los afines a cada ideología.

Otra reacción que me pone en alerta es el deseo desmedido de poder, la voluntad de poder en los partidos políticos los puede llevar a la partidocracia, y esto es nihilista, lo que los lleva a negar todo principio religioso, político y social.

En estos días podemos ver a nuestro alrededor ejemplos lo suficientemente claros para ponernos en alerta: la dictadura política de los medios de comunicación en la corrupción política y social, la tiranía de la degradación cultural y espiritual, debido al desprecio de los bienes morales dados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) y que son un reflejo de la Doctrina Social de la Iglesia Católica.

En fin, es interesante que estemos alerta.

miércoles, 22 de abril de 2026

Buenos días. ¿Por qué a mí sí?

 


Hay días que al acercarse a las noticias aparecen preguntas que se encuentran escondidas en unos privilegios que nos pasan desapercibidos: ¿por qué yo vivo en una sociedad en paz mientras hay personas que padecen las tragedias de una guerra? Cuando aparecen estas preguntas, no queda más remedio que reconocer una realidad tan clara y verdadera como necesaria: mucho de lo que tengo no es mío, tengo la suerte de que me ha tocado.

Con esto no estoy diciendo que mi esfuerzo personal por mejorar no ha servido para nada, lo que quiero es mirar la situación desde otro punto de vista. Tengo que reconocer que todo lo que me he encontrado, las oportunidades que se me han dado tienen mucho más que ver con el lugar donde he nacido que por mis méritos personales. No puedo negarlo, si lo hiciera estaría siendo soberbio y me equivocaría al pensar que todo lo que tengo y he conseguido se debe solamente a mi trabajo y esfuerzo. No sería verdad, y me serviría para llegar a la conclusión que debo pensar solo en mí y hacerlo para buscar mejoras solo para mí. La realidad de mi situación actual tiene más que ver con haber tenido las oportunidades para poderla alcanzar que de mis esfuerzos por conseguirla.

Si soy consciente de que casi nada de lo que soy es mío por derecho propio, la única salida sensata es reconocer que todo es de todos y eso cambia por completo la visión que tenemos de los demás.

martes, 21 de abril de 2026

Buenos días. ¿Ahora sí que sí?

 


Cuantas veces me he encontrado con que una mejoría en mi situación ya sea económica, sentimental o casi de cualquier otro tipo, me ha llevado a pensar: “Ahora sí que sí”. Y durante un tiempo me he sentido encantado de la vida.

Es un tiempo durante el cual me vengo arriba. Todo me parece maravilloso. Pero el tiempo pasa, y lo que sin duda parecía una gran mejoría termina siendo lo normal, mi día a día.

Eso, que ya me ha sucedido varias veces, es una adaptación a lo bueno y que me devuelve a un nivel normal de felicidad. Cuando esto sucede, te das cuenta de que tenemos una facilidad para convertir lo extraordinario en cotidiano.

Después de estar un tiempo buscando y deseando esa cosa que me va a dar un placer inmenso, al cabo de un tiempo me doy cuenta de que he vuelto a un punto casi idéntico al de antes. Es como si la vida me dijera: “Perfecto, disfruta, pero no te emociones mucho que esto dura un plis plas”

A veces he pensado, que, aunque no me guste demasiado, esa adaptación tiene bastante sentido. Las personas hemos sido creadas para adaptarnos. Si no consiguiéramos adaptarnos a la situación en la que nos encontramos nuestra vida estaría llena de altibajos constantes. El problema aparece cuando esos momentos iniciales de una gran felicidad los confundimos, pensando que van a ser una felicidad permanente, y los buscamos continuamente pensando que va a ser el definitivo.

Lo que quiero decir es que: la persona se acostumbra. Para bien y para mal. Si miramos un poco nuestra vida, estoy seguro, de que lo podemos comprobar fácilmente. Con el coche, el teléfono o el piso que acabamos de comprar, y que a los pocos meses ya estamos mirando otro que nos parece mejor.

Aquí aparece en nuestra sociedad el consumismo. Ya que al ser consciente de que la ilusión se nos va apagando, buscamos otra dosis: otra compra, otro cambio, otro objetivo. Y así vamos empalmando deseos. Y al sistema económico, de hecho, le gusta mucho esta forma de afrontar la vida, pues siempre nos pondrá delante algo nuevo que ofrecernos para que tengamos la sensación de que ahora sí, con eso que nos falta ya vamos a ser completamente felices.

Lo que en realidad sucede es que todos los objetivos y las metas que sean puramente materialistas nos van a dar una satisfacción a corto plazo y no a largo plazo. En cambio, lo que suele dejarnos de verdad una felicidad con más solidez son cosas y asuntos que tengan que ver más con las relaciones personales. Lo que no quiere decir que desear vivir en un piso mejor esté mal. Ni mucho menos. Resulta bastante obvio que el dinero nos dará seguridad, algo de comodidad y un margen para vivir mejor, pero estamos hablando de felicidad.

Aquí de lo que se trata es de no creer que esas cosas nos van a dar algo que no pueden ofrecer. Ganar más dinero nos puede ayudar mucho, pero no va a resolver por sí solo nuestra vida interior ni nos puede dar paz mental. Así que lo que tenemos que intentar hacer es prestar más atención a lo que sí alimenta el bienestar de forma más estable.

En el fondo, la cuestión es bastante sencilla, está bien disfrutar de lo material, pero no resulta interesante apoyarse mucho en ello para ser feliz. Porque lo nuevo se pasa. Lo que permanecerá más es cómo vivo, con quién comparto mi vida, a quien se la ofrezco y dónde pongo cada día la atención.

domingo, 19 de abril de 2026

¡Buenos días! ¿Débil?

      



  En una sociedad como la nuestra donde se alaba el control, la dureza e imponer las cosas, cuando se le llama a alguien “débil”, lo primero que nos viene a la cabeza es que se le está menospreciando y es posible que lo podamos interpretar como un insulto. 

        Sin embargo, desde mi humilde punto de vista, si se llama “débil” a una persona cuando pone por delante el amor a las personas, esa posible debilidad adquiere un concepto diferente. La debilidad que se puede mostrar cuando se elige no aplastar, sino que se elige abrazar o cuando esa supuesta debilidad aparece al responder a la violencia con misericordia, eso es una señal de uno de los más grandes signos de amor. 

        Si observamos la debilidad desde ese punto de vista, entonces veremos que no se trata de no tener fuerza, sino tenerla y elegir no utilizarla para destruir. Se trata de tener la posibilidad de imponerse y se elige servir. Se trata de defender la verdad sin necesidad de aplastar a los demás. 

        Sin embargo, somos débiles y limitados, ya que tropezamos muchas veces, nos equivocamos, nos dan miedo nuestros temores, tenemos nuestros miedos, nuestras depresiones y tristezas. Caemos y en muchas ocasiones no deseamos levantarnos sino más bien quedarnos tranquilamente en el triste consuelo de la autocompasión, o quedarnos dormidos en la dura cama de la huida. 

        ¿Qué hacer entonces? Tal vez nuestra mayor debilidad se encuentre en no saber qué hacer con ella o, es más desesperar. Si somos conscientes de que todos podemos tener esas debilidades ¿Por qué no aprovecharnos? Es por lo tanto ese “todos somos débiles” la ocasión para ver el camino a seguir. Sí, mi debilidad puede ser un lugar donde encontrarme con los demás: es saber de mis debilidades lo que lleva a perdonar, lo que me ayuda a comprender a otros. Pero eso no se hace automáticamente. Se necesita antes un trabajo para ver donde se encuentran nuestros límites y recorrer un largo camino que estará lleno de sudores, ampollas y heridas.  

        Compartir esa debilidad nuestra es también algo que nos hace fuertes. El tener la experiencia de un tropiezo y tomar la decisión de comunicárselo a algún amigo puede ser el motivo de un encuentro maravilloso, un encuentro de debilidades que puede ser capaz de mover montañas.