martes, 31 de marzo de 2026

¡Buenos días! ¿Soy populista?

 


En esto de preguntarnos si somos populistas o no, debemos tener en cuenta que necesitamos usar bien el concepto de “pueblo”.

La dificultad de la idea de pueblo aparece cuando hablamos sin conocerlo, o sea cuando lo conocemos a base de encuestas o cuando a base de análisis ideológicos se exaltan unos grupos que nos impiden comprender lo que la gente realmente piensa y experimenta, mientras se olvida que en cada grupo humano hay buenos y malos.

Por eso, más que hablar del pueblo, como si se tratase de una categoría mítica que alcanza y unifica misteriosamente a una gran cantidad de personas, nos conviene fijarnos en las personas concretas. Escuchar sus puntos de vista, percibir sus preocupaciones y sus esperanzas.

Entonces podremos acercarnos a la realidad de los grupos humanos en su riqueza inagotable, en sus cambios, en sus aspiraciones y sus esfuerzos individuales y colectivos hacia objetivos más o menos concretos.

Desde estas premisas, no olvidemos que la respuesta a nuestra pregunta no puede caer en la tentación de decidir quién es y quién no es populista. O de señalar qué grupos tienen el deshonor o para otros el honor de llevar este curioso apellido.

No, la pregunta debe ser más audaz y realista y adentrarse en el seno de nuestras actitudes y modos de hacer, que es donde realmente cristaliza la calidad y la pobreza de nuestro pensamiento. Por tanto, el reto no está en clasificar a los distintos miembros, grupos y situarnos en uno de ellos, sino en identificar una serie de elementos que pueden tener puntos en común con el populismo en su versión política y que, como en todo grupo humano, también emergen en nuestro modo de ser.

En cualquier caso, cada uno de nosotros no vamos a poder quedarnos al margen de cada una de las malas dinámicas que existen hoy en día. Nadie está a salvo ni libre de caer en esos errores, por desgracia, estoy seguro de que ya habremos cometido alguno de ellos. Entonces, ¿cuáles son los síntomas de esta curiosa enfermedad que es el populismo?

lunes, 30 de marzo de 2026

Buenos días. ¿El populismo, está influyendo en mis decisiones?

 



Si miro la prensa veo que tenemos mucho populismo, no me refiero al populismo que tiene como objetivo acercarse al pueblo sino al populismo político que busca el apoyo popular dividiendo a la sociedad en dos bandos incompatibles, no se trata de una ideología, sino más bien de una estrategia que ofrece soluciones simples a problemas complicados, apoyándose en las emociones y los sentimientos de las personas.

Al tratarse de una estrategia la podemos encontrar en cualquier opción política. Tanto en grupos de izquierda como de derecha, auspiciado por progresistas, por nacionalistas y por conservadores, bajo causas aparentemente nobles y justas, y en otros casos canalizando hastío, sed de venganza y malestar crónico. Presente en todos los lugares, incluso en nuestras tertulias y en nuestras sobremesas junto a un café.

Esta forma de actuar que divide y polariza, no solo se ha quedado en la política, sino que cada vez más está entrando en nuestra vida y por desgracia nos está llevando a elegir soluciones fáciles a problemas que no lo son. Está penetrando en nuestra forma de ser no porque los políticos lo utilizan en demasía, sino por nuestra pobreza de pensamiento que nos impide comprender la realidad que nos rodea en toda su complejidad.

Si lo anterior puede ser verdad, la pregunta es necesaria: ¿el populismo está realmente presente en nosotros? Es decir, hacernos la pregunta de cómo este fenómeno, que tiene una fuerte relación con la verdad, está influyendo en nuestra vida. Dicho de otra manera: ¿hay sospechas de populismo en nuestras decisiones? ¿Estoy a salvo de este fenómeno?

Preguntas, todas ellas, que se merecen un poco de reflexión y que voy a tener que pensar mis respuestas.

domingo, 29 de marzo de 2026

¡Buenos días! Demos la paz.

 


Recordaba ayer haber leído en la novela 1984 que escribió George Orwell algo parecido a que un líder debe mantener a su gente en un estado de miedo constante, haciéndole pensar que en cualquier momento puede ser atacado y así renunciará a su libertad para vivir. Me parece adivinar algo parecido en lo que están sintiendo los estadounidenses desde hace unos años.

Y es que el miedo es otro de los motivos por los cuales se empiezan las guerras, así como lo puede ser también el sentido del honor, son muchos los motivos por los cuales vemos que se pueden comenzar las guerras, de ahí lo complicado que es evitarlas. Alguien dijo y con razón que es bastante más sencillo hacer la guerra que la paz. Tal vez sea porque los que comienzan una guerra vean en ella una solución fácil para solucionar sus problemas y alcanzar unos beneficios rápidos: sin embargo, siempre resulta después imprevisible, con enormes costos, ante todo – pero no sólo – en términos de vidas humanas. Pocas veces se piensan en los problemas que habrá que solucionar cuando se termine.

Todo son, como ya sabéis, problemas e inconvenientes que nos encontramos en una guerra y a pesar de ello, las guerras siguen produciéndose con demasiada facilidad. Lo que nos viene a demostrar que la paz es más difícil y complicada de proponer, y lo es, tal vez, porque es más respetuosa con la verdad de las cosas, y con la verdad de nosotros mismos, ya que el problema que causa una guerra surge primero dentro de nosotros mismos. Son muchos los problemas que el hombre tiene y no son fáciles de resolver.

Creo que podemos ir cambiando las cosas, no será fácil sin duda, ya que venimos de una larga tradición. Si vemos como se entiende en la antigua Grecia y en la antigua Roma la palabra paz veremos que en nuestra cultura paz significa básicamente ausencia de guerra.

La palabra griega para paz es, “eiréne”, que significa literalmente la pausa entre una guerra y otra; la palabra latina “pax” significa el acuerdo de no beligerancia temporal. Ambos términos nos dejan el mensaje de que la paz es un estado de cosas excepcional y de corta duración y que la guerra es la norma.

Si además de todo esto vemos que resulta demasiado fácil incitar al odio y la destrucción en las escuelas, en la política, en los libros e incluso en lugares de oración. Nos damos cuenta de que tal vez sea una pobreza cultural la que se encuentra en el origen de muchas decisiones que se toman en nuestra sociedad, más atenta a los intereses partidistas que a una paz que acabe beneficiando a todos a largo plazo.

Por todo ello, el camino de la paz, aunque deseado y apreciado como un bien evidente, si de verdad queremos llevarlo a cabo, será necesario un gran esfuerzo y sacrificio a todos los niveles. Por parte de todos.

En fin, demos fraternalmente la paz a todos.

sábado, 28 de marzo de 2026

¡Buenos días! Hemos cometido un error.

 


Me encuentro algunas veces ante acontecimientos que me hacen daño, no un dolor físico sino moral, hechos que me descomponen por dentro y de los que huyo, me aparto, se me revuelve el estómago y los evito. Me autocensuro, los esquivo en las conversaciones y con solo leer el titular de la noticia lo soslayo. Se trata simplemente de ese refrán tan sencillo y claro de: “ojos que no ven, corazón que no llora”. Me refiero a cada caso de eutanasia y en especial a este último.

Y es que mi generación algo ha hecho mal, la sociedad que he ayudado a crear es derrotada en cada ocasión que no puede garantizar el cuidado y el bienestar de los que son más vulnerables, consiguiendo además que lleguen a la conclusión de que la muerte es su mejor solución. Mi forma de ver la eutanasia parece claro que contrasta con la idea de muchos políticos y de mucha gente que, no tengo dudas, con buena intención se olvidan de que en cada vida hay algo que es único, que tiene el valor sagrado de un regalo que se nos ha hecho y que como sociedad tenemos el deber de defender, cueste lo que cueste, y es que cada persona posee una dignidad infinita.

En este caso al igual que con la guerra siempre he sido del parecer que algo malo no se soluciona con más cantidad mal, un fuego no se apaga con más fuego, y la muerte no puede ser la solución a una vida desafortunada, por desgraciada que sea. La compasión, la auténtica compasión no puede contraponerse con la bioética que intenta resolver conflictos éticos en la medicina, ni los derechos de las personas pueden estar a favor de la muerte.

En la sociedad que mi generación debería de haber ayudado a crear, una Ley debería de estar hecha para defender a los más débiles, y en este caso, Noelia claramente lo es. Y la vida de esta persona merece ser vivida, valorada y apreciada, y no hemos estado a la altura como sociedad, y honestamente, la mayoría de nosotros sabemos que hubiera tenido posibilidades de salir adelante bien tratada o acompañada como merece. Otra cosa es que, en mi sociedad, de tan empáticos que nos creemos, hemos quitado las vallas que separan del abismo de la muerte a los más frágiles y vulnerables. Por desgracia, creo que aun veré cosas peores. Y en esta ocasión nos hemos equivocado, hemos cometido un error, tal vez el único error que no se puede ya solucionar.  

viernes, 27 de marzo de 2026

Buenos días. ¡Guerras por ideología!

 


Si anteayer daba a la supervivencia como uno de los motivos por los cuales se producen las guerras, hoy, he encontrado otro motivo que no se queda atrás, se trata de las ideas. Son guerras que se libran en nombre de la religión, de la nación, de la raza, de la sociedad perfecta, de una identidad colectiva, siempre que se piense que toda persona que demuestre una idea o un pensamiento diferente es un mal que no queda más remedio que eliminar.

Son guerras que por lo general son mucho más crueles que las económicas ya que los conflictos por una idea política o religiosa justifican todo lo que se hace en su nombre. La base de este motivo se encuentra en que quien no sigue mi ideología es como una enfermedad que hay que curar y erradicar, por lo que merece morir, y en algunos casos se ven a esas personas como un sacrificio que es necesario para alcanzar nuestro ideal, ya que este beneficiará a toda la sociedad.

El aspecto cultural en lugares donde una ideología va cogiendo fuerza es también muy importante, la educación muchas veces se basa y ve con buenos ojos al hombre “espartano”, que demuestra su valía luchando. La literatura da muestras continuamente de guerras que son necesarias para el progreso. Incluso en épocas donde la paz parecía gozar de buena salud, hemos visto como las ideas nacionalistas mostraban su militarismo en forma de desfiles y fuerza militar.

Nuestras dos guerras mundiales se pueden considerar de esta manera, se comprobó incluso en el mundo de la ciencia. Se rechazan los descubrimientos y escritos por venir de un lugar que se considera hostil. Un ejemplo lo vimos con la teoría de la relatividad general de Einstein, que fue fuertemente rechazada en Oxford porque su autor era considerado un enemigo de Inglaterra.

En nuestros días podemos ver cómo en nombre de una ideología o del nacionalismo han sido motivos más que suficientes para empezar una guerra. Recordemos en cómo la política y la demagogia han desempeñado un papel clave en guerras de no hace mucho como la de la antigua Yugoslavia o la de Ruanda donde se envenenaron los lazos de amistad y de familia de tal manera que propiciaron una serie de venganzas y ajustes de cuentas causando innumerables muertes.

Y es que los clichés culturales son uno de los factores más poderosos en la decisión de hacer la guerra, porque recurren a la sugestión y a las emociones, que tienen fuertes vínculos con el inconsciente. Y es significativo que cuando se enfrentan al pensamiento crítico, demuestran no tener justificación.

Ejemplos los encontramos en muchos lugares de la antigua Yugoslavia, donde vivían sin problemas aparentes serbios y croatas, y que se convirtieron de un día para otro en escenarios de un odio mortal. La mayoría de las personas se conocían, fueron juntos a la escuela. Antes de empezar el conflicto, algunos trabajaban en el mismo lugar, salían de fiesta juntos y de repente empiezan a intercambiarse insultos y pasan a matarse entre ellos. Y sus motivos vistos ahora con tranquilidad nos parecen absurdos.

Lo que sorprende es la vaguedad de estos motivos cuando se repasan con tranquilidad, tal vez sea el uso que hacen de esos motivos los políticos y demagogos en beneficio propio, sea la causa de que décadas de vida pacífica en común se rompa de una manera tan rápida y cruenta.

Una consecuencia de una propaganda mal intencionada lleva a producir miedo en la gente y de ahí a provocar una guerra defensiva solamente hay un paso, pero la guerra por miedo la dejaremos para otro día.

miércoles, 25 de marzo de 2026

¡Buenos días! ¿Por qué las guerras?

 


A pesar de todo lo que hemos aprendido y experimentado, los hombres no dejamos de emprender guerras, cuando sabemos que es un acto completamente irracional. Ya casi nadie tiene dudas de que una guerra hoy en día es esencialmente devastadora, todos los que comienzan una guerra saben que van a poner en riesgo lo más grande que tiene, la vida. Saben que van a causar heridas y traumas a personas y naciones que van a permanecer incluso muchos años de haber terminado. Y, sin embargo, guerras hemos tenido desde el principio de la historia. Es sintomático que la propia historia, tanto la sagrada como la profana, comience con el fratricidio.

Leí el otro día que siempre podemos encontrar, si queremos, un motivo para discutir y pelearnos. Es fácil. La dificultad la encontramos en entender por qué buscamos esas razones para empezar las discrepancias. Uno de los motivos, aunque más bien podría decir que una combinación de codicia y agresividad es uno de los más repetidos.

Pensemos un poco, ya Plauto en su obra Asinaria, con esa expresión de “el hombre es un lobo para el hombre” o en latín “homo homini lupus”, ya nos quería mostrar que la guerra y la agresión violenta desde siempre ha sido uno de los sistemas que más se ha utilizado para la propia supervivencia, aunque en la mayoría de las ocasiones haya tenido como resultado una ruina para una parte. Esta frase lo que intenta resumir es la opinión de que las personas para poder llegar a un acuerdo y respetarlo, sólo lo harán cuando se encuentren bajo la amenaza de un poder superior, fuerte y absoluto que sea capaz de protegerlos.  

Esto lo podemos comprobar sencillamente mirando a nuestra vieja Europa y sus dos guerras mundiales o a nuestra guerra civil, que se dieron en el siglo pasado cuando se consideraba que se vivía en una sociedad civilizada y culta. En unos años dónde el progreso era imparable y los adelantos de la ciencia presagiaban un futuro optimista. Y, sin embargo, curiosamente, fue ese progreso y esa ciencia las que crearon nuevas y mortíferas armas que contribuyeron a una destrucción sin precedentes.

Lo que estoy tratando de explicar es que la guerra y la agresión violenta se encuentra presente en toda persona y que la cultura y la civilización hasta ahora no han podido eliminar. Pero claro, esto esta bien cuando quiero explicar una agresión que se realiza bajo un acto instintivo o reflejo, pero cuando tengo que explicar esa agresión que se va repitiendo continuamente, siglo tras siglo, sabiendo que es perjudicial no hay más remedio que profundizar un poco más.

Podemos leer mucho sobre el tema, pero el sentido común nos dice que una guerra no es un acto reflejo, no se trata de un instinto básico de supervivencia, sino que se trata de una acción que aparece cuando el hombre es incapaz de dar sentido a la situación por la que esta pasando y agrede para superar un problema o las dificultades para conseguir un bien para el mismo o para su sociedad.

De ahí que por ejemplo la codicia, así como la acumulación de bienes y recursos se encuentre en el origen de muchas guerras. Podemos por lo tanto añadir, que la economía como motor de una sociedad puede lanzar a una sociedad a una agresión, ya sea para mejorarla o para que no se deteriore.  

En fin, se pueden añadir fácilmente varios motivos más como la ideología, el miedo y el sentido del honor para explicar el porque de las guerras, pero esos motivos los dejaremos para otro día

martes, 24 de marzo de 2026

¡Buenos días! Viajar hacia adentro.

 


Nos suele suceder a muchas personas que la vida se desarrolla, muchas veces, en un círculo pequeño o más bien reducido. Repasamos nuestras costumbres, nuestras opiniones cuando conversamos, nuestras emociones y los ambientes en los que nos movemos y nos damos cuenta de que hace tiempo que se mueven dentro del mismo perímetro. Ese espacio nos ofrece tranquilidad y seguridad, nuestro “yo” se siente a gusto, y sin embargo puede convertirse en una prisión de la que sin darnos cuenta nos hemos encerrado. Salir de ese encierro no es otra cosa que abrir puertas y ventanas para ventilar, para que entre el aire fresco. Es hacer algo que nos dé un poco más de libertad.   

En esta ocasión no me estoy refiriendo a viajar, a irse de viaje en el sentido de hacer turismo y conocer nuevos lugares. Aunque la verdad si que se trata de realizar un viaje, pero de un viaje interior. Ese entrar en nuestro interior no es un encierro, sino que se trata de una apertura. Al entrar en nuestro “yo” más profundo podemos descubrir que no coincide con esa forma de ser y de actuar que solemos manifestar dentro de nuestro circulo cotidiano y que tanta seguridad nos da. Salir de uno mismo implica también romper nuestra forma de ser habitual para ver si encontramos algo nuevo que nos muestre nuevos horizontes.

No sería de extrañar que nuestro yo más auténtico se presentara cuando dejáramos de repetir automáticamente nuestra vida cotidiana y nos atreviéramos a investigar si hay algo más. Salir de uno mismo es, por lo tanto, un acto de valentía.

Salir no implica necesariamente coger el coche y marcharse. Podemos emprender un viaje sin movernos. Un viaje hacia nuestro interior no es buscar un refugio en el que esconderse, es descubrir y darse cuenta de que nuestro yo más profundo es más grande que el yo que creemos ser.

No hay duda de que es complicado salir de nuestras ideas, lo es muchas veces porque nos encontramos encerrados en auténticas prisiones, esto nos exige tener la capacidad para pararnos por un momento y examinarlas, no de repetirlas constantemente. Salir de nuestras ideas conlleva someterlas a la prueba de la discusión y el dialogo, a dudar y a probar. Es bueno cuestionarse, intentar comprender.

lunes, 23 de marzo de 2026

Un infierno real.

 


He estado mirando las imágenes que nos muestran los medios de comunicación de Irán, Ucrania, Líbano, Israel, Nigeria y podría seguir un poco más con imágenes de otras partes del mundo y, he pensado que todas esas imágenes me muestran lugares o situaciones donde existe un gran sufrimiento y que deben de ser lugares muy parecidos a lo que debe ser el infierno.

No hace falta ser creyente ni tener alguna clase de fe para decir que el infierno existe, estamos ante unos hechos y una evidencia que nos lo muestran. Y digo que no hace falta tener ninguna clase de fe porque estos infiernos son una creación de las personas.

Hoy más que nunca nos encontramos con que la política es muy complicada y llena de muchos matices difíciles de entender. Nos encontramos en situaciones donde podemos estar en desacuerdo con el gobierno, lo que no nos debe impedir hacer nuestra vida con normalidad, solo hay que esperar las elecciones y comprobar hasta dónde llega y si es mayoritario o minoritario. Sin embargo, hay gobiernos que en ese espacio de tiempo pueden llevar a sus países a la ruina, que no aceptan el desacuerdo ni la crítica y que oprimen a sus ciudadanos. O sea, gobiernos corrompidos que impiden que muchas personas puedan vivir su vida con normalidad.

Teniendo claro que entender la política nacional e internacional es muy difícil y complicada, debemos tener claro que hay acciones que no son de ninguna manera compatibles con nuestra forma de pensar, al menos con la mía. Y la guerra es una de ellas.

Hoy en día ya no hay ninguna guerra que sea justa, esa guerra que en la edad media los teólogos hablaban y que en primer lugar era para defenderse de injustas agresiones hoy en día ya no se puede dar. Las condiciones actuales nada tienen que ver con aquellas. Entonces morían los soldados. Hoy lo hacen personas inocentes. Antes se luchaba con piedras y espadas. Hoy nos encontramos con armas de destrucción masivas. Ya no se dan las condiciones para poder hablar de guerra justa. La guerra siempre debería de ser evitable.

Estos infiernos que vemos cada día, que hemos creado nosotros, nos deben de ayudar a entender de que si hay infierno después de la muerte será de alguna manera también una creación nuestra. En mi humilde opinión existen muchas posibilidades de que en ese infierno no haya nadie, pero esto es solo una posibilidad que tengo que mantener ya que creo que la salvación solo depende de la bondad de Dios y de alguna manera de nuestra aceptación de Dios. Esta es una cuestión un poco complicada y que debería de ser analizada con más detenimiento, pero creyendo que Dios solo sabe hacer cielos y que de él solo sale lo bueno, solo nuestro libre albedrio, rachándolo nos podría llevar al infierno. Me parece difícil que una persona diga “no” a todo lo bueno y por tanto diga “no” a Dios sabiendo lo que hace. Sin embargo, ya no veo tan difícil que se diga “no” a la persona como imagen de Dios, donde Dios mismo se hace presente. Es aquí donde desgraciadamente la persona sí que sabe lo que hace.

De todas maneras, no se puede juzgar lo que ocurre en el fondo del corazón de las personas. De ahí que no sepa con exactitud si hay alguien en el infierno, pero haya alguien o no, hay que mantener abierta esa posibilidad ya que existe una libertad humana que es real. Entonces, si no es posible decir “no”, tampoco el “si” tiene sentido. Y si existe la posibilidad de decir “no” y  “si”, no queda más remedio que asumir las responsabilidades de nuestra decisión.

domingo, 22 de marzo de 2026

Odios ilógicos.

 




Una de las cosas más curiosas y tristes que aún nos suceden a las personas es que nos aparecen odios que se basan en supuestos equivocados y a la vez injustos. Odios que no tienen ninguna base lógica.

Veamos, hay quien odia a las personas de un país de un modo indiscriminado solamente por las atrocidades que han cometido algunos ciudadanos de ese mismo país, es triste, pero eso lo vemos continuamente. También vemos como se desprecia a toda una familia de un asesino cuando el acto criminal fue realizado solo por el culpable, no por su familia. O cuando se estigmatiza a toda una religión por las injusticias cometidas por algún miembro de esa creencia.

Incluso en política vemos como se tilda de corruptos a todos los miembros de un partido político porque hay afiliados en ese partido que son acusados de corrupción, cuando es muy fácil que los otros sean honestos y justos.

Podría extenderme durante unas cuantas líneas más. Pero supongo que queda claro. Vemos que la irracionalidad de ciertos odios se convierte en condenas sumarias e incluso en agresiones contra personas que nada tienen que ver con los hechos.

Ya sé que incluso el odio "justificado" hacia quien sí es culpable es malo y puede llegar a provocar daños desproporcionados. Pero el odio contra quien nada ha hecho es tan peligroso que ha llevado, a lo largo de la historia, a masacres absurdas y a lágrimas de víctimas que nada tenían que ver con los delitos de otros.

Tenemos delante de nosotros odios sin fundamento, y también nos encontramos ante odios excesivos, por lo que es necesario que nos preocupemos en tener un fuerte sentido común, de apertura de mente, y de amor sincero a la justicia, para condenar cualquier agresión sobre inocentes y para curar a quienes incurren en odios dañinos.

La historia humana se encuentra llena de miles de páginas negras, que fueron producidas por odios irracionales y malignos. Frente al dolor de esas víctimas, y frente a la necesidad de justicia, vale la pena empezar con seriedad a buscar acuerdos y compromisos eficaces para arrinconar esos odios, para promover a personas con mentes y corazones que sepan respetar a los inocentes, y para buscar medios que lleven a castigos adecuados para los culpables, y solo para ellos.

viernes, 20 de marzo de 2026

"Discurso de odio"

 


Hay una palabra que últimamente se está situando en boca de personas que la usan sin haber reflexionado lo que quiere decir ni lo que quieren expresar cuando la usan. La palabra en cuestión es: odio. Y sobre todo adquiere un significado más incomprensible cuando se asocia con la palabra: discurso.

Ya se que no es complicado entender la expresión “discurso de odio”, lo complicado es cuando se usa con un objetivo equivocado. Según lo veo yo, el odio es lo que alimenta a la gran mayoría de las ideologías modernas. Una ideología desde siempre se ha entendido como una filosofía política simple y vulgar. Sin embargo, a las modernas se le añaden una serie de consignas con las que se pretende “instruir” a sus seguidores con la intención de crear reacciones automáticas que se encuentran lejos de cualquier reflexión. Una ideología moderna lo que necesita y hace es estimular a sus seguidores hacia un instinto de conservación que necesita poner cara a un enemigo al que tiene que oponerse, al que necesita descalificar, denigrar, difamar y si es posible destruir.

Y, todo lo anterior ¿cómo se hace? Pues utilizando el odio como herramienta. Esa herramienta hay que saberla usar, y se sabe usar. Un síntoma de que se esta usando es cuando nos damos cuenta de que aparece en muchas situaciones esa forma de opresión que es la “cultura de la cancelación”. Un abono imprescindible para el odio. Esas ideologías han convertido esa semilla de odio en el motor de sus ideas, se odia todo y a todos los que no comulgan con esa ideología.

Por eso, las asociaciones democráticas que se basan en la confrontación de ideologías se convierten en espacios donde no existen otros vínculos entre sus seguidores que los que odian las mismas cosas. Y como hay que ponerle cara al enemigo se termina odiando a la persona.

Se entiende así ese odio que se intuye detrás de los insultos que hallamos en las redes sociales, unas redes sociales a las que se alienta a acudir para que puedan servir para mostrar su rabia, propagar mentiras y liberar los instintos más bajos de la persona.

Pero esta clase de odio, que alimenta a nuestras ideologías modernas, no preocupa al gobernante que las promueve, en todo caso acepta con gusto las consecuencias indeseables que puedan causar, es un precio que paga con gusto, ya que las redes sociales son su instrumento preferido para ejercer un control social. Esta clase de gobernante no desea combatir el odio, sino los “discursos de odio”.

¿Qué se oculta detrás de esa frase? No se oculta combatir al que considera a un “migrante” como un delincuente, o al que se burla de una “persona trans”. Lo que sucede es que detrás de ese “discurso de odio” se coloca también cualquier argumentación que muestre cualquier clase de relación entre una inmigración sin control y el aumento de la delincuencia, o peor aún, que se considere “discurso de odio” cualquier información periodística que revele la nacionalidad o los orígenes de un delincuente. Y, por supuesto, se considera “discurso de odio” no sólo el acto de burlarse de una 'persona trans', sino en general cualquier toma de postura que no acepte lo que me parece que se llama teoría “queer” en todos sus puntos, se mete en el mismo saco de “discurso de odio” afirmar o sugerir que el sexo es una realidad biológica.

O sea, el “discurso de odio” que nos quieren mostrar no es el insulto más dañino y brutal, sino la explicación razonada de una evidencia, en el caso de que esa evidencia se oponga a la ideología que nos esté gobernando o a los modelos culturales de moda, sin importar que esa ideología sea desastrosa o esa moda completamente loca.

De ahí que para conseguir que todos piensen igual, no es suficiente con imponer o inducir conductas, no basta con atribuir un nuevo significado a las palabras, sino que además y más importante hay que penetrar en el interior de la persona, de manera que sea una autocensura la que convierta a nuestro cerebro en una cárcel para nuestros pensamientos. Se trata de igualar nuestras conciencias, transformando a cada persona de única y diferente en una oveja en medio de un rebaño que sigue sin rechistar a su pastor.

jueves, 19 de marzo de 2026

Experiencia solidaria.

     


    Después de la entrada de ayer no queda más remedio que hacer un esfuerzo más y reflexionar, y analizar la solidaridad en su sentido más profundo. Si así lo hacemos nos daremos cuenta de que no se trata simplemente de un acto reflejo ante una desgracia, sino de que se trata de un compromiso que hemos adquirido con los demás. Supone aceptar que estamos entrelazados, que la suerte del más débil de nosotros nos afecta y que el valor de una sociedad se ve en cómo trata a los que no pueden defenderse por sí mismo. En este sentido, la experiencia solidaria de los españoles ante la desgracia podría ser una escuela moral para afrontar otros desafíos éticos que nos interpelan todos los días.

En esta situación nos resulta casi inevitable que nos pongamos ante una pregunta incómoda pero necesaria: ¿por qué esa compasión y solidaridad, tan real ante la desgracia visible, no abarca de la misma manera al ser humano no nacido, al enfermo terminal, al discapacitado o al anciano frágil? ¿Por qué algunas vidas parecen merecer protección incondicional mientras otras quedan sometidas a debates sobre su “calidad” o su “utilidad”? Si ponemos excepciones a la dignidad humana la estamos debilitando.

Defender la dignidad del ser humano no nacido, del enfermo terminal o del anciano no quiere decir que no se reconozca el sufrimiento ni las dificultades reales que acompañan estas situaciones. Significa, sobre todo, afirmar que la respuesta ética al dolor no puede ser la eliminación de quien sufre, sino el acompañamiento, el cuidado y la protección.

En fin, nos encontramos en una sociedad donde existe una fuerte exaltación de la autonomía individual y de la eficiencia. Esto, que es legítimo en muchos aspectos, se vuelve problemático cuando se  obstaculizan y se aplican al valor de la vida humana. El riesgo es claro: los que no encajan en el ideal de independencia o rendimiento como puede ser el caso del enfermo grave, del discapacitado, del anciano dependiente, pueden ser vistos como una carga más que como personas con una dignidad inviolable. Frente a esta lógica, la solidaridad auténtica nos debe recordar que la interdependencia es una característica esencial de la condición humana.

España, tiene una tradición de apoyo familiar y comunitario, posee un capital humano y cultural valioso para resistir esta deriva. La atención a los mayores, el cuidado de los enfermos y la sensibilidad ante la exclusión social han sido históricamente signos de una ética del cuidado que no debería perderse. Reafirmar la dignidad de la vida humana implica fortalecer estas prácticas, dotarlas de recursos y, sobre todo, sostenerlas con una visión de la realidad humana que sea coherente.

Cuánta riqueza moral y humana nos daría una sociedad que aplicará la misma mirada solidaria que muestra ante la desgracia colectiva a cada ser humano, independientemente de su circunstancia y condición. Una mirada que no descarte, que no seleccione, que no mida el valor de la vida, sino que la acoja y proteja siempre como un bien digno de ser defendido.

miércoles, 18 de marzo de 2026

No hay vidas “más dignas”

    


    De toda la entrada de ayer hay que destacar que la dignidad de la persona es uno de los pilares más profundos sobre los que se construye cualquier sociedad verdaderamente justa. Como quería expresar ayer ese “yo” que nos iguala no se trata de un concepto abstracto ni una forma jurídica, sino que se trata más bien de un convencimiento ético que se da cuenta del valor intrínseco que hay en cada ser humano, independientemente de su utilidad, de su salud, de su edad o de sus circunstancias vitales.

Cuando esa convicción se siente de manera coherente, se muestra en actitudes concretas de respeto, solidaridad y atención, en especial hacia quienes lo están pasando mal.

Dicho esto, quiero hacer hincapié en esa dimensión solidaria que tenemos los españoles, la hemos visto aparecer con fuerza en la reciente desgracia ferroviaria y en el episodio de la Dana, revelando una sensibilidad social que debe ser analizada y profundizar un poco en ella.  

La sociedad española ha dado muestras reiteradas de una capacidad extraordinaria para unirse ante el dolor ajeno. Catástrofes naturales, atentados terroristas, accidentes colectivos o crisis sanitarias han despertado una respuesta espontánea de ayuda mutua, donaciones, voluntariado y acompañamiento.

En cada uno de esos momentos hemos visto cómo las diferencias y la polarización que a veces padecemos parece que se diluye, y aparece una conciencia de grupo, y es que la vida humana nos importa y el sufrimiento del otro nos hace reaccionar. La solidaridad que comprobamos es consecuencia de una intuición moral que se encuentra muy arraigada en nuestra cultura y no se trata de ninguna estrategia ni cálculo, ya sea político o económico  

Si nos detenemos ante este hecho, veremos que nos muestra algo muy importante, vemos que existe un reconocimiento sobreentendido de la dignidad de la persona que sufre. Y es que cuando una sociedad o una comunidad se moviliza para ayudar a las víctimas de un desastre está diciendo y afirmando que ninguna vida le es indiferente, que cada persona merece ser protegida y cuidada. La dignidad de la persona se nos hace aparece precisamente en la vulnerabilidad, cuando el ser humano necesita de otros para seguir adelante. En esas situaciones, la fragilidad no disminuye el valor de la persona; al contrario, lo pone de relieve.

Lo curioso, lo que también me llama la atención, es que esta seguridad, tan patente en situaciones de desgracia, parece que flojea cuando ese sufrimiento no es mediático ni por sorpresa, sino silencioso y habitual. Hay personas que son vulnerables y que no ocupan minutos en las noticias ni provoca manifestaciones masivas, pero esto no quiere decir que no posean una dignidad menor. En una sociedad la coherencia ética se mide, principalmente, por su capacidad para ampliar esa misma mirada de compasión y protección a todas las etapas y condiciones de la vida humana.

 No hay una medida, la dignidad de la vida de las personas no es ni condicional ni gradual, no depende de la autonomía, de la productividad ni de la conciencia plena. Es inseparable al hecho mismo de ser humano. Desde esta perspectiva, no hay vidas “más dignas” que otras, ni personas cuya existencia pueda ser evaluada en función de criterios externos. Esta idea corre el riesgo de vaciarse de contenido cuando se acepta que ciertas vidas pueden ser descartadas porque resultan incómodas, costosas o carentes de expectativas según parámetros sociales dominantes.

martes, 17 de marzo de 2026

Sociedad multiétnica

 


Hay un hecho evidente, que me parece claro, lo veo cada día incluso en mi pueblo cuando recorro sus calles. Para verlo solo basta observar a las personas con las que me cruzo, personas que, tienen rasgos físicos diferentes a los míos, con un color de piel diferente al mío y que practican religiones diferentes a la mía.

Es simple, con un poco de realismo tenemos que reconocer que nuestro entorno es multiétnico. Y, sin embargo, cuando veo discutir sobre cuestiones que tienen que ver con esta realidad multiétnica, tengo la impresión de que no se tiene en cuenta un sano realismo, sino más bien cualquier clase de prejuicio no tan sano.  

Ante esto, encuentro normal que me surjan algunas preguntas: ¿Esta diversidad que veo es solo pasajera? Si nuestra política de migración hubiera sido diferente, ¿se podría haber evitado? Es más, ¿Puedo resignarme por realismo a esta convivencia multiétnica, tratando quizás de contenerla buscando políticas migratorias más estrictas, o existe algo detrás de todo esto que pueda descubrir? ¿Somos realmente tan diferentes en todo o hay algo que está por encima de las diferencias y que todos tenemos en común?

Puedo ahora echar mano de algunos ejemplos que me vienen a la cabeza: Una mujer india acaba de tener un hijo, otra mujer en un rincón del mundo hace lo mismo, una madre da a luz en el hospital de ahí al lado, todas dan a luz a seres humanos que todos reconocen como tales, lo son por sus características externas como por su impronta interior. Así, cuando esos niños se definan mostrarán muchos elementos derivados de diferentes circunstancias, tradiciones e historias, pero sin duda, cuando lo estén haciendo, cuando digan “yo”, estarán indicando un mundo interior, un “corazón”, que es igual en todos nosotros, aunque lo interpretemos de manera diferente.

Si esta marca, ese “corazón”, es lo que distingue a la persona, entonces es precisamente este factor, que es real y que se encuentra presente en cada uno de nosotros, independientemente de la etnia a la que pertenezca o de la latitud en la que haya nacido el que debemos poner en primer lugar. Por eso vale la pena preguntarnos si el reconocimiento de este elemento que llevamos dentro nos puede servir para tener una mirada más verdadera ante las dificultades que nos plantea muchas veces la cuestión multiétnica.  

Este es sin duda el punto clave, porque escondido en esos rasgos físicos tan diferentes, en esos idiomas tan raros, en esas costumbres y en esas culturas tan diferentes, hay un “yo”, un alma desconcertadamente igual a la nuestra. Y la simpatía hacia un corazón tan parecido al nuestro nos puede hacer creativos en el momento en el que tengamos que responder a las muchas preguntas y contradicciones que esta sociedad multiétnica conlleva.

sábado, 14 de marzo de 2026

Falta de coherencia

 


Llevo unos cuantos años viendo como una parte de nuestra sociedad se ha adueñado del relato, de lo políticamente correcto, de la cultura, de lo qué es aceptable, qué es moderno y qué es respetable. Un sector de la sociedad que se ha apoderado de la bandera de la tolerancia, del respeto y de la inclusión, y se consideran especialistas en todo eso.  

Digo todo esto por unas declaraciones que escuche en la entrega de los premios Goya y que me hicieron repasar un poco la manera de ser de una parte de nuestra sociedad que es muy aplaudida por una opinión pública bien adiestrada que no cesa de mostrar esas banderas  constantemente. Pero, cuando se trata de lo cristiano, esos diplomas y esas banderas que tanto se ondean en la opinión pública, se esfuman. La burla les parece bien si se dirige a lo católico. Se legitima la degradación, se ridiculiza a la vez que se sigue defendiendo el respeto.

Si esa parte de la sociedad, todo lo que dicen defender se defendiera no se necesitaría humillar a los que no pensamos igual. Si fuese cierto que se entiende lo que es el respeto, se tendría en cuenta las ideas de la persona que está delante. Si en realidad se fuera inclusivo, no se prescindiría continuamente a quien no comparte las mismas ideas.

Ya sé que esos grupos son lo que dominan la cultura. Los que aparecen en los medios. Los que ponen nombre a todo lo que sucede. Los que toman las decisiones de quién interesa y quién no. Han sido ellos mismos los que se han puesto esas etiquetas, los que se auto publicitan. Nadie les ha obligado a decir unas cosas y hacer lo contrario.

Nos han dicho que son los referentes a los que mirar, que su moral es la que hay que seguir. Que defienden a los que son vulnerables. Que están en contra del odio. Y, cuando se tiene que criticar lo católico, la vara de medir cambia. Ahora sí que pueden ridiculizar. Ahora sí se puede despreciar. Ahora, respetar a las personas ya deja de ser obligatorio.

Eso es una falta de coherencia. Eso es tener dos discursos, varios relatos.

Yo no estoy diciendo que sea un “dechado de virtudes”. No digo que cumplo mis ideas a la perfección. Digo que intento seguirlas. Que peleo. Que muchas veces me sale mal y vuelvo a comenzar. Hay una diferencia abismal.

Y es que si miro a todas esas personas que proclaman tolerancia, respeto, inclusión y después veo como tratan públicamente a lo que es católico, detecto una incoherencia. Encuentro que existe una distancia entre lo que afirman y lo que realmente hacen o practican.

Ya sé que van a continuar dominando la opinión pública, que van a ocupar la mayor parte de los escenarios, que van a continuar repitiendo que son los auténticos defensores del respeto. Pero la mayoría de la sociedad ya ve que ese discurso solo se aplica con quien les aplauden y eso no es tener un discurso, es haberlo leído sin comprenderlo y mucho menos aprendido.

La verdad es que nuestra sociedad lo tiene fácil, se trata de escuchar el relato y ver cómo se aplica o se cumple. Y sacar conclusiones.

viernes, 13 de marzo de 2026

Salud.

 


Cuando hablamos de la salud lo normal suele ser, como suele decirse, que hablamos de su falta. Eso la convierte en algo siempre misterioso, ya que no nos resulta sencillo averiguar el por qué unas personas viven con una buena salud y otras sufren por su falta.

Ello nos puede llevar a la conclusión de que se trata de alguna clase de suerte o de fortuna. De que unos tienen la suerte de que les tocará el premio de la buena salud, mientras que a otros les tocó vivir rodeados de enfermedades.

Podemos mirarlo también desde otra forma, tal vez más completa, en la que la salud nos la encontramos como un regalo, no como una suerte que hemos tenido, sino como un don que hemos recibido sin haber participado en ninguna clase de sorteo, lo que, por cierto, nos debería de llenar de gratitud y de un deseo sincero por emplearla bien.

Ver la salud de la manera anterior, puede también entenderse como tarea, como un trabajo que nos obliga a esforzarnos para cuidarla, promoverla y, procurar restablecerla en aquellos que no la tienen.

Si ahora yo he llegado a la conclusión de que debo tomarme la salud como una tarea, me estoy obligando a asumir una serie de responsabilidades, ya sea para mi o para otros. Para mi implica evitar comportamientos que me pongan en el peligro de ponerme enfermo, y aceptar terapias que me curen si estoy enfermo. Para con los demás implica que debo evitar acciones que puedan contagiarlos, o provocar en ellos daños físicos, además de hacer lo que me sea posible para que puedan curarse cuando sea posible.

Por lo tanto, si todo lo anterior lo aceptamos, vemos que la cuestión de la salud nos interpela a todos y de muchas maneras, ya que nos lleva a tener una sana alimentación, descansar lo necesario, cuidar nuestra higiene y como no realizar algo de ejercicio físico.

Vemos así que la salud, recibida como don, merece ser protegida, conservada, incluso mejorada. No siempre conservaremos la salud que desearíamos, pero sí podremos alejarnos de ciertas enfermedades, evitar comportamientos que nos dañen o que dañen a otros, y emprender tempestivamente terapias que nos curen o, al menos, eviten dolores que invalidan.

En fin, si disfrutamos de buena salud, demos las gracias y aprovechémosla para bien. Si no nos encontramos bien, o si una enfermedad nos persigue pidamos tener paciencia y anchura de miras para ver qué cosas buenas, aunque sean pocas y pequeñas, puede realizar en esos momentos de sufrimiento.

miércoles, 11 de marzo de 2026

Imaginar

 


Cuando hemos realizado un viaje y lo vemos reflejado en las imágenes que hemos capturado o lo recordamos en nuestras conversaciones parece que hemos cerrado un círculo que empezó cuando lo imaginábamos. La realidad es que lo conocíamos mucho antes de que existiera, y entonces lo llamamos para que se hiciera realidad. Después, lo que hacemos es comparar, comparamos el viaje ya realizado con el que imaginamos y decidimos si es como debe ser.

El proceso que va del primer estímulo inicial cuando lo imaginamos a su puesta en práctica es complejo y puede adoptar formas muy diferentes. Puedo tener primero una idea y luego buscar la forma de llevarla a cabo. Pero también puede ocurrir, como en esta ocasión con el viaje a Sicilia, que lo primero que viene a mente es otra cosa, la oportunidad de acudir al campeonato de Europa de Media Maratón para veteranos en Catania, y que me lleva a pensar que se podría hacer con ella. En este caso puedo tener dudas de que recorrer Sicilia en bicicleta salga de mí. Es la Media Maratón de Catania la que provoca el recorrer Sicilia en bicicleta.

Sin duda lo que más caracteriza ese largo proceso al que muy bien podríamos llamar madurar el viaje, es la toma de decisiones, tener que optar. Pasan los días y las decisiones van creciendo en importancia: día de salida, cómo llegar, cuándo volver, que hacer, que ver…

Y van surgiendo los dilemas, las decisiones que tome estos días están destinadas a dejarme tranquilo. Elegir, optar, no es sencillo, pero, o me anticipo, o voy a la aventura. O tomo ahora unas decisiones y asumo las consecuencias, o me dejo llevar por llevar por las situaciones, y aunque me queda el consuelo de que siempre podré echar la culpa a las circunstancias, la verdad es que no viviré la experiencia que significa actuar con libertad.

domingo, 8 de marzo de 2026

¿Què estoy dispuesto a tolerar?

 


 Cada mañana al poner en marcha el ordenador repaso las páginas web de los principales periódicos y casi me sorprende no ver un nuevo caso de fraude, enchufismo, malversación, escándalos de abusos de poder, abuso sexual, ineficacia, etc.…. Lo curioso de este tema no es la cantidad de escándalos sino mi normalidad al leerlos. Estoy preocupadamente acostumbrado. Eso es lo peligroso: me he acostumbrado y cuando me doy cuenta de ello me sonrojo.

Mientras yo me ruborizo las personas implicadas ensayan sus sonrisas porque saben que pase lo que pase, aquí no pasa nada. Nadie asume una responsabilidad política real. Se encuentran tranquilos, serenos y sin vergüenza alguna, porque lo que saben es que siempre hay alguien que actuó sin su permiso, realizó un informe que se interpretó mal, se firmaron permisos en un momento de despiste, sin saber. Los que ostentan el poder siguen gestionando como si el escándalo que les salpica fuese un mal menor, sin preocuparse, una lluvia fina que apenas les obliga a sacar el paraguas, no les moja. Y la verdad es que lo consiguen.

Pase lo que pase en sus departamentos, en su jurisdicción, en lo que sucede bajo su mandato, el lema es resistir. Dejar pasar el tiempo. Negarlo casi todo. Pues saben al igual que lo sabemos nosotros que a pesar de que hoy estén en boca de todos, mañana aparecerá otro escándalo y se olvidará.

Es verdad que la justicia funciona, pero lo hace tan lentamente que en muchas ocasiones da la impresión de que da vueltas sobre sí misma, como pidiendo permiso para trabajar. La elaboración de las causas se alarga. Los casos se dividen y se separan. Las condenas cuando al final llegan nos dan la impresión de ser meros trámites al ver el daño que produjeron. Y muchas veces no tenemos más remedio que preguntarnos si en realidad todos somos iguales ante la ley.

Si lo pensamos nos daremos cuenta de que no hace falta que exista una impunidad escandalosa para que perdamos la confianza en la ley. Basta con tener la sensación cada mañana de que las consecuencias que van a tener esos escándalos en sus protagonistas no van a estar a la altura. Que las sanciones, las penas o los castigos, cuando llegan, no disuaden. Que de alguna manera la sociedad protege mejor a los que se encuentran en su administración y control que a quienes nos encontramos fuera.

Puedo entretenerme viendo los debates en televisión u oyéndolos en la radio. Emisiones que parece que están preparadas para provocar una satisfacción fácil, con polémicas absurdas para que se conviertan en máxima audiencia, en resumen, pan y circo como los romanos. La intención es que pensemos que los medios de información son libres y que no tienen miedo a dar información incomoda, cuando saben que pueden ocultarla fácilmente detrás del ruido que rápidamente empiezan a hacer del siguiente escándalo. El nuevo escándalo político va a competir con el último escándalo televisivo. Y, casi siempre, la segunda gana en audiencia. Haciéndonos confundir la realidad con el ruido mediático.

El otro día me preguntaba ante tantos escándalos diferentes en las portadas de las webs si todo no forma parte de un plan. No quiero decir de una conspiración ni nada parecido, sino de algo mucho más sencillo: si las personas estamos distraídos, cansados y hartos de tantos escándalos, vamos a dejar de pedir responsabilidades y entonces el poder se encontrará más tranquilo y arrogante.

 Lo que más me duele, aunque sea grave, no es en sí la corrupción, es que la encuentre normal. Se trata de que te digan “es que son todos iguales” y darles la razón. Se trata de esa sensación de que mis quejas no van a cambiar nada. Se trata de ver como la sociedad se resigna ante los casos de corrupción y los convierte en un elemento más del paisaje. Y, sin embargo, no deberían de ser una parte del paisaje.

Un Estado no tiene como misión aguantar los casos de corrupción como el que aguanta una mala época. Está para asumir sus responsabilidades, incluso cuando no exista un juicio ante un escándalo.

Si percibimos que quienes se encuentran a cargo de las administraciones tienen como misión mantenerse en ellas suceda lo que suceda, el mensaje que recibimos es claro: el poder que ostentan les importa más que la confianza que nos deben ofrecer.

Y, ya no solo nos debemos de preguntar qué es lo que hacen. Es què estoy dispuesto a tolerar. No se trata por tanto de gritarles. Es algo más simple: dejar de ver como normal lo que no lo es. No acostumbrarnos. Porque la mañana que vea un escándalo en las noticias y ya no me parezca una noticia, ese día, habré perdido mi capacidad de reaccionar y eso sí que es un problema.

viernes, 6 de marzo de 2026

Un deseo y su realidad.

 


El entrenamiento de ayer estuvo bien, como dije hace unos días es hora de empezar a moverse para ir en busca de nuestros objetivos, que no dejan de ser nuestros deseos. La Media Maratón de Catania necesita un poco de preparación, tal vez estaría mejor entrenar más y con más empeño, tal vez, pero el cuerpo es una cosa y nuestra ilusión es otra. Nuestro deseo nos pide que lleguemos en el mejor estado de forma posible y nuestro cuerpo nos suplica que lo llevemos a la meta con el menor desgaste posible.

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Un deseo y su realidad. Tengo la seguridad de que todos tenemos algún deseo. Y, tal vez, no uno, sino muchísimos. Solamente con mirar dentro de nosotros nos daremos cuenta de que, estamos llenos de deseos. Y esta muy bien, sin embargo, ¿qué pasa si se cumplen?

Lo normal sería pensar que si mis deseos llegan a cumplirse me voy a sentir bien y feliz. Esto es lo que no cesan de prometernos, es lo que nos hacen creer cada vez que adquirimos algo que deseamos, que cumplirá nuestros deseos. Es más, podría llegar a la conclusión de que mi vida va a consistir en ir cumpliendo deseos.

Estoy seguro, pues ya me ha sucedido otras veces, que cuando se termine la Media Maratón de Catania, la vuelta en bicicleta de Sicilia y la Maratón de Valencia, rápidamente voy a empezar a buscar otros y es que tras un momento de euforia voy a estar como antes. Estos son una clase de deseos, de esos que se alían con mi imagen, mis éxitos o sea que se trata de deseos egoístas. Pero hay otros deseos, quizá menos llamativos, que no hacen ruido y sin llamar mucho la atención me dejan más tranquilo, en paz conmigo mismo y que me van llenando de felicidad.

Lo que hace interesantes estos deseos es que no soy yo el protagonista, sino que son deseos que se dirigen a otras personas, y que me obligan a salir y darme a los demás. Es verdad que no puedo controlar cómo me gustaría mis deseos ya que se me van presentando sin más. Pero lo que si que puedo hacer es ir dándome cuenta de los que son de una clase y de otra. Qué deseos me satisfacen solo a mí y cuáles los que van dirigidos a otras personas.

La cuestión es ir aprendiendo a diferenciarlos para no caer en la costumbre de solo desear los egoístas, sino que podamos cumplir también los que nos acercan a los demás. Pienso que tener esta clase de buenos deseos hacia los demás y cumplirlos es una de las cosas más auténticas que tiene el ser humano.

jueves, 5 de marzo de 2026

“No lloréis”, “¡Tú, no llores!”

 


Estamos recibiendo constantemente noticias en las que se hace hincapié en el número de muertes. La muerte es la tarifa que hay que pagar en muchos problemas que vivimos cada día. Se trata del precio de querer el poder, de la necesidad de alcanzar una ganancia, de la irresponsabilidad, de la ira, de los celos, de la violencia, del miedo, de la desesperación, y sin embargo lo es también de la búsqueda de la libertad y de la defensa de nuestros derechos. Tampoco quiero olvidarme de la muerte que tiene un carácter más familiar y normal en una enfermedad, en la vejez o causada por la casualidad de un accidente.

Incluso en todas las ocasiones en que la muerte hace su aparición sin violencia, sin ninguna injusticia, sin brutalidad, cuando no podemos reclamar por una invasión o un acto machista, incluso en el caso de que no se pueden encontrar culpables, cuando, en definitiva, da la impresión de que no hay nadie a quien culpar, incluso en estas ocasiones la muerte continúa siendo un desgarro. Algo se nos ha roto. Incluso podemos ver, como, quienes reclaman un derecho a la muerte no lo hacen en nombre de algo bueno que conseguir, sino de un mal que quieren evitar.

La pregunta que nos aparece ante estas muertes, este dolor, estas lágrimas, no sería otra que: ¿Qué reclaman? ¿Qué necesitan? Ante una muerte existe una legítima e imprescindible necesidad de justicia a la que toda sociedad civil y todo sistema democrático debe intentar dar respuesta.

Sin embargo, en el caso de que consiguiéramos terminar con las guerras en Oriente Medio, con la guerra entre Rusia y Ucrania, si parásemos las guerras que siguen cobrándose victimas en tantos lugares del mundo, si los culpables recibieran un justo castigo, ¿Sería esto suficiente para eliminar el dolor de los que han sufrido esas muertes en Ucrania, Rusia, Israel, Gaza y de todos los lugares donde unas personas matan a otras?

A esas personas que han tenido la desgracia de perder a un ser querido porque la rabia y la violencia de una persona la ha hecho apretar un botón o empuñar un cuchillo, ¿Tendrán suficiente con que se identifique a los culpables y se les aplique un justo castigo?

Ante estas personas que sufren la pérdida de sus seres queridos, ante sus lágrimas, no es de extrañar que tengamos unos momentos de compasión, y con ternura, les digamos: “No lloréis”, “¡Tú, no llores!” Por qué la vida tiene significado a pesar de las muertes sin sentido que vemos cada día. La muerte no tiene sentido, la vida sí.

miércoles, 4 de marzo de 2026

¿Qué nos hace humanos?

 

El otro día me planteaba la cuestión de ¿qué nos hace humanos? Y mirando algunos artículos la mayoría llegaban a la conclusión de que son “el humor”, “la imaginación”, “las emociones”. No estando conforme del todo me atreví a buscar en una aplicación de IA, y su respuesta: “una combinación única de habilidades cognitivas, sociales y biológicas, destacando el lenguaje complejo, el pensamiento abstracto, la autoconciencia y la cultura”. 



Si bien se trata de una buena respuesta me resulta algo ingenua y pienso que hay que analizarlas con tranquilidad. Pues mirando todas esas características no nos resultaría complicado llegar a la conclusión de que la IA puede ser considerada como humana.

Creo que es la consciencia la característica que más hay que remarcar y la que más nos define como humanos. De ahí que, en principio, la llamada “inteligencia artificial” no puede ser tan inteligente como nosotros ya que no va a ser consciente de sí misma. Tengo claro, que esta afirmación hay que matizarla, para no caer en la trampa de un pensamiento anticientífico y de una arrogancia humanista.

Tal vez la primera cuestión a la que me enfrento cuando miro la IA es como sé que es una máquina inteligente. ¿Es posible que esa máquina sea más lista o creativa que su creador, que es el hombre? Y ¿Quién tiene la autoridad para decidirlo?

Podemos ver como la visión de alguna ciencia ficción de hace unos años es ya una realidad y que no va a parar de realizarse casi todo lo que vemos en las películas. Si le pregunto a esa misma IA que es me responde lo siguiente: “La Inteligencia Artificial (IA) es un campo de la informática que desarrolla sistemas capaces de simular la inteligencia humana para realizar tareas como aprender, razonar, percibir y resolver problemas”

Y añade: “Los tres tipos principales de inteligencia artificial, clasificados por sus capacidades, son: la IA Estrecha (ANI), especializada en tareas únicas (como Siri o chatbots); la IA General (AGI), con habilidades cognitivas humanas para cualquier tarea intelectual; y la Superinteligencia Artificial (ASI), un nivel hipotético superior a la inteligencia humana, capaz de automejorarse”.

La definición es sencilla y fácil de demostrar, pero es un poco inadecuada. Si el ChatGPT es muy hábil planificando un recorrido turístico por una ciudad, entonces, sólo porque la máquina haga mejor un determinado trabajo de valor práctico, ¿puede considerarse realmente más inteligente que yo? O, como afirman algunos, ¿son también conscientes de sí mismas? La respuesta es, por supuesto, una materia de interpretación: depende de lo que yo entienda por «inteligencia» y «consciència» (o «autoconsciencia»). Como nunca me he planteado en serio el significado de estos términos, debo adentrarme un poco más de lo que concierne a la ciencia, debo entrar en lo que es el territorio de la filosofía y también en el de la teología.

Voy a ver si en los próximos días me puedo aclarar un poco sobre lo que se puede entender como inteligencia y consciencia.