He leído en el Cantar del Mio Cid que el
caballo de Rodrigo Díaz de Vivar tenía un nombre, Babieca, y que vivió todas
sus aventuras con él, y que tal vez yo debería de ponerle nombre a mi bicicleta.
Tal vez, pero no lo hare.
Dar nombre no es tan sencillo como parece,
aunque sí que hay algo bonito en buscar y elegir uno que signifique algo.
Babieca, es el nombre del caballo del Cid, parece que no está claro cuál fue el
motivo por el que se le dio ese nombre, pero si vamos al diccionario vemos que nos
dice que babieca significa: “Persona floja y boba” por lo que tal vez cuando lo
adquirió era débil y raquítico. Esto tiene un cierto paralelismo con la
adquisición de mi bicicleta, no era entonces ni lo es ahora la ideal para la práctica
del cicloturismo y la tuve que elegir porque no tenía otra opción, ya que no
había bicicletas en el mercado después del COVID. Y, sin embargo, está siendo
perfecta, me está llevando y me llevó entre otros sitios al Nordkapp, y eso
amigos míos no lo hace cualquier bicicleta.
Hubo una época en que los nombres que se le
daban a las cosas o a las personas tenían su significado y evocaban alguna
característica que se quería destacar. Hubo también un tiempo no tan lejano en
que el nombre que se le ponía a una persona podía hacer referencia al día en
que había nacido. O a un santo o santa a quien se tenía devoción. Ahora ya en
el mercado de nombres cotizan al alza las estrellas de cine, los artistas de
moda o algunos personajes de las grandes sagas mediáticas.
El caso es que el nombre que le pusiese a la bicicleta
sería tan solo una posibilidad de lo que podría ser, un deseo de lo que me gustaría
que alcanzase o una promesa de que haríamos unas determinadas cosas. Pero lo
bonito es ir llenando su historia de significado a lo largo de sus viajes.
La bicicleta no puede elegir el nombre que le
pudiese poner, nosotros tampoco hemos elegido el nuestro, es verdad, pero sí
que podemos elegir como llevarlo. Lo interesante es pensar que cada nombre se irá
llenando cada día de sentido, de memorias y de significado. Y que tal vez, ojalá,
en algún momento alguien, al escuchar nuestro nombre, sonría porque le evoque
confianza, ternura o generosidad.
Creo que nuestros nombres no necesitan esencialmente
tener un significado por sí mismos. Necesitan llenarse de las historias con los
que los vamos llenando.
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