martes, 12 de mayo de 2026

¡Buenos días! "Al César lo que es del César"

 


Si hay algo destacable que mencionar entre todos los temas que me han surgido en las conversaciones de estos últimos días, destacaría especialmente dos: de que el poder en estos días defiende y pertenece una ideología muy concreta, y que debemos tener cuidado con la deriva que esto está llevando a nuestra democracia, con el riesgo de transformarse en un sistema político que no acepta según que verdades.

Según lo veo, en estos momentos nuestro poder político está atribuyéndose la labor de decirnos lo qué es bueno o aceptable y lo qué es verdadero. Por lo que ha dejado de ser un regulador o árbitro para convertirse en parte. Y esto, que empieza a parecernos normal, pues lo vemos como la libertad de cada persona o partido político para defender sus ideas y llevarlas a cabo tiene consecuencias, y es que entonces la ley ya no reconoce la realidad, sino que la elabora, por lo que el desacuerdo ya no es legítimo, sino que se convierte en un problema, nuestra libertad se convierte un apego a un entorno que nos han marcado previamente.

No estoy diciendo de que esto se trate de una discusión ideológica, sino que se me presenta más como una cuestión estructural. En el cristianismo siempre se ha defendido una diferencia clara en la vida pública, ese famoso: dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Aquí no hay que buscar una separación hostil, hay que buscar un equilibrio que favorezca a las dos partes. Veo y entiendo que el poder político tiene su propio marco de actuación, necesario y legítimo, pero esto no quiere decir que sea absoluto. En las personas existe un orden moral que se encuentra antes y más arriba, que está situado por encima del ente político, que no tiene que crear el poder, sino que lo orienta y en cierta manera lo limita y lo juzga. Hoy en día no veo que exista ese equilibrio.

Durante siglos hemos observado que la distinción entre lo que es del César y lo que es de Dios ha actuado como un límite al poder. Hoy ese equilibrio no lo veo: el Estado no solo administra lo suyo, sino que pretende definir aquello que no le corresponde. El poder del Estado ya no esta limitado y vemos como comienza a justificarse a sí mismo. Y ahí es donde toda democracia empieza a debilitarse.

Estamos asistiendo en los últimos años como el Estado no solo legisla y gobierna, lo que considero normal, sino que cada vez con más asiduidad nos define qué es moralmente aceptable, establece qué visión del hombre debe prevalecer y determina qué posiciones pueden expresarse sin ser estigmatizadas.

Cuando esto ocurre, desaparece el contrapeso moral. Ya no hay una instancia que limite el poder desde fuera de sí mismo. El Estado deja de reconocerse sometido a un orden moral superior y pasa a convertirse en su fuente.

Y entonces ocurre lo evidente: el Estado pasa a definir la verdad, el bien y el mal. Y en ese proceso, toda creencia que mantenga una idea diferente sobre la dignidad de la persona y el derecho a la vida debe ser desplazada, silenciada y si es posible deslegitimada.

En este contexto se entiende bien, por ejemplo, la beligerancia selectiva en la exigencia de verdad y reparación de las víctimas de abusos sexuales, concentrada únicamente en la Iglesia con un porcentaje mínimo de víctimas, mientras el resto de los espacios sociales, que acumulan más del 99%, quedan al margen de un análisis comparable. Cabe la pregunta de si realmente se busca la reparación de todas las víctimas o más bien la deslegitimación moral de la Iglesia y si es posible su ruina económica.

Como resultado de esta manera de entender la vida pública sin tener ninguna referencia moral objetiva, es que el Estado ya no se siente limitado por nada que se encuentre por encima de él, ya que considera que no existe nada por encima de él.

Conviene decirlo: esta tentación ha existido siempre y en todos los sistemas políticos. Pero también es justo reconocer que hay ideologías que, por su propia lógica interna, son más proclives a este escenario que otras.

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