Una de las conversaciones que aparecen muchas
veces en nuestros cafés suele ser el tema de la Verdad. Escuche el otro día que
no se encuentran plazas que tengan una estatua que este dedicada a la Verdad, a
la Libertad sí que las hay. Aunque en Nápoles si que podemos encontrar una
escultura de mármol de la Verdad Velada en una capilla, esculpida por Antonio
Corradini, 1751.
La cuestión es que la Libertad se publicita
más que la Verdad. Y es que tenemos a una parte importante de la sociedad que
piensa que poseer una libertad ilimitada es fundamental para conseguir una
felicidad plena y verdadera. Según estas personas, una persona no debería de
aceptar ninguna regla que le venga impuesta desde fuera, sino que debe ser la
misma persona quien determine libre y autónomamente lo que crea justo,
verdadero y válido.
Y, lo que yo digo, si no hay una Verdad
objetiva, si podemos cambiar el bien con el mal, si resulta que somos incapaces
de conseguir la Verdad o ésta está completamente subordinada a uno mismo, entonces
resultará que cada persona es su autoridad máxima, con lo que nos encontramos
con que no existen reglas generales que sean universalmente válidas, por lo tanto,
no es de extrañar que, al no haber un orden moral objetivo, se pueda caer en
toda clase de aberraciones. Si soy yo quien decido, si depende de mí, si puedo
hacer lo que quiero, entonces, lo bueno o lo malo, lo justo o lo injusto, quién
puede vivir o a quién se pueda dar muerte, porque es un ser humano de categoría
inferior, será mi decisión.
Resumiendo, haré lo que crea más conveniente
para mí, si tengo que utilizar la ley del más fuerte, pues lo haré, si necesito
fastidiar a los demás pues que se fastidien.
Tengo pocas dudas de que existe un movimiento en
apoyo del relativismo que niega la existencia de una Verdad objetiva, esto es
fácil de comprobar actualmente en España, cuando no existe forma de averiguar
quien dice la Verdad, cuando se utiliza la mentira como recurso político, y lo
que lo hace especialmente doloroso y dañino es cuando son los medios de
comunicación social los que se unen a esta forma de actuar.
Qué sabemos sobre la Verdad: sabemos que no
debemos falsear la verdad en nuestras relaciones. Se nos dice que: “La virtud
de la veracidad da justamente al prójimo lo que le es debido; observa un justo
medio entre lo que debe ser expresado y el secreto que debe ser guardado:
implica la honradez y la discreción” Y es que decir una mentira es faltar a
nuestro deber de fidelidad. O sea, yo no miento cuando no digo la verdad a
quien me hace una pregunta indiscreta sobre algo que no tiene derecho a saber.
Pero debo tener en cuenta que con la mentira puedo cometer graves faltas, como
son el perjurio, el falso testimonio y la calumnia.
Como sé ve, hay que pensar un momento antes de
decir alguna que otra verdad ya que debemos evitar estropear la reputación de
las personas con mis juicios temerarios, ya que es muy complicado después
arreglar esas reputaciones, lo que nos debe llevar a ser prudentes en el
momento de hablar. Una cosa es conocer la Verdad y otra como propagarla.

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