Todos los días realizamos acciones que miran al futuro, lo hacemos ya
casi sin darnos cuenta. Algunas veces nuestra mirada se encuentra fija en un
futuro inmediato: pongo a calentar el horno para dentro de nada preparar una
pizza. Otras veces miramos a un futuro que se encuentra más lejos: cuando hacemos
una reserva de un hotel para nuestras vacaciones.
En alguna ocasión, ese futuro no se cumple. La reserva del hotel quedo
en nada, ya que cogimos un fuerte resfriado justo el día antes. Pero, gracias a
Dios, son muchas las veces que ese futuro se cumple y hemos disfrutado de esa
reserva de hotel.
Lo que parece claro es que muchos de esos futuros de basan en acciones
que realizamos en el presente. Y, esos actos son, muchas veces, la consecuencia
de nuestras decisiones. También lo son, en buena parte, con el cruce de las
acciones que realizan otros: una huelga en el transporte nos impide disfrutar
de esa reserva de hotel. Si lo pensamos, nos debería de sorprender ver que el
futuro se cumple tal como habíamos previsto. También, debería ser normal que
nos preparásemos ante los imprevistos que sin duda van a aparecer en ese futuro
y que nos obligan a cambiar todos los planes.
Nuestra vida es así, realizamos muchas acciones con la esperanza de que
las cosas van a ir bien, pero con la incertidumbre de que no vamos a poder
controlar todas las variables que aparecerán en los diferentes proyectos que
planeemos. En ese esfuerzo que hacemos día a día por tomar buenas decisiones, mirando
a un futuro que esperamos bueno, vale la pena mirar y pensar en el futuro
definitivo, ese futuro que da sentido a nuestra vida: el que comenzará tras la
muerte, cuando nos encontremos frente a frente con la vida eterna.

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