Se planteaba el otro día en una de esas conversaciones de café la paradoja del tranvía y me di cuenta al repasarla que no existe ninguna solución que no nos cause dolor, no hay respuesta sin dolor, ya que cada respuesta que pueda dar causara una víctima. Ese el kit de la cuestión en este dilema: la discusión entre nuestros razonamientos que hacen cálculos y nuestro corazón que siente.
Repasemos lo que plantea la paradoja del tranvía. Wikipedia nos dice: "El dilema del tranvía es un experimento mental ético donde un tren sin frenos matará a cinco personas a menos que actives una palanca para desviarlo, lo que causaría la muerte de una persona en la otra vía".
Resulta curioso como en esa paradoja ficticia se encuentra una de las verdades más profundas sobre nuestra vida. Cada uno de nuestros días tomamos decisiones que afectan a personas, a relaciones y a esperanzas. Continuamente elegimos, en unos casos entre el deber y la compasión, en otros entre la comodidad y la justicia. No siempre vamos a encontrar una respuesta satisfactoria, pero siempre existe una voz en nuestro interior que nos hace elegir con conciencia y con amor.
En este caso hay que elegir con amor, no se elige entre las víctimas, el amor no elige se entrega a todas. Entonces, no resuelve el dilema moral con lógica, sino con compasión. Es una solución que no evita el dolor, sino que lo abraza para transformarlo.
Tal vez, yo no este capacitado para aclarar estos dilemas morales, pero quizás el fin último de esa paradoja no se encuentre en que yo tenga que elegir entre quien debe vivir y quien debe morir, sino en aprender a vivir con conciencia el peso de mis decisiones. Cada decisión, cada palabra que diga, puede ser un camino hacia la vida o hacia una muerte.
Es fácil, que al final, la pregunta que verdaderamente hay que hacer en ese dilema no sea qué haría yo si tuviera que elegir, sino cuánto amor voy a poner en esa decisión. Y es que sólo el amor, que no hace cálculos, puede redimir lo que la razón no logra solucionar.
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