Ayer fue el Domingo de Resurrección, y esta mañana recordaba la
importancia que tiene este día, pues nos viene a decir que la historia de una
persona no termina en un fracaso ni en la muerte. Me recordaron que la vida
vencerá definitivamente.
Pero claro, para esto hay que creer en la resurrección, lo que
significa que no solo hay que decir que Jesús resucitó hace dos mil y pico
años. Se trata por lo tanto de vivir con la seguridad de que el amor es más
fuerte que la muerte y que el destino final del hombre es la vida eterna. Con
la seguridad de que esto es así, nuestra forma de mirar el día a día cambia y
se nos abre delante de nosotros una esperanza que no termina.
Las personas creemos muchas cosas en nuestro día a día: confiamos en el
GPS que nos guía, en el pronóstico del tiempo o en descubrimientos científicos
que generalmente no comprendemos del todo. Pero no todas las verdades necesitan
apoyarse en la misma clase de creencia. Las hay que solo se necesita aceptar un
dato, mientras que hay otras que implican un compromiso mucho más hondo. Y la
resurrección pertenece a esta última clase.
Conocer ciertas verdades exige algo de quien las conoce. Hay verdades que
basta con tener mucha información y aceptarla, pero existen otras que es la
misma persona la que tiene que transformarse para comprenderlas. Hay también
conocimientos que vamos acumulando, donde cada cosa nueva que averiguamos se
apoya en las anteriores. Pero existe otra clase de conocimiento, que cada
persona debe de acoger personalmente. El camino de la sabiduría nadie lo puede
caminar por nosotros.
Para comprender el misterio de la resurrección se debe tener una disposición
de ánimo hacia la esperanza. La esperanza es mirar al futuro con confianza.
Para un cristiano la esperanza no es ser un optimista ingenuo, sino tener la
seguridad de que su destino final se encuentra en Dios. Si una persona consigue
vivir con esa esperanza, su forma de ver el mundo va a cambiar. Las
dificultades que se va a encontrar en su vida no van a desaparecer, pero se
verán desde otro punto de vista.
Creer que la vida no se termina en la muerte, sino que se transforma,
nos permitirá vivir con mayor libertad, generosidad y valentía. Esto no nos
aleja de la realidad, sino que esta esperanza nos lleva a comprometernos más
con ella.
Si yo creo que mi vida tiene un destino eterno no voy a despreciar el
mundo, todo lo contrario, lo valorare más profundamente. Cada persona con la
que me cruce, cada acción que realice, cada acto de amor y justicia adquirirán
un significado que irá más allá del tiempo.
Las personas muchas veces tenemos deseos que no son demasiado grandes,
incluso en este caso me atrevería a decir, demasiado pequeños, nos conformamos
con una vida que termina con la muerte cuando estamos llamados a la vida
eterna. Nos conformamos con satisfacciones pasajeras cuando podemos conseguir
una alegría mucho mayor.
Ayer recordamos justamente que creer en la resurrección, entonces, no
es solo afirmar que Jesús resucitó hace dos mil años. Es vivir con la certeza de
que el amor es más fuerte que la muerte y que el destino último del ser humano
es la vida eterna. Esa certeza cambia la forma de mirar el presente y nos abre
el corazón a una esperanza que no termina.

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