lunes, 6 de abril de 2026

¡Buenos días! Domingo de Resurrección.



Ayer fue el Domingo de Resurrección, y esta mañana recordaba la importancia que tiene este día, pues nos viene a decir que la historia de una persona no termina en un fracaso ni en la muerte. Me recordaron que la vida vencerá definitivamente.

Pero claro, para esto hay que creer en la resurrección, lo que significa que no solo hay que decir que Jesús resucitó hace dos mil y pico años. Se trata por lo tanto de vivir con la seguridad de que el amor es más fuerte que la muerte y que el destino final del hombre es la vida eterna. Con la seguridad de que esto es así, nuestra forma de mirar el día a día cambia y se nos abre delante de nosotros una esperanza que no termina.  

Las personas creemos muchas cosas en nuestro día a día: confiamos en el GPS que nos guía, en el pronóstico del tiempo o en descubrimientos científicos que generalmente no comprendemos del todo. Pero no todas las verdades necesitan apoyarse en la misma clase de creencia. Las hay que solo se necesita aceptar un dato, mientras que hay otras que implican un compromiso mucho más hondo. Y la resurrección pertenece a esta última clase.

Conocer ciertas verdades exige algo de quien las conoce. Hay verdades que basta con tener mucha información y aceptarla, pero existen otras que es la misma persona la que tiene que transformarse para comprenderlas. Hay también conocimientos que vamos acumulando, donde cada cosa nueva que averiguamos se apoya en las anteriores. Pero existe otra clase de conocimiento, que cada persona debe de acoger personalmente. El camino de la sabiduría nadie lo puede caminar por nosotros.

Para comprender el misterio de la resurrección se debe tener una disposición de ánimo hacia la esperanza. La esperanza es mirar al futuro con confianza. Para un cristiano la esperanza no es ser un optimista ingenuo, sino tener la seguridad de que su destino final se encuentra en Dios. Si una persona consigue vivir con esa esperanza, su forma de ver el mundo va a cambiar. Las dificultades que se va a encontrar en su vida no van a desaparecer, pero se verán desde otro punto de vista.

Creer que la vida no se termina en la muerte, sino que se transforma, nos permitirá vivir con mayor libertad, generosidad y valentía. Esto no nos aleja de la realidad, sino que esta esperanza nos lleva a comprometernos más con ella.

Si yo creo que mi vida tiene un destino eterno no voy a despreciar el mundo, todo lo contrario, lo valorare más profundamente. Cada persona con la que me cruce, cada acción que realice, cada acto de amor y justicia adquirirán un significado que irá más allá del tiempo.

Las personas muchas veces tenemos deseos que no son demasiado grandes, incluso en este caso me atrevería a decir, demasiado pequeños, nos conformamos con una vida que termina con la muerte cuando estamos llamados a la vida eterna. Nos conformamos con satisfacciones pasajeras cuando podemos conseguir una alegría mucho mayor.  

Ayer recordamos justamente que creer en la resurrección, entonces, no es solo afirmar que Jesús resucitó hace dos mil años. Es vivir con la certeza de que el amor es más fuerte que la muerte y que el destino último del ser humano es la vida eterna. Esa certeza cambia la forma de mirar el presente y nos abre el corazón a una esperanza que no termina.

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