Tenemos la idea de que el hombre debería de ser mayormente responsable, y así debe ser, y si ahora miramos un momento el diccionario veremos que nos dice que responsable es alguien que esta obligado a responder de algo o por alguien. O sea, un ser que responde.
Se dice muchas veces que ser hombre es estar siempre delante de alguna pregunta y que vivir es dar respuesta. Y tanto es así que nuestra actual sociedad, consiente de nuestra necesidad de respuestas, se esfuerza continuamente en darnos respuestas fáciles y nos hace pensar que con ellas vamos a tener suficientes.
Si de algo se caracteriza nuestra época es la de dar un conjunto de respuestas que le permite al hombre estar controlando siempre la situación. Este control llega hasta tal punto que para esa persona la realidad que le rodea se reduce a aquello que está bajo su dominio: para él todo se convierte en un problema, en algo que él puede solucionar, en algo que él puede dominar. Lo que no controla se queda fuera. Lo que sucede es que en algún momento se da cuenta de que su realidad es muy pequeña, que hay mucho más.
Ese momento en el cual nos damos cuenta de que nuestra realidad es muy reducida coincide con el instante en que empezamos a pensar. Los problemas que nos da el pensar es que percibimos lo estrecha que hemos convertido nuestra vida, y que empezamos a ver todas aquellas cosas que existen fuera. Y es que pensar nos lleva a abrirnos a un mundo más grande, desconocido y cuyos enigmas nos pueden dar un poco de miedo. En este sentido, pensar, es más bien algo necesario para vivir, se trata de las respuestas o las teóricas soluciones que consigue dar cada persona a su vida. Ver las cosas desde el punto de vista de la verdad, de la belleza, del bien, implica también la forma en que la persona se sitúa ante su vida.
¿Qué sucede? Qué las personas se contentan, muchas veces, con las respuestas más sencillas y fáciles, como dedicarse a ganar dinero, a disfrutar e instalarse en la comodidad, y ven muy complicado comprometerse, profundizar en las relaciones, conocer realmente la realidad, etc. Existe una especie de temor a encontrarse con lo desconocido, tal vez por el riesgo que puedan correr, por el miedo a no tenerlo todo controlado.
Quizás en nuestra época exista un exceso de racionalización, y en vez de hacer un mundo realista y encantador, ha hecho un mundo idealista y frenético: con el objetivo de conseguir una zona más amplia de confort en la que sentirse seguro materialmente. Sin embargo, si se intenta encuadrar la belleza de la propia vida y de la realidad en todo lo que cada uno puede poseer se puede convertir en algo enfermizo. Esto hace que muchas personas terminen amargadas. En algún momento se dará cuenta que ante la inmensa realidad que existe, más que seguridad material lo que necesita es seguridad existencial, o sea: alguien en quien confiar.
Tener buenas relaciones con las otras personas, ese tener en cuenta a los demás, hace que el temor a salir al exterior desaparezca. No es que los demás nos van a resolver todos los problemas, que me resuelvan la vida, sino que unidos cooperemos y encontremos un modo saludable de enfrentarnos a la realidad.
En esta situación el pensar no reduce la realidad a lo que pueda comprar o controlar, sino que me pone delante de toda riqueza que existe y en ella puedo profundizar, buscar las respuestas que den un verdadero sentido y valor a mi existencia.
El problema de pensar es que nos pone también delante del mito de la caverna donde un grupo de hombres viven atados a unas cadenas, viendo solo los sombras de lo que sucede en el exterior proyectado en una pared. Y cuando uno que ha conseguido salir al exterior vuelve y les dice: “hay más”, ellos deciden hacerlo callar: “aquí estamos muy cómodos, déjanos en paz”.
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