martes, 19 de mayo de 2026

¡Buenos días! La memoria y el olvido.

 


Recordar lo que yo sé y vivo es un aspecto interesante de la vida. Sé que la memoria se debilita con la edad y la dificultad para recordar es uno de los problemas a los que me voy a tener que enfrentar. La pregunta que me surge estos días no es otra que la de: ¿Es siempre malo olvidar?

Por supuesto que si perdiera la memoria no sería nada bueno, pero a veces no solemos pensar en la importancia del olvido para nuestra salud mental. La cuestión es que la memoria y el olvido no son procesos que se oponen, el olvido no lo considero como un defecto en sí mismo de la memoria, más bien lo veo como una necesidad que nos sienta bien.

Pensándolo, me doy cuenta de que un recuerdo no es una simple anotación que tengo en mi cabeza como si fuera una cita en la agenda. Para que un recuerdo se convierta en algo “mío”, necesita del paso del tiempo para después sacarlo de la memoria y traerlo al presente. Sin ese distanciamiento, perdería la consciencia del paso del tiempo.

Lo normal es que mi memoria vuelva a reconstruir y narrar lo que me sucedió ya que no se trata de una simple anotación de lo que me sucedió. Lo que hago es describir la impresión que sentí en ese momento y además expresarlo, lo que lo convierte, me atrevería a decir, en un acto artístico.

Si observo ahora mis recuerdos de mi último viaje a Sicilia veo que mi memoria ha sido selectiva y afectiva, ha moldeado lo que paso y además le ha dado color, ha resaltado algunas cosas y ha dejado otras. Y es que olvidar es, pues, la condición para recordar, el olvido y el recuerdo son indispensables para conocer como fue mi viaje. Es simple: para poner algo en primer plano hay que dejar otra cosa en segundo plano; ver algo implica no ver otra cosa.  

El motivo por el que suelo hacer alguna foto, ahora con el móvil, es intentar atrapar ese momento, de guardar ese instante que suele ser maravilloso para recordarlo después, y compartirlo con todo detalle. Me gusta, ya de vuelta, que esa imagen me lleve allá de nuevo. Sin querer, esa imagen ya no es algo que se encuentra en el móvil, porque vuelve a ser el Etna o el templo de la Concordia, que vuelven a tocar mi sensibilidad y a regalárseme otra vez. Una foto puede contar muchas cosas; reflejar alegría, amor o ilusión, ya que inevitablemente la cara de uno se ilumina con ellas, yo diría que una foto podría reflejarlo prácticamente todo, y que casi todo podría quedar dicho en forma de foto. Sin embargo, encuentro que dentro de mí también hay muchas cosas que decir y con muchos matices.

Y es que en un viaje hay momentos donde ninguna foto me habla de ellos porque nunca encontré el momento adecuado para hacerla o no era el momento de sacar el móvil. A pesar de mi mala memoria existen recuerdos que se van a mantener vivos mucho tiempo, como si no pasase el tiempo. Puede que, si tuviera una foto de ellos, los hubiese medio olvidado confiado en que tenía dónde mirarlos una vez más; como no es así, he de llevarlos siempre intactos, conmigo.

jueves, 14 de mayo de 2026

¡Buenos días! ¿Cómo recuperamos esa imagen del hombre?

 


Muchas de las cosas que nos están pasando no las entiendo, intento comprenderlas, pero no llego nunca a quedarme satisfecho con el resultado de mis pesquisas. La política internacional es para mí en estos días incomprensible. Y es que todo son preguntas que me hago y que me son imposibles de responder, por ejemplo: ¿A qué nivel de inmoralidad hemos llegado si los daños que se están produciendo en los conflictos que tenemos abiertos, que son una clara violación de los principios más elementales del derecho internacional, se llegan a justificar con proyectos de restauración imperial o neocolonial, de expansión o seguridad nacional, o incluso de nuevas ganancias reivindicadas descaradamente?  

Es más: ¿Y a qué nueva caída de la moralidad hemos llegado si todo esto puede justificarse con la pretensión de tener una moralidad que solo está limitada por mi moral personal, por lo que pienso?

Algo está funcionando muy mal, si miro un poco las fechas y los lugares veo un empeoramiento continuo de la situación mundial, veamos un poco por encima: en el año 2014 comienza la tragedia en Crimea y el Donbás, que continuó luego en 2022 con el inicio de la guerra a gran escala en Ucrania, se pasa después, no lo olvidemos a Oriente Medio con la matanza del 7 de octubre, y continuo de nuevo con Gaza, Tierra Santa y Cisjordania y, obviamente, con Irán y el Líbano, desde junio del año pasado hasta hoy. Dejo ahora aparte todas las guerras interiores que se están desarrollando en África.  

Son desgracias en la que la persona no cuenta, ni se busca una paz. Y es por eso por lo que se tiene que intervenir con razonamientos, es nuestra responsabilidad como personas individuales que somos. El problema que eso conlleva es precisamente definir qué somos como hombres y eso concierne a toda la humanidad.

Por lo tanto, para hacerlo, en primer lugar, tenemos que usar un lenguaje común y evitar usar las palabras para confundir o engañar a los demás, cada palabra, cada término debe expresar la verdad. Cuando se habla de paz, por ejemplo, debemos tener claro que no se trata simplemente de una situación, siempre frágil, de falta de guerra, sino que debe ser una situación que sea el resultado de la justicia, una justicia que no se puede reducir a lo que deseen los más poderosos para mantener su dominio, sino que debe de obedecer a algo que sea independiente de ellos. No se trata de establecer un poder por encima de los Estados ni siquiera un poder alternativo, sino una situación en el que el poder pueda ser juzgado por un criterio que no controla. La dignidad del hombre.

Este sencillo limite del poder, pero a la vez complicado de cumplir, es el que da valor a una auténtica democracia, y es que la democracia no la debemos entender como un simple procedimiento para alcanzar el poder, debe reconocer la dignidad de cada persona y así se mantendrá con buena salud, una dignidad que debe estar arraigada en la ley moral y una verdadera visión de la persona humana. Sin esto, existe el peligro de que se convierta en una tiranía de la mayoría o en una careta detrás de la cual se esconde el poder de la economía y la tecnología o, peor aún, en pensar que son los más aptos los que tienen que mantenerse, y esto no es otra cosa que la utilización de la fuerza en la diplomacia, utilizando las palabras para mentir y dominar sin dejar lugar para la persona y su dignidad.

Y ahora, la pregunta no debe ser otra que: ¿Cómo recuperamos esa imagen del hombre? Una imagen que tenga la capacidad de salir de la tragedia por la que estamos pasando.

Se me ocurre que se podría empezar por uno mismo, entender el poder que poseemos cada uno de nosotros, no el que pudiéramos tener sobre los demás, sino el que tenemos sobre nosotros mismos, sobre nuestras pasiones, nuestras fuerzas y nuestra capacidad para relacionarnos, no como un fin en sí mismo, sino como un medio que nos lleve hacia el bien común.

Parece que hemos olvidado el concepto del bien común, el bien común no es algo vaya a existir por sí solo, sino que involucra, por el contrario, la utilización de virtudes que también han sido olvidadas, como son la sabiduría y la templanza, que, a la vez que nos devuelven a un plano siempre personal, deben a su vez llevarse a nuestra relación con el poder, limitando en quienes lo poseen una autoexaltación excesiva y actuando como un obstáculo contra el abuso de poder.

Tener consciencia de todo esto no debe quedarse en nosotros, sino que implica que salga de nosotros para expandirse como un modelo de vida y un ejemplo para toda la humanidad. No vivimos solos, y lo que hacemos por simple y pequeño que sea nos cambia y cambia lo que nos rodea y, recordarlo a los demás no es una intromisión en un ámbito ajeno.  

Si lo pensamos un poco es fácil darse cuenta de que lo principal de esa propuesta es la libertad del hombre, es mucho más importante darse cuenta de ello cuanto más se ve amenazada en nuestra sociedad y olvidada en muchas personas que curiosamente ya no saben qué hacer con ella y prefieren quedar seducidos por lo que ofrecen los que ostentan el poder, que la reducirán a las decisiones que ellos tomen.

Veamos, para que exista un orden internacional que sea estable y justo no puede aparecer como un simple equilibrio de poder, porque la concentración del poder en pocas manos siempre amenazará tanto la participación democrática entre los pueblos como la concordia internacional.

Por lo tanto, necesitamos unas instituciones que estén actualizadas y marcadas por el principio de subsidiaridad, donde la persona no sea ignorada ni abandonada a su suerte, sino que sea ayudada a mostrar su potencial, y donde se ayude a la libertad a ser responsable.

Solo en estas condiciones la paz puede hacerse posible. Ya se que nuestra autentica esperanza no es de este mundo, pero pone luz a este mundo, y allí donde ahora vemos el odio de agresores y agredidos o la apatía de personas cansadas y sin rumbo por las diferentes luchas y divisiones, hay que mostrar nuestra esperanza que se tiene que ver en la misericordia y el perdón.

martes, 12 de mayo de 2026

¡Buenos días! "Al César lo que es del César"

 


Si hay algo destacable que mencionar entre todos los temas que me han surgido en las conversaciones de estos últimos días, destacaría especialmente dos: de que el poder en estos días defiende y pertenece una ideología muy concreta, y que debemos tener cuidado con la deriva que esto está llevando a nuestra democracia, con el riesgo de transformarse en un sistema político que no acepta según que verdades.

Según lo veo, en estos momentos nuestro poder político está atribuyéndose la labor de decirnos lo qué es bueno o aceptable y lo qué es verdadero. Por lo que ha dejado de ser un regulador o árbitro para convertirse en parte. Y esto, que empieza a parecernos normal, pues lo vemos como la libertad de cada persona o partido político para defender sus ideas y llevarlas a cabo tiene consecuencias, y es que entonces la ley ya no reconoce la realidad, sino que la elabora, por lo que el desacuerdo ya no es legítimo, sino que se convierte en un problema, nuestra libertad se convierte un apego a un entorno que nos han marcado previamente.

No estoy diciendo de que esto se trate de una discusión ideológica, sino que se me presenta más como una cuestión estructural. En el cristianismo siempre se ha defendido una diferencia clara en la vida pública, ese famoso: dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Aquí no hay que buscar una separación hostil, hay que buscar un equilibrio que favorezca a las dos partes. Veo y entiendo que el poder político tiene su propio marco de actuación, necesario y legítimo, pero esto no quiere decir que sea absoluto. En las personas existe un orden moral que se encuentra antes y más arriba, que está situado por encima del ente político, que no tiene que crear el poder, sino que lo orienta y en cierta manera lo limita y lo juzga. Hoy en día no veo que exista ese equilibrio.

Durante siglos hemos observado que la distinción entre lo que es del César y lo que es de Dios ha actuado como un límite al poder. Hoy ese equilibrio no lo veo: el Estado no solo administra lo suyo, sino que pretende definir aquello que no le corresponde. El poder del Estado ya no esta limitado y vemos como comienza a justificarse a sí mismo. Y ahí es donde toda democracia empieza a debilitarse.

Estamos asistiendo en los últimos años como el Estado no solo legisla y gobierna, lo que considero normal, sino que cada vez con más asiduidad nos define qué es moralmente aceptable, establece qué visión del hombre debe prevalecer y determina qué posiciones pueden expresarse sin ser estigmatizadas.

Cuando esto ocurre, desaparece el contrapeso moral. Ya no hay una instancia que limite el poder desde fuera de sí mismo. El Estado deja de reconocerse sometido a un orden moral superior y pasa a convertirse en su fuente.

Y entonces ocurre lo evidente: el Estado pasa a definir la verdad, el bien y el mal. Y en ese proceso, toda creencia que mantenga una idea diferente sobre la dignidad de la persona y el derecho a la vida debe ser desplazada, silenciada y si es posible deslegitimada.

En este contexto se entiende bien, por ejemplo, la beligerancia selectiva en la exigencia de verdad y reparación de las víctimas de abusos sexuales, concentrada únicamente en la Iglesia con un porcentaje mínimo de víctimas, mientras el resto de los espacios sociales, que acumulan más del 99%, quedan al margen de un análisis comparable. Cabe la pregunta de si realmente se busca la reparación de todas las víctimas o más bien la deslegitimación moral de la Iglesia y si es posible su ruina económica.

Como resultado de esta manera de entender la vida pública sin tener ninguna referencia moral objetiva, es que el Estado ya no se siente limitado por nada que se encuentre por encima de él, ya que considera que no existe nada por encima de él.

Conviene decirlo: esta tentación ha existido siempre y en todos los sistemas políticos. Pero también es justo reconocer que hay ideologías que, por su propia lógica interna, son más proclives a este escenario que otras.

lunes, 11 de mayo de 2026

¡Buenos días! Exceso de decibelios.

 


Después de aproximadamente dos semanas volvemos a dar los buenos días, han sido unos días en los que hemos intentado con éxito aislarnos del “mundanal ruido”. No ha sido un aislamiento completo, sino que me atrevería a decir un alejamiento, como el que realizamos cuando nos apartamos de un escenario por culpa del volumen tan alto de los altavoces y no por lo que se oye a través de ellos.

Me he apartado por el exceso de decibelios de todo lo que está pasando y no por su importancia. Pienso que hemos aceptado que la estridencia entre en nuestras vidas y que este interrumpiendo la comunicación entre las personas. Tal vez sea el precio que estamos pagando por aceptar el volumen exagerado de la música en los conciertos, en los cines o en cualquier acto donde se está comunicando algo.

Si miramos a nuestro alrededor veremos que el volumen ha subido en nuestras vidas. Vemos cómo la estridencia se asume como algo normal. Cómo cada vez más gritamos para que nos escuchen, para debatir y mostrar nuestros puntos de vista. Y, cómo, casi sin darnos cuenta estamos intentando convencer a los demás a base de aumentar el volumen y no con más argumentos. Preferimos esconder la calidad de nuestro mensaje en el ruido que producimos al comunicarlo. Vivimos más deprisa y además lo estamos haciendo más ruidosamente.

Resulta normal que estemos rodeados de sonidos, muchos de ellos producidos por nosotros, nuestros pueblos están llenos de ellos: coches que pasan, el mormullo de la gente al pasar, las voces o la música de una televisión o una radio lejana. También existen otros a los que hay que prestar un poco más de atención: el trino de algunos pájaros, el viento ululando en las ventanas, el sonido de la lluvia… basta con tener los oídos abiertos.  

En muchas ocasiones ya no oímos esos sonidos, nos aislamos escuchando nuestra música preferida o cualquier contenido audiovisual o un pódcast que sea de nuestra preferencia, lo preferimos a escuchar el latido del ambiente que nos rodea. Si lo analizamos un poco, vivir en nuestro pueblo ensimismados atendiendo solo a lo que nos agrada levanta una valla entre todo lo que hay fuera y lo que elijo escuchar en mi propio entorno auditivo. Ya sé que así nos evitamos escuchar una serie de tonterías sonoras, pero por ahí se nos mete la mala opción del aislamiento, de construir nuestro mundo, un mundo hecho para y solo para mi comodidad.

Si el sonido está demasiado alto o bajamos el volumen o nos distanciamos lo suficiente para seguir escuchando, tenemos que estar abiertos a todo lo que nos rodea, abrir los oídos para escuchar al mundo aunque no nos guste lo que nos dice, es nuestro mundo y mientras no consigamos que suenen nuestras canciones tenemos que seguir prestando atención.

jueves, 23 de abril de 2026

¡Buenos días! Partidocracia.

  


   

        Ayer cayo en mis manos una palabra que no había oído desde hace mucho tiempo: partidocracia. Solamente con ver la terminación “cracia” ya entendí su significado, a pesar de lo cual la busqué en el diccionario y me encontré con la siguiente definición: f. Situación política en la que se produce un abuso del poder de los partidos.

Y la pregunta que aparece es: ¿existe en nuestra democracia? La respuesta no la puedo tener clara al no pertenecer a ningún partido político y no saber desde dentro cual es en realidad su funcionamiento y su objetivo. Sin embargo, si que me doy cuenta de que los líderes de cada partido se han formado y han basado su estrategia para llegar a lo más alto en derribar al enemigo político, sin tener en consideración que, por delante de sus ideas, se encuentra la sociedad a la que pretenden servir, a la que deberían tener como lo más principal y prioritario.

Repasando, veo algunas formas de actuar que me llevan a pensar en que algo de partidocracia tenemos. Existen algunas consignas que se repiten durante décadas y que me parece que son síntomas de una enfermedad llamada partidocracia.

Tal vez la más usada sea la del cambio, buscar un cambio sin cambiar, aunque lo único que no cambia con las décadas es el enemigo político que se debe combatir, que no es otro que el que les quito el poder en las anteriores elecciones. O sea, llegar al poder por el poder, y a ser posible no dejarlo para así llevar a la sociedad a las ideas estrictas del programa interno de cada partido.

Otra consigna muy manoseada es la del progreso, que exhiben los que según en cada ocasión se suelen llamar progresistas o reformistas, y que haciendo un pequeño resumen consiste básicamente en ir destruyendo poco a poco toda la tradición filosófica y religiosa que se mantiene desde hace siglos para reemplazarla por otras esclavitudes filosóficas basadas en la igualdad, la libertad y la fraternidad entre los afines a cada ideología.

Otra reacción que me pone en alerta es el deseo desmedido de poder, la voluntad de poder en los partidos políticos los puede llevar a la partidocracia, y esto es nihilista, lo que los lleva a negar todo principio religioso, político y social.

En estos días podemos ver a nuestro alrededor ejemplos lo suficientemente claros para ponernos en alerta: la dictadura política de los medios de comunicación en la corrupción política y social, la tiranía de la degradación cultural y espiritual, debido al desprecio de los bienes morales dados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) y que son un reflejo de la Doctrina Social de la Iglesia Católica.

En fin, es interesante que estemos alerta.

miércoles, 22 de abril de 2026

Buenos días. ¿Por qué a mí sí?

 


Hay días que al acercarse a las noticias aparecen preguntas que se encuentran escondidas en unos privilegios que nos pasan desapercibidos: ¿por qué yo vivo en una sociedad en paz mientras hay personas que padecen las tragedias de una guerra? Cuando aparecen estas preguntas, no queda más remedio que reconocer una realidad tan clara y verdadera como necesaria: mucho de lo que tengo no es mío, tengo la suerte de que me ha tocado.

Con esto no estoy diciendo que mi esfuerzo personal por mejorar no ha servido para nada, lo que quiero es mirar la situación desde otro punto de vista. Tengo que reconocer que todo lo que me he encontrado, las oportunidades que se me han dado tienen mucho más que ver con el lugar donde he nacido que por mis méritos personales. No puedo negarlo, si lo hiciera estaría siendo soberbio y me equivocaría al pensar que todo lo que tengo y he conseguido se debe solamente a mi trabajo y esfuerzo. No sería verdad, y me serviría para llegar a la conclusión que debo pensar solo en mí y hacerlo para buscar mejoras solo para mí. La realidad de mi situación actual tiene más que ver con haber tenido las oportunidades para poderla alcanzar que de mis esfuerzos por conseguirla.

Si soy consciente de que casi nada de lo que soy es mío por derecho propio, la única salida sensata es reconocer que todo es de todos y eso cambia por completo la visión que tenemos de los demás.

martes, 21 de abril de 2026

Buenos días. ¿Ahora sí que sí?

 


Cuantas veces me he encontrado con que una mejoría en mi situación ya sea económica, sentimental o casi de cualquier otro tipo, me ha llevado a pensar: “Ahora sí que sí”. Y durante un tiempo me he sentido encantado de la vida.

Es un tiempo durante el cual me vengo arriba. Todo me parece maravilloso. Pero el tiempo pasa, y lo que sin duda parecía una gran mejoría termina siendo lo normal, mi día a día.

Eso, que ya me ha sucedido varias veces, es una adaptación a lo bueno y que me devuelve a un nivel normal de felicidad. Cuando esto sucede, te das cuenta de que tenemos una facilidad para convertir lo extraordinario en cotidiano.

Después de estar un tiempo buscando y deseando esa cosa que me va a dar un placer inmenso, al cabo de un tiempo me doy cuenta de que he vuelto a un punto casi idéntico al de antes. Es como si la vida me dijera: “Perfecto, disfruta, pero no te emociones mucho que esto dura un plis plas”

A veces he pensado, que, aunque no me guste demasiado, esa adaptación tiene bastante sentido. Las personas hemos sido creadas para adaptarnos. Si no consiguiéramos adaptarnos a la situación en la que nos encontramos nuestra vida estaría llena de altibajos constantes. El problema aparece cuando esos momentos iniciales de una gran felicidad los confundimos, pensando que van a ser una felicidad permanente, y los buscamos continuamente pensando que va a ser el definitivo.

Lo que quiero decir es que: la persona se acostumbra. Para bien y para mal. Si miramos un poco nuestra vida, estoy seguro, de que lo podemos comprobar fácilmente. Con el coche, el teléfono o el piso que acabamos de comprar, y que a los pocos meses ya estamos mirando otro que nos parece mejor.

Aquí aparece en nuestra sociedad el consumismo. Ya que al ser consciente de que la ilusión se nos va apagando, buscamos otra dosis: otra compra, otro cambio, otro objetivo. Y así vamos empalmando deseos. Y al sistema económico, de hecho, le gusta mucho esta forma de afrontar la vida, pues siempre nos pondrá delante algo nuevo que ofrecernos para que tengamos la sensación de que ahora sí, con eso que nos falta ya vamos a ser completamente felices.

Lo que en realidad sucede es que todos los objetivos y las metas que sean puramente materialistas nos van a dar una satisfacción a corto plazo y no a largo plazo. En cambio, lo que suele dejarnos de verdad una felicidad con más solidez son cosas y asuntos que tengan que ver más con las relaciones personales. Lo que no quiere decir que desear vivir en un piso mejor esté mal. Ni mucho menos. Resulta bastante obvio que el dinero nos dará seguridad, algo de comodidad y un margen para vivir mejor, pero estamos hablando de felicidad.

Aquí de lo que se trata es de no creer que esas cosas nos van a dar algo que no pueden ofrecer. Ganar más dinero nos puede ayudar mucho, pero no va a resolver por sí solo nuestra vida interior ni nos puede dar paz mental. Así que lo que tenemos que intentar hacer es prestar más atención a lo que sí alimenta el bienestar de forma más estable.

En el fondo, la cuestión es bastante sencilla, está bien disfrutar de lo material, pero no resulta interesante apoyarse mucho en ello para ser feliz. Porque lo nuevo se pasa. Lo que permanecerá más es cómo vivo, con quién comparto mi vida, a quien se la ofrezco y dónde pongo cada día la atención.

domingo, 19 de abril de 2026

¡Buenos días! ¿Débil?

      



  En una sociedad como la nuestra donde se alaba el control, la dureza e imponer las cosas, cuando se le llama a alguien “débil”, lo primero que nos viene a la cabeza es que se le está menospreciando y es posible que lo podamos interpretar como un insulto. 

        Sin embargo, desde mi humilde punto de vista, si se llama “débil” a una persona cuando pone por delante el amor a las personas, esa posible debilidad adquiere un concepto diferente. La debilidad que se puede mostrar cuando se elige no aplastar, sino que se elige abrazar o cuando esa supuesta debilidad aparece al responder a la violencia con misericordia, eso es una señal de uno de los más grandes signos de amor. 

        Si observamos la debilidad desde ese punto de vista, entonces veremos que no se trata de no tener fuerza, sino tenerla y elegir no utilizarla para destruir. Se trata de tener la posibilidad de imponerse y se elige servir. Se trata de defender la verdad sin necesidad de aplastar a los demás. 

        Sin embargo, somos débiles y limitados, ya que tropezamos muchas veces, nos equivocamos, nos dan miedo nuestros temores, tenemos nuestros miedos, nuestras depresiones y tristezas. Caemos y en muchas ocasiones no deseamos levantarnos sino más bien quedarnos tranquilamente en el triste consuelo de la autocompasión, o quedarnos dormidos en la dura cama de la huida. 

        ¿Qué hacer entonces? Tal vez nuestra mayor debilidad se encuentre en no saber qué hacer con ella o, es más desesperar. Si somos conscientes de que todos podemos tener esas debilidades ¿Por qué no aprovecharnos? Es por lo tanto ese “todos somos débiles” la ocasión para ver el camino a seguir. Sí, mi debilidad puede ser un lugar donde encontrarme con los demás: es saber de mis debilidades lo que lleva a perdonar, lo que me ayuda a comprender a otros. Pero eso no se hace automáticamente. Se necesita antes un trabajo para ver donde se encuentran nuestros límites y recorrer un largo camino que estará lleno de sudores, ampollas y heridas.  

        Compartir esa debilidad nuestra es también algo que nos hace fuertes. El tener la experiencia de un tropiezo y tomar la decisión de comunicárselo a algún amigo puede ser el motivo de un encuentro maravilloso, un encuentro de debilidades que puede ser capaz de mover montañas. 

sábado, 18 de abril de 2026

¡Buenos días! ¿Hacer política con la IA?


       

 Siguiendo con el tema del otro día, tenemos que mirar bien esa leyenda que dice que existe una neutralidad en los algoritmos. Decíamos que existe la posibilidad de que los algoritmos tomen decisiones políticas y que esto presentaría un problema para la democracia. En una democracia debe de existir un debate ante un conflicto, no soluciones basadas en anticiparse al futuro a partir de patrones y estadísticas que siempre son sobre hechos pasados, olvidándose y negando la opción no siempre predecible de la libertad humana. Cómo decía ayer: el dialogo sería desplazado por la predicción. 

        Una democracia no es solo una forma de detectar las preferencias de las personas, sino que se trata también de un lugar donde esas preferencias pueden acomodarse o transformarse. Si existen desigualdades ya establecidas en el tiempo y la decisión de cómo solucionarlas la basamos en predicciones y estadísticas, vamos a correr el riesgo de que afectaran de manera desigual a los sectores más vulnerables, bajo la apariencia de una neutralidad técnica. 

        Muchas personas afirman que los algoritmos están libres de prejuicios y que son objetivos. Pero unos datos por sí solos no dicen nada. Tienen que ser seleccionados, organizados y analizados según criterios que siempre responden a intereses, a prioridades y a unas normas que ya se han establecido. Es más, el aprendizaje informático se hace dentro de unas reglas diseñadas por alguien. Esa supuesta neutralidad no es otra cosa que una forma elegante de tener tomada ya una decisión. 

        Da la casualidad de que cuanto más complicados y complejos se convierten estos sistemas informáticos, más difícil nos resulta saber desde donde se ejerce el poder. La dominación ya no tiene que darse a conocer mediante ir dando órdenes y dictar prohibiciones, sino que se puede dar mediante una discreta forma de recomendaciones, y de optimizaciones. Ya no hace falta que se nos obligue, sino que se nos oriente. Y es precisamente esa orientación, por su carácter técnico, tiende a parecernos natural como si fuese una decisión política.  

        Ante el problema anterior, se puede decir, y de hecho se nos dice, que con un buen nivel de transparencia ese problema estaría resuelto. Pero esto no es suficiente ya que no toda transparencia es políticamente relevante, ni toda opacidad es antidemocrática. Que conozca el código de un sistema no me garantiza que comprenda su impacto social ni posibilita un control democrático efectivo.  

        La cuestión no es que hacer para regular el poder de la inteligencia artificial, sino que hacer para añadirla en la cadena de legitimidad democrática. Cuando ponemos en acción sistemas que aprenden y se adaptan, ¿quién asume la representación? ¿Cómo se mantiene la  igualdad cuando las decisiones son personalizadas?  ¿Qué ocurre con la deliberación cuando las preferencias son moldeadas antes de que lleguen a expresarse públicamente? 

        La IA en el momento en que se utiliza para crear normas, organizar comportamientos y condicionar expectativas no puede ser pensada como algo fuera de la política. Para regularla no hay que imponer límites técnicos, sino preparar a las instituciones para que sean capaces de integrar toda esa tecnología sin tener que renunciar al autogobierno.

        Es posible que el peligro más grande de la IA no sea que nos domine, sino algo más sutil: que vayamos poco a poco renunciando a decidir. Automatizar una administración no es solo delegar tareas; es aceptar sin darnos cuenta de que ciertas decisiones ya no merecen deliberación humana porque  el sistema “lo hace mejor”.  Esta lógica puede ser razonable en ámbitos técnicos específicos, pero se vuelve problemática cuando se extiende a decisiones que involucran valores y derechos humanos. Si nadie decide, nadie responde. 

        Tal vez nuestro problema con la IA y su relación con la democracia no se encuentra en que deleguemos tareas en las maquinas, sino que ya no nos preguntemos por los motivos por los que hemos elegido unos fines determinados. Y es que cuando la optimización sustituye al juicio, la política se va debilitando sin que necesariamente lo notemos y esa debilidad no es un problema técnico, es una forma de renuncia. Renunciar a pensar y decidir. 


jueves, 16 de abril de 2026

¡Buenos días! ¿Una democracia con IA?

 


Pensaba en la tarde de ayer: ¿Qué pasaría con la democracia si una parte de las decisiones que se deben tomar después de una deliberación pasan a estar automatizadas por sistemas algorítmicos?

Hasta ahora la tecnología la estamos mirando como algo apartado de la política, solamente se usa para fines muy definidos. Sin embargo, con la fuerte irrupción de la inteligencia artificial, esos fines se pueden ampliar. Si repasamos lo que hacen los algoritmos veremos que no se usan solo para cumplir órdenes, sino que en unos determinados entornos es posible que puedan tomar decisiones, clasificando, precediendo y haciendo recomendaciones. De hecho, ya eligen qué opciones vas a ver primero, qué ideas se vuelven invisibles y que riesgos son aceptables. Lo que están haciendo de momento no es sustituir la decisión humana, sino que rediseñan la situación para que podamos decidir con más sentido.

Pero dar un paso adelante y permitir que los algoritmos tomen decisiones es muy sencillo. Esa mutación si se llega a dar en la política nos plantea un serio problema y es que no debemos olvidar que la democracia moderna se apoya en la opción de atribuir decisiones y poder discutirlas públicamente. Sin embargo, ¿Cómo mantener esa idea democrática cuando los procesos de una decisión se vuelvan opacos y estadísticos? ¿Quién es responsable cuando nadie decide en un sentido estricto?

Este tipo de preguntas ya nos las hemos planteado en alguna ocasión, pero no recuerdo haberlo hecho en el contexto democrático y político. No quiero ahora meterme en los problemas del poder de una superinteligencia y alimentar ideas sobre el control total de las maquinas, lo que me interesa es pensar sobre cómo puede cambiar una decisión democrática en un espacio cada vez más automatizado.  

Todavía no sé cómo afectara a una democracia si las decisiones importantes son delegadas a sistemas informáticos que suelen ser opacos y por supuesto adaptarse a unas ideas concretas.

Para ir entendiendo el problema primero debo tener claro los dos tipos de inteligencia que tengo delante. La IA (Inteligencia Artificial) que ahora tenemos está basada en una gran capacidad de procesar datos, detectar patrones y optimizar funciones a lo que tenemos que añadir en un buen aprendizaje automático y en un lenguaje cada día más perfecto y comprensible. Pero toda esa potencia de trabajo no equivale a tener una comprensión de los temas. Un sistema informático aprende a partir de estadísticas que va recibiendo, o sea de hechos y datos que ya han sucedido. No comprenden las situaciones y no generan sentido pues no se enfrentan a lo nuevo como tal.

En cambio, nuestra inteligencia, que no llama la atención por su eficacia en procesar datos, incluye juicio, imaginación, comprensión contextual y una capacidad para deliberar en condiciones de incertidumbre, incluso a partir de un solo caso en concreto. Nuestra inteligencia está claro que no tiene más velocidad ni es capaz de acumular tanta información, sin embargo, tiene la posibilidad de rediseñar fines, introducir desvíos y hacerse cargo de lo indeterminado que pueda surgir.  

Lo que quiero aclarar ahora no es el orden de preferencia entre una máquina y nosotros. La cuestión es otra: y es que si confundimos lo que es juicio con calculo, vamos a terminar organizando nuestra vida pública como si toda dificultad pudiera resolverse mediante la elección de lo más rentable. Y es aquí donde la política dejaría de ser una deliberación sobre fines para terminar convirtiéndose en una simple gestión de probabilidades en manos de algoritmos. La dificultad que se me presenta no es que una máquina piense demasiado, sino que seamos nosotros los que pensemos cada vez menos en términos políticos y dejemos ese trabajo a un ordenador.

La deliberación puede ser desplazada por la predicción si aceptamos una neutralidad algorítmica, cosa por otra parte muy discutible, que intentaré aclarar otro día.

martes, 14 de abril de 2026

¡Buenos días! La Verdad Velada.

 


Una de las conversaciones que aparecen muchas veces en nuestros cafés suele ser el tema de la Verdad. Escuche el otro día que no se encuentran plazas que tengan una estatua que este dedicada a la Verdad, a la Libertad sí que las hay. Aunque en Nápoles si que podemos encontrar una escultura de mármol de la Verdad Velada en una capilla, esculpida por Antonio Corradini, 1751.

La cuestión es que la Libertad se publicita más que la Verdad. Y es que tenemos a una parte importante de la sociedad que piensa que poseer una libertad ilimitada es fundamental para conseguir una felicidad plena y verdadera. Según estas personas, una persona no debería de aceptar ninguna regla que le venga impuesta desde fuera, sino que debe ser la misma persona quien determine libre y autónomamente lo que crea justo, verdadero y válido.

Y, lo que yo digo, si no hay una Verdad objetiva, si podemos cambiar el bien con el mal, si resulta que somos incapaces de conseguir la Verdad o ésta está completamente subordinada a uno mismo, entonces resultará que cada persona es su autoridad máxima, con lo que nos encontramos con que no existen reglas generales que sean universalmente válidas, por lo tanto, no es de extrañar que, al no haber un orden moral objetivo, se pueda caer en toda clase de aberraciones. Si soy yo quien decido, si depende de mí, si puedo hacer lo que quiero, entonces, lo bueno o lo malo, lo justo o lo injusto, quién puede vivir o a quién se pueda dar muerte, porque es un ser humano de categoría inferior, será mi decisión.

Resumiendo, haré lo que crea más conveniente para mí, si tengo que utilizar la ley del más fuerte, pues lo haré, si necesito fastidiar a los demás pues que se fastidien.

Tengo pocas dudas de que existe un movimiento en apoyo del relativismo que niega la existencia de una Verdad objetiva, esto es fácil de comprobar actualmente en España, cuando no existe forma de averiguar quien dice la Verdad, cuando se utiliza la mentira como recurso político, y lo que lo hace especialmente doloroso y dañino es cuando son los medios de comunicación social los que se unen a esta forma de actuar.

Qué sabemos sobre la Verdad: sabemos que no debemos falsear la verdad en nuestras relaciones. Se nos dice que: “La virtud de la veracidad da justamente al prójimo lo que le es debido; observa un justo medio entre lo que debe ser expresado y el secreto que debe ser guardado: implica la honradez y la discreción” Y es que decir una mentira es faltar a nuestro deber de fidelidad. O sea, yo no miento cuando no digo la verdad a quien me hace una pregunta indiscreta sobre algo que no tiene derecho a saber. Pero debo tener en cuenta que con la mentira puedo cometer graves faltas, como son el perjurio, el falso testimonio y la calumnia.

Como sé ve, hay que pensar un momento antes de decir alguna que otra verdad ya que debemos evitar estropear la reputación de las personas con mis juicios temerarios, ya que es muy complicado después arreglar esas reputaciones, lo que nos debe llevar a ser prudentes en el momento de hablar. Una cosa es conocer la Verdad y otra como propagarla.

lunes, 13 de abril de 2026

Buenos días. Pensamientos.

 


Nos suele ocurrir que en muchas ocasiones no pensamos lo suficiente las cosas que hacemos, pero esto no quiere decir que no tengamos pensamientos. Cada mañana cuando me despierto, lo primero que advierto es que mis pensamientos ya están ahí, forman parte de mí, me van a acompañar todo el día, me van a aconsejar, me van a alterar y también me van a desanimar. Es así, creo que los controlo, aunque en realidad lo hago pocas veces, hay ocasiones en las que soy incapaz de deshacerme de ellos y me impiden llevar un día tranquilo.

Ciertamente, esto no me sucede desde hace poco tiempo, me lleva sucediendo desde que era joven, un adolescente. Esa diferencia entre ellos, entre los que me ponen triste y los que me alegran es lo que últimamente me está preocupando más. Sobre todo, naturalmente, los tristes, los que me quitan la energía y me impiden expresar lo mejor que puedo mostrar.

No es fácil, o al menos no lo es para mí, deshacerme de esos pensamientos tristes, a veces ese intento es frustrante porque me tocan partes muy sensibles y centrales de mi forma de ser. Y con el tiempo, acabo por dejar de evitarlos y que pasen lo más rápidamente posible.  

De ahí, que últimamente intente conocer esos pensamientos y su relación con mi bienestar o en el caso contrario con mi malestar, con la intención de que me pueda resultar útil para mantenerlos o alejarlos según cada caso.

Me he dando cuenta de que estos intentos que estoy realizando contra esos pensamientos, diría que obsesivos y que por tanto malos pensamientos que me entristecen los está haciendo más fuertes y resistentes. Por el contrario, si me limito a verlos y dejarlos tranquilos sin juzgarlos los debilita, siguen estando presentes, pero poco a poco van perdiendo su capacidad de influencia.  

Veo que no es posible eliminarlos, en mi caso no puedo, tal vez porque se encuentran en algún lugar antes de que pueda actuar mi voluntad y por eso me dedico a protegerme de ellos, dejando más espacio para los que me alegran. Con mis pensamientos alegres sucede lo mismo que con los tristes, permanecen si los estudio, y más si los puedo convertir en acciones.

Lo que estoy haciendo últimamente es; nada más despertarme buscar los pensamientos saludables, con el propósito de establecer un buen estado de ánimo para el resto del día. Una cosa tengo clara, si esos pensamientos positivos los mantengo mientras voy al lavabo, si consigo que sigan conmigo mientras desayuno convirtiéndolos en palabras y traduciéndolos en acciones, me duran prácticamente todo el día.

Parece claro que esos pensamientos a los que les dedico más tiempo, repitiéndolos en mi interior, dialogando o discutiendo con ellos, dándoles nombre y convirtiéndolos en comportamientos y acciones, son los que más se mantienen.

viernes, 10 de abril de 2026

¡Buenos días! ¿Condiciones para desear vivir?

       


         Me ha sorprendido esta mañana que se pueda considerar como un avance social la decisión de morir de una persona que había dejado de sentir el cuidado y el afecto de los que la rodeaban, me parece que celebrar este hecho encierra cierta miopía moral. Porque la pregunta que me surge al recordar el caso de Noelia, no es solamente si una persona tiene derecho a morir, sino si nuestra sociedad y nuestro Estado han actuado como debían, y si han hecho todo lo posible para que esa persona deseara vivir. 

        No quiero simplificar el tema. Pues la eutanasia nos sitúa delante cuestiones profundas. Pero está mañana me pregunto si apelar a la libertad de la persona no esconde una forma de resignación o tal vez de rendición de nuestra sociedad.  

        La cuestión es que Noelia solicitó la eutanasia y su petición fue atendida. Encuentro muy complicado no sentir una profunda tristeza y preocupación. Ante esto me encuentro, por una parte, con el dolor de Noelia que llega hasta el punto de desear la muerte como una liberación a todo su sufrimiento. Por otra parte, me encuentro con que existe un marco legal que nos presenta esta decisión como un signo de progreso y un respeto a la libertad. Estos dos aspectos es lo que explica mi desconcierto. Porque una cosa es entender y comprender el sufrimiento de esa persona que desea morir y otra cosa muy diferente es celebrar ese final como un progreso moral. 

        He visto que en este caso el argumento principal para defender la eutanasia es la libertad. Se me muestra como una expresión de la autonomía de la persona. Pero, mi pregunta principal no es otra qué: ¿es realmente un acto de libertad desear mi propia muerte? ¿O se trata de la expresión de una libertad herida por el sufrimiento? La libertad, en su sentido más profundo, busca y ama la vida. No a una vida cualquiera, sino plenamente humana. Y esa plenitud depende mucho de la calidad de las relaciones humanas que me permiten amar y ser amado, de unas condiciones mínimas de bienestar, de la presencia de personas que me acompañen incondicionalmente, y cuando todo esto falla, la libertad tiene poco de donde elegir. 

        Nietzsche dijo que: “Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”. Mi sufrimiento puedo vivirlo de una manera distinta si he encontrado un sentido, afecto y alguna razón para continuar viviendo. Cuando todo esto desaparece, mi vida puede convertirse en un peso muy difícil de soportar.  

        Desde este punto de vista, la muerte de Noelia la encuentro especialmente significativa. Sus ganas de morir no aparecen sin más, sino después de años de falta de afecto, violencia, debilidad psicológica y dolor físico. ¿Se puede comprender que una persona en esa situación llegue a desear la muerte? A mi juicio, sí. Pero precisamente por eso, me es muy complicado considerar esa decisión como un acto realmente libre. Más bien parece la consecuencia de una libertad debilitada por la ausencia de condiciones que hacen posible una vida verdaderamente humana.

        Creo que este caso es extremo. Es verdad que en su vida pasó por experiencias particularmente difíciles, con violencia sexual incluida. Pero, otros aspectos de su vida no son tan excepcionales. Son muchos los jóvenes que hoy en día pasan por heridas afectivas, ansiedad, soledad o pérdida del sentido de la vida. De ahí que no me extrañe que muchos jóvenes se hayan podido reconocer, al menos un poco, en la historia de Noelia. 

        Y es aquí donde me surge una inquietud que considero legitima, y es que cuando la sociedad en la que vivo me presenta como un avance la posibilidad de poner fin a la propia vida en situaciones de fuertes dolores y sufrimiento, veo que esta abriendo un precedente delicado, en especial en una generación que se nos presenta muy vulnerable emocionalmente, solamente hay que mirar la tasa de suicidios. 

        Existe, además, otra cosa que aumenta mi preocupación. Me resulta complicado entender como un adelanto social una ley que ayuda a poner fin a la propia vida cuando el Estado no está dispuesto a gastar lo necesario para acompañar a las personas que necesiten atención psicológica o cuidados paliativos. Y es que la libertad no se puede reducir a elegir la muerte cuando faltan las condiciones para querer vivir. La sociedad si en verdad quiere ser humana debería esforzarse en primer lugar a garantizar el cuidado y el acompañamiento. Ya que, en caso contrario, la posibilidad de que la libertad se convierta en expresión de un abandono es muy grande y peligroso. 

        Si faltan el cuidado y el afecto a las personas más necesitadas, si no existe a donde dirigirse cuando se tienen ese tipo de problemas, la libertad se convierte en desesperación, y las actuaciones que nacen de la desesperación es muy complicado entender las como una expresión de una verdadera libertad. 

        La sociedad y el Estado deberían hacerse no solamente la pregunta de si respetan la libertad de quien desea morir, sino si han sabido dar las condiciones que hacen posible desear vivir.  


jueves, 9 de abril de 2026

¡Buenos días! Cuanto menos se comparte, menos se puede compartir.

         

         Me he encontrado esta mañana una frase de Aristóteles que me ha hecho pensar: “la amistad profunda requiere unidad de visión del mundo. Cuanto más vivo, más descubro cuán cierto es este principio, aunque a veces también resulte desgarrador”.

        Como vemos no pertenece a nuestra generación solamente la necesidad de buscar relaciones que estén por encima de profundas diferencias, todos deseamos amar, convivir y relacionarnos con personas, aunque sean muy diferentes a nosotros. Esto lo considero normal y bueno, en la medida en que sea posible.

        Es a partir de este punto donde resulta interesante ver la diferencia entre un cierto nivel de relación a pesar de una gran diversidad y otro nivel en el que aparece una amistad profunda. Debo, ahora, hacer hincapié en una cuestión: no se trata de que yo rechace o evite a quien tenga una visión de la vida diferente. Sin embargo, una cosa es de sentido común: cuanto menos se comparte, menos se puede compartir. 

        Veamos un poco esta cuestión, tenemos que reconocer que todas las personas compartimos el mismo grado de humanidad o sea poseemos la misma dignidad. Por lo tanto, nuestra caridad debe alcanzar a todos, pero una amistad profunda solo se puede dar a unos pocos. Más allá del respeto que hay que tener con todos, e incluso de la caridad cristiana, que va mucho más allá del respeto, también pueden existir buenas relaciones entre personas con diferentes visiones del mundo. Estas relaciones son muy importantes, a pesar de que puedan ser limitadas. Reconocer y respetar esos límites no resulta un impedimento para esas relaciones; al contrario, permite su verdadera realización. Hay un refrán interesante para esto: “nunca actúes como si tuvieras más en común de lo que realmente tienes”.  Y es que, cómo bien sabemos, la clave para cualquier relación es la verdad.

        Cuando pensamos que podemos tener una amistad profunda a pesar de tener visiones fundamentalmente diferentes del mundo, se nos aparece por una incomprensión, no tanto por lo que entendemos por amistad sino de como consideramos la vida humana misma. Si la amistad es una forma de vivir una vida juntos, entonces su calidad y características están determinadas por lo que significa vivir una vida humana.

        Ahora bien, el convencimiento y la convicción que tengamos sobre verdades fundamentales no van a ser un aspecto secundario en nuestra vida, se tratan de los fundamentos que le dan forma en todos sus aspectos. Tal vez por esta razón Sócrates en uno de sus Diálogos se pregunta: ¿Qué son lo justo y lo injusto, lo bueno y lo malo, lo honorable y lo deshonroso? ¿Acaso no son estos los temas de controversia sobre los que, cuando no logramos llegar a una decisión satisfactoria, tú, yo y los demás discutimos?

        Entiendo que Sócrates no está diciendo que los amigos nunca discuten. Sino que la discusión a la se refiere es algo más profundo, algo que va a impedir un verdadero entendimiento mutuo. 

        En estos días que estamos viviendo, es necesario respetar siempre a los demás y hacer un esfuerzo para llevarnos bien. Una de nuestras vocaciones más profundas es la de dar una caridad cristiana a todos. Además, en nuestra vida nos vamos a cruzar con personas muy diferentes con las que tendremos relaciones maravillosamente significativas a la vez que desafiantes. Nada de esto cambia la naturaleza ni la exigencia única de una amistad profunda. Es más, nuestra vida puede y debe ser una especie de conjunto en armonía de diferentes clases de relaciones. 

        Darse cuenta y reconocer la verdad sobre las grandes exigencias de la amistad no solo conseguirá que estas relaciones sean más profundas, sino que a la vez enriquecerá todas las demás. 

miércoles, 8 de abril de 2026

¡Buenos días! Dar libertad.



        Cuantas veces al estar con una persona nos hemos dado cuenta de que nos oprime, de que nos encoge y que  nos sentimos menos libres y en cambio con otras sentimos que nos ensanchan, que podemos sentir toda nuestra libertad. Y la pregunta que ahora yo me hago no es como aprovecho esa sensación de libertad que se me presenta o cómo me tengo que comportar ante esa incomodidad que me provocan, sino qué la pregunta debe ser: que les sucede a los demás cuando se encuentran conmigo. Y es que hay relaciones que nos liberan y otras que nos atan. Hay ambientes que nos provocan proyectos, sueños, creatividad y ganas de hacer las cosas bien, y por el contrario nos encontramos a veces en otros que nos generan desconfianza, sumisión o cinismo. 

        Todas las personas tenemos un extraño poder, un poder silencioso con el que trasmitimos sensaciones. La forma y el tono con el que hablamos, nuestros ojos que miran de una manera especial, la expectativa que colocamos sobre alguien, lo que decimos o lo que nos callamos, todo esto son cosas que abren o cierran expectativas en los demás. Mostrar nuestra forma de ser, sentirnos libres y poder mostrar nuestros miedos, nuestras necesidades o mis proyectos a los demás no debe ser nunca una manera de colonizar la vida del otro, sino la de darle libertad, que se sienta más libre con nosotros.  

        Estaría bien que nuestra presencia, la sensación que proyectásemos fuera la de que los que nos rodean se sientan más libres. Vivir nuestra vida de manera que los otros vivan. 

        Una de nuestras tareas debe ser la de ayudar a que cada persona encuentre su yo más original. Nuestras necesidades, nuestras preferencias, ideas o prejuicios nos pueden llevar a poner etiquetas, a decidir de ante mano quién puede hacer y quién no, o dar casos cerrados antes de tiempo. Nuestra manera de ser debe comenzar por dar confianza y establecer un entorno donde los demás puedan aprender a hacerse responsables de su propia libertad. Nosotros debemos intentar dar libertad. 


martes, 7 de abril de 2026

¡Buenos días! El futuro definitivo.

 


Todos los días realizamos acciones que miran al futuro, lo hacemos ya casi sin darnos cuenta. Algunas veces nuestra mirada se encuentra fija en un futuro inmediato: pongo a calentar el horno para dentro de nada preparar una pizza. Otras veces miramos a un futuro que se encuentra más lejos: cuando hacemos una reserva de un hotel para nuestras vacaciones.

En alguna ocasión, ese futuro no se cumple. La reserva del hotel quedo en nada, ya que cogimos un fuerte resfriado justo el día antes. Pero, gracias a Dios, son muchas las veces que ese futuro se cumple y hemos disfrutado de esa reserva de hotel.

Lo que parece claro es que muchos de esos futuros de basan en acciones que realizamos en el presente. Y, esos actos son, muchas veces, la consecuencia de nuestras decisiones. También lo son, en buena parte, con el cruce de las acciones que realizan otros: una huelga en el transporte nos impide disfrutar de esa reserva de hotel. Si lo pensamos, nos debería de sorprender ver que el futuro se cumple tal como habíamos previsto. También, debería ser normal que nos preparásemos ante los imprevistos que sin duda van a aparecer en ese futuro y que nos obligan a cambiar todos los planes.

Nuestra vida es así, realizamos muchas acciones con la esperanza de que las cosas van a ir bien, pero con la incertidumbre de que no vamos a poder controlar todas las variables que aparecerán en los diferentes proyectos que planeemos. En ese esfuerzo que hacemos día a día por tomar buenas decisiones, mirando a un futuro que esperamos bueno, vale la pena mirar y pensar en el futuro definitivo, ese futuro que da sentido a nuestra vida: el que comenzará tras la muerte, cuando nos encontremos frente a frente con la vida eterna.

lunes, 6 de abril de 2026

¡Buenos días! Domingo de Resurrección.



Ayer fue el Domingo de Resurrección, y esta mañana recordaba la importancia que tiene este día, pues nos viene a decir que la historia de una persona no termina en un fracaso ni en la muerte. Me recordaron que la vida vencerá definitivamente.

Pero claro, para esto hay que creer en la resurrección, lo que significa que no solo hay que decir que Jesús resucitó hace dos mil y pico años. Se trata por lo tanto de vivir con la seguridad de que el amor es más fuerte que la muerte y que el destino final del hombre es la vida eterna. Con la seguridad de que esto es así, nuestra forma de mirar el día a día cambia y se nos abre delante de nosotros una esperanza que no termina.  

Las personas creemos muchas cosas en nuestro día a día: confiamos en el GPS que nos guía, en el pronóstico del tiempo o en descubrimientos científicos que generalmente no comprendemos del todo. Pero no todas las verdades necesitan apoyarse en la misma clase de creencia. Las hay que solo se necesita aceptar un dato, mientras que hay otras que implican un compromiso mucho más hondo. Y la resurrección pertenece a esta última clase.

Conocer ciertas verdades exige algo de quien las conoce. Hay verdades que basta con tener mucha información y aceptarla, pero existen otras que es la misma persona la que tiene que transformarse para comprenderlas. Hay también conocimientos que vamos acumulando, donde cada cosa nueva que averiguamos se apoya en las anteriores. Pero existe otra clase de conocimiento, que cada persona debe de acoger personalmente. El camino de la sabiduría nadie lo puede caminar por nosotros.

Para comprender el misterio de la resurrección se debe tener una disposición de ánimo hacia la esperanza. La esperanza es mirar al futuro con confianza. Para un cristiano la esperanza no es ser un optimista ingenuo, sino tener la seguridad de que su destino final se encuentra en Dios. Si una persona consigue vivir con esa esperanza, su forma de ver el mundo va a cambiar. Las dificultades que se va a encontrar en su vida no van a desaparecer, pero se verán desde otro punto de vista.

Creer que la vida no se termina en la muerte, sino que se transforma, nos permitirá vivir con mayor libertad, generosidad y valentía. Esto no nos aleja de la realidad, sino que esta esperanza nos lleva a comprometernos más con ella.

Si yo creo que mi vida tiene un destino eterno no voy a despreciar el mundo, todo lo contrario, lo valorare más profundamente. Cada persona con la que me cruce, cada acción que realice, cada acto de amor y justicia adquirirán un significado que irá más allá del tiempo.

Las personas muchas veces tenemos deseos que no son demasiado grandes, incluso en este caso me atrevería a decir, demasiado pequeños, nos conformamos con una vida que termina con la muerte cuando estamos llamados a la vida eterna. Nos conformamos con satisfacciones pasajeras cuando podemos conseguir una alegría mucho mayor.  

Ayer recordamos justamente que creer en la resurrección, entonces, no es solo afirmar que Jesús resucitó hace dos mil años. Es vivir con la certeza de que el amor es más fuerte que la muerte y que el destino último del ser humano es la vida eterna. Esa certeza cambia la forma de mirar el presente y nos abre el corazón a una esperanza que no termina.

domingo, 5 de abril de 2026

¡Buenos días! Tener el poder y tener autoridad.



        Existe y deberíamos de saber que hay una diferencia entre tener el poder y tener autoridad. Cada día que pasa me voy dando cuenta de que existen muchas personas que no la ven, ya que al ser cada día más grande esa diferencia, no las relacionan, y entender la diferencia entre el poder formal y la legitimidad moral y comprender bien esta diferencia es un requisito fundamental para estudiar nuestra estabilidad social, la justicia y la eficacia de los liderazgos. 

        Vemos con frecuencia como existen tensiones entre poder y autoridad en el ambiente político, empresarial y cultural. Podemos pensar que estos roces son simplemente superficiales, pero en realidad no lo son. Ver la diferencia entre el poder formal y la legitimidad moral es clave para comprender por qué algunos líderes consiguen respeto y colaboración, mientras que otros imponen su voluntad sin conseguir lealtad ni reconocimiento. 

        Suele decirse que una verdadera autoridad, es aquella a la que puedo someterme libremente sin sentir ninguna clase de humillación. Según esto la verdadera autoridad no se impone por la fuerza, sino que se basa en el respeto y el consentimiento de quien la reconoce. En la vieja Roma se entendía la autoridad de una manera parecida: la autoridad no residía en el poder legal ni en la coacción, sino en la legitimidad moral. Era la capacidad de inducir obediencia no solo por deber, sino por la confianza que inspiraba quien ejercía el mando.

        Los romanos apoyaban el concepto de autoridad en el derecho, la tradición y el prestigio de la persona, se aplicaba no solo en la vida política sino también en la familiar y militar. La autoridad implicaba influencia moral, unida a la reputación, la integridad y la prudencia, y de echo era reconocida por quienes se encontraban en un escalón superior. Por lo tanto, el poder representaba la autoridad formal, legal y administrativa que un gobernante o un magistrado podía ejercer, mientras que la autoridad la legitimaba y reforzaba, pudiendo influir en decisiones políticas aun sin disponer de poder ejecutivo. 

        Estas diferencias ya vemos que vienen de lejos, pues los romanos ya nos insinúan que el poder que no tiene autoridad no suele percibirse como auténtico y tiende a anular a quien posee autoridad reconocida, incluso llegando a considerarlo como su mayor amenaza. 

        Por lo tanto, un gobernante que por serlo tiene poder pero carece de autoridad, por naturaleza, restringirá la libertad ya que se le obedecerá por obligación. Neutralizará esa falta de autoridad mediante artimañas, agresiones o campañas de desprestigio. Esto se viene repitiendo a lo largo de la historia, la condena en Atenas de Sócrates o como el estalinismo en la URSS purgo a los intelectuales nos pueden servir de ejemplos. Y continua hoy en día, lo podemos experimentar nosotros mismos con solo observar las noticias. 

        Sin ir más lejos en el mundo de la empresa nos encontramos con directivos que ponen por delante la obediencia ciega y el control sobre el talento y la iniciativa, por lo que limitan la creatividad y penalizan a los que cuestionan actuaciones injustas o ineficaces, creando lugares de trabajo que rayan lo opresivo. 

        En la política también lo vemos, con demasiada frecuencia nos encontramos con personas que ascienden a cargos de responsabilidad carentes de virtud o experiencia. Naturalmente sin nada de autoridad reconocida, pueden acabar más centradas en conservar el poder que en promover el bien común.  Su poder, frágil de base, suele sostenerse mediante coacción, populismo o maniobras mediáticas, generando desconfianza y fragmentación social.  

        El mundo de la cultura también posee en algunos lugares esa fragmentación. La mediocridad, promovida por estructuras jerárquicas o tendencias de popularidad, tiende a eclipsar y devaluar lo genuinamente innovador o sobresaliente. La crítica se convierte en censura tácita, y la libertad creativa se ve restringida por la presión social o por modelos que favorecen lo anodino o políticamente correcto, frente a lo valioso y arriesgado.

        En ocasiones, no es la gente más educada o cultivada quien marcan el tono social, sino otra menos exigente que termina imponiendo sus gustos. Lo mediocre por lo general tiende despreciar lo que es sobresaliente, tal vez el motivo sea porque no conoce el trabajo que cuesta alcanzarlo o porque se ha conformado con una visión desesperanzada de la realidad.

        Por eso hoy parece imponerse a veces una estética empobrecida y cierta tendencia a la nivelación por abajo.  Lo ordinario puede mirar con recelo lo valioso y tratar de someterlo, dificultando que quienes poseen autoridad real ocupen el lugar que les correspondería por su mérito y valía.

        No tenemos que ser pesimistas ante este panorama, hay que aspirar a que un modelo basado en el merito termine por establecerse, en el que una autoridad verdadera se corresponda al lugar que ocupa y no se ponga por encima de lo excelente lo mediocre. Solo así podrán consolidarse en nuestra sociedad acciones políticas y entornos corporativos en los que los objetivos de bien común y justicia queden efectivamente respetados.


sábado, 4 de abril de 2026

¡Buenos días! Cada decisión cuenta.

   


   

      Se planteaba el otro día en una de esas conversaciones de café la paradoja del tranvía y me di cuenta al repasarla que no existe ninguna solución que no nos cause dolor, no hay respuesta sin dolor, ya que cada respuesta que pueda dar causara una víctima. Ese el kit de la cuestión en este dilema: la discusión entre nuestros razonamientos que hacen cálculos y nuestro corazón que siente.

        Repasemos lo que plantea la paradoja del tranvía. Wikipedia nos dice: "El dilema del tranvía es un experimento mental ético donde un tren sin frenos matará a cinco personas a menos que actives una palanca para desviarlo, lo que causaría la muerte de una persona en la otra vía". 

        Resulta curioso como en esa paradoja ficticia se encuentra una de las verdades más profundas sobre nuestra vida. Cada uno de nuestros días tomamos decisiones que afectan a personas, a relaciones y a esperanzas. Continuamente elegimos, en unos casos entre el deber y la compasión, en otros entre la comodidad y la justicia. No siempre vamos a encontrar una respuesta satisfactoria, pero siempre existe una voz en nuestro interior que nos hace elegir con conciencia y con amor. 

        En este caso hay que elegir con amor, no se elige entre las víctimas, el amor no elige se entrega a todas. Entonces, no resuelve el dilema moral con lógica, sino con compasión. Es una solución que no evita el dolor, sino que lo abraza para transformarlo.

        Tal vez, yo no este capacitado para aclarar estos dilemas morales, pero quizás el fin último de esa paradoja no se encuentre en que yo tenga que elegir entre quien debe vivir y quien debe morir, sino en aprender a vivir con conciencia el peso de mis decisiones. Cada decisión, cada palabra que diga, puede ser un camino hacia la vida o hacia una muerte. 

        Es fácil, que al final, la pregunta que verdaderamente hay que hacer en ese dilema no sea qué haría yo si tuviera que elegir, sino cuánto amor voy a poner en esa decisión. Y es que sólo el amor, que no hace cálculos, puede redimir lo que la razón no logra solucionar.