Llevo unos días siguiendo las noticias y
estando atento a todas las informaciones que aparecen sobre la gran cantidad de
escándalos que están inundando todo el mundo político y, quizá la mejor
conclusión que saco es que tristemente me he acostumbrado.
Si es cierto que me sigo indignando por la
actitud de algunos de nuestros líderes políticos, lo que más me exaspera y
preocupa es esa defensa a ultranza de esos errores probados de los políticos
que hacen sus votantes y los militantes de sus partidos. Y es que, aunque sea difícil
de entender cada vez que surge un escándalo judicial que tiene en el centro a
un político, aparecen personas que en lugar de asumir esos errores políticos lo
que hacen es intentar taparlos, suavizarlos y puede que también exculparlos. Ante
esto, me surge la pregunta de dónde se encuentra la coherencia y la honestidad,
en que lugar se halla la vergüenza y esa actitud lógica y consecuente con los
principios que se profesan que debería de existir en las personas. Y además si
se nos ha olvidado el sentido crítico o donde se encuentra el nivel de
exigencia hacia nuestros políticos.
Y, no encuentro otro camino que el de pensar
sobre la importancia que tiene en nuestra vida la honestidad, la coherencia y
la humildad. O sea, creo que ahora es necesario que aparezcan personas íntegras
que nos ayuden a recobrar nuestra confianza en las instituciones y que anulen
esa idea tan de moda en estos días de que todos tenemos un precio.
Ya sé que poseer una coherencia total es una
tarea muy complicada, la propia experiencia nos lo demuestra, pues en
demasiadas ocasiones nuestros actos se encuentran lejos de nuestras palabras. A
pesar el ello, creo que esto nos debería de enseñar a que debemos ser más
honestos y humildes. O sea, a que nuestras ideas se deberían de centrar no tanto
en descalificar a los demás sino en poner más énfasis en la fuerza de nuestros
actos más sinceros. Aunque lo deseable sería no fallar en nuestros principios y
convicciones, si por alguna razón fallásemos o nos equivocamos, es mejor asumir
la culpa que intentar taparlo como sea.
Y, tampoco estaría demás que nos ayudase a
aprender que, aunque el ideal es no fallar en nuestras convicciones y
principios, si alguna vez caemos o nos equivocamos, es mucho mejor asumir el
error que intentar taparlo a cualquier precio.

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