lunes, 11 de mayo de 2026

¡Buenos días! Exceso de decibelios.

 


Después de aproximadamente dos semanas volvemos a dar los buenos días, han sido unos días en los que hemos intentado con éxito aislarnos del “mundanal ruido”. No ha sido un aislamiento completo, sino que me atrevería a decir un alejamiento, como el que realizamos cuando nos apartamos de un escenario por culpa del volumen tan alto de los altavoces y no por lo que se oye a través de ellos.

Me he apartado por el exceso de decibelios de todo lo que está pasando y no por su importancia. Pienso que hemos aceptado que la estridencia entre en nuestras vidas y que este interrumpiendo la comunicación entre las personas. Tal vez sea el precio que estamos pagando por aceptar el volumen exagerado de la música en los conciertos, en los cines o en cualquier acto donde se está comunicando algo.

Si miramos a nuestro alrededor veremos que el volumen ha subido en nuestras vidas. Vemos cómo la estridencia se asume como algo normal. Cómo cada vez más gritamos para que nos escuchen, para debatir y mostrar nuestros puntos de vista. Y, cómo, casi sin darnos cuenta estamos intentando convencer a los demás a base de aumentar el volumen y no con más argumentos. Preferimos esconder la calidad de nuestro mensaje en el ruido que producimos al comunicarlo. Vivimos más deprisa y además lo estamos haciendo más ruidosamente.

Resulta normal que estemos rodeados de sonidos, muchos de ellos producidos por nosotros, nuestros pueblos están llenos de ellos: coches que pasan, el mormullo de la gente al pasar, las voces o la música de una televisión o una radio lejana. También existen otros a los que hay que prestar un poco más de atención: el trino de algunos pájaros, el viento ululando en las ventanas, el sonido de la lluvia… basta con tener los oídos abiertos.  

En muchas ocasiones ya no oímos esos sonidos, nos aislamos escuchando nuestra música preferida o cualquier contenido audiovisual o un pódcast que sea de nuestra preferencia, lo preferimos a escuchar el latido del ambiente que nos rodea. Si lo analizamos un poco, vivir en nuestro pueblo ensimismados atendiendo solo a lo que nos agrada levanta una valla entre todo lo que hay fuera y lo que elijo escuchar en mi propio entorno auditivo. Ya sé que así nos evitamos escuchar una serie de tonterías sonoras, pero por ahí se nos mete la mala opción del aislamiento, de construir nuestro mundo, un mundo hecho para y solo para mi comodidad.

Si el sonido está demasiado alto o bajamos el volumen o nos distanciamos lo suficiente para seguir escuchando, tenemos que estar abiertos a todo lo que nos rodea, abrir los oídos para escuchar al mundo aunque no nos guste lo que nos dice, es nuestro mundo y mientras no consigamos que suenen nuestras canciones tenemos que seguir prestando atención.

No hay comentarios: