Después de aproximadamente dos semanas
volvemos a dar los buenos días, han sido unos días en los que hemos intentado
con éxito aislarnos del “mundanal ruido”. No ha sido un aislamiento completo,
sino que me atrevería a decir un alejamiento, como el que realizamos cuando nos
apartamos de un escenario por culpa del volumen tan alto de los altavoces y no
por lo que se oye a través de ellos.
Me he apartado por el exceso de decibelios de
todo lo que está pasando y no por su importancia. Pienso que hemos aceptado que
la estridencia entre en nuestras vidas y que este interrumpiendo la
comunicación entre las personas. Tal vez sea el precio que estamos pagando por
aceptar el volumen exagerado de la música en los conciertos, en los cines o en
cualquier acto donde se está comunicando algo.
Si miramos a nuestro alrededor veremos que el volumen
ha subido en nuestras vidas. Vemos cómo la estridencia se asume como algo
normal. Cómo cada vez más gritamos para que nos escuchen, para debatir y
mostrar nuestros puntos de vista. Y, cómo, casi sin darnos cuenta estamos intentando
convencer a los demás a base de aumentar el volumen y no con más argumentos. Preferimos
esconder la calidad de nuestro mensaje en el ruido que producimos al
comunicarlo. Vivimos más deprisa y además lo estamos haciendo más ruidosamente.
Resulta normal que estemos rodeados de sonidos,
muchos de ellos producidos por nosotros, nuestros pueblos están llenos de
ellos: coches que pasan, el mormullo de la gente al pasar, las voces o la
música de una televisión o una radio lejana. También existen otros a los que
hay que prestar un poco más de atención: el trino de algunos pájaros, el viento
ululando en las ventanas, el sonido de la lluvia… basta con tener los oídos
abiertos.
En muchas ocasiones ya no oímos esos sonidos,
nos aislamos escuchando nuestra música preferida o cualquier contenido
audiovisual o un pódcast que sea de nuestra preferencia, lo preferimos a escuchar
el latido del ambiente que nos rodea. Si lo analizamos un poco, vivir en
nuestro pueblo ensimismados atendiendo solo a lo que nos agrada levanta una
valla entre todo lo que hay fuera y lo que elijo escuchar en mi propio entorno
auditivo. Ya sé que así nos evitamos escuchar una serie de tonterías sonoras,
pero por ahí se nos mete la mala opción del aislamiento, de construir nuestro
mundo, un mundo hecho para y solo para mi comodidad.
Si el sonido está demasiado alto o bajamos el
volumen o nos distanciamos lo suficiente para seguir escuchando, tenemos que
estar abiertos a todo lo que nos rodea, abrir los oídos para escuchar al mundo aunque
no nos guste lo que nos dice, es nuestro mundo y mientras no consigamos que suenen
nuestras canciones tenemos que seguir prestando atención.

No hay comentarios:
Publicar un comentario