martes, 24 de marzo de 2026

¡Buenos días! Viajar hacia adentro.

 


Nos suele suceder a muchas personas que la vida se desarrolla, muchas veces, en un círculo pequeño o más bien reducido. Repasamos nuestras costumbres, nuestras opiniones cuando conversamos, nuestras emociones y los ambientes en los que nos movemos y nos damos cuenta de que hace tiempo que se mueven dentro del mismo perímetro. Ese espacio nos ofrece tranquilidad y seguridad, nuestro “yo” se siente a gusto, y sin embargo puede convertirse en una prisión de la que sin darnos cuenta nos hemos encerrado. Salir de ese encierro no es otra cosa que abrir puertas y ventanas para ventilar, para que entre el aire fresco. Es hacer algo que nos dé un poco más de libertad.   

En esta ocasión no me estoy refiriendo a viajar, a irse de viaje en el sentido de hacer turismo y conocer nuevos lugares. Aunque la verdad si que se trata de realizar un viaje, pero de un viaje interior. Ese entrar en nuestro interior no es un encierro, sino que se trata de una apertura. Al entrar en nuestro “yo” más profundo podemos descubrir que no coincide con esa forma de ser y de actuar que solemos manifestar dentro de nuestro circulo cotidiano y que tanta seguridad nos da. Salir de uno mismo implica también romper nuestra forma de ser habitual para ver si encontramos algo nuevo que nos muestre nuevos horizontes.

No sería de extrañar que nuestro yo más auténtico se presentara cuando dejáramos de repetir automáticamente nuestra vida cotidiana y nos atreviéramos a investigar si hay algo más. Salir de uno mismo es, por lo tanto, un acto de valentía.

Salir no implica necesariamente coger el coche y marcharse. Podemos emprender un viaje sin movernos. Un viaje hacia nuestro interior no es buscar un refugio en el que esconderse, es descubrir y darse cuenta de que nuestro yo más profundo es más grande que el yo que creemos ser.

No hay duda de que es complicado salir de nuestras ideas, lo es muchas veces porque nos encontramos encerrados en auténticas prisiones, esto nos exige tener la capacidad para pararnos por un momento y examinarlas, no de repetirlas constantemente. Salir de nuestras ideas conlleva someterlas a la prueba de la discusión y el dialogo, a dudar y a probar. Es bueno cuestionarse, intentar comprender.

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