En esto de preguntarnos si somos populistas o no, debemos tener en
cuenta que necesitamos usar bien el concepto de “pueblo”.
La dificultad de la idea de pueblo aparece cuando hablamos sin
conocerlo, o sea cuando lo conocemos a base de encuestas o cuando a base de
análisis ideológicos se exaltan unos grupos que nos impiden comprender lo que
la gente realmente piensa y experimenta, mientras se olvida que en cada grupo
humano hay buenos y malos.
Por eso, más que hablar del pueblo, como si se tratase de una categoría
mítica que alcanza y unifica misteriosamente a una gran cantidad de personas, nos
conviene fijarnos en las personas concretas. Escuchar sus puntos de vista,
percibir sus preocupaciones y sus esperanzas.
Entonces podremos acercarnos a la realidad de los grupos humanos en su
riqueza inagotable, en sus cambios, en sus aspiraciones y sus esfuerzos
individuales y colectivos hacia objetivos más o menos concretos.
Desde estas premisas, no olvidemos que la respuesta a nuestra pregunta
no puede caer en la tentación de decidir quién es y quién no es populista. O de
señalar qué grupos tienen el deshonor o para otros el honor de llevar este
curioso apellido.
No, la pregunta debe ser más audaz y realista y adentrarse en el seno
de nuestras actitudes y modos de hacer, que es donde realmente cristaliza la
calidad y la pobreza de nuestro pensamiento. Por tanto, el reto no está en
clasificar a los distintos miembros, grupos y situarnos en uno de ellos, sino
en identificar una serie de elementos que pueden tener puntos en común con el
populismo en su versión política y que, como en todo grupo humano, también
emergen en nuestro modo de ser.
En cualquier caso, cada uno de nosotros no vamos a poder quedarnos al
margen de cada una de las malas dinámicas que existen hoy en día. Nadie está a
salvo ni libre de caer en esos errores, por desgracia, estoy seguro de que ya habremos
cometido alguno de ellos. Entonces, ¿cuáles son los síntomas de esta curiosa
enfermedad que es el populismo?

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