Hay un hecho evidente, que me parece claro, lo veo cada día incluso en
mi pueblo cuando recorro sus calles. Para verlo solo basta observar a las
personas con las que me cruzo, personas que, tienen rasgos físicos diferentes a
los míos, con un color de piel diferente al mío y que practican religiones
diferentes a la mía.
Es simple, con un poco de realismo tenemos que reconocer que nuestro entorno
es multiétnico. Y, sin embargo, cuando veo discutir sobre cuestiones que tienen
que ver con esta realidad multiétnica, tengo la impresión de que no se tiene en
cuenta un sano realismo, sino más bien cualquier clase de prejuicio no tan sano.
Ante esto, encuentro normal que me surjan algunas preguntas: ¿Esta
diversidad que veo es solo pasajera? Si nuestra política de migración hubiera
sido diferente, ¿se podría haber evitado? Es más, ¿Puedo resignarme por
realismo a esta convivencia multiétnica, tratando quizás de contenerla buscando
políticas migratorias más estrictas, o existe algo detrás de todo esto que pueda
descubrir? ¿Somos realmente tan diferentes en todo o hay algo que está por
encima de las diferencias y que todos tenemos en común?
Puedo ahora echar mano de algunos ejemplos que me vienen a la cabeza: Una
mujer india acaba de tener un hijo, otra mujer en un rincón del mundo hace lo
mismo, una madre da a luz en el hospital de ahí al lado, todas dan a luz a
seres humanos que todos reconocen como tales, lo son por sus características
externas como por su impronta interior. Así, cuando esos niños se definan mostrarán
muchos elementos derivados de diferentes circunstancias, tradiciones e
historias, pero sin duda, cuando lo estén haciendo, cuando digan “yo”, estarán
indicando un mundo interior, un “corazón”, que es igual en todos nosotros,
aunque lo interpretemos de manera diferente.
Si esta marca, ese “corazón”, es lo que distingue a la persona,
entonces es precisamente este factor, que es real y que se encuentra presente
en cada uno de nosotros, independientemente de la etnia a la que pertenezca o
de la latitud en la que haya nacido el que debemos poner en primer lugar. Por
eso vale la pena preguntarnos si el reconocimiento de este elemento que
llevamos dentro nos puede servir para tener una mirada más verdadera ante las
dificultades que nos plantea muchas veces la cuestión multiétnica.
Este es sin duda el punto clave, porque escondido en esos rasgos
físicos tan diferentes, en esos idiomas tan raros, en esas costumbres y en esas
culturas tan diferentes, hay un “yo”, un alma desconcertadamente igual a la
nuestra. Y la simpatía hacia un corazón tan parecido al nuestro nos puede hacer
creativos en el momento en el que tengamos que responder a las muchas preguntas
y contradicciones que esta sociedad multiétnica conlleva.
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