martes, 17 de marzo de 2026

Sociedad multiétnica

 


Hay un hecho evidente, que me parece claro, lo veo cada día incluso en mi pueblo cuando recorro sus calles. Para verlo solo basta observar a las personas con las que me cruzo, personas que, tienen rasgos físicos diferentes a los míos, con un color de piel diferente al mío y que practican religiones diferentes a la mía.

Es simple, con un poco de realismo tenemos que reconocer que nuestro entorno es multiétnico. Y, sin embargo, cuando veo discutir sobre cuestiones que tienen que ver con esta realidad multiétnica, tengo la impresión de que no se tiene en cuenta un sano realismo, sino más bien cualquier clase de prejuicio no tan sano.  

Ante esto, encuentro normal que me surjan algunas preguntas: ¿Esta diversidad que veo es solo pasajera? Si nuestra política de migración hubiera sido diferente, ¿se podría haber evitado? Es más, ¿Puedo resignarme por realismo a esta convivencia multiétnica, tratando quizás de contenerla buscando políticas migratorias más estrictas, o existe algo detrás de todo esto que pueda descubrir? ¿Somos realmente tan diferentes en todo o hay algo que está por encima de las diferencias y que todos tenemos en común?

Puedo ahora echar mano de algunos ejemplos que me vienen a la cabeza: Una mujer india acaba de tener un hijo, otra mujer en un rincón del mundo hace lo mismo, una madre da a luz en el hospital de ahí al lado, todas dan a luz a seres humanos que todos reconocen como tales, lo son por sus características externas como por su impronta interior. Así, cuando esos niños se definan mostrarán muchos elementos derivados de diferentes circunstancias, tradiciones e historias, pero sin duda, cuando lo estén haciendo, cuando digan “yo”, estarán indicando un mundo interior, un “corazón”, que es igual en todos nosotros, aunque lo interpretemos de manera diferente.

Si esta marca, ese “corazón”, es lo que distingue a la persona, entonces es precisamente este factor, que es real y que se encuentra presente en cada uno de nosotros, independientemente de la etnia a la que pertenezca o de la latitud en la que haya nacido el que debemos poner en primer lugar. Por eso vale la pena preguntarnos si el reconocimiento de este elemento que llevamos dentro nos puede servir para tener una mirada más verdadera ante las dificultades que nos plantea muchas veces la cuestión multiétnica.  

Este es sin duda el punto clave, porque escondido en esos rasgos físicos tan diferentes, en esos idiomas tan raros, en esas costumbres y en esas culturas tan diferentes, hay un “yo”, un alma desconcertadamente igual a la nuestra. Y la simpatía hacia un corazón tan parecido al nuestro nos puede hacer creativos en el momento en el que tengamos que responder a las muchas preguntas y contradicciones que esta sociedad multiétnica conlleva.

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