jueves, 19 de marzo de 2026

Experiencia solidaria.

     


    Después de la entrada de ayer no queda más remedio que hacer un esfuerzo más y reflexionar, y analizar la solidaridad en su sentido más profundo. Si así lo hacemos nos daremos cuenta de que no se trata simplemente de un acto reflejo ante una desgracia, sino de que se trata de un compromiso que hemos adquirido con los demás. Supone aceptar que estamos entrelazados, que la suerte del más débil de nosotros nos afecta y que el valor de una sociedad se ve en cómo trata a los que no pueden defenderse por sí mismo. En este sentido, la experiencia solidaria de los españoles ante la desgracia podría ser una escuela moral para afrontar otros desafíos éticos que nos interpelan todos los días.

En esta situación nos resulta casi inevitable que nos pongamos ante una pregunta incómoda pero necesaria: ¿por qué esa compasión y solidaridad, tan real ante la desgracia visible, no abarca de la misma manera al ser humano no nacido, al enfermo terminal, al discapacitado o al anciano frágil? ¿Por qué algunas vidas parecen merecer protección incondicional mientras otras quedan sometidas a debates sobre su “calidad” o su “utilidad”? Si ponemos excepciones a la dignidad humana la estamos debilitando.

Defender la dignidad del ser humano no nacido, del enfermo terminal o del anciano no quiere decir que no se reconozca el sufrimiento ni las dificultades reales que acompañan estas situaciones. Significa, sobre todo, afirmar que la respuesta ética al dolor no puede ser la eliminación de quien sufre, sino el acompañamiento, el cuidado y la protección.

En fin, nos encontramos en una sociedad donde existe una fuerte exaltación de la autonomía individual y de la eficiencia. Esto, que es legítimo en muchos aspectos, se vuelve problemático cuando se  obstaculizan y se aplican al valor de la vida humana. El riesgo es claro: los que no encajan en el ideal de independencia o rendimiento como puede ser el caso del enfermo grave, del discapacitado, del anciano dependiente, pueden ser vistos como una carga más que como personas con una dignidad inviolable. Frente a esta lógica, la solidaridad auténtica nos debe recordar que la interdependencia es una característica esencial de la condición humana.

España, tiene una tradición de apoyo familiar y comunitario, posee un capital humano y cultural valioso para resistir esta deriva. La atención a los mayores, el cuidado de los enfermos y la sensibilidad ante la exclusión social han sido históricamente signos de una ética del cuidado que no debería perderse. Reafirmar la dignidad de la vida humana implica fortalecer estas prácticas, dotarlas de recursos y, sobre todo, sostenerlas con una visión de la realidad humana que sea coherente.

Cuánta riqueza moral y humana nos daría una sociedad que aplicará la misma mirada solidaria que muestra ante la desgracia colectiva a cada ser humano, independientemente de su circunstancia y condición. Una mirada que no descarte, que no seleccione, que no mida el valor de la vida, sino que la acoja y proteja siempre como un bien digno de ser defendido.

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