Hay una palabra que últimamente se está situando en boca de personas que
la usan sin haber reflexionado lo que quiere decir ni lo que quieren expresar
cuando la usan. La palabra en cuestión es: odio. Y sobre todo adquiere un
significado más incomprensible cuando se asocia con la palabra: discurso.
Ya se que no es complicado entender la expresión “discurso de odio”, lo
complicado es cuando se usa con un objetivo equivocado. Según lo veo yo, el
odio es lo que alimenta a la gran mayoría de las ideologías modernas. Una
ideología desde siempre se ha entendido como una filosofía política simple y
vulgar. Sin embargo, a las modernas se le añaden una serie de consignas con las
que se pretende “instruir” a sus seguidores con la intención de crear
reacciones automáticas que se encuentran lejos de cualquier reflexión. Una ideología
moderna lo que necesita y hace es estimular a sus seguidores hacia un instinto
de conservación que necesita poner cara a un enemigo al que tiene que oponerse,
al que necesita descalificar, denigrar, difamar y si es posible destruir.
Y, todo lo anterior ¿cómo se hace? Pues utilizando el odio como
herramienta. Esa herramienta hay que saberla usar, y se sabe usar. Un síntoma de
que se esta usando es cuando nos damos cuenta de que aparece en muchas
situaciones esa forma de opresión que es la “cultura de la cancelación”. Un
abono imprescindible para el odio. Esas ideologías han convertido esa semilla
de odio en el motor de sus ideas, se odia todo y a todos los que no comulgan con
esa ideología.
Por eso, las asociaciones democráticas que se basan en la confrontación
de ideologías se convierten en espacios donde no existen otros vínculos entre
sus seguidores que los que odian las mismas cosas. Y como hay que ponerle cara
al enemigo se termina odiando a la persona.
Se entiende así ese odio que se intuye detrás de los insultos que
hallamos en las redes sociales, unas redes sociales a las que se alienta a
acudir para que puedan servir para mostrar su rabia, propagar mentiras y
liberar los instintos más bajos de la persona.
Pero esta clase de odio, que alimenta a nuestras ideologías modernas,
no preocupa al gobernante que las promueve, en todo caso acepta con gusto las
consecuencias indeseables que puedan causar, es un precio que paga con gusto,
ya que las redes sociales son su instrumento preferido para ejercer un control
social. Esta clase de gobernante no desea combatir el odio, sino los “discursos
de odio”.
¿Qué se oculta detrás de esa frase? No se oculta combatir al que
considera a un “migrante” como un delincuente, o al que se burla de una “persona
trans”. Lo que sucede es que detrás de ese “discurso de odio” se coloca también
cualquier argumentación que muestre cualquier clase de relación entre una
inmigración sin control y el aumento de la delincuencia, o peor aún, que se
considere “discurso de odio” cualquier información periodística que revele la
nacionalidad o los orígenes de un delincuente. Y, por supuesto, se considera “discurso
de odio” no sólo el acto de burlarse de una 'persona trans', sino en general
cualquier toma de postura que no acepte lo que me parece que se llama teoría “queer”
en todos sus puntos, se mete en el mismo saco de “discurso de odio” afirmar o
sugerir que el sexo es una realidad biológica.
O sea, el “discurso de odio” que nos quieren mostrar no es el insulto
más dañino y brutal, sino la explicación razonada de una evidencia, en el caso
de que esa evidencia se oponga a la ideología que nos esté gobernando o a los
modelos culturales de moda, sin importar que esa ideología sea desastrosa o esa
moda completamente loca.
De ahí que para conseguir que todos piensen igual, no es suficiente con
imponer o inducir conductas, no basta con atribuir un nuevo significado a las
palabras, sino que además y más importante hay que penetrar en el interior de
la persona, de manera que sea una autocensura la que convierta a nuestro cerebro
en una cárcel para nuestros pensamientos. Se trata de igualar nuestras conciencias,
transformando a cada persona de única y diferente en una oveja en medio de un
rebaño que sigue sin rechistar a su pastor.
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