Si anteayer daba a la supervivencia como uno de los motivos por los
cuales se producen las guerras, hoy, he encontrado otro motivo que no se queda atrás,
se trata de las ideas. Son guerras que se libran en nombre de la religión, de
la nación, de la raza, de la sociedad perfecta, de una identidad colectiva, siempre
que se piense que toda persona que demuestre una idea o un pensamiento
diferente es un mal que no queda más remedio que eliminar.
Son guerras que por lo general son mucho más crueles que las económicas
ya que los conflictos por una idea política o religiosa justifican todo lo que
se hace en su nombre. La base de este motivo se encuentra en que quien no sigue
mi ideología es como una enfermedad que hay que curar y erradicar, por lo que
merece morir, y en algunos casos se ven a esas personas como un sacrificio que
es necesario para alcanzar nuestro ideal, ya que este beneficiará a toda la
sociedad.
El aspecto cultural en lugares donde una ideología va cogiendo fuerza
es también muy importante, la educación muchas veces se basa y ve con buenos
ojos al hombre “espartano”, que demuestra su valía luchando. La literatura da
muestras continuamente de guerras que son necesarias para el progreso. Incluso
en épocas donde la paz parecía gozar de buena salud, hemos visto como las ideas
nacionalistas mostraban su militarismo en forma de desfiles y fuerza militar.
Nuestras dos guerras mundiales se pueden considerar de esta manera, se comprobó
incluso en el mundo de la ciencia. Se rechazan los descubrimientos y escritos
por venir de un lugar que se considera hostil. Un ejemplo lo vimos con la
teoría de la relatividad general de Einstein, que fue fuertemente rechazada en
Oxford porque su autor era considerado un enemigo de Inglaterra.
En nuestros días podemos ver cómo en nombre de una ideología o del
nacionalismo han sido motivos más que suficientes para empezar una guerra.
Recordemos en cómo la política y la demagogia han desempeñado un papel clave en
guerras de no hace mucho como la de la antigua Yugoslavia o la de Ruanda donde
se envenenaron los lazos de amistad y de familia de tal manera que propiciaron
una serie de venganzas y ajustes de cuentas causando innumerables muertes.
Y es que los clichés culturales son uno de los factores más poderosos
en la decisión de hacer la guerra, porque recurren a la sugestión y a las
emociones, que tienen fuertes vínculos con el inconsciente. Y es significativo
que cuando se enfrentan al pensamiento crítico, demuestran no tener
justificación.
Ejemplos los encontramos en muchos lugares de la antigua Yugoslavia,
donde vivían sin problemas aparentes serbios y croatas, y que se convirtieron
de un día para otro en escenarios de un odio mortal. La mayoría de las personas
se conocían, fueron juntos a la escuela. Antes de empezar el conflicto, algunos
trabajaban en el mismo lugar, salían de fiesta juntos y de repente empiezan a
intercambiarse insultos y pasan a matarse entre ellos. Y sus motivos vistos ahora
con tranquilidad nos parecen absurdos.
Lo que sorprende es la vaguedad de estos motivos cuando se repasan con
tranquilidad, tal vez sea el uso que hacen de esos motivos los políticos y demagogos
en beneficio propio, sea la causa de que décadas de vida pacífica en común se
rompa de una manera tan rápida y cruenta.
Una consecuencia de una propaganda mal intencionada lleva a producir miedo
en la gente y de ahí a provocar una guerra defensiva solamente hay un paso,
pero la guerra por miedo la dejaremos para otro día.

No hay comentarios:
Publicar un comentario