domingo, 8 de marzo de 2026

¿Què estoy dispuesto a tolerar?

 


 Cada mañana al poner en marcha el ordenador repaso las páginas web de los principales periódicos y casi me sorprende no ver un nuevo caso de fraude, enchufismo, malversación, escándalos de abusos de poder, abuso sexual, ineficacia, etc.…. Lo curioso de este tema no es la cantidad de escándalos sino mi normalidad al leerlos. Estoy preocupadamente acostumbrado. Eso es lo peligroso: me he acostumbrado y cuando me doy cuenta de ello me sonrojo.

Mientras yo me ruborizo las personas implicadas ensayan sus sonrisas porque saben que pase lo que pase, aquí no pasa nada. Nadie asume una responsabilidad política real. Se encuentran tranquilos, serenos y sin vergüenza alguna, porque lo que saben es que siempre hay alguien que actuó sin su permiso, realizó un informe que se interpretó mal, se firmaron permisos en un momento de despiste, sin saber. Los que ostentan el poder siguen gestionando como si el escándalo que les salpica fuese un mal menor, sin preocuparse, una lluvia fina que apenas les obliga a sacar el paraguas, no les moja. Y la verdad es que lo consiguen.

Pase lo que pase en sus departamentos, en su jurisdicción, en lo que sucede bajo su mandato, el lema es resistir. Dejar pasar el tiempo. Negarlo casi todo. Pues saben al igual que lo sabemos nosotros que a pesar de que hoy estén en boca de todos, mañana aparecerá otro escándalo y se olvidará.

Es verdad que la justicia funciona, pero lo hace tan lentamente que en muchas ocasiones da la impresión de que da vueltas sobre sí misma, como pidiendo permiso para trabajar. La elaboración de las causas se alarga. Los casos se dividen y se separan. Las condenas cuando al final llegan nos dan la impresión de ser meros trámites al ver el daño que produjeron. Y muchas veces no tenemos más remedio que preguntarnos si en realidad todos somos iguales ante la ley.

Si lo pensamos nos daremos cuenta de que no hace falta que exista una impunidad escandalosa para que perdamos la confianza en la ley. Basta con tener la sensación cada mañana de que las consecuencias que van a tener esos escándalos en sus protagonistas no van a estar a la altura. Que las sanciones, las penas o los castigos, cuando llegan, no disuaden. Que de alguna manera la sociedad protege mejor a los que se encuentran en su administración y control que a quienes nos encontramos fuera.

Puedo entretenerme viendo los debates en televisión u oyéndolos en la radio. Emisiones que parece que están preparadas para provocar una satisfacción fácil, con polémicas absurdas para que se conviertan en máxima audiencia, en resumen, pan y circo como los romanos. La intención es que pensemos que los medios de información son libres y que no tienen miedo a dar información incomoda, cuando saben que pueden ocultarla fácilmente detrás del ruido que rápidamente empiezan a hacer del siguiente escándalo. El nuevo escándalo político va a competir con el último escándalo televisivo. Y, casi siempre, la segunda gana en audiencia. Haciéndonos confundir la realidad con el ruido mediático.

El otro día me preguntaba ante tantos escándalos diferentes en las portadas de las webs si todo no forma parte de un plan. No quiero decir de una conspiración ni nada parecido, sino de algo mucho más sencillo: si las personas estamos distraídos, cansados y hartos de tantos escándalos, vamos a dejar de pedir responsabilidades y entonces el poder se encontrará más tranquilo y arrogante.

 Lo que más me duele, aunque sea grave, no es en sí la corrupción, es que la encuentre normal. Se trata de que te digan “es que son todos iguales” y darles la razón. Se trata de esa sensación de que mis quejas no van a cambiar nada. Se trata de ver como la sociedad se resigna ante los casos de corrupción y los convierte en un elemento más del paisaje. Y, sin embargo, no deberían de ser una parte del paisaje.

Un Estado no tiene como misión aguantar los casos de corrupción como el que aguanta una mala época. Está para asumir sus responsabilidades, incluso cuando no exista un juicio ante un escándalo.

Si percibimos que quienes se encuentran a cargo de las administraciones tienen como misión mantenerse en ellas suceda lo que suceda, el mensaje que recibimos es claro: el poder que ostentan les importa más que la confianza que nos deben ofrecer.

Y, ya no solo nos debemos de preguntar qué es lo que hacen. Es què estoy dispuesto a tolerar. No se trata por tanto de gritarles. Es algo más simple: dejar de ver como normal lo que no lo es. No acostumbrarnos. Porque la mañana que vea un escándalo en las noticias y ya no me parezca una noticia, ese día, habré perdido mi capacidad de reaccionar y eso sí que es un problema.

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