Cada mañana al poner en marcha
el ordenador repaso las páginas web de los principales periódicos y casi me sorprende
no ver un nuevo caso de fraude, enchufismo, malversación, escándalos de abusos
de poder, abuso sexual, ineficacia, etc.…. Lo curioso de este tema no es la
cantidad de escándalos sino mi normalidad al leerlos. Estoy preocupadamente
acostumbrado. Eso es lo peligroso: me he acostumbrado y cuando me doy cuenta de
ello me sonrojo.
Mientras yo me ruborizo las personas implicadas ensayan sus sonrisas
porque saben que pase lo que pase, aquí no pasa nada. Nadie asume una
responsabilidad política real. Se encuentran tranquilos, serenos y sin vergüenza
alguna, porque lo que saben es que siempre hay alguien que actuó sin su permiso,
realizó un informe que se interpretó mal, se firmaron permisos en un momento de
despiste, sin saber. Los que ostentan el poder siguen gestionando como si el
escándalo que les salpica fuese un mal menor, sin preocuparse, una lluvia fina
que apenas les obliga a sacar el paraguas, no les moja. Y la verdad es que lo
consiguen.
Pase lo que pase en sus departamentos, en su jurisdicción, en lo que
sucede bajo su mandato, el lema es resistir. Dejar pasar el tiempo. Negarlo
casi todo. Pues saben al igual que lo sabemos nosotros que a pesar de que hoy
estén en boca de todos, mañana aparecerá otro escándalo y se olvidará.
Es verdad que la justicia funciona, pero lo hace tan lentamente que en
muchas ocasiones da la impresión de que da vueltas sobre sí misma, como
pidiendo permiso para trabajar. La elaboración de las causas se alarga. Los
casos se dividen y se separan. Las condenas cuando al final llegan nos dan la
impresión de ser meros trámites al ver el daño que produjeron. Y muchas veces
no tenemos más remedio que preguntarnos si en realidad todos somos iguales ante
la ley.
Si lo pensamos nos daremos cuenta de que no hace falta que exista una
impunidad escandalosa para que perdamos la confianza en la ley. Basta con tener
la sensación cada mañana de que las consecuencias que van a tener esos escándalos
en sus protagonistas no van a estar a la altura. Que las sanciones, las penas o
los castigos, cuando llegan, no disuaden. Que de alguna manera la sociedad
protege mejor a los que se encuentran en su administración y control que a
quienes nos encontramos fuera.
Puedo entretenerme viendo los debates en televisión u oyéndolos en la
radio. Emisiones que parece que están preparadas para provocar una satisfacción
fácil, con polémicas absurdas para que se conviertan en máxima audiencia, en resumen,
pan y circo como los romanos. La intención es que pensemos que los medios de
información son libres y que no tienen miedo a dar información incomoda, cuando
saben que pueden ocultarla fácilmente detrás del ruido que rápidamente empiezan
a hacer del siguiente escándalo. El nuevo escándalo político va a competir con
el último escándalo televisivo. Y, casi siempre, la segunda gana en audiencia. Haciéndonos
confundir la realidad con el ruido mediático.
El otro día me preguntaba ante tantos escándalos diferentes en las
portadas de las webs si todo no forma parte de un plan. No quiero decir de una
conspiración ni nada parecido, sino de algo mucho más sencillo: si las personas
estamos distraídos, cansados y hartos de tantos escándalos, vamos a dejar de pedir
responsabilidades y entonces el poder se encontrará más tranquilo y arrogante.
Lo que más me duele, aunque sea
grave, no es en sí la corrupción, es que la encuentre normal. Se trata de que
te digan “es que son todos iguales” y darles la razón. Se trata de esa
sensación de que mis quejas no van a cambiar nada. Se trata de ver como la
sociedad se resigna ante los casos de corrupción y los convierte en un elemento
más del paisaje. Y, sin embargo, no deberían de ser una parte del paisaje.
Un Estado no tiene como misión aguantar los casos de corrupción como el
que aguanta una mala época. Está para asumir sus responsabilidades, incluso
cuando no exista un juicio ante un escándalo.
Si percibimos que quienes se encuentran a cargo de las administraciones
tienen como misión mantenerse en ellas suceda lo que suceda, el mensaje que
recibimos es claro: el poder que ostentan les importa más que la confianza que
nos deben ofrecer.
Y, ya no solo nos debemos de preguntar qué es lo que hacen. Es què estoy
dispuesto a tolerar. No se trata por tanto de gritarles. Es algo más simple:
dejar de ver como normal lo que no lo es. No acostumbrarnos. Porque la mañana
que vea un escándalo en las noticias y ya no me parezca una noticia, ese día,
habré perdido mi capacidad de reaccionar y eso sí que es un problema.
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