Como decía ayer, cuesta desconectar, no
sabemos ya detenernos y, eso es precisamente lo que intento en cada viaje. No
tengo mucha confianza en volver de un viaje convertido en otra persona, no me
ha pasado nunca ni creo que pase en un futuro. Después de tantos años me
conformaría durante un viaje con algo un poco más sencillo, pero con seguridad
más difícil: no estar pendiente del reloj, pasear por donde este sin prisas y tranquilamente,
sentarme un rato en algún lugar bonito con la única intención de permanecer
allí, sin agobios y sin la necesidad de llenar el silencio pasando el dedo por
la pantalla del móvil.
Tengo la impresión de que llevo demasiado
tiempo sin valorar esos instantes, sin buscarlos ya que siempre tengo algo más
urgente que hacer. Y quizá un viaje sea una buena oportunidad para descubrir
que las conversaciones más importantes con uno mismo no suelen producirse
cuando nos movemos de un sitio a otro, sino cuando, por fin, nos quedamos
quietos.
Así que, en mi próximo viaje voy a intentar
descansar más la cabeza, porque empiezo a sospechar que el verdadero descanso
no consiste en cambiar de lugar, sino en permitir darme un tiempo para poner un
poco de orden en esa habitación interior que hace tiempo que no visito, ya que
durante la mayor parte del tiempo vivo tan deprisa que apenas me queda tiempo
para visitarla.

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