jueves, 16 de julio de 2026

¡Buenos días! Las despedidas.

 

Uno de los momentos más complicados en un viaje suele ser la despedida, te dejan un sabor agridulce en la boca y es que en los adioses se tiene la sensación de no saber nunca si serán para siempre, y esto hace que a veces se asemejen a duelos. Las despedidas tienen una sensación de ser definitivas. Quizá algo en nosotros sabe que esta podría ser la última vez. Y, sin embargo, antes de ponernos en marcha, rara vez comprendemos que estamos siendo felices donde estamos. 



En otra clase de viaje no lo sé cierto, pero el ciclo-viajero se da cuenta de que al irse no se deja sólo a las personas, sino que vamos a dejar atrás una forma de vivir y que se nos abre otra vida distinta, lejos de aquella que nos es cotidiana y que da la impresión de que se nos esté muriendo un poco. Se tiene la impresión de que ese yo que vivía en aquel lugar, con aquellas personas y aquellas rutinas que tanto nos gustaban, dejara de existir. Ese yo ya no está, se ha quedado atrás, ya no será el mismo durante el viaje.

¿Quiénes somos, lejos de los que nos rodean habitualmente? ¿Quién soy cuando a las 8 de la mañana no estoy en mi habitación? ¿Cuándo no me preparo el desayuno en mi cocina? Porque en ocasiones nuestro yo nos sigue a todas partes, pero a veces nuestro yo se encuentra muy apegado a esas costumbres.

Por eso viajar es rehacerse cada vez, con lo triste y con lo hermoso que esas transformaciones tienen cada vez. Aunque no todo es morriña en los viajes. En ese encontrarse en situaciones diferentes llegamos a conocernos cada vez mejor, mejoramos más que si nos quedásemos siempre en lo cotidiano. A veces uno no se conoce realmente hasta que tiene que empezar de nuevo un viaje a donde nadie le conoce.

Y, después, al final, se aprende a querer el momento que nos toca vivir, porque en lo cotidiano también podemos encontrar cosas hermosas y nuevas oportunidades si se saben ver.

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