Tengo bastante claro que el hombre es libre, y que tenemos libertad, al menos los españoles la tenemos y podemos elegir el camino que más nos guste. O sea, podemos elegir quienes vamos a ser, cómo vamos a dirigir nuestra vida, y con quienes vamos a convivir. Podemos elegir empezando desde nuestro rincón más íntimo, amigos y amistades, podemos seguir eligiendo un círculo más amplio como es en que región nos gusta vivir, lo que nos lleva a estar en esa nación y en el caso de los españoles darnos cuenta de que estamos implantados en Europa. Podemos elegir a los políticos que no van a representar. Y esto nos da una forma de ver, entender y tener una humanidad particular.
Sin embargo, también se encuentra en nuestro
poder la decisión de elegir la ignorancia, ignorar que además de ser libres
tenemos libertad. Podemos elegir aislarnos y no querer tomar decisiones, ser
reacios a lo que es diferente, con lo que falsificamos la realidad. La cuestión
es que, si hacemos esto, hemos elegido falsificarnos nosotros mismos, hemos
falsificado la realidad de cada uno de nosotros. Y esto estoy seguro de que nos
lleva a la inferioridad.
Lo que somos como personas es una cuestión
abierta. Tenemos mucha información, disponemos de recursos, hacemos nuestra
vida, la fabricamos, imaginamos lo que pretendemos ser e intentamos realizarlo
más o menos bien. Y esto sirve para todos, no solo para unos cuantos, ya que
tener muchos recursos no es tan importante como tener proyectos y tener la
voluntad de utilizar lo que tenemos para realizarlos es lo importante, o sea,
lo que seamos capaces de hacer con ellos.
Nuestra vida, lo que queremos de ella, su
configuración depende ello. Delante de nosotros, de cada uno de nosotros no
cesan de presentarse diferentes opciones, se nos ofrecen caminos que nos llevan
a distintos lugares, tanto individualmente como colectivamente. Es necesario que
decidamos adónde nos gustaría ir, lo que conlleva averiguar quiénes nos pueden
llevar, quienes pueden ser nuestros conductores. Es esencial no engañarse, no
emprender el viaje con una compañía que tal vez sea indeseable.
En nuestra vida hay asuntos que tienen una
importancia particular, son el principio de un camino cuyo final no parece
claro y es necesario anticiparlo, preverlo. De otra forma, nos exponemos a
situarnos un día en un lugar inhóspito y que no lleva a ninguna parte, con una
visión de la realidad reducida, sin orientación, con la idea de que no podemos
ir a ninguna parte.
Si repasamos lo que nos está sucediendo en el último
decenio podríamos encontrar una larga lista de previsiones de lo que nuestros políticos
querían y buscaban, aunque en ocasiones vemos ahora que eran disfraces. Pero
han pasado los años y se está poniendo de manifiesto lo que cada partido
lleva dentro, lo que pretende, en suma, adónde nos quiere llevar.
Estudiar bien esos programas políticos de hace
años tiene una ventaja: pone las cosas claras. Sabemos cuáles son los
verdaderos proyectos o programas, sin disfraces; sabemos cuáles son las
afinidades reales; y, sobre todo, de quién nos podemos fiar.
No se trata de una cuestión sin importancia,
es nuestra realidad y sobre todo de los que van a serlo, los jóvenes y los que nacerán
si los dejan, porque hay muchos que les van a poner algún problema para hacerlo.
Se trata de nuestra posición en la sociedad, de la manera en que vamos a poder
proyectar nuestra vida en ella. Algunas corrientes desean que poseamos una
sociedad amplia y dilatada, con su rica variedad de matices y posibilidades,
con diferentes formas de insertarse en ella, y por lo tanto con una pluralidad
de proyectos que pueden ser atractivos y fecundos.
Otras corrientes de opinión se inclinan más
por espacios estrechos, encerrados, aislados de todo argumento, llenos de mitos
que nunca han existido; y por tanto sin porvenir ni horizonte.
Otros prefieren espacios estrechos,
confinados, aislados de todo contexto, llenos de ficciones que nunca han
existido; y por tanto sin horizonte ni porvenir.
Tenemos que decidir cómo queremos que sea
nuestra sociedad, nuestro país, nuestro pueblo, elegir entre la prosperidad y
la decadencia. Esta última, que nos está amenazando la podemos sentir ya, tiene
el enorme peligro de que, como consiste en una disminución de lo humano, es muy
difícil salir de ella si se llega a producir y consolidar.

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