Cuando empiezo un viaje uno de los objetivos
que intento cumplir es desconectar de mi rutina, no solo de cambiar de lugar
sino de hacer y pensar en cosas diferentes.
Confieso que se de lo que hablo porque llevo
años peleándome conmigo mismo cada vez que me preparo para salir. En cada
ocasión sucede más o menos lo mismo, me digo que esta vez será diferente, que
no voy a mirar el móvil y todas sus aplicaciones a cada hora o en cada ocasión
en la que me detenga por cualquier motivo. Los primeros días controlo bastante
bien y solo me asomo a la pantalla cuando llego al camping. Después, sin saber él
porqué, surge en mi interior un razonamiento que me parece bastante razonable:
“míralo más a ver si surge algo verdaderamente importante”.
La complicación aparece cuando, otra vez sin
darme cuenta, casi todo me empieza a aparecer realmente importante. Un e-mail
que resulta interesante responder, una noticia que necesita que la comente en
un grupo de WhatsApp o un mensaje que se debe responder enseguida porque si no
dentro de unos días ya me da un poco de apuro contestar. Cuando han pasado los
primeros diez días, si no estoy atento a reaccionar me encuentro con que sigo
con la misma dependencia digital, solo que el escenario es diferente.
Según voy acumulando viajes voy llegando a la
conclusión de que la solución del problema de la dependencia digital no se
encuentra en irse de viaje para desconectar. El problema lo veo en que se me ha
olvidado cómo se descansa realmente. Vivo tan acostumbrado a estar disponible
que casi me siento culpable cuando dejo de estarlo. Contesto al WhatsApp por
educación, contesto llamadas por compromiso y reviso el teléfono con una
frecuencia que nada tiene que ver con la necesidad, sino más bien por
costumbre. Me cuesta reconocerlo, pero he terminado por pensar que necesito
estar presente constantemente, como si todo pudiera detenerse al marcharme y
desaparecer por unos días.
Y, sin embargo, si al volver de un viaje largo
me paro a observar, veo que la vida continúa con una normalidad absoluta. Todo
lo que deje continúa funcionando, los mismos bares con sus mismos ambientes,
las calles continúan llenas de personas y automóviles, el pueblo parece que no se
ha dado cuenta de mi ausencia.
Y, eso, lejos de ser una mala noticia, me
parece que se trata de una de las lecciones más liberadoras que recibo al
volver. Y es que el mundo ya estaba en marcha antes de que yo empezara a vivir
y todo da a entender que seguirá en funcionamiento cuando yo ya no este. Creo
que es saludable que acepte que no soy tan imprescindible como a veces pienso.
Por eso, quizá he llegado a la conclusión de que,
para descansar y desconectar, no basta solamente en cambiar de lugar y de
paisaje cuando me tomo el café matutino. El cuerpo me agradece, claro está, que
cambie de rutina y duerma más horas, que no mire tanto el reloj y este más
relajado. Pero hay otro agotamiento mucho más escondido que no desaparece por
el hecho de subirme a una bicicleta y empezar a pedalear. Es el cansancio que
aparece cuando llevo tiempo, generalmente mucho tiempo, sin escucharme a mí
mismo. Siempre comunicándome con los demás y apenas conmigo.
En fin, aunque ahora no me encuentre de viaje
si que estoy de vacaciones, así que, por hoy ya esta bien. Mañana espero acordarme
de continuar más o menos con el mismo tema.

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