No creo que esta mañana esté exagerando si
digo que la gente hoy en día cree cada vez menos en las instituciones. No me
refiero a que cada vez, que también, se duda más de una institución como la
familia o de los partidos políticos, sino que también se empieza a desconfiar
del Estado, de las empresas y hasta de las ONGs.
Es fácil que el motivo sea una consecuencia del
individualismo y de una forma de vivir y pensar que solo busca la independencia
y el placer, y no tanto buscar el compromiso. O más fácil aún, darse cuenta de
que los ideales que se buscan nunca se podrán cumplir.
Por el contrario, la personas para vivir y
sobrevivir van a necesitar a la sociedad, y cada vez lo hacen con más
intensidad buscando estar bajo el amparo de las ideologías y las corrientes que
les prometen la solución a todas sus preocupaciones y de paso de esa manera se
ahorran el pensar y el esfuerzo de participar en alguna actividad. O sea, que
muchas personas prefieren sentirse parte de algo que ensuciarse un poco las
manos.
Esta manera de enfrentarse a la vida cambia el
modo de vivir y de comprometerse y vemos cómo nos movemos más en las ofertas
puntuales que nos llevan a escoger todo a nuestro gusto, en función de lo que
nos viene bien, cuando nos viene bien y, por supuesto, si nos entra por el ojo.
En definitiva, un pequeño mercado donde nos movemos entre lo guay, lo que nos
interesa, lo que nos reafirma y lo que nos hace sentirnos mejor. Y siempre con
derecho a no comprometerse demasiado, no vaya a ser que nos perdamos un buen
plan.
Por desgracia, en este navegar por la vida se
nos puede olvidar una razón fundamental, vivir nuestras creencias. Es decir, no
se trata de creer o no en una institución, dejarse llevar por el interés particular
o por la identidad de grupo, que también cuenta, o hacer alguna buena acción de
vez en cuando. Más bien tiene que ver con un querer vivir a la manera de nuestra
forma de entender la vida, dando a nuestra creencia un lugar importante en la vida,
pero también a la esperanza, a la alegría y a un deseo de justicia y de
comunidad. Tanto en actos como en palabras. Porque el centro de nuestro credo no
son las instituciones ni las identidades ni por supuesto las ideologías, es
preguntarse cada día qué papel le damos en nuestra vida a nuestra fe.
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