sábado, 17 de enero de 2026

Creer o no en las instituciones.

 


No creo que esta mañana esté exagerando si digo que la gente hoy en día cree cada vez menos en las instituciones. No me refiero a que cada vez, que también, se duda más de una institución como la familia o de los partidos políticos, sino que también se empieza a desconfiar del Estado, de las empresas y hasta de las ONGs.

Es fácil que el motivo sea una consecuencia del individualismo y de una forma de vivir y pensar que solo busca la independencia y el placer, y no tanto buscar el compromiso. O más fácil aún, darse cuenta de que los ideales que se buscan nunca se podrán cumplir.

Por el contrario, la personas para vivir y sobrevivir van a necesitar a la sociedad, y cada vez lo hacen con más intensidad buscando estar bajo el amparo de las ideologías y las corrientes que les prometen la solución a todas sus preocupaciones y de paso de esa manera se ahorran el pensar y el esfuerzo de participar en alguna actividad. O sea, que muchas personas prefieren sentirse parte de algo que ensuciarse un poco las manos.

Esta manera de enfrentarse a la vida cambia el modo de vivir y de comprometerse y vemos cómo nos movemos más en las ofertas puntuales que nos llevan a escoger todo a nuestro gusto, en función de lo que nos viene bien, cuando nos viene bien y, por supuesto, si nos entra por el ojo. En definitiva, un pequeño mercado donde nos movemos entre lo guay, lo que nos interesa, lo que nos reafirma y lo que nos hace sentirnos mejor. Y siempre con derecho a no comprometerse demasiado, no vaya a ser que nos perdamos un buen plan.

Por desgracia, en este navegar por la vida se nos puede olvidar una razón fundamental, vivir nuestras creencias. Es decir, no se trata de creer o no en una institución, dejarse llevar por el interés particular o por la identidad de grupo, que también cuenta, o hacer alguna buena acción de vez en cuando. Más bien tiene que ver con un querer vivir a la manera de nuestra forma de entender la vida, dando a nuestra creencia un lugar importante en la vida, pero también a la esperanza, a la alegría y a un deseo de justicia y de comunidad. Tanto en actos como en palabras. Porque el centro de nuestro credo no son las instituciones ni las identidades ni por supuesto las ideologías, es preguntarse cada día qué papel le damos en nuestra vida a nuestra fe.

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