Estamos leyendo a algunos comentaristas que están tratando de explicar
lo que está ocurriendo con los últimos movimientos geopolíticos que se están
dando en el mundo con varias teorías como las “esferas de influencia”, o sea dividir
el mundo en tres zonas de influencia.
Más o menos vienen a decir que toda américa para los Estados Unidos,
Europa para Rusia y Asia para China.
En la teoría de las “esferas de influencia” se encuentra una
explicación de la invasión de Putin en Ucrania, el hecho bastante claro de la
fuerte influencia que tiene China en la mayor parte de Asia y el último
movimiento de Trump en Venezuela. Visto lo que estamos viendo con el tema de
Groenlandia ya no parece imposible esa teoría.
También podemos leer a comentaristas que dicen que estamos volviendo a las
ideas colonialistas del siglo XIX donde las guerras comerciales y los grandes
imperios controlaban a países pequeños a modo de protectorados. Aunque es más
complicado pues asistimos además a nuevas formas de control sobre zonas geográficas
que se han vuelto decisivas por las fuentes de energía y minería que poseen.
Razonar y analizar estas teorías está bien, sin embargo, veo una
cuestión que considero de vital importancia al mirar lo que está sucediendo, y
no es otra cosa que la falta de estima y de respeto por la libertad.
Todos estos análisis geoestratégicos son útiles. Pero la cuestión
decisiva que me llama la atención como elemento principal de lo que está
sucediendo es la falta de estima y de respeto por la libertad. El ejemplo de Trump,
después de capturar a Maduro, al decir que estaba seguro de que los venezolanos
no están preparados para decidir su futuro, puede servir.
Cualquiera de las explicaciones anteriores para entender todo lo que está
sucediendo en el mundo relativiza o suprime la soberanía nacional y popular. Sí
es verdad que cualquiera de esas teorías se está poniendo en práctica, la
soberanía sufre, ya que deja de estar en manos de pueblo. La soberanía popular
garantiza el derecho a la libertad: una libertad ante al Estado, libertad para
reconocer un proyecto que estamos llevando a cabo, libertad para indagar, examinar
y admitir lo que se considera verdadero y justo.
Y ahora, toda esa libertad sin hacer demasiado alboroto se va
suprimiendo. Es verdad que toda la maquinaria del Estado supone una amenaza
para la libertad y que no ha desaparecido, pero lo que ahora empieza a aparecer
son unos poderes supraestatales que socavan el derecho a elegir nuestro
destino.
Se está usando para ello una excesiva presión desde fuera, y desde
dentro se nos está poniendo en duda y reduciendo nuestra capacidad para elegir.
Esta presión que actúa desde dentro, en nuestro alrededor, intenta convencernos
de que no estamos preparados: no somos suficientemente maduros para buscar,
descubrir y elegir.
Y ante esto, ¿qué papel juega la persona, el yo, en esta situación? A
primera vista se puede ver como esa fuerza de la persona, de ese yo que a
finales del siglo XVIII alcanzó una gran libertad ha sido derrotada. Entonces
era evidente que la justicia y la verdad no podían alcanzarse sin la libertad. Y
ahora tenemos que recuperar esa certeza. Todas las presiones y fuerzas no van a
sobrevivir en el tiempo sin el visto bueno de nuestra conciencia. El reto no
puede consistir sólo y principalmente en responder a las “esfera de influencia”
con las mismas tácticas de presión. Nuestra batalla más importante tiene que
consistir en no aceptar la narrativa de los generadores de los nuevos poderes
que pretenden que rebajemos nuestra soberanía del yo.
Habremos perdido en el momento que aceptemos que “no estamos
preparados” para decidir o también cuando renunciemos a esa libertad
pensando que apartándola de nosotros nos traerá una recompensa más valiosa. No
hay vida, verdad y justicia sin la libertad que permite reconocerlas.
Ahora no podemos ya recuperar la certeza que tenía el valor de nuestra libertad como hace 275 años. Ya no sirve ni vale la pena volver a precisar los derechos que eso conlleva. Lo hemos explicado y expuesto sobradamente. Ahora para volver a querer y reconquistar la libertad debemos buscar la energía necesaria en esa sencilla experiencia que notamos cuando se nos niega.
No nos
podemos conformar con una vida cuyo destino haya sido descubierto y decidido
por otros. La sociedad, la vida en común, las personas que nos rodean pueden ayudar
en esta lucha para que el yo de cada uno vuelva a ser tenido en cuenta o anestesiarlo
con palabras de un alivio cómplice y muy poco humano.
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