jueves, 15 de enero de 2026

Hablar de política.

 


Venimos de unos días en los que hemos acudido a muchas cenas y reuniones, en las que hemos hablado de innumerables temas, y en las cuales existe la convicción de que no es conveniente hablar de religión ni de política pues son temas que no deben discutirse en público. El resultado es que muchas veces las conversaciones se reducen a temas banales y en el peor de los casos a chismes.

La cuestión es que debatir sobre religión y política es crucial para el transcurrir de la vida en una sociedad que realmente sea libre, ya sea en un bar, paseando por la calle o en una cena. Es fácil que el motivo para ese silencio sea el miedo a la descortesía, pero el resultado no deja de ser una represión de un debate libre sobre dos de las áreas más importantes de nuestra vida.

Si enfoco el tema desde el punto de vista cristiano me encuentro con que la religión y la política son inseparables debido a la unión de los dos grandes mandamientos: amar a Dios y amar al prójimo. Por lo tanto, el objetivo de separar la religión de la política no es simplemente un problema, sino una manera de separarnos de la vida pública. Pero esto no es nada nuevo.

La política ha sido, desde que se acuñara en la Antigua Grecia, el arte de velar por los asuntos de la sociedad, de que nuestro prójimo se sienta y viva mejor. El “politikós” griego era el hombre social, el hombre que vivía integrado en la comunidad y participaba de ella, ayudando a todos a tener una buena vida. O sea, amar al prójimo.

Me resulta complicado pensar que mi fe pertenece solamente a mi vida privada, siento que es innegable que tiene una dimensión social y política, que tiene valores que aportar al debate político. Si la silencio, pienso que todos vamos a perder. También es verdad que tenemos que hacer un poco de autocrítica sobre cómo participamos en mejorar nuestra sociedad, que es cada vez más plural.

 Debemos ser escuchados porque proponemos soluciones sin imponerlas y hacerlo con un discurso que este pegado a la realidad. Nuestra voz se debe oír con la humildad del que se sabe uno más en esta sociedad tan diversa, pero sin olvidarnos de la fuerza que nos da el saber que lo hacemos desde una fe, desde una posición que da sentido a muchas personas.

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