Venimos de unos días en los que hemos acudido a
muchas cenas y reuniones, en las que hemos hablado de innumerables temas, y en
las cuales existe la convicción de que no es conveniente hablar de religión ni
de política pues son temas que no deben discutirse en público. El resultado es
que muchas veces las conversaciones se reducen a temas banales y en el peor de
los casos a chismes.
La cuestión es que debatir sobre religión y
política es crucial para el transcurrir de la vida en una sociedad que
realmente sea libre, ya sea en un bar, paseando por la calle o en una cena. Es
fácil que el motivo para ese silencio sea el miedo a la descortesía, pero el
resultado no deja de ser una represión de un debate libre sobre dos de las
áreas más importantes de nuestra vida.
Si enfoco el tema desde el punto de vista
cristiano me encuentro con que la religión y la política son inseparables
debido a la unión de los dos grandes mandamientos: amar a Dios y amar al
prójimo. Por lo tanto, el objetivo de separar la religión de la política no es
simplemente un problema, sino una manera de separarnos de la vida pública. Pero
esto no es nada nuevo.
La política ha sido, desde que se acuñara en
la Antigua Grecia, el arte de velar por los asuntos de la sociedad, de que
nuestro prójimo se sienta y viva mejor. El “politikós” griego era el hombre
social, el hombre que vivía integrado en la comunidad y participaba de ella,
ayudando a todos a tener una buena vida. O sea, amar al prójimo.
Me resulta complicado pensar que mi fe pertenece solamente a mi vida privada, siento que es innegable que tiene una dimensión social y política, que tiene valores que aportar al debate político. Si la silencio, pienso que todos vamos a perder. También es verdad que tenemos que hacer un poco de autocrítica sobre cómo participamos en mejorar nuestra sociedad, que es cada vez más plural.
Debemos ser escuchados porque proponemos soluciones
sin imponerlas y hacerlo con un discurso que este pegado a la realidad.
Nuestra voz se debe oír con la humildad del que se sabe uno más en esta sociedad
tan diversa, pero sin olvidarnos de la fuerza que nos da el saber que lo
hacemos desde una fe, desde una posición que da sentido a muchas personas.
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