Tenemos la costumbre de pensar que el
crecimiento económico nos va a llevar a desarrollarnos como personas y como
sociedad, pero no es así de simple. No debemos emparejar el desarrollo de la
persona con el crecimiento económico.
Sin embargo, es el crecimiento económico el
indicador que utilizan la mayoría de los países, da la impresión de que, si la
renta per cápita es más alta, vamos a estar mejor y por ello este dato aparece
como un indicador de que la sociedad en la que vivimos está progresando.
Pero esto no tiene porque ser así. Estar mejor
no siempre equivale a tener más. Es más, cuando se tienen unas rentas muy
altas, las esclavitudes que imponen esas riquezas llegan a provocar en estas
personas un empeoramiento de su vida en vez de mejorarla.
Otra cosa para tener en cuenta es que el crecimiento
continuo es imposible, sobre todo porque no es indefinido. Es muy difícil creer
que la producción mundial va a seguir creciendo todos los años pues los
recursos naturales no son infinitos.
Puede suceder que tengamos un elevado
crecimiento económico, lo que no supone que todos tengamos más y por eso tenemos
que ir más allá del crecimiento para buscar formas de desarrollos económicos
que sean factibles a largo plazo, y que además mejoren realmente a todas las
personas.
Es complicado, ya que todo a nuestro alrededor
nos habla de economía: el tiempo es oro y no lo queremos malgastar. La teoría
nos la sabemos: el dinero no da la felicidad. Y, aun así, a veces simplificamos
nuestra vida a términos de beneficios, en quién y cómo invierto mi tiempo está
condicionado por el aporte que obtengo y no por el bienestar que produzco.
Pero ¿y si invertimos el orden? ¿Y si ponemos
a las personas en primer lugar? Que no se trata de negar la herramienta de cálculo
para saber cómo se encuentra nuestra sociedad económicamente, que nos puede
servir y mucho, sino de poner primero la gente.
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