No son pocos los que dicen que nos encontramos
en la década con más guerras activas en el mundo, y si esto es así nos
deberíamos de preguntar que hace que sea tan complicado vivir en paz.
Si lo recapacitamos un poco nos daremos cuenta
de que buscar la paz va unido a la búsqueda de la felicidad. El camino para buscar
la paz comienza con la felicidad. Las personas tenemos dentro un deseo de
felicidad, no de cualquier clase, sino una que sea firme y duradera, una
felicidad que siempre tiene que estar con nosotros y que no se pueda perder por
muchas desgracias que nos sucedan. Si deseáramos una felicidad que fuese perecedera
y que tuviera fecha de caducidad, estaría unida a un temor a perderla, a perder
lo que se ama y, por tanto, no se podría ser feliz, porque con miedo no se
puede conseguir la felicidad.
Ese deseo de una felicidad verdadera y
duradera nos lleva a emparejar esa búsqueda con la búsqueda de la paz, sobre
todo de aquella paz que tampoco no se puede perder ni alterar.
Si aceptamos que la felicidad es en parte tener
todos los bienes que deseamos de una forma estable y duradera, la paz entra en
estos bienes, y es que incluso los que hacen la guerra quieren la paz, aunque
es verdad que a su manera.
Desde aquí, desde este punto es desde donde
tenemos que comenzar. Todos quieren vivir, disfrutar y controlar la felicidad
que produce la paz. Por tanto, la paz es de todos o de nadie. Si una sola
persona carece de paz está comprometiendo la paz de todos.
Resulta que las personas necesitamos vivir
juntos, en sociedad, tenemos una fuerte interdependencia y sin embargo no nos
ponemos de acuerdo en tener un destino común que podamos desear y perseguir
juntos. Entonces, no nos queda más remedio que comenzar con darle importancia a
esa búsqueda de todos hacia una felicidad que sea verdadera y duradera. Estemos
todos de acuerdo o no en cual debería ser nuestro destino común debemos
respetar el anhelo de cada uno por la felicidad. Este es nuestro punto en
común, de contacto con todos, incluidos aquellos de se encuentran más alejados
de nuestras ideas. Nuestro deseo común de felicidad es el primer paso para ir
en busca de la paz.
Por lo tanto, esto puede ser la piedra angular
sobre la que construir un pensamiento que sea capaz de resistir esta costumbre
que tenemos de buscar conflictos y que terminan en guerras. Ningún conflicto
puede hacer desaparecer el deseo de todas las personas de una felicidad auténtica;
por lo tanto, ninguna guerra puede hacer desaparecer todos esos puntos de
contacto entre los contendientes. Y es precisamente ese deseo común de
felicidad la base para reconocer los puntos de vista mutuos y que nos van a
permitir un diálogo que nos lleve a la reconciliación y al perdón.
Al alentarnos a darnos cuenta del deseo
universal de felicidad vemos un camino por el que vamos a poder construir la
paz. Sin embargo, este camino exige una dosis de coraje, una valentía que
consiste en no tener miedo de seguir ese camino que existe detrás de la actitud
solidaria con el sufrimiento ajeno, un camino que nadie parece ver. Exige menos
teorías y palabras, y más presencia y gestos concretos.
Tenemos que escuchar a los demás, en especial
los sufrimientos que han roto su paz, dialoguemos y pongamos nuestra caridad al
servicio de sus corazones. Se necesita tiempo y paciencia para que todo esto
pueda tener lugar y no es fácil en una sociedad donde la rapidez y la
inmediatez lo es todo. Con los años hemos aprendido que si queremos una paz
auténtica tenemos que ver claramente la realidad, la realidad de las comunidades,
de los territorios, etc. y escucharla. Y darnos cuenta de que esta paz se puede
conseguir cuando las diferencias y los conflictos que conllevan no se eliminan,
sino que se reconocen, se asumen y se superan.
Para recorrer ese camino se necesitan personas
y corazones entrenados en la atención a los demás y capaces de reconocer el
bien común en nuestra sociedad. No es un camino en solitario sino en compañía que
necesita del valor y la solidaridad de todos.
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