Después de haber asistido en estas Navidades a muchos encuentros y reuniones con amigos y familiares me ha llamado la atención que muchas personas aceptan el hecho de que no se puede conocer verdaderamente la realidad por culpa de la cantidad de “narrativas” y “relatos” que nos bombardean continuamente. Y ante mi pregunta: ¿Por qué? La contestación más común era que hoy en día “el relato lo es todo”. Que hemos sucumbido a la fuerza de las “narrativas”.
Empecé a darme cuenta de que el dominio de
estas “narrativas” es tal que parece imposible no sucumbir a ellas, no caer
presa de los relatos. Me di cuenta cuando empecé a analizar hechos que he visto
y he conocido de primera mano y que se les daban una cantidad de
interpretaciones y de versiones que me costaba entender que se trataban de los
mismos hechos.
El poder de las narrativas es tal que nos
sentimos indefensos ante ellas y poco a poco vamos aceptando como ciertos esos
relatos. Nos acostumbramos y empezamos a decir con un poco de escepticismo:
“quién sabe, ¿sabes qué? No lo sé, qué más da”, atarantados por el enorme ruido
y la confusión que terminan generando tanto la verdad como mentira al
encontrase. Me preocupa que demasiadas personas, a falta de referencias,
decidan, en el mejor de los casos dejar de buscar.
Si sucumbimos a esta “indiferencia”, estaremos
a merced de cualquier ideología, de cualquier narrativa. Entonces, ¿qué debemos
hacer para no vernos sobre pasados y obligados por lo tanto a estar
confundidos? Tal vez, comprender bien la realidad que nos rodea sea una opción,
y no delegando nuestra opinión a otros.
Hay que recordar que nuestra libertad es
siempre nueva y, que en cada ocasión que se presente tiene que tomar de nuevo
sus decisiones. No deben ser tomadas por otros en nuestro lugar, si fuera así,
entonces, ya no nos podríamos considerar libres. Pues la libertad se entiende
en las decisiones fundamentales y cada persona, cada generación tiene que
plantearse cada vez un nuevo punto de partida, una respuesta.
Si no nos comprometemos en ello, vamos a
quedar a merced del poder de las narrativas. Y como ahora, que sufrimos la
presión de una sociedad que llega a cuestionar la utilidad de razonar, y cuando
una cultura social tiende a adentrarse en nuestro interior para anularlo, es
que ha llegado el momento de la persona.
¿La persona? ¿Cómo puede enfrentarse a toda
esta presión? ¿Dónde se encuentra su fuerza? Y es que, es esta la pregunta definitiva.
En estos días para que la persona sea, para que el hombre tenga fuerza en esta
situación, en la que todo nos lleva a ser ovejas en medio del rebaño, es la
autoconciencia con una visión clara de uno mismo, llena del conocimiento de
nuestro propio destino y, por tanto, conocedor de un afecto verdadero por uno
mismo, pero liberado del error inconsciente del amor propio lo que nos debe de
ayudar a manejarnos dentro de las narrativas. Si perdemos esto, no habrá nada
que nos ayude.
Porque vivimos en una sociedad como la actual,
la única barrera que podemos ofrecer a ese poder de las narrativas es tener un
“yo” cuya autoconciencia le consienta vivir en esta situación sin doblegarse a la
erótica del poder.
Con esto no quiero decir que nos debemos de
olvidar de desear sistemas “perfectos” donde no existan las narrativas. Los
relatos son inevitables porque la realidad son hechos, y la libertad se juega
en la interpretación del hecho. ¿Pero significa eso que todas las
interpretaciones son igualmente verdaderas? ¡Ah! Pero solo podemos descubrirlo por
medio de la autoconciencia o cuando alcanzamos la parte más íntima de nosotros.
Al final, es una cuestión de procedimiento. Uno
de los puntos principales de la claridad de pensamiento se encuentra en que la
respuesta a muchos problemas no se produce al afrontarlos directamente, sino
analizando la naturaleza de la persona que los afronta. Teniendo cada vez más
conciencia del sujeto que los padece.
¿Y cómo hacemos eso? ¿Cómo se profundiza en la
naturaleza de la persona, que al final somos nosotros, de nuestro yo, para
alcanzar esa claridad de pensamiento? ¿Cómo aumenta la conciencia de nosotros
mismos? No se hace a través de la introspección, que al final siempre se trata
de uno mismo, sino mirándonos en nuestras actuaciones.
En fin, esto ya es otra parte de la respuesta.
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