domingo, 14 de diciembre de 2025

¡Buenos días! Inmigración: Solidaridad y bien común.

     Buenos días. 



Me hubiera gustado hoy detenerme en el verbo detentar y que, según la Real Academia se trata de: Retener y ejercer ilegítimamente algún poder o cargo público. Y del que creo que hay muchas cosas que decir puesto que al que detenta un Poder así viciado se le llama detentador y se convierte en autócrata o dictador.

Pero tiempo habrá, pues me he encontrado con un artículo sobre la inmigración que me plantea serias dudas de que lo estemos afrontando bien. Veo dos formas, principalmente, de querer solucionarlo en los partidos políticos que me llevan a pensar que vamos a tener un enfrentamiento demasiado radicalizado y que por lo tanto no va a solucionar nada.

Veo que hay quien instrumentaliza la inmigración en beneficio propio con la idea de que va a solucionar los problemas que se han causado con nuestras políticas de destrucción de la familia y que agravan la crisis de nacimientos.

La otra forma que intuyo se deriva de la anterior, y es que hay partidos que piensan que la inmigración desordenada y generadora de problemas objetivos puede constituir un caballo de batalla electoral, la cuestión es que a partir de ahí se dan soluciones que ignoran la dignidad del inmigrante.

Estas son básicamente las dos tendencias en nuestra política sobre inmigración.

Pues bien, a mí me gustaría recordar que ese amar al prójimo como a uno mismo no se opone al bien común, sino que lo presupone. Con esto lo que quiero decir es que, para acoger, proteger e integrar a quienes vienen en busca de una vida mejor, es imprescindible garantizar la estabilidad social de quienes ya están. Exigir fronteras operativas, promover políticas de integración realistas, reflexionar sobre los límites de la acogida o admitir que puede ser legítimo priorizar ciertas procedencias no contradice el espíritu de nuestra moral. Lo contradice, en cambio, moralizar sin discernimiento.

Y es que, mostrar un discurso moral nada tiene que ver con moralizar. Un discurso moral lo que hace es que propone principios, muestra criterios de juicio y orientaciones que ayudan a comprender y decidir. Tiene que reconocer matices, asumir dilemas y dialoga con la realidad concreta. Moralizar, en cambio, divide el mundo en buenos y malos, atribuye culpa al discrepante y oscurece la complejidad con eslóganes. Lo primero ilumina la conciencia; lo segundo la infantiliza.

¿Qué hacer entonces? Pues yo no voy a dejarme llevar por estas banderas partidistas ya que tengo mi propia respuesta, que, por cierto, pienso que es la mejor, no por ser la mía, sino porque tiene en cuenta de forma integral todos los factores en juego. No se trata de una receta, sino un conjunto de criterios, fundamentos y valores que se deben trabajar para concretar su aplicación a nuestras condiciones específicas.  

La inmigración de debe de abordar empezando por darse cuenta de que se trata de un fenómeno que nos muestra facetas distintas y que todas ellas han de ser tenidas en cuenta de la manera más cuidadosa y objetiva posible.

La inmigración nos crea un conflicto al situarse entre el principio de solidaridad y el bien común; la contradicción que existe entre el derecho a emigrar para lograr una vida mejor y el derecho de la nuestra sociedad a no ver dañada su cohesión social, cultural ni lingüística, ni el bienestar derivado del estado del bienestar, ni su capacidad económica a corto y largo plazo y mucho menos la seguridad ciudadana. Dónde y cómo empieza y termina cada uno de aquellos dos términos, y su dinámica, es la cuestión. En otros términos, se trata de concretar los límites de la inmigración y las condiciones sobre la misma.

La solidaridad implica un reconocimiento de la interdependencia entre los seres humanos y exige un compromiso activo con el bienestar de los demás. Este principio llama a compartir recursos y responsabilidades, luchando contra las injusticias sociales. La solidaridad no es solo un sentimiento de compasión, sino una determinación firme y perseverante de trabajar por el bien de todos, especialmente de los más vulnerables.

El bien común consiste en las condiciones sociales que permiten a las personas, tanto en lo individual como en lo colectivo, alcanzar su plenitud humana. Este concepto abarca todos los aspectos que favorecen el desarrollo integral de cada persona y de la sociedad en su conjunto, incluyendo la justicia, la paz y la dignidad humana. El bien común debería de ser el objetivo hacia el cual deben orientarse todas las políticas y acciones sociales, priorizando el bienestar colectivo sobre los intereses individuales.

Cuando se produce se conflicto entre solidaridad y bien común, la solución pasa por la necesidad de equilibrar la solidaridad con la defensa del bien común.

Y para esto se requiere poner en práctica unas políticas de integración que nos den la seguridad de que la llegada de inmigrantes no complique la cohesión social ni el acceso a los recursos necesarios para el bienestar de todos, incluidos los inmigrantes que ya se encuentran entre nosotros. Unas prácticas que valoren la situación y acceso de los bienes y servicios públicos, que tengan en cuenta las consecuencias de la emigración masiva, las muertes que se producen y el tráfico de personas en una inmigración no regulada.

De lo que se trata es de buscar y encontrar soluciones que compartan ambos principios, asegurando una inclusión sin sacrificar la estabilidad social y económica. No se puede contemplar la inmigración masiva en España sin diagnosticar su impacto sobre la vivienda, la educación, la sanidad, los servicios sociales, la productividad, el impacto cultural y lingüístico, la seguridad ciudadana, la atención a los menores, la situación de las cárceles, para citar aspectos concretos decisivos.

No se puede utilizar, en nombre de un falso humanismo, la inmigración para tapar nuestras propias miserias y renuncias. Pero todo esto no se hace en absoluto. Y esta ha de ser la guía de la respuesta a concretar en una política pública.

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