Buenos días.
Cada vez encuentro más triste leer y escuchar muchas declaraciones y
discursos, me cuesta hacerlo porque tengo la sensación adquirida en los últimos
años, de que va a existir una distancia entre lo que se va a decir y lo que
después se hará. Y pienso, que ahí se encuentra una de las mayores faltas y
necesidades de nuestra sociedad: la necesidad de coherencia.
Lo que estoy intentando decir es algo no muy complicado: ser coherente
entre los valores que se dicen defender y la toma de decisiones en la vida
real. Tiene que haber una coherencia honesta entre la palabra y la acción que,
cuando aparece, provoca respeto incluso cuando se tengan ideas contrarias.
No es difícil entender una equivocación; lo que complica las cosas es
cuando no existe ninguna rectificación, cuando comprobamos que existen varias
varas de medir, lo fácil que resulta exigir unas obligaciones que uno mismo no
está dispuesto a asumir. Es en todas estas actitudes donde nace la desafección,
la desconfianza y, lo que es peor, la resignación.
Todo lo anterior se puede extender no solamente a nuestros políticos.
También lo puede hacer a nosotros que observamos, opinamos y exigimos. No
podemos tener pequeñas incoherencias en nuestro día a día y esperar tener una
vida integra. No se puede tener una ética hacia fuera que no coincida con
nuestra actividad diaria.
De ahí que tenga la opinión de que se tiene que recuperar la coherencia
en nuestra sociedad y que ello no es solo una labor de nuestros políticos, sino
una necesidad cultural y personal. Lo que quiero expresar que se tiene que volver
a pensar que las palabras tienen peso, que los compromisos nos obligan y que
tener valores no es solo una herramienta de marketing, sino una forma de vida.
Significa comprender que la credibilidad no se ordena: se fabrica con actos
todos los días.
Ya se que no se pueden cambiar de golpe todos los vicios de nuestra
sociedad, lo que sí se puede hacer es observar con honestidad la diferencia que
existe entre lo que creemos y lo que hacemos. Y es que, tal vez sea en ese
sencillo gesto donde empiece el verdadero cambio.
A nivel personal es más fácil reducir la distancia entre lo que hago y
lo que creo que debería de hacer, sin embargo, cuando hablamos de política la
cosa se nos complica. Que haya coherencia en política resulta difícil. En
parte, porque hay políticos que dicen defender lo que en realidad saben
imposible. En parte, porque una cosa son los proyectos ideales y otra muy
distinta la realidad vista al recibir un encargo concreto.
Que existan esos problemas para que nuestros políticos sean coherentes
no hace desaparecer nuestro deseo de que lo que se promete en la campaña
electoral sea luego respetado en el parlamento, en el gobierno o en otras
instancias de poder.
Porque si escojo dar mi voto lo hago con el deseo de que se defiendan y
promuevan ciertas ideas y ciertos programas, y no para que luego se realice
todo lo contrario de lo prometido antes de las elecciones.
Además, las incoherencias de no pocos políticos que ya hemos comprobado
y que nos han generado una gran desconfianza, nos obligan a hacernos preguntas:
¿Cómo saber lo que harán los futuros parlamentarios y gobernantes que no fueron
capaces, en el pasado, de respetar sus promesas?
En una sociedad llena de incoherencias y de engaños, de mentiras y de
maniobras oscuras, encontrar políticos coherentes no resulta fácil.
La coherencia en política tiene que ser un requisito básico para que
haya respeto hacia quienes más se comprometen en la vida pública. Porque solo va
a ser un buen candidato a cualquier cargo público quien muestre con
transparencia sus propios programas, y luego intente aplicar en serio el deseo
de quienes lo votaron precisamente para llevar a cabo esos programas.
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