domingo, 28 de diciembre de 2025

¡Buenos días! ¡No los hechos primero; la verdad primero!

         ¡Buenos días!

        Ahora que vamos a entrar en unos días, donde casi sin querer empezaremos a repasar lo que nos ha pasado en el último año es interesante que nos demos cuenta de que no debemos mirar el 2025 sólo literalmente, sino literariamente. 



        Sin la capacidad de ver literariamente las cosas, estaríamos ciegos; no podríamos ver ni comprender quienes somos. G. K. Chesterton decía que: “No los hechos primero, primero la verdad”.  Lo argumentaba de la siguiente forma, los hechos son meramente físicos, mientras que la verdad es metafísica. O sea, los hechos son aquello que es cuantificable, medible materialmente. La verdad no es cuantificable; no puede medirse materialmente. La bondad no puede pesarse en una balanza; la verdad no puede sondearse en términos de profundidad o amplitud física; la belleza no puede calentarse en un tubo de ensayo. La metafísica no puede relegarse a la física, ni puede ser confinada por la física. Trasciende todo confinamiento físico. Quienes buscan la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, nunca la encontrarán en los hechos y nada más que los hechos. ¡No los hechos primero; la verdad primero!

        Pues bien, esto nos lleva a otra paradoja ya que solo podemos acceder a esa realidad metafísica por medio de nuestros sentidos físicos. O lo que es lo mismo, debemos percibir los hechos y nada más que los hechos para alcanzar la verdad y nada más que la verdad. ¡No la verdad primero, sino los hechos primero! La verdad es la meta y el propósito de la percepción, pero los hechos son el medio necesario para acceder a ella. Los últimos serán, en efecto, los primeros, y los primeros, los últimos.

        Llegados a este punto nos damos cuenta de que estamos ante una paradoja interesante que ha sido abordada y discutida infinidad de veces, y creo que la manera en que se la planteo San Agustín nos puede aclarar bastante la situación. San Agustín insistía en que la verdad solo puede conseguirse por medio de una lectura literaria de los hechos, no solo literal. Se necesita ver las cosas como cosas, pero también como cosas que significan otras cosas. Una huella de un animal en el barro es un hecho físico, pero significa el paso de un animal caminando hacia algún lugar. O sea, algo físico que significa algo distinto. Otro ejemplo puede ser el del humo que puede decirnos que hay fuego. 

        Algo que nos habla de otra cosa es lo que suele denominarse una alegoría, o sea: “Ficción en virtud de la cual un relato o una imagen representan o significan otra cosa diferente”. Así nos lo explica el diccionario. Por lo tanto, puedo atreverme a decir que todo signo natural o convencional es una alegoría. 

        El uso de las palabras nos muestra continuamente la diferencia entre su significado literal y lo que queremos expresar. Al utilizar la palabra “hombre” o al escucharla lo primero que me viene a la mente es una persona, no una persona en concreto como puede ser Juan o Pedro sino a la “especie” hombre, en cambio si digo “ese hombre corre” ya no lo estoy haciendo a la “especie” sino en concreto al que está corriendo, la palabra es la misma, pero nos cambia el significado. Es más, si digo hombre es una palabra bisílaba, entonces  ya si que no tiene nada que ver con el hombre como especie animal. 

        No solo hablamos y escribimos literariamente, sino que oímos y leemos literalmente y lo interpretamos literariamente. Lo mismo sucede con los hechos que vemos y producimos. Nuestra vida no es solo un hecho literal, sino que es vista como una verdad literaria. Nuestras acciones son interpretadas por otros. Aprendemos de los demás y ellos aprenden de nosotros. Siguen nuestro ejemplo, para bien o para mal. Cosechan los beneficios o sufren las consecuencias. Aprenden las lecciones que estas consecuencias enseñan.

        Somos, por tanto, alegorías vivientes y palpitantes. Somos signos que transmiten significado a los demás. Cada una de nuestras vidas es una historia que otros leen y que debemos aprender a leer nosotros mismos, viendo la importancia de lo que hemos hecho y de lo que hemos dejado de hacer. Pero cada una de nuestras vidas forma parte de una historia mayor, en la que se entrelazan con las vidas de innumerables personas, tanto vivas como muertas. 

        Cuando en estos días se lee la Biblia sucede como en la vida cotidiana, necesitamos ir más allá de los hechos para llegar a la verdad. La Biblia, como la vida misma, no debe leerse meramente de forma literal, sino literaria. Por eso, se tiene que pasar de los análisis literales y convencionales a la interpretación alegórica de la Escritura. Debemos comprender el significado literal, como debemos conocer los hechos, pero solo para trascender lo literal y lo factual con la luz literaria de la verdad.


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