Día 141, del viaje a la maratón de Valencia. Corrupción.
¡Buenos días!
Si de algo sabemos los españoles es de corrupción, llevamos demasiados
años compartiendo nuestra vida con ella, por lo que tengo la impresión de si
bien sabemos lo que es no la entendemos, ni la comprendemos, pues en caso
contrario hace años que la hubiéramos hecho desaparecer.
La corrupción no comienza en las oficinas de los políticos ni en la de
los empresarios, empieza en cada uno de nosotros cuando nos acomodamos a la
mentira, cuando regalamos nuestra conciencia y empezamos a querer justificarla
con la frase “todos lo hacen”. Puede parecernos en una primera impresión de que
se trata de un problema económico, pero de lo que se trata sin duda, es de una
enfermedad espiritual que se esconde detrás del éxito y que confunde el tener
poder con poseer autoridad.
Deberíamos tener grabado en nuestra conciencia que cualquier forma de
poder, ya sea económico o político pierde toda clase de legitimidad cuando se
aparta del servicio a la persona humana. Cuando el poder se convierte en una
forma de enriquecimiento, el Estado se degrada, la economía se deshumaniza y la
sociedad se enferma. La corrupción no solo nos está sustrayendo dinero, sino
que además nos roba la confianza, la esperanza y el sentido moral de las
personas.
La corrupción no se aprecia al principio pues lo hace sin ruido y solo
cuando está extendida sale contaminándolo todo, y cuando se instala en nuestro
día a día, deja de parecernos mal y se normaliza.
No podemos ser neutrales ante esto, no se puede creer en el bien común
y aceptar la corrupción. El destino universal de los bienes se encuentra por
encima de cualquier ambición personal. Lo que se sustrae al bien común se está
robando a las personas y sobre todo se está robando a los más débiles, a los
que no tienen los medios para defender sus intereses y cargan con las consecuencias
del egoísmo de los que ostentan el poder. Por eso la corrupción no es solo una
injusticia social: es una ofensa contra la fraternidad.
No vale la pena exponer ningún ejemplo, pero lo vemos casi todos los
días, un poder corrupto no gobierna: manipula y cuando un funcionario público
se corrompe no hace su trabajo, no sirve: se sirve.
No nos tenemos que quedar con la corrupción política y funcionarial,
esa que vemos en las primeras páginas de los periódicos y que abren los noticiarios,
existe corrupción cada vez que usamos nuestra posición para protegernos, cuando
tomamos una decisión que privilegia a un amigo por encima del que se lo merece,
en cada vez que callamos para no perder beneficios. La corrupción es
una telaraña que convierte a los hombres libres en cómplices del mal.
Nosotros
no nos podemos quedar en el simple hecho de denunciar, tenemos que ofrecer una
salida. La justicia si no queremos que se convierta en venganza tiene que ir
acompañada de la misericordia, y la misericordia sin justicia se vuelve complicidad. No estoy diciendo
que se deba combatir desde el odio, sino desde la verdad. No hay que
concentrarse en el castigo, sino en la transformación de las personas. Porque
incluso el corrupto, si acepta y entiende el mal que provoca la corrupción,
puede renacer.
No se trata de una cuestión ideológica el combatir la corrupción, se
trata de una cuestión moral. Si no tenemos claro el problema de la corrupción
no podremos impartir justicia pues sin querer aceptaremos que han tenido mala
suerte y van a ser castigados, y sin una justicia real no podremos vivir en
paz.
Y donde exista una sociedad que
se engañe a sí misma, la mentira terminará por llegar al poder y gobernará, y la
persona se convertirá en instrumento, no en fin.
Cuando estamos rodeados de corrupción no podemos aparentar ni mirar
hacia otra parte sino intentar convencer, restaurar la conciencia de las
personas porque si no interiorizamos la verdad de la corrupción no podrá
existir una ética posible. Si no somos capaces de educar en la responsabilidad y
en la honestidad la ley será papel mojado, y es que la ley sin virtud está
muerta.
No podemos resignarnos a vivir entre la trampa y el cinismo. No basta
con no robar: hay que limpiar toda cultura que convierta el engaño en virtud.
Si la sociedad en que vivimos huele a corrupción, tal vez sea porque los hemos
dejado de defender nuestros principios.
La corrupción se tiene que combatir con ejemplos, no con publicidad.
Dando testimonios, no con discursos. Teniendo la conciencia limpia, no
pareciendo respetable. La persona corrupta piensa que todo tiene un precio, sin
embargo, nosotros sabemos que lo esencial no se compra.
La corrupción destruirá no sólo las estructuras de nuestra sociedad,
sino que además destruirá nuestra alma. Y cuando una sociedad pierde su alma,
ya no necesita enemigos, caerá sola, desde dentro.
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