lunes, 1 de diciembre de 2025

Día 141, del viaje a la maratón de Valencia. Corrupción.

     Día 141, del viaje a la maratón de Valencia. Corrupción.

¡Buenos días!



Si de algo sabemos los españoles es de corrupción, llevamos demasiados años compartiendo nuestra vida con ella, por lo que tengo la impresión de si bien sabemos lo que es no la entendemos, ni la comprendemos, pues en caso contrario hace años que la hubiéramos hecho desaparecer.

La corrupción no comienza en las oficinas de los políticos ni en la de los empresarios, empieza en cada uno de nosotros cuando nos acomodamos a la mentira, cuando regalamos nuestra conciencia y empezamos a querer justificarla con la frase “todos lo hacen”. Puede parecernos en una primera impresión de que se trata de un problema económico, pero de lo que se trata sin duda, es de una enfermedad espiritual que se esconde detrás del éxito y que confunde el tener poder con poseer autoridad.

Deberíamos tener grabado en nuestra conciencia que cualquier forma de poder, ya sea económico o político pierde toda clase de legitimidad cuando se aparta del servicio a la persona humana. Cuando el poder se convierte en una forma de enriquecimiento, el Estado se degrada, la economía se deshumaniza y la sociedad se enferma. La corrupción no solo nos está sustrayendo dinero, sino que además nos roba la confianza, la esperanza y el sentido moral de las personas.

La corrupción no se aprecia al principio pues lo hace sin ruido y solo cuando está extendida sale contaminándolo todo, y cuando se instala en nuestro día a día, deja de parecernos mal y se normaliza.

No podemos ser neutrales ante esto, no se puede creer en el bien común y aceptar la corrupción. El destino universal de los bienes se encuentra por encima de cualquier ambición personal. Lo que se sustrae al bien común se está robando a las personas y sobre todo se está robando a los más débiles, a los que no tienen los medios para defender sus intereses y cargan con las consecuencias del egoísmo de los que ostentan el poder. Por eso la corrupción no es solo una injusticia social: es una ofensa contra la fraternidad.

No vale la pena exponer ningún ejemplo, pero lo vemos casi todos los días, un poder corrupto no gobierna: manipula y cuando un funcionario público se corrompe no hace su trabajo, no sirve: se sirve.

No nos tenemos que quedar con la corrupción política y funcionarial, esa que vemos en las primeras páginas de los periódicos y que abren los noticiarios, existe corrupción cada vez que usamos nuestra posición para protegernos, cuando tomamos una decisión que privilegia a un amigo por encima del que se lo merece, en cada vez que callamos para no perder beneficios.  La corrupción es una telaraña que convierte a los hombres libres en cómplices del mal.

Nosotros no nos podemos quedar en el simple hecho de denunciar, tenemos que ofrecer una salida. La justicia si no queremos que se convierta en venganza tiene que ir acompañada de la misericordia, y la misericordia sin justicia se vuelve complicidad. No estoy diciendo que se deba combatir desde el odio, sino desde la verdad. No hay que concentrarse en el castigo, sino en la transformación de las personas. Porque incluso el corrupto, si acepta y entiende el mal que provoca la corrupción, puede renacer.

No se trata de una cuestión ideológica el combatir la corrupción, se trata de una cuestión moral. Si no tenemos claro el problema de la corrupción no podremos impartir justicia pues sin querer aceptaremos que han tenido mala suerte y van a ser castigados, y sin una justicia real no podremos vivir en paz.

 Y donde exista una sociedad que se engañe a sí misma, la mentira terminará por llegar al poder y gobernará, y la persona se convertirá en instrumento, no en fin.

Cuando estamos rodeados de corrupción no podemos aparentar ni mirar hacia otra parte sino intentar convencer, restaurar la conciencia de las personas porque si no interiorizamos la verdad de la corrupción no podrá existir una ética posible. Si no somos capaces de educar en la responsabilidad y en la honestidad la ley será papel mojado, y es que la ley sin virtud está muerta.

No podemos resignarnos a vivir entre la trampa y el cinismo. No basta con no robar: hay que limpiar toda cultura que convierta el engaño en virtud. Si la sociedad en que vivimos huele a corrupción, tal vez sea porque los hemos dejado de defender nuestros principios.

La corrupción se tiene que combatir con ejemplos, no con publicidad. Dando testimonios, no con discursos. Teniendo la conciencia limpia, no pareciendo respetable. La persona corrupta piensa que todo tiene un precio, sin embargo, nosotros sabemos que lo esencial no se compra.

La corrupción destruirá no sólo las estructuras de nuestra sociedad, sino que además destruirá nuestra alma. Y cuando una sociedad pierde su alma, ya no necesita enemigos, caerá sola, desde dentro.

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