¡Buenos días!
Cada vez que se mira la cantidad de tecnología que nos rodea nos resulta fácil pensar que su uso es el medio por el cual vamos a poder controlar nuestra vida. Si utilizamos bien las herramientas que nos proporciona vamos a poder tomar el control de nuestro futuro. Cuanta más confianza pongamos en ella, mayor será nuestra capacidad para solucionar cualquier problema que se nos presente. Nuestra Fe está siendo reemplazada por la fe en el poder tecnológico que puede llevarnos a controlar el futuro.
No voy a cuestionar el poder que tiene la tecnología. Aquí no tengo dudas. Es más, parece que tenga el poder de hacer que el tiempo nos espere. Nos permite vivir más, retrasando la llegada de la muerte. Aunque hay que admitir, por ahora, que la muerte solo podemos retrasarla, no negarla, y que el tiempo puede esperar un rato, pero no mucho. Los verdaderos creyentes en el poder de la tecnología tienen fe en que la misma muerte algún día será vencida y que el hombre al final conseguirá la inmortalidad. La tecnología marca el comienzo de una era en la que el tiempo mismo tendrá que esperar interminablemente al hombre.
Pero, nada de lo anterior es nuevo. En el medievo los alquimistas ya buscaban el elixir de la vida y la piedra filosofal, estaban locos por descubrir maneras de controlar el poder de la muerte y convertir cualquier cosa en oro. Ahora son las farmacéuticas con la ayuda de la tecnología las que buscan el elixir de la vida. La clave es que cuanto más cambian las cosas, más iguales permanecen.
Hasta ahora, en el momento en que la tecnología a contado con un poder excesivo siempre a terminado usándose mal. De hecho, para quien tenga ojos para ver, el futuro ya parece escrito. El desarrollo de las armas de destrucción masiva nos lleva a ver un “progreso” en su fuerza y en su precisión. Las armas biológicas también han visto mejoradas su fuerza devastadora gracias y sobre todo por la tecnología.
Ya sé que nada de lo anterior va a romper la fe ciega de los tecnófilos “progresistas”, y es que no hay nadie más ciego que quien no quiere ver.
Mirar todos estos avances con tranquilidad, razonando sus consecuencias y sacando conclusiones de lo que el tiempo nos ha enseñado a través de la historia y la tradición nos debe llevar a aprender que ningún poder terrenal va a poder vencer a la muerte. Aprender que lo mejor es despegarnos de esa idea de que vamos a tener el control absoluto, sabiendo como sabemos que nuestras vidas mortales y cualquier poder que podamos tener son prestados. No somos dueños de nuestras vidas y tendremos que renunciar a ella cuando nuestro derecho a la vida termine. La muerte no va a ser engañada.
Sabemos que el tiempo y la muerte no esperan a nadie, que no vamos a poder detener el ciclo de las mareas, pero también conocemos el porqué del grito del rey Alfredo en la Balada del Caballo Blanco de Chesterton: “¡La marea alta!, ¡La marea alta y el cambio!”. Sabía que el tiempo y la marea no esperan a nadie, pero también sabía que la marea debía cambiar.
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