miércoles, 3 de diciembre de 2025

Día 143, del viaje a la maratón de Valencia. ¿Tenemos derecho a ser felices?

     Día 143, del viaje a la maratón de Valencia. ¿Tenemos derecho a ser felices?

¡Buenos días!



Estoy seguro de que he escrito muchas veces lo importante que es ser feliz y que buscar la felicidad es uno de los objetivos de nuestra vida, es una cuestión muy debatida, no solo como conseguirlo sino también si tenemos derecho o no a ser felices.

¿Tenemos derecho a ser felices?

No creo que sea necesario antes de seguir aclarar lo que quiere decir y lo que significa ser feliz. Pero lo voy a hacer, antes de meterme en el lio de si es o puede ser un derecho.

Para hacerlo rápido diré lo que dice el diccionario de la RAE sobre la felicidad: “Estado de grata satisfacción espiritual y física”. Mientras que en Wikipedia podemos leer: “La felicidad es una emoción compleja y multifacética que abarca una gama de sentimientos positivos, desde la satisfacción hasta la alegría intensa”. Pues bien, supongamos que todos estamos de acuerdo, que más o menos nos arreglamos con esas dos definiciones.

Y ahora retomemos la pregunta: ¿puede ser posible ese derecho? Si nuestra respuesta es afirmativa nos deberíamos de hacer otra: ¿Hasta dónde llega?

Mirando como se desenvuelve nuestra sociedad vemos que se recurre bastantes veces a ese derecho, en especial en lo que afecta a las relaciones de pareja. Tal vez sea porque pensamos que ahí nos estamos jugando una parte importante de nuestra felicidad, incluso a veces pensamos que nos la jugamos toda. Así de fuerte es el sentimiento de enamoramiento en las personas, y es verdad que muchas veces nos lo jugamos todo.

Cuando unas relaciones de pareja no funcionan bien muchas veces nos viene a la cabeza esa frase de: “Es que yo tengo derecho a mi felicidad” y nos alejamos. Pero ¿a cambio de qué?

Hay personas que, recurriendo a ese supuesto “derecho a la felicidad” se han alejado de verdad de la posibilidad de ser felices, ya que estaban en el sitio donde podían serlo y se han marchado a otro sitio para que les diesen ese “derecho”, en vez de insistir en fabricar o reconstruir su felicidad.

En el caso de las relaciones de pareja, ¿no puede ser posible que muchas veces llamemos felicidad a lo que solo es tener un buen estado de ánimo? ¿No puede ser que tal vez la felicidad en este caso se encuentre más en la fidelidad a ese amor?

Nos resulta muchas veces complicado tener claro a qué llamamos felicidad. Hay personas que piensan que se trata de un estado de ánimo y por eso la buscan en la euforia que les da una borrachera o la droga. Otras personas, se concentran en buscarla en ver satisfechos todos sus deseos y en este caso esto implica sentirse casi siempre tristes pues esa búsqueda se hace en un estado de insatisfacción. Una de mis teorías es que el motivo más extendido es el de creer que la felicidad se encuentra en sentirse querido, cuando debería de identificarse con el estar enamorado.

Se ve que hemos cambiado poco en el transcurso de los siglos pues ya Aristóteles, hace más de dos mil trescientos años, advirtió que la felicidad no era algo que pudiera buscarse directamente, esto es, algo que se lograra simplemente porque uno se lo propusiera como objetivo. La felicidad es más bien como un regalo colateral del que sólo disfrutan quienes ponen el centro de su vida fuera de sí.

Vista las muchas formas de perseguir y buscar la felicidad, me gusta pensar que, en vez de un derecho, la felicidad es un deber. Y es que creo que las personas tenemos el deber de hacer todo lo posible para hacer felices a los demás. Sabemos que todo derecho implica un deber, pero al contrario también funciona. El deber de hacer felices a los demás nos da la oportunidad de encontrar la felicidad.

Una de nuestras normas y tal vez la más importante en nuestra vida es que las personas sólo seremos verdaderamente felices dándonos a los demás.

La felicidad, puedo responder, no es un derecho, sino que es más bien resultado del cumplimiento, gustoso o dificultoso, del deber y aparece siempre en nuestras vidas como un regalo del todo inmerecido, como un premio a la entrega personal a los demás, en primer lugar, a todos los que nos rodean.

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