jueves, 12 de febrero de 2026

Aguantar

   


 

    Hay ocasiones en que las personas por culpa de los problemas que se nos van acumulando, al no poder encontrarles ninguna solución, nos cansamos de luchar y bajamos los brazos.

Ejemplos los encontramos, desgraciadamente, por todas partes. Oímos exclamaciones del tipo: ¡no aguanto más! Conociendo muchas veces las dificultades por las que está pasando esa persona, nos entristecemos, porque, como bien sabemos, algunos problemas no tienen solución y, quizá no de una manera violenta, pero sí realmente, aunque sea poco a poco, nos vamos consumiendo.

Estas situaciones encierran muchas veces la imposibilidad de poderlas analizar correctamente, pues, aunque lo sentimos sinceramente, de alguna manera estamos siendo engañados, nos engañamos al aceptar como verdades cosas que no lo son, ya que no vemos toda la verdad del asunto, o sea vemos medias verdades.  

En algunas ocasiones cuando llegamos a pronunciar el ¡no aguanto más! Estamos diciendo además que nuestra situación, que nuestro problema es único, que se trata de algo extraordinario, que no es normal, que nadie lo está padeciendo como yo y, por tanto, nadie puede aguantar lo que yo estoy aguantando y lo único que me queda por hacer es abandonar. Esto tiene parte de verdad en el sentido de que yo lo siento así, porque es muy humano que mis sufrimientos me parezcan mayores y más importantes que los de los demás.

Es necesario, sin embargo, ser consciente de que es una parte solo de la historia. Las personas nos parecemos mucho unos a otros y lo que me parece que me hace la vida imposible lo han sufrido ya cientos de personas antes que yo. Es algo normal y, en ese sentido, hay que procurar desmitificarlo en lugar de agobiarse por ello, como si fuera una catástrofe inaudita. Sí, duele y se sufre, a veces muchísimo, pero es que lo normal es que la vida duela y se sufra, y uno se agote. A fin de cuentas, si la vida es llevar a cuestas una cruz, nuestros problemas pueden ser esa cruz.

Es muy fácil que sea cierto que nuestras fuerzas no son suficientes para aguantar ese tipo de situaciones, pero es que nadie nos obliga a soportarlo solos. Cuando ya no nos queden fuerzas, a veces se tiene la posibilidad de apoyarse en alguien, en alguna persona muy cercana, familia, amigos, sin embargo, si esto no fuera posible por ser ellos parte del problema, siempre es posible, como cristianos, apoyarnos en Dios.

La vida es un don que se nos ha otorgado, que pierde una gran parte de su sentido si nos olvidamos de Dios. Si nos empeñamos en sobrellevar los problemas de la vida solamente con nuestras fuerzas, es casi seguro que lleguemos a un punto en que no podamos más, que nuestras fuerzas nos fallen y que nos desesperemos. En cambio, al darnos la vida, Dios se comprometió a ayudarnos y no creo que nos falle.

Otro aspecto que me viene ahora a la cabeza ante estas situaciones de agotamiento y de rendición es esa sensación de que todo va a seguir así durante meses o durante toda la vida. Como resulta normal, si tenemos esa sensación nuestra desesperanza aumentara exponencialmente. Sabemos que podríamos soportar una situación así durante un tiempo, pero no toda la vida.

¿Dónde está aquí nuestro error? Es lógico que no vayamos a soportar ese pensamiento de sufrir toda la vida, es normal, pues aún no se nos ha dado el amor que vamos a necesitar durante todos los días de nuestra vida. Se nos ha dado el amor que necesitamos para soportar nuestros sufrimientos para el día de hoy, para ahora. Por lo tanto, cuando miramos hacia el futuro, nos desesperamos, porque lo vemos sin ese amor que aún no tenemos y, es verdad, sin ese amor, sería algo insoportable.

Y ahora, me acuerdo de pasaje del maná que no se podía conservar para el día siguiente, sino que era necesario recogerlo cada mañana. Cada día había que recoger la comida, no había comida para una semana ni para un mes ni para toda la vida. Cada día recibimos el amor que necesitamos y que nos ayuda a soportar lo insoportable. Los cristianos lo recordamos cada vez que pedimos en el padrenuestro danos hoy nuestro pan de cada día, lo que estamos pidiendo, entre otras muchas cosas, es la gracia que necesitamos en el día para poder cumplir con nuestros deberes. El futuro lo dejamos en manos de Dios.

Todo lo anterior está muy bien, sin embargo, parece dar a entender que debemos soportar ese problema o ese dolor. Soportando y aguantando a los que nos lo producen, pero en verdad no es del todo cierto que así sea, porque si lo pensamos un poco nos daremos cuenta de que nadie nos dice que debemos soportar, sino amar. Y este matiz es muy importante pues nos hace ver la situación desde otro punto de vista.

A primera vista podéis pensar que según vais leyendo, las cosas se complican cada vez más, que estoy complicando y poniendo el tema más difícil. Y sí, tenéis razón, pero esta es la base de nuestra creencia: “amaras a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”.

Si nuestro objetivo fuese simplemente “aguantar” cada problema que no pudiésemos solucionar con los demás, aunque lo consiguiésemos el resultado sería triste y penoso. En cambio, si amamos a través de los problemas, sufrimientos y las dificultades, encontraremos en ese amor la alegría de la vida.

En fin, ese “no aguanto más” no tiene porque ser angustia y una gran desesperanza. No lo es.

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