Con toda la información que nos llega todos los días sobre la Inteligencia Artificial hay un detalle que me gustaría subrayar. Al menos desde mi punto de vista veo que se empieza a tratar a la persona como si fuera un ordenador complejo y a la máquina como si se tratara de un ser humano simple.
A esto le sigue el ver cómo una máquina ya
supera nuestra capacidad de cálculo y en la solución de problemas, y nos lleva inevitablemente
a pensar y a considerar a nuestro cerebro como algo ya atrasado. Lo que pienso
que hay que entender es si existe una diferencia entre la inteligencia del
hombre y la máquina, y cuál sería.
Para mí la diferencia que más me llama la
atención es nuestra capacidad de desear, no que
deseemos algo en concreto sino de que nosotros mismos deseamos. Como una fuerza
que nos supera y que no procede ni de un algoritmo ni de una serie de
necesidades biológicas. El hombre no es solamente un organismo que “funciona”
como una máquina, que reacciona a un golpe de tecla con una respuesta: la
persona es un ser que siempre esta deseando, a veces sin saber por qué, que se
relaciona con lo que le rodea convirtiendo su vida en una búsqueda de sentido. Esto
nos hace imprevisibles y a preguntarnos constantemente el significado de
nuestras acciones, algo que difícilmente una inteligencia artificial podría
hacerse espontáneamente.
Esa necesidad de indagar, de preguntarse, es
lo que está desapareciendo. Nos hacemos solamente preguntas de taller de reparaciones,
de revisión mecánica. ¿Funciono bien?
¿Avanzo? ¿Estoy dando rendimiento? La vida la hemos convertido en una revisión
constante de nuestro rendimiento, más que convertirnos en actores principales
de nuestras experiencias. Ese control de nuestro propio rendimiento nos evita
el problema de encontrar el sentido a todo lo que hacemos y lo reducimos todo a
una revisión técnica de uno mismo. Como si de una máquina se tratará, si algo
no funciona, se repara. Si funciona, seguimos. Nuestra vida como un electrodoméstico.
Sin embargo, esa forma de vivir tiene problemas,
ataca a nuestro espacio interior, ese lugar donde se forman las preguntas, las
dudas, esos deseos que no son rápida ni necesariamente productivos desde el
punto de vista material. Ya no nos permite darle “tiempo al tiempo”. Se busca
rápidamente lo que es “útil”, sacrificando nuestra posibilidad de buscar,
explorar, fracasar y perder el tiempo: cosas que son fundamentales para
conseguir ser alguien y no solo algo.
Hay una presión constante a nuestro alrededor
para que funcionemos, produzcamos y que calculemos cada acción según criterios
de productividad, que muchas veces nos son externos. En esta situación, la
necesidad de buscar, de descubrir, se mira como un defecto que hay que corregir,
cuando es justamente lo que distingue a las personas.
¿La solución? Recuperar el tiempo de la vida y
del pensamiento. Y hay que hacerlo educando y no adiestrando, una educación que
nos de espacio para la complejidad, el conflicto y la lentitud. No un
adiestramiento de competencias sino un lugar donde pueda aparecer la
singularidad del ser, eso que ninguna maquina puede imitar por brillante que
sea.
Una
educación que no forme simplemente individuos que salgan rentables sino seres
capaces de desear y por tanto de existir. Ahora mismo, cuando la IA nos la encontramos
por todas partes, recordar que la vida es imprevisible puede sonar a vulgar y fuera
de lugar. Pero tal vez sea este el cambio que necesitamos. El futuro de la
persona, de lo humano, no se encuentra en la eficiencia sino en algo que esta más
allá, que la sobrepasa: la imprevisibilidad, el deseo y el conocimiento de que
no es necesario funcionar perfectamente para vivir una vida plena. Una
imperfección que, curiosamente, es nuestra mayor fuerza.
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