sábado, 7 de febrero de 2026

El hombre y la máquina.

 


    Con toda la información que nos llega todos los días sobre la Inteligencia Artificial hay un detalle que me gustaría subrayar. Al menos desde mi punto de vista veo que se empieza a tratar a la persona como si fuera un ordenador complejo y a la máquina como si se tratara de un ser humano simple.

A esto le sigue el ver cómo una máquina ya supera nuestra capacidad de cálculo y en la solución de problemas, y nos lleva inevitablemente a pensar y a considerar a nuestro cerebro como algo ya atrasado. Lo que pienso que hay que entender es si existe una diferencia entre la inteligencia del hombre y la máquina, y cuál sería.

Para mí la diferencia que más me llama la atención es nuestra capacidad de desear, no que deseemos algo en concreto sino de que nosotros mismos deseamos. Como una fuerza que nos supera y que no procede ni de un algoritmo ni de una serie de necesidades biológicas. El hombre no es solamente un organismo que “funciona” como una máquina, que reacciona a un golpe de tecla con una respuesta: la persona es un ser que siempre esta deseando, a veces sin saber por qué, que se relaciona con lo que le rodea convirtiendo su vida en una búsqueda de sentido. Esto nos hace imprevisibles y a preguntarnos constantemente el significado de nuestras acciones, algo que difícilmente una inteligencia artificial podría hacerse espontáneamente.

Esa necesidad de indagar, de preguntarse, es lo que está desapareciendo. Nos hacemos solamente preguntas de taller de reparaciones, de revisión mecánica. ¿Funciono bien? ¿Avanzo? ¿Estoy dando rendimiento? La vida la hemos convertido en una revisión constante de nuestro rendimiento, más que convertirnos en actores principales de nuestras experiencias. Ese control de nuestro propio rendimiento nos evita el problema de encontrar el sentido a todo lo que hacemos y lo reducimos todo a una revisión técnica de uno mismo. Como si de una máquina se tratará, si algo no funciona, se repara. Si funciona, seguimos. Nuestra vida como un electrodoméstico.

Sin embargo, esa forma de vivir tiene problemas, ataca a nuestro espacio interior, ese lugar donde se forman las preguntas, las dudas, esos deseos que no son rápida ni necesariamente productivos desde el punto de vista material. Ya no nos permite darle “tiempo al tiempo”. Se busca rápidamente lo que es “útil”, sacrificando nuestra posibilidad de buscar, explorar, fracasar y perder el tiempo: cosas que son fundamentales para conseguir ser alguien y no solo algo.

Hay una presión constante a nuestro alrededor para que funcionemos, produzcamos y que calculemos cada acción según criterios de productividad, que muchas veces nos son externos. En esta situación, la necesidad de buscar, de descubrir, se mira como un defecto que hay que corregir, cuando es justamente lo que distingue a las personas.

¿La solución? Recuperar el tiempo de la vida y del pensamiento. Y hay que hacerlo educando y no adiestrando, una educación que nos de espacio para la complejidad, el conflicto y la lentitud. No un adiestramiento de competencias sino un lugar donde pueda aparecer la singularidad del ser, eso que ninguna maquina puede imitar por brillante que sea.

 Una educación que no forme simplemente individuos que salgan rentables sino seres capaces de desear y por tanto de existir. Ahora mismo, cuando la IA nos la encontramos por todas partes, recordar que la vida es imprevisible puede sonar a vulgar y fuera de lugar. Pero tal vez sea este el cambio que necesitamos. El futuro de la persona, de lo humano, no se encuentra en la eficiencia sino en algo que esta más allá, que la sobrepasa: la imprevisibilidad, el deseo y el conocimiento de que no es necesario funcionar perfectamente para vivir una vida plena. Una imperfección que, curiosamente, es nuestra mayor fuerza.

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