Día 137, del viaje a la maratón de Valencia. Los medios no justifican el fin.
¡Buenos días!
Estaba pensando que existe una regla que todos tenemos admitida, al
menos en nuestro entorno. Un viejo principio que aplicamos a nuestra conducta: el
fin no justifica los medios. Además, para ser justo, debería de añadir otro
principio, tan acertado como el anterior y mucho más simple: los medios no
justifican el fin.
Digo todo lo anterior al ver que muchas personas piensan que cualquier
opción política, solo por el hecho de ser reconocida como democrática, es desde
ese instante admisible y lícita para un ciudadano. También veo que mucha gente considera
que toda nueva normativa, con tal de que sea establecida por un procedimiento
legal democrático, resulta también moralmente lícita y puede seguirse con la
conciencia tranquila. Sin embargo, no creo que las cosas sean exactamente así.
Si volvemos, una vez más, sobre el concepto de la democracia veremos
que se trata sobre todo de un método, un procedimiento, en el que establecemos
unas reglas de juego para que nos sirvan para movernos en la vida pública que,
si se siguen lealmente, nos van a producir muchos beneficios: eliminan movimientos
violentos en política y garantizan que las alternativas entre varias opciones
que con el tiempo pueden ir apareciendo no terminen nunca en un camino sin
retorno. Sin embargo, la democracia, como medio, no justifica los fines que por
ella se alcancen, porque no es una lavadora que limpia y desinfecta todo lo que
toca. Un mal, como, por ejemplo, el aborto, establecido por un procedimiento
democrático, no por eso deja de ser mal y para mi seguirá siendo siempre
moralmente ilícito; y hay opciones políticas que una legalidad democrática
puede reconocer y que son absolutamente incompatibles con mi forma de entender
el país.
La democracia, en suma, no me dispensa del deber de ejercitar mi
facultad de discernimiento, que es arte de distinguir entre el bien y el mal y
de acertar con el camino recto.
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