Día 136, del viaje a la maratón de Valencia. ¿Adónde nos conducirá todo esto?
¡Buenos días!
Ayer por la tarde me acordé de un artículo de prensa que escribió
Chesterton allá por el año 1916 en el que hablando de los políticos de su
tiempo decía lo siguiente: “No siempre podemos decir cuando nuestros gobernantes están contradiciendo
los hechos, pero sí podemos decir cuando están contradiciéndose a sí mismos”
Parece ser que, con el paso de las décadas, al menos en nuestro
entorno, las personas hemos perdido la facultad de analizar lo que hacen y
porqué hacen lo que hacen nuestros políticos. Y es que se contradicen
constantemente y aquí no pasa nada, nos engañan, nos mienten y da la impresión
de que estemos anestesiados.
No creo que seamos indiferentes ante lo que estamos pasando, sino de
que estamos huérfanos de ciudadanía: vemos que se nos está destruyendo el
entramado democrático y a la vez tenemos un sentimiento de impotencia ante
ello. Nos preguntamos: “¿Qué puedo hacer?”. Cuando no encontramos liderazgos
morales, ni estructuras organizadas que encaucen nuestro descontento, nuestra
indignación termina por disolverse en el desencanto y el silencio. Nuestra
pasividad ante todo lo que nos está sucediendo no tiene porque ser resignación,
tengo la impresión de que se trata más de puro desamparo.
Se puede observar como la imagen que nos dan nuestras instituciones no
es solo un relato de lo que hacen y deben de hacer, sino una historia
construida para conectar emocionalmente con su público y que en la mayoría de
las ocasiones está vacía de contenido. Nuestra democracia permanece en sus
formas pues su estructura legal se sostiene, pero tiene una cáscara muy fina. La
esencia misma del sistema ha sido corrompida. No porque hayamos sufrido un
golpe de Estado que la haya derrocado, sino porque lentamente, paso a paso, ha
sido minada desde dentro, bajo el paraguas de una legalidad manipulada por
personas siempre dispuestas a mancharse con el polvo del camino, y de una propaganda
llena de engaños y falsedades.
Nuestro actual gobierno es un claro ejemplo: mintió para llegar al
poder, una mentira calculada, una estafa electoral y sigue mintiendo incluso
cuando balbucea excusas, porque la mentira es más que un recurso político. No
gobierna: es el símbolo de la división, el improperio y la confrontación; donde
había que levantar puentes que condujeran al diálogo y el entendimiento, alzó
el muro de la marginación; sustituyó la palabra por la afrenta y la mano
tendida por el puño de la calumnia. Pregonó miel y nos vendió hiel. Prometió
regeneración democrática, y nos hundió en el lodazal de la inmoralidad. La
corrupción ya no es un accidente del sistema es el ADN de todo nuestro sistema
político.
Y no se dan explicaciones o se asumen responsabilidades, sino que se
parapetan en el viejo recurso de buscar el enemigo externo: todo es un complot,
un montaje, una cacería. Nos dicen que solo ellos, el gobierno, dice la verdad.
Qué sólo el gobierno es el ejemplo vivo de la integridad y la honradez.
Y ahora, debemos preguntarnos, con urgencia y eufemismos: si seguimos así,
¿adónde nos conducirá todo esto?
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