Día 134, del viaje a la maratón de Valencia. Nuestra "casa".
¡¡¡Muy buenos días!!!
Entre las muchas particularidades que tenemos los hombres, una es la de
que todos nacemos como originales. Y por eso es una lástima que no lo aprovechemos,
dedicándonos solamente a ser unas copias.
Si por el motivo que sea una persona no quiere o no puede utilizar uno
de sus cinco sentidos como puede ser por ejemplo el oído, en un primer momento
la podemos considerar “rara” o posiblemente enferma; pero si no quiere usar su
entendimiento para pensar, ni su voluntad para decidir, ya casi no somos
conscientes de su anomalía, porque nos hemos habituado a no utilizar nuestras
mejores posibilidades para vivir, y es que ya no nos damos cuenta de que no utilizamos
nuestra libertad.
La verdad es que no debemos convertirnos en un “robot” fabricado solo para
realizar una serie de actividades de la misma manera y forma. A veces, nos
conviene acordarnos de cuando éramos niños y todo lo que nos encontrábamos era
una novedad y descubríamos el desafío que resultaba cada situación nueva. El
mundo será lo que nosotros hagamos de él y nuestra vida es lo que hacemos de
ella.
Nuestra sociedad posee numerosas “cadenas” que nos tienen atrapados. Lo
comprobamos con la uniformidad de las costumbres y la tiranía que ejercen las
masas. Tendemos buscar la igualdad, a ser iguales a los demás. Cantamos al
unísono las mismas canciones, nos vestimos con la misma ropa, recurrimos a los
mismos argumentos prefabricados, utilizamos las mismas palabras y los mismos
gestos.
Nos encontramos con personas que no se dan cuenta de esas conexiones.
Se acomodan al criterio general que les parece indiscutible. Sin embargo, lo
que sienten, piensan o dicen no es suyo; son las ideas, pensamientos y frases
hechas que leen en los periódicos y revistas, en la televisión y cada vez más
en las redes sociales. En el momento en que alguien comienza a actuar por
cuenta propia y a pensar una opción divergente de la que esta aceptada
simplemente se le rechaza.
A pesar de todo somos libres, a pesar de las circunstancias adversas
que nos pueden rodear e influir. Y no sólo tenemos el derecho, sino también el
deber de ejercer nuestra libertad.
Justamente en estos días es
más necesario que nunca que tomemos conciencia de la gran riqueza de nuestra
vida y busquemos caminos para llegar a ser «más» hombres.
Con los años nos vamos dando cuenta de que poseemos en nuestro interior
un lugar, un espacio, que de alguna manera se encuentra solo a nuestra disposición.
Nos damos cuenta de que, esencialmente, no depende de nadie, no depende de los
medios de comunicación ni de la opinión pública. Nos damos cuenta de que se
trata de un espacio en el que nos encontramos solos con nosotros mismos, donde
realmente somos libres. Nos hemos dado cuenta entonces de que tenemos un mundo
interior, poseemos nuestra propia intimidad.
Y es que ese espacio íntimo sólo lo conocemos nosotros. Podemos entrar
en él, y ahí nadie puede capturarnos.
En ese lugar, es fácil darse cuenta de lo innecesario e incluso
ridículo que es buscar la aprobación de los demás, no dependemos de las alabanzas
ni de los gestos de la confirmación que nos puedan dar o no.
La persona es más de lo que vive en el exterior. Existe un espacio en
nosotros al que no tiene acceso nadie más. Es nuestra “casa”, un lugar de
quietud y silencio. Hasta que no lo localicemos vamos a vivir de una manera
superficial y confusa, buscando consuelo en el mundo exterior, donde no lo hay.
La persona es libre, cuando vive en su propia casa. Un problema que por
desgracia tiene nuestra sociedad es que hay demasiadas personas que no han
descubierto su casa interior, sino que siempre viven en la de los otros. No
saben ir a descansar a su intimidad.
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