Día 135, del viaje a la maratón de Valencia. Nuestros ancestros.
¡Buenos días!
Hace un momento he repasado lo que escribí ayer y me he dado cuenta de
que si bien somos originales también de alguna manera somos muy poco originales.
Y es que en realidad ninguno de nosotros ha surgido de la nada. O sea, antes de
que pueda decir yo y que se forme eso tan impreciso que llamo mi identidad, la
casi totalidad de mi ser se me ha entregado.
O sea, que, si quisiera ser
justo, lo primero que tendría que hacer es dar las gracias, la primera palabra
que tendría que pronunciar, sería gracias.
Para que yo esté vivo, para que exista, han tenido y tienen que existir
otras muchas personas. Si observamos, nos daremos cuenta de que nuestra vida es
un amplio entramado de lazos, de conexiones, que detrás de cada característica que
nos parece única hay una red de interconexiones, por lo que si vemos el simple
aspecto o apariencia de una persona no vemos nada. Cualquier vida, cualquier sustancia,
si se descompone, nos mostrará un entramado solidario.
Si miramos un árbol y lo observamos con una visión profunda, nos
daremos cuenta de que está formado por elementos que no son el árbol: el sol,
la lluvia, los minerales. El árbol no podría estar de pie en un bosque sin
todos esos elementos que no son él y le han dado la vida. El árbol, entonces no
puede considerarse como una identidad separada. A nosotros nos pasa igual. Nuestro
cuerpo, sin ir más lejos, es el resultado de una asombrosa cooperación de vidas
invisibles para el ojo.
Esta mañana pensaba también que al ver con qué dificultad va acostumbrándose una persona a la ausencia de un ser querido, en adelante, cada
vez que la vea, ya no la veré del mismo modo. O, mejor dicho: ya no la veré
solo a ella. Veré a su ser querido con ella, vivo en una trasparencia que cubre
todas sus expresiones. Esa sensación de frío que puede reconocerse en quien ha
sido visitado por la muerte de un ser querido. Seguramente, no puedo saberlo,
su ser querido viva también en la mirada, en la risa, en la manera de sentarse.
Una resurrección poco espectacular, menos épica, más discreta, si se quiere,
pero no por eso deja de ser milagrosa. Es hermoso el hecho de que llevemos
acuestas a nuestros ancestros en nuestra manera de habitar en el día a día.
Así, me pregunto en esta mañana cuántas personas han existido antes que
yo para que esta persona que soy ahora tenga unos gestos, unos movimientos de
una forma determinada, única, como solo yo gesticulo. Cuántas personas han
hecho falta para definir mi tos, una tos que puede parecer mía, pero que es uno
de los muchos regalos que he recibido desde el día de mi nacimiento. Y cuánto
de mí se puede perpetuar en mis hijos. Y cuánto de mis hijos en mis nietos.
Cuando me encuentro con alguien, entonces, debería de ser consciente de
que no estoy solo frente a una persona, la que me habla y me escucha. En esa
persona hay una multitud invisible. Nada se extingue nunca y nadie desaparece
con la muerte. La vida encuentra modos de perpetuarse, no se interrumpe. Hay
una continuidad en todo lo que nos rodea, de la que somos parte. Y es
maravilloso haber nacido, y ser partícipe de este movimiento bien orquestado al
que llamamos realidad.
Ahora, dentro de un momento, cuando mire conmovido la salida del sol,
se que mis ancestros se asoman a mis ojos para mirar tanta belleza.
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