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domingo, 23 de julio de 2023

Sisargas - Oleiros. 17/07/23

     "Nuestra perfección no consiste en hacer cosas extraordinarias sino en hacer perfecto lo ordinario” – Gabriel de la Dolorosa.

Sisargas --- Oleiros.

Distancia: 53,35 km. Media: 13,39 km/h. Altura: 678 m.

Hoy he conseguido dejar atrás a La Coruña, he seguido con mi plan de no cruzar, si es posible, ninguna ciudad grande, así que la he rodeado. Ya se que de esta forma me dejo muchas cosas interesantes por ver, pero ya lo habré comentado en alguna ocasión, el objetivo es el perímetro de la península Ibérica por la costa y las visitas turísticas las dejo para otra ocasión.

Cruzar una gran ciudad siempre me parece complicado, los semáforos, los pasos de peatones y sobre todo las veces en las que me pierdo son principalmente los motivos por lo que las evito, más que el trafico con el que me pueda encontrar pues me muevo con facilidad rodeado de automóviles.

No se trata del miedo al trafico ni a las aglomeraciones que se dan en todas las grandes ciudades, supongo, pues muchas veces las personas nos negamos a reconocer que tenemos miedo, es como si tuviéramos miedo a tener miedo. Es el miedo al miedo. Tengo miedo a muchas cosas sin embargo un miedo que muchas veces no detecto es el de negarme a aceptar que lo tengo.

Por mucho que me anime diciéndome que no tengo miedo, que no hay que tener miedo, que no voy a tener miedos eso es mentira. Y es verdad, claro que tengo miedo. Tengo miedo a no haber discernido bien el viaje que estoy realizando, a que no lo pueda finalizar, a que me fallen las fuerzas, a que mi salud no resista tantos días y kilómetros. Tengo miedo, y no pasa nada, el miedo es humano. El miedo me ayuda a buscar seguridad. El miedo me mueve a ser más objetivo en mis intuiciones. Es el miedo el que me impulsa a vencer el miedo.

Sin embargo, ¿pueden los cicloturistas tener miedos al viajar? ¿No es eso dudar de uno mismo? En no pocas ocasiones he convertido un viaje en un mito bucólico de un héroe que lo logra alcanzar su objetivo convirtiéndose en el más feliz del mundo. Esto se me cuela más veces de lo que pienso y estoy seguro de que me hace bastante daño, pues me convierte en una persona con pies de barro. Ciertamente, hablar de héroes para referirme a los ciclo-viajeros, más allá del recurso literario, es notablemente peligroso.

Un héroe es valiente, aguerrido, no duda, y por supuesto no tiene miedo. ¿Por qué no me permito tener miedo? ¿No me estaré exigiendo una perfección poco realista?

Todos tenemos miedo, eso no nos puede asustar. Cada uno tenemos nuestros miedos concretos. Nadie nos dijo que no podamos tener miedo. Miremos con valentía nuestro miedo, así podremos superarlo.

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domingo, 14 de agosto de 2022

09/08/22. Martes. Au an der Danau --- Melk.

 “Nuestra perfección no consiste en hacer cosas extraordinarias sino en hacer perfecto lo ordinario” – San Gabriel de la Dolorosa.

09/08/22. Martes.

Au an der Danau --- Melk.

Distancia: 88 km. Velocidad media: 15’04 km/h. Altura subida: 258 metros.

Ya con todos los problemas de la bicicleta solucionados hemos realizado una etapa en la que la tranquilidad ha sido la tónica dominante.

Hemos estado en la abadía de Melk, aunque no la hemos podido visitar ya que hemos llegado tarde, y ya estaba cerrada. Pero da igual, ha sido un día de los que se podrían denominar como de ciclo turismo serio. Se suele pensar, creo yo que equivocadamente, que “serio” es lo contrario de “divertido”, cuando lo contrario de “divertido” es “aburrido” y nada más.

He sido un día de ciclo-viaje real, con los suficientes kilómetros para poder disfrutar de la bicicleta, también ha sido de verdadero ciclo-turismo pues en todo momento la bicicleta ha sido la verdadera protagonista, y porqué no, también sincero pues ha transcurrido según nuestra forma de entender un viaje sin nada más. Por eso aunque ha sido una etapa seria también lo ha sido divertida.

 Y, sin un motivo claro, sin una relación aparente y como suelen a veces suceder estas cosas me ha llegado a la mente una canción bastante vieja, es de Supertramp: Canción lógica. La historia es muy sencilla: de adolescente lo ves todo estupendo, la vida es mágica. Luego te envían a estudiar, a la universidad supongo, con la intención de hacerte sensato, responsable, lógico. Y el resultado es que uno pierde la ilusión por vivir, porque al someterte al sistema descubres que eres respetable, aceptable…¡un vegetal! Como es una canción se puede permitir exagerar, pero creo que todos experimentamos algo parecido a medida que pasa el tiempo y nos vamos transformando en ese extraño sujeto que llamamos “adulto”.

Parece como si ser serio supusiera parecerse a un vegetal, algo así como si a medida que nos integramos en la vida social se nos invitara a sentir, o a padecer, lo justo para no desentonar. Nuestra vida rutinaria, lo cotidiano, lo de todos los días, se encarga de que efectivamente, nos vayamos domesticando. Y entonces, como no somos vegetales, hay que buscar momentos, personas, actividades que nos permitan sentirnos vivos. O así lo interpretamos. Y entonces reaccionamos y nos sentimos en la necesidad de salirnos del carril, excedernos, desparramar. Consideramos que lo normal es tan aburrido que no puede ser normal. Los excesos nos resultan tan deslumbrantes que tampoco pueden ser normales. Resulta que el punto en común de esta normalidad o de estos excesos es que todo empieza y termina en nosotros.

 Y ese es el principal problema. Mejor dicho, el problema. Nunca podremos sentirnos vivos y encontrar las cosas divertidas si solo estamos pendientes de nuestros sentimientos, de nuestras sensaciones. De nuestro ombligo. Para saber qué somos, o quienes somos, necesitamos a otros, aunque sólo sea para preguntárselo. Para saber si somos normales necesitamos levantar la vista y mirar a nuestro alrededor.

Puestos a sentirnos vivos, profundamente vivos, se me ocurre otra línea de excesos. Se me ocurre que hay que compartir todo lo que nos ha resultado interesente, mostrarlo, y aunque la abadía estaba cerrada, no pasa nada, otra vez será. Hay que decir que vale la pena subir y verla, aunque solo fuese por la ilusión de visitar un lugar tan emblemático para el cristianismo, que las vistas que desde ella se ven del Danubio merecen ser vistas, que Melk es un bonito pueblo para visitar y pasar la tarde, y que sin duda se puede volver para ver lo que no hemos visto pero hemos adivinado.

En fin un día muy serio el de hoy.

Buenos días.

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martes, 26 de abril de 2022

Nordkapp: día 20. 21/04/22. Vallabregues - Mondragon.


 “Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton)

 Nordkapp: día 20. 21/04/22.

Vallabregues - Mondragon.

 Distancia hoy: 70 km. Velocidad media: 13,63 km/h.

Primer día dentro de la Via- Rhona, y nada en contra de como esta montado este carril bici que recorre todo el Ródano, desde su nacimiento hasta su desembocadura.

Bien señalizado y muy bien asfaltado y donde no hay asfalto hay una especie de tierra muy compacta por la que se circula perfectamente.

Tengo  que decir que el Ródano me parece enorme y sus orillas perfectamente protegidas por castillos y murallas de todo tipo y clase.

La vista que se tiene de Aviñón desde lejos, al menos por donde entra la Euro velo 17, que es como se denomina también, impresiona, merece la pena un recorrido con más tranquilidad, hay mucho que ver.

Como es mi costumbre en las ciudades grandes con muchos semáforos y pasos de cebra me despisto y pierdo la Euro-velo, en fin es como una marca, me lio.

Como se dice en el Señor de los Anillos: “Ni todo lo que es oro reluce ni todos los que vagan están perdidos”, pues eso vague mucho por Aviñón hasta que por fin volví al carril bici.

Buenas tardes.

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miércoles, 28 de julio de 2021

Etapa: Rieux-Volvestre - Touluse.

 “Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton)

 Buena etapa la de hoy, corta en kilómetros, aunque hay que decir que cruzar una gran ciudad siempre resulta complicado, lo fue Valencia y lo ha sido hoy con Touluse.

Tengo que decir que el unico problema ha sido el trafico pero con el Bikemaps no me he perdido y me ha llevado de carril bici en carril bici, allí donde los había, que ha sido en la mayoria de las calles.

Me gusta este mapa, ya que me entra en la ciudad por carreteras comarcales, es fácil que no sea el recorrido más corto pero si el más cómodo para la bicicleta.

Como suponía ayer, he tenido que esperar a que el sol terminase el trabajo que no realizo ayer, por eso no he salido temprano, normalmente suelo empezar a pedalear alrededor de las 09:00 horas, en cambio hoy lo he hecho a las 10:30 horas, la etapa era corta y el tiempo amenaza lluvia para la noche, así que tenia que secar por la mañana.

He tenido, como todos los días, tiempo para pensar mientras pedaleo y voy mirando el paisaje que va pasando lentamente, como debe ser, paladeando cada pedalada.

Hoy he llegado a una curiosa conclusión, pero puede ser que también acertada, la relación que puede existir o existe entre el amor y el viaje.

La cuestión era que si conozco el mundo del ciclo-viaje, significa que éste ha entrado de alguna manera en mi mente; el ciclo-viaje sigue estando donde estaba, ha entrado una imagen suya en mí interior, una imagen podríamos decir solo intelectual.

Muy bien, en cambio, si yo me pregunto, ¿amo el ciclo-viaje? Si la respuesta es:¡Sí! Que lo es. Esto quiere decir que esa imagen que tengo en mi interior me empuja desde dentro y me moverá casi como si me llevara, me hará caminar con el alma hacia la bicicleta que está fuera de mi.

Resumiendo: conocer no es lo mismo que amar, amar significa viajar, correr con el corazón hacia lo que amamos.

Conocer es leer, ver, informarse de lo que es el ciclo-viaje. Amarlo es correr, volar y disfrutar encima de una bicicleta.

Como veis, pensamientos muy raros los que a veces nos vienen a la cabeza mientras pedaleamos, tengo que decir en mi defensa que hoy a sido el primer día de sol en días.

Buenas Noches.

sábado, 22 de agosto de 2020

Enfado

  “Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton).


Parece ser que tenemos el covid-19 descontrolado, y si Fernando Simón que es el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias nos dice que en algunos puntos la epidemia está fuera de control no me queda más remedio que preocuparme y enfadarme.

Estoy enfadado. Mucho. Y normalmente en esta situación se desaconseja hacer nada que puede repercutir en otras personas, como escribir algo sobre el tema. Por eso no voy a quejarme de los “rebotes” y sus motivos, aunque tengo que decir que según voy escribiendo estas líneas me doy cuenta de que tengo motivos más que suficientes y mi enfado va en aumento. Me contendré y me aliviare escribiendo un poco sobre el enfado, ahora que lo estoy.

Voy a recurrir a esta frase: "Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo", describe perfectamente lo que quiero decir, por supuesto la frase no es mía sino de Aristóteles en su Ética a Nicómaco.

Es complicado centrar todo el tema del enfado, que tengo por culpa de covid-19 y del hecho de enfadarse y, una vez más, es mucho más fácil escribir sobre algo que poner en práctica lo que se dice.

Para controlar cualquier tipo de emociones, y enfadarse es una de ellas, es fundamental conocerse, es decir, tener la capacidad de reconocer ese sentimiento en el mismo momento que aparece, si no lo reconocemos vamos a estar a su merced hasta que nos demos cuenta. Es por eso conveniente saber qué personas y qué situaciones nos producen sentimientos de entusiasmo, ansiedad, tristeza, alegría, etc. Por lo que se refiere al enfado, si sabemos que acudir a cierto lugar, leer algunas noticias, oír ciertos comentarios de algunas personas van a alterar negativamente nuestro estado ánimo, es ya tener mucho camino andado para controlarnos.

Pero claro, tenemos que controlar nuestras emociones una vez que las detectamos y para eso nos resulta de mucha utilidad tener una conciencia de uno mismo, si sabemos lo que queremos en esta vida y a donde la dirigimos, si sabemos lo que somos y porqué lo somos vamos a poder controlar esos sentimientos y adecuarlos en cada momento.

Enfadarse a fin de cuentas no vale la pena, pues tiene la particularidad que suele producir una conversación con nosotros mismos que nos va dando argumentos justificados para descargarlos sobre alguien. No es lo mismo, por ejemplo, de lo que ocurre con la melancolía, el enfado nos da energía y euforia para lanzarlo sobre los demás, sobre todo, si somos de sangre caliente.  

Esa conversación con uno mismo que nos va cargando de energía negativa hay que procurar desactivarla y encuadrarla en una situación más positiva, pues de lo contrario, es fácil que se enlacen sucesiva y exponencialmente enfado, rabia, ansiedad, estrés, violencia... O sea, de mal en peor. Esto es lo que ocurriría si descargo todo mi enfado sobre el control de la pandemia en estas líneas y los que las lean pueden sufrir sus efectos negativos.

A veces, no siempre, conviene distanciarse física o, al menos, mentalmente de la causa de nuestro enfado, así que voy a recurrir a esa sencilla receta que se suele utilizar cuando no controlamos muy bien nuestros sentimientos que es dar un paseo para enfriar nuestro ánimo y, eso es lo que voy a hacer, me voy a dar un paseo con la bicicleta.

Buenos Días.

domingo, 9 de agosto de 2020

¿Cómo quiero vivir ahora?

  “Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton).


Cada vez que miro el blog y me detengo en los tres proyectos que me había propuesto para este año, y de los cuales solo podré realizar ya uno si el covid-19 me lo permite, me doy cuenta de la cantidad de cosas que no llego a realizar. Es verdad que el viaje a Nordkapp lo he trasladado al año que viene, y que “si Dios quiere” lo volveré a intentar, pero cada vez con más asiduidad me doy cuenta de que voy a dejar cosas inacabadas en mi vida.

En estos días de cuarentena he tenido tiempo para comprobar de que, en realidad, siempre tengo algo que hacer, alguna cosa que realizar y que por lo tanto nunca tengo todo acabado. Y cuando mi vida se vea interrumpida por la muerte, según parece voy a dejar cosas por terminar. Supongo que no me sucederá solo a mí, y que la mayoría de nosotros no completaremos nuestras vidas, se nos ha acabara el tiempo y por eso hacemos nuestras listas, ya sea consciente o inconscientemente, de las cosas que aún queremos ver, hacer y acabar antes de morir.

Si miramos ahora mismo esa lista, probablemente, la mayoría de nosotros coincidiremos en las principales: Queremos ver a los hijos crecer. Queremos acompañar a los nietos. Queremos acabar esto que estamos haciendo. Queremos llegar a nuestro 80º cumpleaños. Queremos reconciliarnos con las personas que nos rodean.

Más allá de estas cosas más importantes en las que más o menos muchos coincidimos, tenemos cada uno otra lista de cosas que no hemos realizado porque tal vez estuvimos demasiado ocupados, preocupados o económicamente no podíamos y donde añadimos las cosas nuevas que nos gustaría realizar. En esta lista es donde se encuentran los lugares que nos gustaría visitar, los viajes que nos agradaría hacer y los pequeños placeres que probaríamos.

Si nos gusta mirar esas listas en las que hemos escrito todo lo que está inacabado en nuestras vidas, existe el peligro de olvidarnos de lo que realmente sucede en nuestras vidas y de lo que estamos haciendo en este momento. Por eso, tal vez, una pregunta para hacernos podría ser: ¿Cómo quiero vivir ahora para estar preparado para morir cuando me llegue la hora?

La respuesta no es fácil y además es larga. No es fácil pues nos obliga a ponernos ante el inalienable hecho de que un día vamos a morir y por lo tanto decidir cómo debe ser nuestro quehacer diario es un trabajo mental complicado. Haced la prueba y comprobareis que la lista también puede resultar muy larga. No es como hacer la lista de la compra o la del material que vamos a poner en las alforjas.

La complicación se encuentra en esas dos primeras palabras de cada punto de la lista: “he decidido…” o tal vez nos guste más: “voy a esforzarme en…”, que implican un fuerte compromiso.

Por ejemplo: He decidido comer y beber con moderación, dormir lo necesario, escribir únicamente lo que contribuya a hacer mejores a quienes me lean, abstenerme de la codicia y no compararme jamás con mis semejantes.

Voy a esforzarme por hacer cada día y cada actividad tan preciosa y gozosa como sea posible.

He decido que voy a hacer la compra sin prisa; saludar a los vecinos, aunque no me guste su cara; llevar un diario; llamar regularmente por teléfono a mis amigos y hermanos. Y hacer excursiones, y bañarme en el mar al menos una vez al año, y leer sólo buenos libros, o releer los que me han gustado…

Voy a esforzarme en mantener intacto mi sentido de humor. En ser tan animoso e intrépido como pueda.

Voy a esforzarme, siempre, en no considerar nunca lo que estoy perdiendo, sino, más bien, mirar qué admirable y llena ha estado y está mi vida.

Y así podría continuar durante alguna página más, pero con solo repasar los primeros puntos ya me doy cuenta de que lo que quiero hacer, en realidad, es poner la vida como eje principal, admirarla, estudiarla y cultivarla.

No lo puedo evitar, voy a despedirme hoy con una frase de Chesterton: “El objetivo de la vida es apreciar; no tiene sentido no apreciar las cosas”.

Buenos Días.

lunes, 3 de agosto de 2020

¿Alegres en estos días?

“Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton).


Que estamos pasando una mala temporada no extraña a nadie, y creo que es normal que nos encontremos preocupados e intentar no reconocerlo no nos lleva a ninguna parte. Que nos encontremos serenos y tranquilos en medio de este desastre sanitario y económico no quiere para nada decir que debamos estar o sentirnos alegres.

La alegría no la podemos imponer, ni mucho menos exigir cuando vemos como cada día la situación no mejora como debería. La alegría de las personas es algo espontáneo que nace y se transmite cuando las circunstancias en las que nos encontramos nos llevan a ella.

Las personas no somos ajenos a todo lo que está pasando. Somos seres transparentes, contextuales, lo que ocurre a nuestro alrededor nos afecta y altera nuestro estado de ánimo. La desgracia, el sufrimiento y el dolor que esta causando esta pandemia nos afecta pues en eso consiste, precisamente, ser humano, en no ser indiferente al mal del prójimo.

Es muy difícil mantenernos serenos y tranquilos, y mucho más estar alegres cuando todo parece que se derrumba a nuestro alrededor y las expectativas de futuro son todavía oscuras a nivel social y económico.

Si pensamos un poco sobre la alegría, sobre cuando estamos alegres, seguramente llegaremos a la conclusión de que la generamos cuando percibimos un bien, cuando lo descubrimos. Estamos alegres cuando conseguimos alcanzar un objetivo, cuando recibimos una buena noticia, cuando logramos realizar un propósito.

Si experimentamos algo bueno, si vemos lo bueno que podemos conseguir, incluso en estos días negros, seremos capaces de estar alegres. También estaremos alegres si somos capaces de reconocer los bienes que nos han sido dados, los que hemos recibido de los demás sin merecerlo y los que somos capaces de generar.

Todos vemos cada día a personas que viven cómodamente, que no les falta de nada y, sin embargo, nunca están alegres. Vemos, en cambio, a otras que carecen de la gran mayoría de cosas y transmiten alegría por cada poro de su piel. No es curioso. No nos llama la atención que esto pueda ser así.

Esto sucede porque la alegría no es un sentimiento artificial, no se puede comprar, no lo podemos adquirir en una tienda. Aun así, el hombre es capaz, cuando toma conciencia de los bienes que posee, de los amigos que le aprecian, de las personas que le aman, incluso en estos días, puede conservar su alegría.

Por eso, si tomamos conciencia de que somos amados a pesar de todo lo que nos pueda suceder, vamos a experimentar una alegría tan intensa que saldrá de nosotros y será perceptible por los demás. Esta alegría nace de un convencimiento interior, pero, para conseguirlo, es preciso tenerlo. Y no todos lo tienen.

¿Cómo alentar a las personas de que estén alegres en estos días?

Es una tarea complicada. No sirve de mucho lo que pueda escribir, tampoco va a servir que le quite importancia al problema, es más, algunas veces con buena intención puedo decir o hacer cosas que generan el efecto contrario. Crean indignación y rabia.

No creo que existan fórmulas mágicas, no hay recetas que lo curen todo, ni caminos fáciles en estos temas.

Pero, no hacer nada es un fracaso a nuestra inteligencia. Tal vez, estar al lado de las personas que más están sufriendo en esta pandemia sea una buena solución. Pero, estar al lado y callarse, que es lo más difícil.

Más que decirles cosas, lo que hay que hacer es ponerse a disposición y escuchar para que puedan liberar todo su malestar, ya que escuchar ya es, de por sí una cura. Además de eso, se pueden buscar soluciones y alternativas juntos.

En fin:

Buenos Días.


sábado, 1 de agosto de 2020

Desánimo.

“Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton).

Larga y pesada se me está haciendo la pandemia, entramos en agosto y cada día me encuentro más desanimado, no sé de quién fiarme para valorar lo que está sucediendo con el Covid19, ya que tengo la impresión de que cada vez son más las mentiras que nos dicen y cada vez les son más difíciles de mantener a los miembros del gobierno y a las autoridades sanitarias, y es que es preciso que algo estemos haciendo mal, precisamente los españoles, puesto que volvemos a ser el peor país europeo en los rebotes siendo el único país europeo en el que es obligatoria la mascarilla, nadie reconoce ningún error cuando estoy seguro de que alguno debe haber por lógica, además resulta que nos han mentido con lo del comité de expertos que aconsejaban al gobierno y del que tanto tiempo nos han estado hablando, que al final resulta que nunca a existido. Todo muy triste.

Lo cierto es que comienzo agosto desanimado, todo “pinta negro” y el desaliento cada día se hace más fuerte y, me cuesta más controlarlo. Ya sé que debería de estar siempre animoso y que debería de mirar siempre el lado bueno de las situaciones y de las cosas, pues, aunque no lo vea debe de estar ahí.

También se que no me debo entregar a melancolías ni a tristezas y que en estos momentos debería de acordarme de las horas buenas que he vivido sin olvidarme de que como creyente se que el Amor nunca me fallará. Pero es esta una tarea difícil de cumplir.

Durante estos días, mi imaginación es continuamente bombardeada por pequeños pensamientos negativos sobre todo lo que nos está sucediendo, también sobre la forma en que deberían de pasar las cosas y no pasan, todo esto empieza a lastrarme ya desde que me levanto de la cama.

Me despiertan las noticias por el radio despertador, y cuando abro un ojo ya empieza un pequeño desfile de inquietudes, de declaraciones que me resultan desagradables, de dudas sobre la veracidad de lo que estoy escuchando y de mi capacidad para no darle importancia y vivir más relajado.

Son pensamientos que quizás se apoyen sobre un fondo de verdad o quizás sean totalmente fruto de mi imaginación. Sin embargo, si me detengo en ellos, se convierten en parte de mí y me hacen pasar un día triste. Son pensamientos negativos que suelen ser el resquicio habitual de nuestra naturaleza herida y orgullosa pero que en circunstancias normales se controlan perfectamente, los convierto en anécdotas que no me desvían de mi objetivo en esta vida: ser feliz haciendo feliz a la gente.

Aunque el objetivo lo tengo claro, esa lucha contra el desánimo es cada día más dura, y la conversión de esos pensamientos negativos en positivos es la primera batalla a la que me debo enfrentar y el comienzo para ganar esta guerra.

Un problema importante es que esos pensamientos afectan a mi humor y están influyendo sin darme cuenta en mi comportamiento, determinando el futuro próximo pues me empujan a tomar decisiones en unas condiciones que no son las ideales. Y claro, sabiendo que no estoy en las mejores condiciones, me abstengo, no las tomo, me aisló, formó una fortaleza a mi alrededor para evitar que entren los pensamientos sombríos, y lo que debería servirme para liberarme de los pensamientos negativos se convierte en una auténtica prisión en la que no tengo verdadera libertad.  

Se está haciendo cada día más necesario no tener en cuenta todo lo que pueda pasarme por la cabeza, ni tomarlo como algo serio. En cuando me surge un pensamiento debo confrontarlo con lo que me han enseñado, con lo que he aprendido. Y es que la forma en que el pensamiento resuena en mi cabeza es lo que me permitirá juzgarlo: ¿me causa tranquilidad o inquietud? Tengo que clasificarlo entre aquellos que se fundamentan en una realidad y aquellos que son fruto de mi imaginación.

Sin embargo, algunos temores pueden ser fundados: el miedo al covid-19, la muerte de tantos contagiados, la falta de eficacia para controlarlo… Es normal que eso me afecte y que me cueste un tiempo en restablecerme. Es la perspectiva con que miro esos temores la que lo cambia todo. Si me paso el día especulado sobre ellos me encierro en ellos y no permito que nada bueno actúe en mí.

Pero cuidado, no se trata de que deje de sentir emociones, cólera, impaciencia, tristeza… Se trata de que las gestione para que ocupen su justo lugar. Incluso si tengo miedo debo actuar en consecuencia y así, me libero de esa cadena. Si logro permanecer sereno en la adversidad, comienzo a adquirir la madurez espiritual suficiente para sacar fuerza de la alegría y no de las circunstancias.

Por tanto, luchar contra los pensamientos negativos es una cuestión fundamental en estos días si quiero seguir avanzando y mantenerme feliz. Me tengo que imponer una disciplina cotidiana para liberarme de los pensamientos negativos.

Para liberarme de los pensamientos negativos, voy a necesitar un poco de tiempo y de energía para comenzar. Es un auténtico trabajo de todos los días para ganar esa batalla. Voy a prepararme para ello aprovechando el día para no dejarme atrapar por las situaciones negativas. Cuando constate un pensamiento pesimista, voy a decidir no demorarme en él. Actuare mal si acepto esas ideas parásitas y luego las mantengo durante toda la jornada. Cuanto más piense sobre lo que de bueno tengo y hay en las situaciones y en las personas, menos pensamientos negativos tendré. Al principio, estoy seguro de que será difícil, pero el control de mi imaginación irá mejorando poco a poco.

En fin, voy a ver si empiezo hoy, a pesar del calor sofocante que ya tengo.

Buenos Días.


miércoles, 29 de julio de 2020

Sencillez


“Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton).


Con demasiada frecuencia me complico y también se me complica la vida, pero no solo la vida, también cualquier cosa que intento hacer o que estoy haciendo, y eso que soy partidario de las cosas sencillas, de hacer las cosas fáciles y sencillas.
Todos sabemos lo que quiero decir al referirme a la sencillez de las cosas, pero la pregunta surge si me planteo si es posible en una sociedad tan complicada como la actual, ser y actuar sencillamente. Y es que la sencillez es justo lo contrario de complicado. Un problema se considera sencillo cuando se puede resolver con facilidad. Esto lo tenemos todos prácticamente claro, y por eso mi reflexión me gustaría que se dirigiera a la sencillez como cualidad de la persona que es un poco más difícil de comprender. Sobre todo, por lo complicada que es nuestra sociedad.
Dicho lo cual, hay que pensar que nos ha tocado vivir en una sociedad que es elogiada y celebrada por muchos porque nos ofrece las grandes ventajas que son características del llamado estado del bienestar, o sea: ingresos suficientes para cubrir las necesidades básicas con holgura, disponibilidad de recursos económicos para una vida doméstica confortable, abundancia de medios tecnológicos, acceso gratuito o a muy bajo costo a servicios esenciales (educación, sanidad, transporte) y a las actividades de ocio y tiempo libre, etc.
Hay que decir también que este modelo social ha recibido y recibe numerosas y severas críticas que señalan con acierto muchos de sus grandes inconvenientes a saber: materialismo, hedonismo, deterioro de los ambientes naturales, consumismo, despersonalización, individualismo, etc. Mucho y muy variado hay hablado y escrito al respecto. Según vayamos poniendo la atención en unas cosas u otras, se han ido poniendo un número no pequeño de etiquetas para caracterizarlas: sociedad tecnológica, informatizada, del confort, del ocio, igualitaria, individualista, intercultural, globalizada, materialista, postmoderna, posthumanista, etc.
Aceptando lo que de verdad puedan tener estas y otras denominaciones, hay un rasgo que me parece que es común con todas ellas y en el que yo ahora quiero poner toda mi atención. Ese rasgo es el de la complicación. Estas sociedades nuestras “avanzadas”, se dice, con dudoso acierto, son sociedades complejas, es decir, complicadas.
Todo, absolutamente todo, está interconectado y todo muy elaborado. No deja de ser una paradoja llamativa el hecho de que para hacer la vida más fácil y llevadera haya habido que hacerlo todo mucho más complejo que en épocas precedentes. Hoy es complicado el mundo de la familia, del trabajo, de la educación, de las leyes, del gobierno, de la cultura, del transporte, la gastronomía, el deporte, las relaciones internacionales... En una sociedad así, la sencillez no tiene un lugar claro, donde hacerse visible.
Entiendo la objeción de quien piense que, a pesar de todo, bendita complicación porque dentro de este panorama laberíntico hay bondades evidentes, sobre todo cuando se compara nuestro presente con el pasado de hace solo unas décadas, o bien con la actualidad de países africanos, asiáticos o de algunas regiones de América. La objeción la encuentro bien pero solo la admito si al tenerla en cuenta, se tiene en cuenta también el alto precio que supone mantener estos logros y este cuestionable bienestar, que, si lo es, lleva consigo un pesado fardo de peros. Porque si los logros a favor del hombre son evidentes, también son evidentes las muchas las facturas a pagar, y algunas bien dolorosas.
Lo que quiero es poner ahora mi atención en el tema de la complicación, y en el momento en que lo hago resalta con mucha claridad el hecho de que este modelo de sociedad complicada crea un modelo de hombre también complicado. No es difícil de comprender que, si la sociedad es complicada, los que la formamos vamos a ser complicados. A pesar de esto, no creo que deba ser así, pues no creo en los determinismos, tengan el origen que tengan; los hombres somos seres libres y, aunque nuestra libertad esté limitada en todos los frentes, nuestra vida depende fundamentalmente de nuestras decisiones voluntarias. Pero sin saltarme ese principio, hay que reconocer que los modelos de hombre y de sociedad corren parejos.
Una característica general, con la que está de acuerdo mucha gente, que se comparte por todos, es más difícil de percibir que si estuviera presente solo en unos cuantos individuos. He aquí dos de los grandes inconvenientes de vivir en una sociedad complicada: uno, que nos hace complicados; el otro, la falta de percepción de esa complicación.
Existen muchos intentos y propuestas de vida más sencilla, aunque según mi opinión, la sencillez no se logra huyendo de uno mismo ni de la sociedad en que vivimos. Ante la asfixia y el desasosiego que nos puede producir esta sociedad tan compleja, la tentación de la deconstrucción está servida: Demos marcha atrás en el tiempo, volvamos a la vida sencilla, entendiendo por vida sencilla la de épocas pasadas, volvamos atrás. Estas intentonas más o menos utópicas, como el mito de Robinson Crusoe, el naturalismo, el bucolismo, las comunas, la vida en solitario, la autarquía individual o de pequeños grupos en medio del campo, etc. no son la solución.  Las soluciones fugitivas no son sino escapes, huidas en falso que no hacen la vida más sencilla, como mucho la hacen menos artificial. Son planteamientos legítimos, y en muchos casos están movidos por principios serios, con deseos de coherencia, pero no pasan de ser residencias para insatisfechos, mientras el grueso de la sociedad sigue su camino.
¿Hay solución? Por supuesto que sí, pero sea cual sea, no pasa por huir de esta sociedad ni de este mundo, porque no tenemos otro; la solución es tratar de vivir con sencillez en este mundo complicado. Todo un reto, lo sé, pero se puede, porque la sencillez que nos interesa no es la que desprecia la tecnología ni los nuevos inventos, ni se salta costumbres razonablemente establecidas, ni prescinde de las tecnologías que nos facilitan las tareas. La sencillez útil, la que hace bien, la que merece la pena, y por eso hay que buscarla, es la del corazón, que esa se puede lograr siempre, y luego, hasta donde se pueda y sea conveniente, la sencillez en los medios necesarios para vivir, y en los usos y costumbres con los que organizamos y damos estabilidad a la vida.
Buenos Días.

domingo, 26 de julio de 2020

¡Ay el amor!


“Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton). 

Soy propenso, cada cierto tiempo, a recapacitar sobre la esencia de eso que llamamos amor, tal vez porque estar enamorado es fundamental para vivir. La cuestión es que esta mañana de san Joaquín y santa Ana, y en pleno “semi confinamiento”, pues según veo el tema del covid-19 pienso que lo mejor vuelve a ser “quedarse en casa”, me he despertado con el amor metido entre “ceja y ceja”. No me refiero a desear a otra persona, me refiero a amarla, que no es lo mismo, es otra cosa, ya que el deseo, muchas veces, lo que en realidad esconde es utilizar, poseer y manipular.  
Frecuentemente cuando las personas nos enamoramos lo hacemos de alguien que al igual que nosotros es persona, pero de otra forma de ser. Me enamoro de otro, en el que admiro su manera distinta ser persona. Lo contrario sería enamorarse de uno mismo. Y si lo pensamos un poco nos daremos cuenta de que es así o así debería ser, me enamoro fundamentalmente de las diferencias.
Por eso, me preocupan todos los movimientos que existen para conseguir que todos seamos iguales y, por tanto, que nos comportemos de manera similar en todo lo que esté relacionado con la efectividad y la sexualidad. Si todos llegamos a ser iguales y no hay “otra forma de ser” no puedo admirar “su manera distinta ser persona”.
Esto me lleva a pensar que, si eso fuera así, si todos llegásemos a ser completamente igual, la gran mayoría de nuestras habilidades emocionales las iríamos perdiendo, pues si de verdad fuésemos iguales, lo único que me importaría del otro sería el sexo. En cambio, lo que sucede es que uno cuando se enamora de una persona lo normal es que la conozca muy poco, y todo lo que desconoce, que por lo general suele ser casi todo, lo pone en positivo. Y esto es fundamental y paradójico si lo pensamos.
Después la vamos conociendo poco a poco y van desapareciendo esas “mariposas” en el estómago que aparecen cada vez que nos vemos, y va aumentando nuestra capacidad de querer al otro como es, con sus virtudes y sus defectos.  
Una confusión que se suele tener y que nos trae muchos problemas y sufrimientos es creerse que sentir esas “mariposas” es amar. Lo que no es verdad.
El enamoramiento del principio nos produce una mutua complacencia, dentro de la cual, a cada uno realmente nos complace ceder amablemente a los deseos del otro. El sutil engaño se encuentra en creer que durante toda nuestra vida disfrutaremos de esa misma complacencia, y que ese mutuo sacrificio surgirá de modo espontaneo y natural a lo largo de toda nuestra vida. Pero la realidad es que cuando el tiempo desgasta ese entusiasmo del principio, es fácil que nos encontremos poco preparados para la verdadera generosidad, que es la que consigue mantener la relación cuando el sentimiento del enamoramiento no acompaña, o acompaña menos.
Sucede en general que, para descubrir la riqueza propia de la otra persona, para conseguir llegar a conocerla y a enamorarse de verdad de ella, y no simplemente desearla, es necesario un trabajo y un esfuerzo grande. Si nuestro enamoramiento se basa demasiado en lo corporal, es fácil que vaya a tener poca consistencia para mantenerse en el tiempo, porque lo corporal es la parte más fugaz de todo lo humano, la parte más volátil, la que más va a sufrir el declive del paso de los años.
Curiosamente cuando amamos nuestra personalidad se amplía, se hace más grande, pues nos alegramos más con la felicidad del otro que con la nuestra. Es meter al otro dentro de nosotros, es hacerlo protagonista fundamental de nuestro proyecto de vida. Ya no seremos los mismos, nuestra libertad queda entonces comprometida, y eso siempre cuesta, porque significa renunciar a muchas cosas, porque el amor templa y modera nuestro egoísmo y nuestros deseos. Porque muchas veces, nuestros deseos no son compatibles con ese amor, deseos que tal vez hasta entonces eran buenos y legítimos, pero ahora ya no lo son.
En cualquier amor, paradójicamente, la clave del éxito está en ese doloroso proceso de purificación de nuestros deseos. Sin duda se trata de una dura prueba, que sirve para poner a prueba nuestra relación y hacerla madurar, una prueba que va a sacar a la luz la calidad del material del que estamos hechos, y que sobre todo nos mostrara nuestro empeño por mejorar, por ser mejores.
Si no se supera esa prueba, en el fondo, estaremos enamorados de nosotros mismos.
Buenos Días.

miércoles, 8 de julio de 2020

Identidades conflictivas


 “Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton).


Siempre he sido de la opinión que las personas necesitamos tener una identidad, así como las comunidades a las que pertenecemos. No tenerla es en la mayoría de los casos una fuente de daños ya sean individuales o colectivos. Necesitamos ser alguien y saber que se está formando parte de algo para vivir.
Pero, y es que siempre hay un “pero”, esto que es positivo puede transformarse en algo peligroso si fundamentamos la naturaleza de nuestra identidad, no tanto en lo que somos, como en el conflicto con los demás. El peligro no radica en tener una identidad fuerte, sino en si el conflicto con “los otros” es lo que define la identidad, en lugar de su carácter convivencial y benéfico.
Si lo pensamos nos daremos cuenta de que cuando esto ocurre, las personas nos enfrentamos con nuestro prójimo, y surge un enfrentamiento de venganza, una familia contra otra, un clan, una tribu contra otra, una nación contra otra nación.
Entonces, el conflicto que surge ya sea de baja o alta intensidad se convierte en el centro de la escena, constituye el eje de toda política. Esto ha sido así desde siempre y los esfuerzos de la buena política han consistido en evitar los enfrentamientos mediante el diálogo y la transacción. La filosofía moral por su parte ha intentado desarrollar la afirmación positiva de la identidad individual y colectiva.
Digo esto porque hoy en día una nueva guerra de identidades empieza a amenazar gravemente a nuestra sociedad y a la civilización. Son identidades que están basadas en el conflicto, en la guerra cultural, en la dominación política, en la negación de toda razón al que discrepe de ellas. No se basan tanto en la defensa de unos derechos, como en la descalificación para conseguirlos, y en este sentido destruyen la relación que pueda existir entre las partes. Es digno de análisis, por ejemplo, el empeño que existe en descalificar lo que se ha llamado amor romántico, acusándolo de machismo.
Estamos viendo como muchas organizaciones y grupos ya no defienden sus identidades, sino pura y llanamente su supremacía. El derecho a poseer mayores derechos. Y para ello no paran en barras, desde la supresión de un principio básico en el estado de derecho como es el de la presunción de inocencia, sustituido por la inversión de la carga de la prueba, por la cual el denunciado es quien debe demostrar que es inocente. Este, por ejemplo, ha sido uno de los caballos de batalla de las distintas leyes en beneficio de las identidades de género, que han desarrollado muchas comunidades autónomas.
Es del todo imposible construir una buena sociedad, en realidad una sociedad, bajo estos tipos de enfrentamientos que se sitúan en el plano más básico de la convivencia, el de unas personas con otras, el de los hombres y mujeres. Hay mirar con cuidado muchas de las leyes que se están aprobando y que con tanto entusiasmo defienden liberales y socialdemócratas, que según mi parecer son incompatibles con la democracia, porque ésta no soporta en su seno un conflicto tan radical entre identidades, sean las que sean. Por eso a largo de la historia, cuando este tipo de conflictos se han producido, la democracia representativa y sus instituciones han entrado en crisis.
Si miramos a nuestro alrededor, a los países que nos rodean veremos que buena parte del populismo se explica en esta clave. No es la única razón, pero sí una de las principales, y la que le permite extenderse por grupos y clases sociales que de otra manera serían contrarias a determinadas posiciones de estos populismos, como por ejemplo su rechazo frontal a la inmigración.
La raíz del problema de la crisis de la democracia radica precisamente en la responsabilidad que en ella tienen estas identidades conflictivas, belicosas, agresivas, nada democráticas. Es en base a esta defensa de la democracia parlamentaria y del Estado de derecho que hay que apartar como perjudiciales las identidades que se basan en el conflicto, de la misma manera que hay que descalificar cualquier otra formulación identitaria que funcione bajo la misma lógica del enfrentamiento y la propagación del odio hacia los otros.
Tenemos un problema con las identidades conflictivas.
Buenos Días.

sábado, 13 de junio de 2020

Una única objeción.

“Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton)  


En nuestra juventud y cuando aún éramos adolescentes e incluso niños, al menos a mi, nos enseñaron las normas y los principios por medio de los cuales nos teníamos que regir, nos dijeron lo que estaba bien y lo que estaba mal, nos mostraron unos mandamientos que deberíamos cumplir y en ellos creímos porque nos lo dijeron nuestros padres y las personas a las que nuestros padres eligieron para educarnos.
Todo funcionó bien mientras nos mantuvimos dentro de nuestra familia y con los amigos de la infancia, pero se llega a una edad en que nos tuvimos que exponer por primera vez al resto del mundo y poner en práctica todo lo que nos enseñaron. Creíamos lo que nos habían enseñado sobre cómo comportarnos en la sociedad y en ese mundo en el que debíamos vivir, pero teníamos muy poco idea de lo que es realmente; conocíamos sus dificultades y problemas, pero no comprendíamos en la práctica como actúa, como se elige lo que esta bien y lo que esta mal y nos encontramos en una sociedad que se enfrentaba continuamente a nuestras ideas, no estábamos preparados aún para ese enfrentamiento.
En estas circunstancias llegamos la mayoría de nosotros al día en que nos vimos solos en un mundo diferente al que conocíamos. La vida sencilla y relativamente cómoda se transforma en atractivos lugares y escenarios donde tenían lugar nuestras relaciones sociales. Se abren ante nosotros innumerables lugares de actividad, de opiniones, situaciones y decisiones que no podríamos haber imaginado. Nos dimos cuenta de que fallábamos en nuestros cálculos, y dejábamos caer en el olvido las lecciones que creíamos aprendidas con toda exactitud.
Éramos incapaces de aplicar en la práctica lo que nos enseñaron; y perplejos constatábamos la gran cantidad de formas y de posibilidades que pueden existir en las personas, la amplitud y la complicación del tejido social, empezábamos a pensar de que toda la instrucción que habíamos recibido no servia, era inadecuada, nuestras normas de conducta eran demasiado sencillas para una sociedad tan complicada. Cambiamos nuestra forma de relacionarnos, nuestras diversiones, entramos en unos escenarios nuevos que nos cautivaron, mirábamos con ilusión e interés a un futuro inimaginable hasta entonces.
Y un día, nos volvimos a encontrar con las ideas y creencias que nos habían enseñado de jóvenes y las encontramos aburridas y carentes de interés, también puramente teóricas. Aburridas y descoloridas después de haber conocido como era la sociedad. Y, además de esto, poco practicas, antinaturales e inapropiadas a las exigencias de la vida moderna y de la forma de ser de las personas. Nos dio la impresión que nos habían enseñado y preparado para un mundo, pero no el mismo mundo en que habitamos.
A los que nos las enseñaron les otorgábamos sin duda nuestro respeto y alabanza, pero también les empezamos a ver en cierto modo como mojigatos e ilusos. Pensábamos que debíamos tratarlos con delicadeza, como tocaríamos cuidadosamente un objeto artístico muy caro, pero que en conjunto muy poco apto para prestar un servicio eficaz, adaptado a la realidad actual como un objeto decorativo. Nos dijeron muchas veces que esto nos sucedía porque nuestros educadores vivían en la ignorancia y en una sociedad que estaba llena de amargura y melancolía. Dichos argumentos, eran lógicos y legítimos, y llevan a la misma conclusión; nuestros principios e ideales eran antiguos y ya no sirven en nuestro mundo.
La única objeción que pude hacer a esos argumentos, después de ponerlos en cuestión es que todos son mentira, son falsos. Cuando traté de analizar los cimientos de esta idea moderna de que mis principios, los que me enseñaron, surgen de un mundo oscuro e inculto me di cuenta de que no existían. Cuando busque la amargura y la melancolía de donde surgieron mis ideales paso lo mismo. Me basto contemplar el mundo en su momento y sencillamente descubrí que no es así. No me contenté con leer generalidades modernas; leí un poco de historia. Y en ella encontré que mis principios, lejos de pertenecer a edades oscuras, fue el único camino a través de dicha época que no era oscuro, pues fue el puente luminoso que unía dos civilizaciones deslumbrantes.
Si alguien me dice que esas ideas surgieron de la ignorancia y el salvajismo, la respuesta es muy sencilla: no es cierto. Surgió en la civilización mediterránea en pleno esplendor del Imperio Romano. Si esos principios hubiesen sido sólo una moda de un imperio decadente, la habría reemplazado otra moda que estuviera naciendo.
Entiendo que mucha gente se deje guiar por los extraños ideales de moda que les llevan en una determinada dirección; lo que sucede es que cada vez que los analizo descubro que señalan en una dirección distinta.
¿Cómo afirmar que mis principios cristianos pretenden devolvernos a las épocas oscuras? Esos principios son los únicos que nos sacaron de ellas.

Buenos Días.

jueves, 11 de junio de 2020

Conocer la verdad.

“Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton)  


Cada día es más interesante leer las noticias pues nos vamos dando cuenta hacia dónde se dirige el mundo, o al menos hacia donde quieren que se dirija.
Ayer leí que la plataforma HBO ha retirado la película “Lo que el viento se llevó” por “racista”, también como ayuntamientos laboristas de Gran Bretaña anunciaron que retirarán las estatuas de personajes esclavistas. Titulares como estos en los que hombres del siglo XXI piden perdón por lo que hicieron sus antepasados, o personajes públicos aprovechan los micrófonos para jurar fidelidad a la última consigna progre, están cada vez más presentes y no suelen tener como protagonistas a instancias políticas, sino muchas veces a empresas o personajes famosos. Unos y otros disputan vergonzosamente para demostrar su lealtad al discurso cursi hegemónico.
Me parece a mí que en muchas ocasiones se tiende a no decir la verdad o a esconderla, la verdad histórica, en política, y en cualquier materia, es algo mucho más importante que lo que pueda percibir ese colectivo difuso que llamamos opinión pública. No cabe duda de que unos ciudadanos percibirán una cosa y otros, otra diferente y quizás contraria, y como nada puede ser al mismo tiempo varias cosas, está claro que la simple opinión de la gente no nos proporciona ninguna certeza.
Y es este un tema al que deberíamos dedicar algunos momentos pues es posible que haya quien opine que será verdad lo que perciba como tal la mayoría. La democracia es un procedimiento útil para conseguir acuerdos en los que, si no se obtiene la unanimidad, decida la mayoría. Veamos; las encuestas sociológicas pueden arrojar datos, más o menos fiables, de lo que piensan las personas, pero estos datos podrán ser valorados de forma diferente por la gente. A nadie se le ha ocurrido, hasta ahora, sustituir las elecciones por los sondeos.
Por tanto lo que perciba la gente como verdad será algo cambiante, plural y variable y casi siempre inducido por los poderosos medios de comunicación que nos ofrecen opiniones partidarias, en lugar de informaciones objetivas. Los políticos siempre tratan de que parezca verdad lo que ellos dicen y habrá gente que los crea y habrá gente que no los crea. La gente es un conjunto enormemente maleable por la propaganda. Aquello de que una mentira repetida miles de veces se convierte en verdad es el punto de partida de todos los especialistas en agitación y propaganda que han ido perfeccionando sus métodos con notable éxito a lo largo del tiempo.
El problema es que cuando algo es creído como verdad, ya es verdad en sus consecuencias. Los ejemplos están a la vista. La historia que cuentan los nacionalistas es falsa, pero creída como verdadera, impulsa el nacionalismo. Es falso que lo que decida el Parlamento por mayoría hay que aceptarlo como bueno, verdadero y obligatorio, pero como muchos políticos y mucha gente lo estima cierto, se utiliza para reescribir la historia, hacer lo blanco negro, llamar matrimonio a lo que no lo es, adoctrinar a la juventud, decidir sobre la vida de los que van a nacer o los que van a morir, etc.
Se nos ha dicha muchas veces que la verdad nos hará libres, pero conocer la verdad exige algo que no está de moda: esfuerzo y honestidad. Si nos perdemos dentro de esa masa llamada gente, podemos ser manipulados y dirigidos, podemos aceptar como bueno lo que diga la mayoría, o lo que digan los que mandan. Pero en nuestra concreta e inviolable individualidad estamos obligados a utilizar nuestra razón y nuestra conciencia para decidir con libertad.

Buenos Días. 

miércoles, 10 de junio de 2020

Ser mejor de lo que somos.

“Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton)  


Una de las cosas a las que nos ha obligado el estar recluido en casa durante tantos meses es el tener tiempo para pensar y estar solos y, esto a permitido que durante varias semanas no hayamos tenido la necesidad de escondernos debajo de nuestras máscaras, esas que nos ponemos muchas veces para representar los diferentes papeles que utilizamos en nuestra vida.
En estos meses, encerrados en casa, no hemos necesitado esconder lo que somos, la forma de ser y de pensar que está oculta por las máscaras y, nos hemos encontrado con el problema de que no conocemos bien lo que somos sin nuestros antifaces. ¿Qué ocultan nuestras máscaras? Es normal que hablemos de “mi verdad” o de “tu verdad”, lo que me sorprende en la mayoría de las veces, pero que dice algo que no es totalmente falso. Lo que hay de cierto, es que somos algo que no es nadie más que nosotros, aunque muchas veces no sepamos bien en qué consiste, pero que, aún sin saberlo, no paramos de buscar.
Si hemos, alguna vez, pensado sobre este tema es fácil que en el fondo último hayamos llegado a la conclusión que nuestra identidad y lo que verdaderamente somos nos lo ha dado quien nos ha proporcionado la vida y que ahí se encuentran las respuestas.  
Hasta llegar a ese lugar iremos viendo cómo en el proceso vamos quitándonos nuestras máscaras. Ahora con los años acumulados y con la cuarentena veo como se me desprenden las últimas, pero seguramente no todas. Pues no es fácil.
Una de las dificultades con las que me encuentro es con las ideas muy de moda en estos días que me vienen a decir que tenemos que ser lo que somos, de que nuestra existencia debe ser auténtica. Y está bien. Pero ser lo que somos no es todo, es solo la mitad de nuestra autenticidad. Existe la otra mitad y es ser mejor de lo que somos.
La clave de la cuestión es que “ser uno mismo” no agota ni pone fin a lo que somos, porque uno, ciertamente, es lo que actualmente es, pero además debe ser aquello para lo que ha sido llamado a la vida.

Buenos Días.