En un primer
momento nos puede suceder a los corredores que nuestro interés por la maratón tenga
su origen un sentimiento de admiración por esa distancia mítica e incluso en la
admiración hacia nuestros amigos que han conseguido terminarla. El paso
siguiente es un sentimiento aventurero que nos invade, un sentimiento
normalmente intenso, que nos lleva a querer entrenar y a desear prepararnos
para acabarla. Nos sentimos bien queriendo ser maratonianos.
Hasta
aquí el corredor no ha puesto nada, todo es plácido, dejarse llevar de lo que apetece
y gusta. Esa fuerza sobre la cual poco decidimos es la que nos guía hacía la
maratón. El entrenamiento para la maratón es el paso siguiente que nos acerca
un poco más a la carrera.
Lo que me gusta destacar del maratoniano es su
capacidad para tomar decisiones, de decidir libremente hacer algo, de no hacer
depender su entrenamiento de un capricho. Puede resultar muy difícil asumir
esta idea en un tiempo en que se premia hacer las cosas sin esfuerzo y en la
que se huye del compromiso.
Nos
fustigan desde los anuncios, las series de televisión, las revistas y tantos
otros frentes con la idea que el hombre tiene derecho a la felicidad y que esta
pasa para satisfacer todos los deseos y evitar el que cuesta. Mensajes
publicitarios como: “te lo mereces”, “date el gusto”, “date un capricho”, etc.
hacen una profunda huella en el subconsciente y acaban condicionando la
actuación de muchos corredores que huyen del esfuerzo como de la peste. Estamos
en el que se ha denominado “pensamiento débil”.
Sin embargo,
la grandeza del maratoniano se sitúa precisamente en su poder para
comprometerse libremente y llevar a cabo su entrenamiento, aunque esto cueste
mucho y requiera esfuerzo.
Gracias
a esta capacidad específica del maratoniano es como los corredores consiguen no
solo acabar un maratón sino ir realizando marcas personales. Seguramente se
dieron momentos de cansancio, de falta de ganas, momentos en que sin sacrificio
y responsabilidad hubieran abandonado.

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