“La imparcialidad es un nombre pomposo para la
indiferencia, que es un nombre elegante para la ignorancia.” (G. K. Chesterton)
Vigesimoséptimo día de la cuarentena, todo se mantiene
igual, más muertos, más infectados y más curados. O sea mal.
Hoy ha sido y es aún Viernes Santo, un día de luto para
los cristianos. Pero un luto, que sin dejar de ser doloroso, está impregnado de
esperanza y de acciones de gracias. No lo olvidéis. Hoy se refleja como ningún
otro día, la aparente contradicción que es nuestra vida, la fuerza que se
escode en la vulnerabilidad del hombre. Contradicción porque casi nada es negro
o blanco, bueno o malo, éxito o fracaso. El ser humano es contradicción. Digámoslo
con palabras más sencillas: la muerte no tiene la última palabra. Ninguna noche
es eterna.
Todo esto también pasara, y ese día, cuando llegue,
espero no tener que ir a dar el pésame a nadie sino dedicarme a ver como
nuestro tejido social ha sido devastado, cómo ir a ver el resultado de una
inundación, me dedicaré a ver cuantos autónomos y pequeñas empresas habrán perdido
no sólo lo que tenían, sino la capacidad de reinicio. Veré como muchas personas
llamarán a sus trabajos para pedir instrucciones para la reincorporación y
nadie les cogerá el teléfono.
Ante esa devastación se nos presentaran dos opciones
principalmente. Aparentemente opuestas, pero en la práctica convergentes. Por
un lado tendré a los mismos que celebraron el batacazo de la bolsa al principio
de la cuarentena para rapiñar a precio de saldo y hacerse, aún más, con el
control de muchas empresas que seguimos llamando españolas. Esos que sortean
cualquier crisis deshaciéndose del peso muerto de los trabajadores no
imprescindibles en determinados momentos a cambio de aprovechar el miedo de los
que mantienen haciéndoles aceptar condiciones cada vez más míseras.
Me encontraré también con otros disfrazados de salvadores
que denunciarán, con parte de razón, la miseria moral de los primeros. Pero lo
harán sólo para poder vendernos su mercancía. Nos ofrecerán un sustento mísero,
pero menos es nada. Nos ofrecerán cuidar de nosotros para siempre, a cambio de
que abandonemos cualquier iniciativa propia. Y ¿cómo podrán darnos ese sustento
y ese cuidado? Mediante la reclamación absoluta de cualquier medio que haya sobrevivido
a la crisis y que podría servir para esa vuelta a empezar.
El escenario final sea cual sea el sistema que se imponga
será el mismo. El vencedor de ambos casos es el mismo. El gran capital siempre
gana. Sea convirtiéndonos en esclavos que comen de su mano, sea manejando la
inmensa y ficticia deuda que convierte en esclavos a los estados en otro tiempo
soberanos.
Si queremos evitar la esclavitud, a manos de uno u otro
tirano, todo pasa por pararse y recapacitar. Y sacar conclusiones de lo vivido.
Que nada vuelva a ser igual será duro, pero no necesariamente malo. No habrá
recetas fáciles, ojo. Y la tentación de aceptar la esclavitud revestida de
compasión será grande. Pero de todos depende levantar algo mejor de lo que
teníamos, o contentarnos con poder elegir el color del banco y el remo al que
nos aten.
Para ello habrá que ser radical. Todo lo bueno necesita
radicalidad. Lo contrario de radicalidad no es mesura sino superficialidad. Eso
pasa por nuestra actitud ante el futuro, por nuestra actuación personal, pero
también por vigilar y defendernos de quien venga a imponernos su tiranía.
En fin, mañana un poco más.
Buenas Noches.
No hay comentarios:
Publicar un comentario