“<<Bueno es una experiencia>>, dice la gente para indicar que algo es irremediablemente desagradable”. (G. K. Chesterton)
¡¡¡Buenos días!!!
En pocas semanas, hemos presenciado unas
escenas bochornosas en la política española. En las Cortes Valencianas, en el
hemiciclo nacional, en las Cortes de Aragón y en el Ayuntamiento de Madrid.
La cortesía y el respeto siempre deben
prevalecer, tanto en la vida como en la política, por encima de las diferencias
ideológicas y de fobias personales. Me está preocupando que entre nuestros
parlamentarios cada vez sean más frecuentes la falta de educación y de modales,
lo que nos muestra una degradación institucional que está lastimando nuestra
democracia.
¿Es la política española un fiel reflejo
de la sociedad? Creo que no, pero los incidentes de estos días tendrían que
mantenernos alerta.
La buena educación, la cortesía, es
esencial para relacionarnos con los demás, especialmente entre las personas que
son diferentes o con modos distintos de pensar. No es extraño que otro de sus
nombres sea “urbanidad”, es decir, la virtud propia de los que viven en urbes,
en ciudades, en el sentido de que, cuanto más próximos vivimos a los demás, más
necesaria es la buena educación, que hace de lubricante para que no resienta la
convivencia.
Las personas con las que coincido en mi
quehacer diario serán, según los casos, más o menos democráticas, tolerantes,
pluralistas, y modernas. La verdad, no lo sé. En cambio, lo que sí se puede
notar enseguida es cuando carecen de educación.
Lo que me parece que si que tenemos es
un problema de mala educación, de no saber estar, de no entender lo que quiere
decir vivir en sociedad.
A muchas personas les parece ridículo lo
que en mi juventud se llamaba “urbanidad y buenas costumbres”, que no es otra
cosa que conocer el arte de saber hacer agradable la vida a los demás. Y, es
que de eso se trata la buena educación: el arte de la agradable convivencia. Y
si la buena educación es menospreciada, ya no quiero ni pensar en cosas como el
protocolo, que también nos enseña a saber relacionarnos los unos con los otros
de forma respetuosa y conveniente.
El problema es que nos hemos empezado a
creer los reyes del universo y sujetos de todos los derechos, de tal modo que
en lugar de ser yo el que se esfuerza por los demás, deben ser los otros los
que han de amoldarse a mis caprichos. Así nos va. El protocolo y la educación
hablan de hacer la vida agradable a los otros, norma de profunda sensibilidad
humana, por la cual uno es capaz de renunciar a sus apetencias por querer hacer
la vida más fácil a los demás.
La buena educación, es, en fin, una
caridad de andar por casa, ya que equivale a ponerse siempre en el lugar de los
demás. Es decir, es una forma muy básica y puramente natural de ama a tu
prójimo como a ti mismo. Por algo se empieza.
¡Ah! Y no se te ocurra decir nada, por
ejemplo: pedirle a una persona que le ceda el asiento a una embaraza, porque en
ese caso se volverán contra ti todas las iras: intolerante, irascible,
retrógrado, carca e insoportable.
Buena educación. Nada más (y nada
menos).
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