En el prólogo de El Hombre Eterno, Chesterton dice que: “Hay dos formas de llegar a un lugar. La primera de ellas consiste en no salir nunca del mismo. La segunda, en dar la vuelta al mundo hasta volver al punto de partida”.
Durante
el año que vamos a comenzar no voy a intentar dar la vuelta al mundo para
volver a casa sino dar la vuelta a la península Ibérica siguiendo toda la costa
y cruzar los Pirineos por Francia, para volver a casa. Y, estoy casi seguro de
que la escena del año pasado, semanas antes de empezar el viaje al Nordkapp se
va a repetir.
Hay
un momento en que para empezar un viaje con la bicicleta al igual que para alcanzar
un sueño o un deseo tienes que saltar, tienes que separarte del suelo para
poder llegar a ellos. Ese instante, o ese tiempo, produce vértigo, puede
paralizarte el miedo o sencillamente ese viaje puede que no tenga tanta fuerza
como hacerte saltar y no alcanzarlo, de caerte. Sin embargo, si no saltamos,
nunca lo alcanzaremos.
No sé
cuándo saltaré, no tengo las fechas decididas, pero seguro que en algún momento
deberé dejar ese suelo donde se asientan mis seguridades, lo que conozco, lo
que tengo. El suelo es mi realidad. Sin embargo, no hay ningún sentido en vivir
como si no existiera, esa es una actitud incrédula. No reconocer el suelo que
me sostiene es vivir maldiciendo mi realidad no aceptándola.
Si no
reconocemos el suelo que pisamos no vamos a poder dar el salto, nunca será lo
suficientemente llano, nunca será el momento adecuado o nunca estarán las cosas
suficientemente claras. A veces te sientes tan pegado al suelo, te ves tan
realista, que es imposible saltar y no puedes soñar. La realidad se convierte
en una garra que te tiene atrapado al suelo, atrapado en el presente, convirtiéndonos
en tan equilibrados y prudentes que no hay nada que nos conmueva lo suficiente
como para intentar saltar, soñar, viajar, coger la bicicleta y cargarla con las
alforjas y partir.
El ciclo-
viajero no tiene que desear que su viaje sea algo tan estructurado, claro,
definido, preciso, que sea entonces ya no un deseo o una ilusión, sino que se
acabe convirtiendo en una obligación. Y entonces sí, se asume como otra carga
más de la vida y nuestros pies se quedan pegados al suelo, pero a esto lo
llamamos sensatez.
Hay
que saber el terreno que pisamos y aceptarlo, sin lamentaciones, hay que vivir
agradecido por cada palmo de suelo que pisamos. Ser consciente de nuestras
limitaciones nos hará pisar con confianza pues sabemos que hay nuevas
posibilidades, nuevas metas que todavía no hemos alcanzado, entonces es posible
descubrir ese deseo que va a tirar de nosotros. El deseo que nos invita a
saltar, a soñar, desde lo que conocemos a lo nuevo. Un nuevo proyecto, un nuevo
compromiso, una nueva amistad; y están, por supuesto, los momentos del riesgo,
y del hormigueo en el estómago. Pero también está la serena confianza de que
podemos y queremos saltar. No al vacío, sino al encuentro de esa ilusión.
Es
curioso, han pasado años, muchos viajes, muchos saltos, pero cada vez que me
encuentro en un momento así siento un regusto salado en los labios.
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