“Dicen que los viajes ensanchan las ideas, pero para esto hay que tener ideas” (G. K. Chesterton)
Viendo la forma con la que llovía el domingo a primera hora, no creo que durante un viaje me hubiera quedado sin pedalear, lo que hubiera sido un error pues llovió mucho unas horas más tarde, pero estamos en casa y las cosas se ven distintas, seguramente porque lo son.
Por
culpa de la lluvia nos quedamos sin excursión, pero no llueve “para” que nos
quedemos en casa. Si creyera esto último estaría concediendo a las nubes algo así
como una voluntad o intención.
La
verdad es que no tengo muy claro para qué llovió el domingo, se porque lo hizo,
pero claro, no es lo mismo. Estoy casi seguro de que no llovió para que nos quedáramos
en casa.
Cuando
pensamos e imaginamos un viaje o lo estamos realizando, lo hacemos por algún
motivo, nuestros actos, desde los más insignificantes hasta los más decisivos,
están ordenados con diversos fines, sin los cuales carecerían de sentido, se
volverían absurdos y no nos permitirían disfrutarlos en su totalidad: de igual forma,
el mundo, y dentro de él el conjunto de nuestra vida, debe tener y tiene una
finalidad, aunque esa finalidad no pueda ser la nuestra, sino la de una
voluntad o designio que nos sobrepasa de modo completo y abrumador, y que por
eso mismo es objeto de fe.
Muchas
personas afirman no creer en esa voluntad, aunque, es sencillo comprobar cómo
se sustituye rápidamente por algún otro objeto de fe: el progreso, la ciencia,
una clase social, el destino de un pueblo, y tantos más. Al parecer, nuestra
psique necesita creer que el mundo tiene un sentido, es decir, una finalidad,
atribuible a uno u otro ente superior, pues sin ella la vida humana se vuelve como
una tierra sin cultivar, insoportablemente angustiosa.
Esto
nos plantea un problema: el de si esa necesidad psíquica da lugar a una verdad
o a una ilusión. Si fuera lo último, nuestra psique necesitaría, para seguir
viviendo, engañarse sobre su propia realidad y la del mundo.
Parece
ser, dicen, que nuestro cerebro segrega sustancias parecidas a la morfina u
otras drogas, necesarias, aunque en cantidades mínimas, para mantener su
funcionamiento "sano". Si la producción es demasiado baja, aparecen las
depresiones, con esa sensación de "angustia vital", de absurdo del
mundo. La cuestión sería: ¿dónde está la verdad, en la imagen provocada de
algún modo por esas sustancias suavemente alucinógenas, o en la que percibimos
en condiciones profundamente depresivas?
Para
muchas personas la respuesta se encuentra en la segunda, en que nos encontramos
en un mundo absurdo, angustioso y sin ninguna finalidad, lo que nos llevaría a
la autodestrucción. Es de suponer que están equivocados, pero no parece fácil
demostrarlo.
Buenos
días.
No hay comentarios:
Publicar un comentario